Cada día que pasa, la ciencia-ficción es cada vez más ciencia y menos ficción. Las paradojas y los absurdos que plantearon los grandes maestros del género como por casualidad, al tropezárselos un día en mitad de un argumento, se han convertido en dilemas éticos de verdad, del mismo modo que Fleming creía estar cultivando moho y se encontró con la penicilina. La inteligencia artificial o la vida eterna están a dos premios Nobel de distancia, con lo que la literatura ya se va quedando rezagada, como esos episodios de Black Mirror que calcan cómics de los ochenta. En realidad, incluso los mejores escritores de ciencia-ficción suelen ser más de ficción que de ciencia; por ejemplo, Isaac Asimov no podía montar en un avión y Ray Bradbury tenía tal fobia a la velocidad que, cuando le encargó el guión de Moby Dick, John Huston le gastó una broma de las suyas: iban a treinta por una carretera y Huston le pegaba golpecitos al chófer en la espalda preguntando si no iban demasiado deprisa, desgüevandose por dentro al ver Bradbury sudando la gota gorda al lado mientras les adelantaban las bicicletas.

Entre los últimos avances que ofrece la robótica está la posibilidad de disfrutar del sexo con un androide artificial, un modelo llamado RealDollX que incluye hasta las prestaciones del orgasmo y cuyo realismo llega al extremo de negarse a tener sexo con su dueño en el caso de detectar actitudes agresivas o poco éticas. La diferencia entre uno de esos robots sexuales y una muñeca hinchable es más o menos la misma que hay entre una ballesta y un AK-47, pero vale la pena preguntarse si el afán por copiar hasta el más mínimo detalle no nos estará llevando al punto de partida. Recuerdo el malvado comentario que hizo un amigo mío cuando un tercero nos comentó que acariciaba el proyecto de comprarse una muñeca hinchable: “¿Tú lo que quieres es acostarte con una mujer que no se mueva, que no hable, que no te muerda la oreja? Joder, pues cásate”.

Chistes malos aparte, el inevitable apareamiento entre la cibernética y la pornografía ha llevado al empresario japonés Shin Takagi a diseñar robots con rasgos infantiles, lo cual, según Ron Arkin, ingeniero del Instituto Tecnológico de Georgia, podría ser una opción para los pederastas. En el otro extremo, Noel Sharkey, profesor emérito de robótica e inteligencia artificial en la universidad de Sheffield, cree que el remedio no haría sino agravar el problemar y reclama la prohibición absoluta de la venta de robots infantiles. No está nada claro que esta especie de metadona sexual sirva para algo más que para subrayar el problema de la cosificación: un pederasta que trata a un niño como un objeto no va a tratar a un objeto como a un niño. La teleserie Westworld (un parque temático repleto de autómatas donde los millonarios pueden cumplir sus fantasías de vivir en el Lejano Oeste, violando chicas y matando vaqueros a balazos) presenta de modo cristalino las tradicionales objeciones éticas contra la esclavitud, la violación y el asesinato.

En realidad se trata de un debate muy viejo: Descartes ya lo anticipó cuando aseguraba que los animales no eran más que máquinas sin sentimientos y que sus lamentos, quejas y gruñidos de dolor no revelaban la existencia de un alma sufriente sino únicamente los chirridos de un mecanismo a punto de romperse. El gran tema romántico del alma lo trató como nadie Mary Shelley en Frankenstein, cuya Criatura bien podría ser el tatarabuelo de todos esos pobres robots destinados a servir de carnaza en fantasías sexuales. No significaba otra cosa que el alma la paloma que soltaba Roy Batty en el final de Blade Runner, una de las películas peor entendidas de la historia: todavía hay gente preguntándose si Deckard era un replicante cuando la cuestión fundamental es si los replicantes son humanos.

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