La idea tiene curiosamente el respaldo legal de un decreto del propio Franco de 1974 sobre Política Sanitaria Mortuoria, aún en vigor, que permite que los cadáveres sean comida para peces siempre que su muerte no se hubiera producido por una enfermedad contagiosa o por contaminación radiactiva. Faltaría, lógicamente, convencer a la familia y a Bob Esponja, que es muy suyo con los vecinos de alrededor de su piña.

Aunque las momias no tienen reuma, no es probable que el interfecto se mostrara muy de acuerdo con su acuático emplazamiento. Pese a que sus adeptos siempre han defendido que Franco no había previsto ser enterrado en el Valle de los Caídos y que la decisión correspondió al Rey, las crónicas de su inhumación daban cuenta de sus verdaderos deseos. Lo recogía así en su edición del 26 de noviembre de 1975 el diario La Vanguardia–entonces La Vanguardia española-: “El lugar de enterramiento de Franco se encuentra inmediatamente detrás del altar mayor. En un lugar que fue escogido personalmente por él. En efecto, en 1959, el día de la inauguración de este fabuloso monumento a los muertos, Franco puso su pie sobre lo que sería su tumba y, dirigiéndose al arquitecto Don Diego Méndez González (…) dijo exactamente: Méndez, yo aquí. Y con el dedo señaló el suelo en el que había puesto su pie”.

Los deseos del pie del dictador siguen pesando lo suyo 42 años después de su muerte. La sombra de este bajito genocida es tan alargada que PP y C’s se abstuvieron este jueves en el Congreso en la votación del decreto que impulsaba el traslado de su féretro, y es seguro que hubiesen votado en contra de haber dispuesto de la fuerza suficiente para impedirlo. Y sí, el decreto del Gobierno reunía la necesaria condición de urgencia porque no hay nada más perentorio que acabar con la infamia de honrar a un asesino de masas y disponer cada día flores frescas sobre su tumba.

Puede que la intención posterior del Ejecutivo de crear una comisión de la verdad sobre la Guerra Civil y la dictadura sea un despropósito, bien porque la literatura histórica sobre el período es abundante, porque la verdad no es única ni puede imponerse o porque apenas queda ya nadie que pueda pedir perdón o recibirlo. Lo que sería muy conveniente, en cambio, es crear un comité contra las mentiras que aún se siguen esparciendo desde una derecha que confunde reconciliación con silencio.

Ni el franquismo representó un periodo de extraordinaria placidez, como afirmó en su día el exministro del Interior Mayor Oreja, ni la construcción del Valle de los Caídos fue un modelo de seguridad e higiene en el trabajo, como apuntaba este mismo jueves desde la tribuna el protegido del ángel Marcelo, Jorge Fernández Díaz, todo un experto en la Obra. Se reza con los mismos labios que se miente.

A muchos les gustaría que la sugerencia de Preston triunfara. A este país le iría mejor sin esa presencia ominosa y también a esa misma derecha tan reacia a entender que todos los demócratas perdieron la Guerra Civil. El mar es un buen lugar de reposo para quien hundió tantas vidas y aparejó tantas redes de odio. Sólo ese violento y antiguo ser, que decía Borges, puede corroer tamaña maldad.

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