La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

Ad Absurdum

La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

¿Qué es un hombretón? ¿Cómo ser el más masculino de la sala? ¿El que parte el bacalao en la comida de Navidad?

Fácil: ponte tacones, peluca y una base de maquillaje del color de la cocaína.

Eso te diría Luis XIV. ¿Qué mejores símbolos de su hombría que unas medias apretadas y unos zapatos que ni los manolos?

Si nos paramos a analizar el retrato de Luis XIV observamos cómo el rey luce su vestimenta con pose instagramera. Incluso la capa/colcha de cama está apartada para que se vean bien las medias y los zapatos de tacón rojo (y es que parece que le gustaban mucho sus propias piernas y no dudaba en enseñarlas). Espada, sí, pero enjoyada, que le haga juego con los doraos del resto del traje.

La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

Las tiendas de pelucas debían ser las de vapeadores del siglo XVIII

(Familia de Felipe V, de Louis Michel van Loo, pintado en 1743).

Pero, ¿a qué respondía esta fiebre por las pelucas? Durante el siglo XVII la moda había sido algo más sobria, principalmente a causa de la religión y de la influencia de la corte española en el resto del mundo, pero hacia finales del siglo, Luis XIV despuntaba en Francia.

Rey desde 1643, con cinco años, cuando creció sufrió la ira de la calvicie masculina, así que comenzó a usar peluca de manera regular. Y si el rey se pone peluca, tú te pones otra peluca.

Así que, en un dramático giro de los acontecimientos, algo tan masculino como la calvicie favoreció algo tan (en principio) poco ligado a la masculinidad como las pelucas. En realidad, si nos paramos a pensar, por esa misma calvicie tiene sentido que las pelucas sean un elemento impulsado por los hombres.

Para las décadas de 1680 y 1690 las pelucas ya eran muy populares. De hecho, un rey como Carlos II también se subiría al carro en este cuadro de Wilhelm Humer.

La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

Madre mía, está con un pie aquí y otro allí, ¿eh?

Una vez tenemos la peluca, ¿qué era lo siguiente? El maquillaje.

Durante el siglo XVIII se pusieron en marcha las máquinas mezcladoras de cemento para producir todo el maquillaje blanco que se utilizó.

Con polvo de arroz o incluso harina, se cubrían caras para empalidecerlas. ¿Con qué objetivo? Quitarse el moreno de obra, literalmente. Si no te da el sol es que te pasas el día a cubierto, normalmente tirado en el sofá, así que si en el siglo XVIII tenías morena la cara o el cuerpo es que eras un currela.

¿Y qué es lo contrario a un currela? Exacto, el rey y los nobles.

A piel más blanca, a más maquillaje, más nobleza. Así que no escatimaban, y luego como mucho se perfilaban las cejas y enrojecían mejillas con polen y azafrán. Ah, y la obsesión por los lunares negros pintados, que eran considerados en la época como bonitos (y servían para tapar marcas de la viruela), que podían ser pintados o de terciopelo.

Aunque, como hemos visto, con Carlos II se comenzó a seguir la moda francesa (exportada al resto de Europa), en la península no se implantaría hasta la llegada de Felipe V.

Cuadros de Felipe V ya hemos visto, pero a solo un Felipe de distancia, ¿qué nos encontramos? Una tremenda decepción.

La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

Los derechos de esta fotografía pertenecen a Cristina Cifuentes.

Traje negro con rayas disimuladas, corbata que destaca pero no mucho, camisa blanca, barba desaliñada, ni un triste peluquín… ¿Y esto se hace llamar rey? ¿Dónde está la pelucaza? ¿Y la casaca de colorines y lentejuelas? ¿Y el maquillaje blanco y el colorete? Seguro que ni lleva leotardos.

Pero vamos a ver, si los dos son reyes, y además de la misma dinastía, ¿qué ha pasado?

Muy sencillo: la moda cambia, pero además el significado de lo que es masculino también varía de una etapa a otra de la historia, e incluso entre sociedades distintas.

