Banksy

Banksy no es un pintor, es un genio publicitario

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Es un mundo saturado de identidades: éste, el nuestro. En el que al último don nadie se le concede el consuelo narcisista de una página de red social a su nombre, en la que hasta su más trivial gesto doméstico quedará trocado en la inmortalidad irrisoria de las fotos; y en like/no-like pueriles. Ser idéntico es el modo menos humillante de saberse imbécil. Los Facebook, Instagram, Linkedin…, que atiborran con nombres propios, con rostros, paisajes y gestos miméticos, la nulidad de la vida diaria, han dado en ser epítome de un tiempo en el cual se llama ser uno mismo a clonar lo que clonan todos, cada uno: ser tela en blanco sobre la cual poderes mediáticos omnímodos y carentes de la menor vergüenza graban indeleblemente sus mensajes. Ser sujeto es hoy repetir, bajo máscaras individuadas, exactamente lo mismo que repiten todos.

El viernes pasado, Banksy hizo que un cuadro suyo se autodestruyera a la vista del público de Sotheby’s, en el instante mismo en que acababa de ser comprado por 1.185.000 euros. La cifra pagaba un nombre, no una obra. ¿Qué es lo que hace al nombre “Banksy” mercancía en tal cifra valorable por ese mercado del arte que es el mayor fraude especulativo del último siglo? Lo invisible del artista tras su firma. Banksy es tan sólo una palabra; detrás de la cual nadie puede establecer, a ciencia cierta, qué sea lo que existe: si un pintor o un grupo de pintores, si un juego artesanal o una empresa eficiente. Y la obra triturada valdrá lo mismo que entera. Tal vez más, dicen los tasadores.

Dalí dejó muy pronto de ser un pintor: para ser una convencional empresa expendedora de la “imagen Dalí”, que su firma certificaba. Eran otros tiempos: decantar una imagen y cristalizarla intemporalmente en un nombre exigía inmenso esfuerzo y no poca inteligencia. La mercadotecnia se había ido apoderando del arte desde el inicio del siglo XX. Y prometía a los inversores un “valor refugio”, sobre el cual replegarse en tiempos de inestabilidad financiera: la imagen bien trabada de un artista consagrado escapa a la erosión del tiempo; de pocas mercancías puede predicarse eso.

Hubo quienes entonces huyeron asqueados. El más ilustre de ellos, aquel Marcel Duchamp que, cotizadísimo tras pintar ese canon cubista que fue su Desnudo bajando por una escalera, apostó por atrincherarse en lo invendible: el ready-made, el objeto, cualquier objeto –escurrebotellas, rueda de bicicleta, urinario…–, colocado donde no le corresponde. Obra de arte es cualquier objeto fuera de sitio, sentenció. Y no volvió a vender una obra. Tenía cosas más importantes que hacer: jugar al ajedrez, por ejemplo.

El modus operandi de Banksy es el inverso. En nuestro mundo de necias celebridades televisivas, no hay ya más identidad fascinante que la ausente: lo idéntico es hoy lo hortera. Banksy no es un pintor, es un genio publicitario. Que ha entendido que sólo la pantalla en negro puede seducir a ese ojo al que estragaron los televisores. Un nombre. Tras ese nombre, nada.

Gabriel AlbiacGabriel Albiac
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