Hacerse el sueco

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Ayer domingo, siguiendo el ejemplo reciente de los franceses, a los ciudadanos suecos les ha tocado elegir entre susto o muerte, un viejo chiste europeo que corre de país en país y que a cada nuevo comicio tiene menos gracia. Igual que en el célebre refrán de la cal y la arena, no queda muy claro si es peor la derecha rancia de toda la vida o la extrema derecha naciente, la socialdemocracia patatera o el fascismo recién salido del armario, el susto o la muerte. Puede que dentro de unos pocos años aparezca un Churchill posmoderno que nos repita en versión de saldo la brutal admonición del estadista británico a su compatriota Chamberlain: “Entre la muerte y el susto, habeís elegido el susto, y tendréis la muerte”.

La muerte nos la vamos tragando día a día, en lentas cucharadas administradas desde arriba. Los inmigrantes que vienen a quitarnos el pan. No hay trabajo para todos. Nuestros abuelos emigraban para buscar trabajo, pero éstos vienen a delinquir. Así, cuando llegue el momento de tragarse el jarabe completo, de tener al frente de un gobierno a un Salvini, una Le Pen o un Rivera, el estómago europeo se habrá acostumbrado a la dosis y el cadáver del paciente estará perfectamente preparado para su entierro. Si la estafa universal de Lehman Brothers, de la que acaba de cumplirse un decenio, fue la reedición corregida y aumentada de la crisis del 29, ya no debe faltar mucho para volver a estrenar, con otra banda sonora, los grandes éxitos del siglo XX.

La partitura se repite hasta en los más mínimos detalles. Por eso mismo, la extrema derecha actual no tiene el menor empacho en proclamarse intolerante y xenófoba, aunque, eso sí, cambiando la islamofobia por el antisemitismo, más que nada porque hoy lo que sobran en Europa son moros y árabes, y también porque no sobrevivieron muchos judíos en Europa después de Treblinka y de Auschwitz. En Técnica del golpe de estado, un libro de 1931 que está tardando en reeditarse, Curzio Malaparte pasaba lista a las diversas estrategias y tácticas para hacerse con el poder, analizando los éxitos de Lenin, Primo de Rivera, Pilsudki y Mussolini. Malaparte terminaba con un golpe de estado fallido, el Putsch de la Cervecería, que tuvo lugar en noviembre de 1923, en Munich. No sé cuántos lectores estudiaron atentamente la obra de Malaparte, pero al menos hubo uno que aprendió a fondo de sus enseñanzas y, sobre todo, de los errores pasados: Adolf Hitler.

Lo que Europa parece haber olvidado es que el camino más fácil para llegar al fascismo es la autopista de las urnas, pero a Europa, desde Auschwitz a Srebrenica, se le da de miedo hacerse el sueco. Aparentemente, nada más distinto a las esvásticas y las gigantescas cruces gamadas con que los nazis montaban los desfiles en Núremberg que el inocente fondo de florecillas azules con que el líder de los Demócratas Suecos, Jimmie Akkeson, tapiza sus mitines. Sin embargo, en Cabaret, quizá la película más inteligente que jamás se ha rodado sobre el ascenso del nazismo, Bob Fosse filmó el momento exacto en que la bestialidad se adueña de una muchedumbre: con un hermoso muchacho rubio cantando “Tomorrow Belongs To Me” al aire libre, en un bucólico paisaje de árboles, nubes, cielo azul y verde, verde por todos lados, mucho, mucho verde.

David Torres

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