La batalla del siglo XXI

El Partido Comunista ha hecho de la inteligencia artificial una prioridad, aunque saben que EE UU le lleva mucha ventaja

Saludo entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de China, Xi Jinping.
Saludo entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de China, Xi Jinping. ARTYOM IVANOVARTYOM IVANOV/TASS

 

Si la carrera del siglo XX fue la espacial entre Estados Unidos y la URSS, la de nuestro tiempo es la de la inteligencia artificial entre Washington y Pekín. Ambas potencias, que mantienen una relación de amor-odio desde hace décadas, tienen muy claras sus fortalezas y debilidades y las de su adversario. Y llevan años invirtiendo en ganar. EE UU sabe que aquello de “China, fábrica del mundo” se ha quedado viejo. El país asiático ya no se limita a competir por precio y a llenar los bazares de Occidente. Hoy muchas fábricas del Delta del Río Perla, de donde procede gran parte de la exportación china, han implementado sistemas punteros de reconocimiento facial. Hace años que los ciudadanos no pagan con efectivo: el móvil les sirve hasta para comprar un cuenco de fideos en el puesto de la esquina. Millones de consumidores nunca han usado tarjeta, se han pasado directamente a las plataformas de pago.

El Partido Comunista ha hecho de la inteligencia artificial una prioridad. En verano de 2017, Pekín reveló su plan de convertirse en el referente mundial en este terreno, para uso militar y civil, en 2030. Cuenta con infraestructura privilegiada: 200 millones de cámaras de vigilancia y la mayor base de datos del mundo, 1.400 millones de personas, para entrenar a sus algoritmos. Y con tres gigantes, Baidu, Alibaba y Tencent, empresas privadas que cotizan en bolsa, pero que por su estrecha relación con el Gobierno tienen una enorme ventaja competitiva. Entre otras cosas porque algunos de sus principales rivales estadounidenses (Google, Twitter, Facebook) están censurados en China. Entre el Gobierno e inversores privados financian a cientos de startups nacionales y extranjeras.

Pese a todo, el presidente Xi Jinping es consciente de que EE UU le lleva mucha ventaja: China, aún en vías de desarrollo, no puede competir con las universidades estadounidenses ni, de momento, con ecosistemas únicos para la innovación como Silicon Valley. En inteligencia artificial EE UU tiene la maquinaria más rodada y con una seguridad jurídica imbatible para el inversor internacional. Y, como no se fía de su contrincante, ha empezado a protegerse. Lleva años impidiendo algunas operaciones chinas en su territorio, alegando razones de seguridad nacional.

EE UU sigue en cabeza, pero China tiene ases en la manga. El debate sobre el almacenaje de datos o la privacidad allí es residual. Y cuando el Gobierno toca el silbato, todos se cuadran. Cuando estalló el escándalo de Cambridge Analytica, el fundador de Facebook se disculpó ante el Senado estadounidense. Esa semana en China, el consejero delegado de Toutiao, con 120 millones de usuarios diarios, se vio en el punto de mira por una aplicación que las autoridades consideraron vulgar. No solo la cerró, sino que publicó una disculpa que refleja muy bien la línea roja: “No nos habíamos dado cuenta de que la tecnología debe guiarse por los valores del socialismo”.

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