Desollar bisontes

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Estos días PACMA ha publicado un video grabado en un pueblo de Cuenca, creo que San Mateo, donde se asiste al martirio de una vaquilla y se oye el mugido desesperado del animal mientras los lugareños se divierten con su agonía. Son infinidad los videos de internet en los que gatos, perros, toros, pájaros, caballos, animales de cualquier especie y tamaño son torturados, golpeados, envenenados o acuchillados sólo para que unos cuantos homínidos pasen un buen rato. No es una prerrogativa de nuestro país, por desgracia, aunque hay que reconocer que, en lo que se refiere a reventar mamíferos por gusto, España es una potencia mundial de primer orden.

De algún modo, la pervivencia de estas tradiciones bestiales enlaza con las ceremonias del Neolítico, con aquellos tiempos oscuros (hace treinta mil, cuarenta mil años) en que nuestros antepasados salían a jugarse la vida para cazar un mamut, un lobo o un oso, invocando el espíritu del animal en forma de danzas junto al fuego, pieles ensangrentadas y trazos de pintura en las paredes de una cueva. Bruce Chatwin conjeturó que el mayor enemigo del homo sapiens, el que nos tuvo al borde de la extinción, fue el Smilodon -o tigre dientes de sable- y que todo lo que hemos hecho desde que superamos el peligro hasta hoy no son más que unas largas vacaciones de la especie. Puede que Chatwin tuviera razón, pero lo cierto es que quien tenía verdadero peligro era el homo sapiens y el mamífero que se extinguió hasta no dejar más que huesos de su paso por la tierra fue el tigre dientes de sable.

Todo ese folklore insensato hecho de toros alanceados, perros apaleados y cabras arrojadas desde lo alto de un campanario pertenece a un estadio superado de la raza humana, el mismo cementerio ancestral donde enterramos la esclavitud o los sacrificios humanos y donde deberíamos enterrar bien pronto la tauromaquia, la pederastia o la trata de blancas. Hace ya mucho que dejamos atrás al cazador asustado en una esquina de la prehistoria como para ponernos a invocar coartadas culturales que justifican lo que no es más que barbarie.

La visión de ese video vergonzoso ha coincidido con la lectura de Butcher’s Crossing, el extraordinario western de John Williams del que sólo puedo decir que está a la altura de otra de sus grandes novelas, Stoner. Al igual que en Stoner hacia la literatura, el protagonista de Butcher’s Crossing emprende un viaje iniciático a la naturaleza salvaje, una aventura en busca de un edén perdido en las montañas de Colorado, un valle idílico donde aún perdura una inmensa manada de bisontes. El libro tiene la fuerza y la pureza de los mejores relatos de Jack London, pero también está atravesado de una irresistible fascinación telúrica. La crítica ha dicho que Williams es el eslabón perdido entre Melville y McCarthy; personalmente, también he percibido, en la insólita majestad de sus descripciones de las llanuras y los bosques, un aura maléfica, emparentada vagamente con aquel cuento terrorífico de Algernon Blackwood, El Wendigo.

Hay un pasaje casi insoportable en que Williams, con frialdad angélica, narra la metódica matanza de miles de bisontes, abatidos a tiros uno tras otro y despellejados con precisión quirúrgica mientras los cuerpos desollados quedan sobre la hierba del valle como montículos de carne sangrante: apenas un epílogo del espantoso exterminio en que el bisonte prácticamente fue extinguido del territorio norteamericano. Al leerlo, recordé el día en que vi uno de los últimos bisontes europeos en el parque nacional de Bialowieza, en la frontera entre Polonia y Lituania, un fósil viviente erguido en medio de la nieve y que parecía brotado de Altamira. No hay una sola línea de ecologismo ni de crítica ni de ninguna otra cosa que altere el rumbo de la formidable prosa de Williams, nada más que narración pura y dura. Nada excepto, quizá, el título: El cruce del carnicero.

David Torres

https://blogs.publico.es/davidtorres

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