Tampoco la lluvia

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Gara Santana

Estos días he estado pensando en cómo gestionamos nuestra libertad. Me planteo no sin vértigo y con amabilidad conmigo misma qué tipo de cosas son realmente las que me hacen pensar qué me hace más o menos libre.

Este puede parecer un ejercicio simple para cualquier hombre blanco, de clase media, que haya podido tener acceso a la educación superior y que haya disfrutado de sus privilegios en nuestros maltrechos estados del bienestar de Occidente. Pero se trata de una pregunta dolorosa para todas las mujeres del mundo que tenemos en común la ausencia de una libertad completa, aunque algunas podamos disfrutar de ciertos privilegios materiales o legales por una circunstancia tan azarosa y banal como haber nacido en un lugar donde se divisa mejor el horizonte y podemos expandir más la vista para pensar en nuestras vidas.

Todas las mujeres del mundo abortamos y abortaremos cuando queramos, la pregunta es cómo y con cuántos hombres tendremos que consultarlo por el camino. Y lo haremos al margen de la coyuntura institucional que haya establecido para taparnos el horizonte en esta ocasión el hombre blanco privilegiado de turno en forma de sacerdote, legislador, senador, médico, psicólogo, anestesista y todo el séquito inquisitorial al que hay que ir conmoviendo y convenciendo como en una carrera de obstáculos para decidir sobre nuestro cuerpo. No hay nada más propio que el cuerpo, ni nada menos parecido a la libertad que tener que convencer a todos de que merecemos decidir sobre él. ¿Tienen idea de lo valiente que hay que ser como ser para agachar la cabeza delante de todos estos representantes de la opresión cuando el tiempo apremia para interrumpir un embarazo? Estos representantes hacen falta para mantenernos en el lugar donde los hombres nos quieren desde hace 2000 años para que como explicó Virginia Woolf, les sigamos reflejando dos veces más grandes de lo que realmente son. Por eso no soportan la Igualdad; no sólo les asusta nuestras libertad de decidir, sino perder el privilegio de verse cada día, al levantarse y al acostarse, dos veces más grande de lo que realmente son. Eso debe gustar. Y ya que nadie renuncia voluntariamente a los privilegios tenemos que llenar las ciudades y los barrios y en esta ocasión ha sido con pañuelos verdes en Argentina

Ya da igual el debate moralista sobre un feto y sobre la vida, estamos hablando de la libertad de las mujeres. De si podemos abortar desde el momento en que lo decidimos sin el obstáculo de una ley patriarcal que en nada se parece a las mujeres a las que dice salvar del infierno, cuidar del abismo y que nos expone a jugarnos la vida, ingerir pastillas digestivas en grandes cantidades para conseguir un aborto a medias que conmueva a los sistemas nacionales de salud para que en el útero nos complete la faena, tomar hierbas abortivas, introducir objetos o en el mejor de los casos soportar la gymkana de los veladores de la moral de los no natos para que no se nos olvide que somos la mitad para que ellos puedan ser el doble.

Sin embargo el pasado martes en Buenos Aires volvimos a la calle y fuimos miles y tampoco la lluvia lo pudo parar. Tras un eterno debate en el Senado volvían a filtrarse en nuestros cuerpos las humedades de un putrefacto sistema opresor, machista y retardatario. Pero no hubo ni un ápice de desesperanza, ni una lágrima de tristeza, si acaso de rabia. Porque tenemos toda la paciencia del mundo para que se vuelva a dar la coyuntura institucional que haga ley el clamor que se escucha en las calles del mundo, del que tomarán el relevo las feministas con las caras pintadas de verde y purpurina que vienen pisando fuerte la máquina del miedo.

Hemos esperado mucho y lo que hemos conseguido ha sido partidas por la mitad. Imaginen lo que haremos ahora que nos hemos encontrado, que nos creemos, que nos miramos y nos estamos arreglando.

No estén tristes porque estamos cerca, hermanas y será ley.

 

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