Cáncer de mama

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Puedo entender, a grandes rasgos, las buenas intenciones de la gente. Pero el cáncer de mama no es un pañuelo en la cabeza, un lazo en la solapa, unos corazones horteras volando, una carrera solidaria, un día en el calendario, ni una foto de una modelo con los pechos perfectos y el dichoso color rosa por todas partes. El cáncer de mama (como cualquier otro tipo de cáncer) es un mal trago, una noticia despiadada, una bomba que el destino lanza a su antojo en la vida de una mujer y en la de las personas que la quieren. Un antes y un después. Tras ese estallido que surge cuando recibes la noticia, lo fundamental es tratar de recuperar el control de tu vida, la serenidad, el apego a lo cotidiano. Apartar de tu cabeza la sensación de que el fin está ahí, cercándote, para convencer a la persona que lo está padeciendo de lo mismo. Ese es el primer punto. Y luego ya vienen las atenciones médicas, la constante lucha de la enferma y de las personas que la quieren, y esa cosa tan extraña y caprichosa que es la suerte. Para lo primero, dinero (para que la investigación no cese y para que no haya recortes sanitarios) y profesionales. Para lo segundo, confianza (si eres la enferma) y amor y humanidad (si hablamos de quien está a su lado). Y para lo tercero, confianza. 
Éste es el juego. Brutal, salvaje y despiadado, nadie puede decir lo contrario. El después, si la suerte ha estado de tu lado, sigue siendo una lucha para vencer a la fragilidad y al miedo, cada día, cada hora, cada segundo. Porque esa fragilidad y ese miedo, que se oculta por momentos, nunca desaparece. Simplemente pasa a formar parte de la más importante de tus batallas cotidianas.   
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