Fragmento de la serie John Adams de HBO. Sirve para ver las diferencias entre dos sociedades contemporáneas: la estadounidense y la francesa. John Adams era poco más que un paleto que se vestía casi al modo rural (y además no sabía francés, lengua franca para los artistócratas de la época) para los franceses.

De hecho, como señala Amelia Leira, con la excepción de la moda española del siglo XVII (y la del siglo XIX en adelante), en realidad los vestidos masculinos han sido más coloridos y vistosos que los de las mujeres a lo largo de la historia. En el siglo XVIII fue cuando se igualó la tendencia y ambos sexos se engalanaron con sedas y adornos estrambóticos.

De hecho, y aquí entra el último elemento de la ecuación masculina, los tacones los comenzaron a llevar hombres: en Persia para montar a caballo y disparar mejor, y en Europa como símbolo de estatus (y ganarle unos centímetros al de al lado).

Luis XIV era fanático de los zapatos de tacón, y tenía a un zapatero que le fabricaba todos los caprichos que quería, Nicolás Lestage. Aunque ya se usaban a lo largo y ancho de Europa, ya que como dice Elizabeth Semmelhack «una de las mejores maneras de tener estatus social era a través de costumbres imprácticas», fue este rey quien los puso de moda a finales del siglo XVII y principios del XVIII.

Curiosamente, las mujeres comenzarían a utilizarlos para imitar a los hombres.

Tanto ha cambiado de un momento a otro de la historia lo que era normal, que lo que todo el mundo imitaba en las cortes del siglo XVIII… sería transgresor dos siglos más tarde.

La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

La banda de glam metal Twisted Sister

Maquillaje, pelucas y trajes ajustados… Puff, vaya novedad. Cuando Luis XIV hace lo mismo que tú pero dos siglos antes, es que estás haciendo algo mal.

Precisamente los Twisted Sister jugaban con las concepciones de la masculinidad. Se puede ser un hombre e ir cubierto con una capa de dos centímetros de maquillaje.

Y lo que es más, se puede ser un hombre… y parecerse mucho a una mujer.

La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

Quita símbolos como corona y cetro y luego encuentra las 7 diferencias.

Lo sabían los noches ricachones del siglo XVIII y luego los Twisted Sister.

Ahora bien, ¿por qué se acabó este jolgorio artístico que convertía a las personas en obras de arte con patas?

Pues precisamente porque era cosa de nobles ricachones.

La masculinidad en el siglo XVIII: pelucas, maquillaje y tacones

¿Veis mucho maquillaje en el cuadro? ¿Pelucas? ¿Lunares fuera de su sitio? La libertad va enseñando lo que Delacroix quiso, pero además va descalza. La revolución no necesita ni tacones ni hostias. Bueno, hostias sí.

La ostentación excesiva que hemos ido desgranando no era del gusto de los burgueses que se lanzaron a destruir el Antiguo Régimen. Se extendió el uso de pantalones (los de los famosos sans-culottes) en detrimento de los calzones del XVIII, y los trajes ingleses, más sobrios, se abrieron paso, ya que los burgueses pensaba que se asimilaban más a las ideas de democracia y libertad.

La sobriedad se impuso en la moda masculina, quedando así identificada con la virilidad, y los colores y adornos con lo femenino.

Incluso la reina Victoria llegaría a declarar el maquillaje como algo “descortés”. Entraba fuerte el siglo XIX, que eliminó todos estos excesos tan nobles, y si el poderío francés se impuso a la moda que la corte española había extendido, ahora tocaba el turno a los ingleses y a su época victoriana de maquillaje escaso.

Referencias:

Leira Sánchez, A., La moda en España durante el siglo XVIIIEnlace.

Harari, Y. N., Sapiens. De animales a dioses. Crítica.

Ribeiro, A., Dress in Eighteenth Century Europe 1715–1789, Yale University Press, 2002.

Dejean, J., La esencia del estilo, Nerea, 2008.

Semmelhack, E., Heights of Fashion: A History of the Elevated Shoe.

Ad Absurdum suele escribir sobre historia, a veces en libros como Historia absurda de España o Historia absurda de Cataluña.

https://blogs.publico.es/strambotic

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