Motivos ocultos y caballerosidad maldita

Más allá del indiferente sexo de las personas, hay una cosa que se llama educación, que a la mayoría solía impelernos a ceder el paso o el asiento.

La otra fue la entrega de la copa y las medallas. Sobre una tarima, las autoridades: Putin, Macron, la Presidenta de Croacia Kolinda Grabar-Kitarović, el talentoso Infantino y otros que no sé quiénes eran. Empezó a llover a lo bestia, una de esas cortinas que, si nos pillan en la calle, nos obligan a guarecernos a casi todos. Los jugadores están acostumbrados, pero no los paisanos. Al cabo de un par de minutos, apareció un esbirro con un paraguas, con el que cubrió… a Putin, que en Moscú era el anfitrión, para mayor grosería. Éste no le indicó en ningún momento a aquél que mejor protegiera a alguno de sus invitados, por hospitalidad al menos. Durante un par de minutos el único a salvo de la ducha fue el ex-agente de la KGB, famosa por su falta de escrúpulos. Por fin aparecieron dos o tres esbirros más con sendos paraguas, que sostuvieron sobre las cabezas de Macron, Infantino y otros. Así que durante un rato todos estuvieron a resguardo menos Kolinda G-K, mujer afectuosa: con su camiseta de la selección croata enfundada, abrazaba con calidez —quizá por astucia— a todos los futbolistas, a los suyos y a los rivales franceses.

Ante lo insólito de la situación —para mí, que soy anticuado—, dudé entre atribuirla a que la vieja caballerosidad ya ha sido erradicada del mundo, y a varios calvos o semicalvos les traía sin cuidado que se empapase la única persona con larga melena rubia (Kolinda G-K estaba hecha una sopa), o a las consignas actuales que tildan de machista cualquier deferencia hacia una mujer. Cubrir en primer, segundo o tercer lugar a la Presidenta habría sido de un sexismo intolerable, así que se la abandonó hasta el final deliberadamente (para cuando le llegó su paraguas, daba lástima). Más allá del indiferente sexo de las personas, hay una cosa que se llamaba educación, urbanidad o cortesía, que a la mayoría solía impelernos a ceder el paso a cualquiera (mujer u hombre), a ceder el asiento en el metro o el autobús a quien menos le conviniera permanecer de pie (mujer u hombre), a no empezar a comer hasta que todos los comensales estuvieran servidos (mujeres y hombres), a proteger con paraguas a quien más lo necesitara, por llevar ropa ligera, por tener una edad a la que los resfriados se pagan caros o por lucir larga melena frente a un grupo de calvos conspicuos sin riesgo de que sus cabellos parezcan estopa tras un buen rato de jarreo. Si todo esto se ha abolido, no vaya a ser uno acusado de machista, fascista, paternalista, elitista, discriminatorio o civilizado, más vale que lo comuniquen con claridad las autoridades, aunque sean las de la estupidísima FIFA. 

Javier Marías

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