Las gafas israelíes que hacen ‘ver’ a los ciegos

Las gafas israelíes que hacen ‘ver’ a los ciegosLas gafas israelíes que hacen ‘ver’ a los ciegos

Las gafas israelíes  que hacen ‘ver’ a los ciegos

Las gafas OrCam leen textos, identifican personas, reconocen personas en el súper…

Una cámara detecta todo lo que se encuentra ante el invidente y se lo ‘chiva’ al oído

Las probamos en exclusiva días antes del lanzamiento de su versión avanzada

Cierro los ojos. Me pongo unas gafas. Intento coger el libro que dejé sobre la mesa, pero la oscuridad me impide encontrarlo. Me dejo guiar por la persona que me acompaña. Por fin lo tengo. Abro una página cualquiera y la sitúo a 30 centímetros de mi cara. Y, de repente, una voz de mujer empieza a ‘leerlo’ en mi oído: “Una de las virtudes del tiempo es la de hacer todo mucho más relativo…”.

El secreto no está en el cristal de las gafas, que ni siquiera está graduado, sino en una cámara muy ligera y pequeña instalada en la patilla derecha. Con este dispositivo inteligente, logro algo que parece milagroso: oír lo que mis ojos cerrados me impiden leer.

Rebobinemos unos segundos. Cuando toco el libro con los ojos cerrados, algo más difícil de lo que parece -“cuestión de práctica”, me explican-, escucho un sonido similar al de las antiguas cámaras réflex al cerrarse el obturador. Las gafas toman una foto del libro y, tras procesarla, la voz me la lee al oído.

Llevo puesta la última versión de las gafas OrCam, un invento revolucionario que permite “ver” a los ciegos. Ya hay 300 españoles y 10.000 personas en todo el mundo que utilizan este dispositivo, a la venta desde septiembre de 2017 y que esta semana lanza una versión actualizada. Es inalámbrico, pesa 22 gramos y, además de ‘leer’ frases escritas, guarda en su base de datos hasta 150 rostros.

La experiencia parece suficientemente alucinante, pero todavía hay más. Esta herramienta, que se puede programar hasta en 20 idiomas, también permite identificar el valor de un billete de 50 euros, decir la hora con tan solo mostrar la muñeca a la cámara o leer el código de barras de una caja de cereales y enumerar en voz alta los datos básicos: producto, marca, peso y vencimiento.

¿Hay más? Sí. Cuando un hombre entra en la sala en la que me encuentro, el dispositivo me indica su nombre: “Rafael”. El reconocimiento, mediante el registro de 128 puntos faciales, permite que los ciegos puedan saber si está presente un familiar, un amigo o un compañero de trabajo. Se trata de inclusión: romper con la barrera de la falta de información que sufren los invidentes. Es decir, casi un millón de personas en España, en donde hay 58.300 ciegos y 920.900 con baja visión, según cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Las gafas, que cuestan 4.500 euros, se fabricaron a raíz de la petición de la sobrina de uno de los fundadores de la empresa OrCam, el ingeniero informático Amnon Shashua. “Era ciega y le rogó a su tío que buscara una solución porque ella quería leer”, explica el director de Desarrollo de Negocio de la compañía israelí, Omer Elad. “Tenía la tecnología y el dinero, así que lo hizo posible. Lo que parecía un proyecto de película futurista se trasformó en una realidad. Hoy ella los utiliza y su vida cambió completamente”.

De igual forma dio un vuelco la vida de Susana Rodríguez Gacio, triatleta paralímpica gallega, diploma en los Juegos de Río en 2016 y fisioterapeuta del Hospital de Santiago de Compostela. Su porcentaje de visión es del 5%. La joven, de 30 años, tiene una deficiencia visual grave: albinismo. La condición genética que da lugar a la falta de pigmento en pelo, piel y ojos afecta a una de cada 17.000 personas. “Sólo distingo colores o formas”, dice. “Si tengo a una persona a medio metro, no podría decir quién es, pero sí describir si es alta o baja”.

Si voy a un restaurante ya no dependo de otros para saber qué hay en el menú

Susana Rodríguez, invidente

Susana entrena acompañada por una guía, pero diariamente se enfrenta a actividades que le plantean dificultades por su baja visión y las gafas le dieron independencia. “Ahora puedo leer las historias clínicas de mis pacientes, en el supermercado ahora sí elijo los productos que compro y hace poco terminé de leer Cometas en el Cielo de Khaled Hosseini, de casi 400 páginas. ¡Ah! Y también identifico los nombres de las calle. Algo tan simple pero que me permite ser autónoma”.

La batería del dispositivo dura dos horas y tarda 20 minutos en cargarse. También se puede conectar a bluetooth para enlazarlo a cualquier altavoz. “La cámara lee letra por letra”, explica Elad. “El software sabe que cada una tiene un número y cuando se juntan se elabora una combinación por la que reconoce cuál es la palabra. Es matemática pura. Son algoritmos”,

Susana lloró, dudó y se cuestionó mucho durante largos años. Sin embargo, se prohibió rendirse. “Más de una vez dije: ¡Hasta aquí llegué! Sobre todo cuando era niña porque iba al parque y sólo jugaba con mi hermana, otros niños no se acercaban. Las gafas me hubieran ayudado a integrarme más si hubiese reconocido a quien tenía a mi lado”.

Antes de terminar la experiencia me pregunto si podría utilizar este aparato en un sitio oscuro. La respuesta es que sí. Si alguien apaga la luz, se encienden dos brillos LED integrados a la cámara. Sucede automáticamente. Repito cada movimiento y, una vez más, escucho la voz femenina que narra el texto señalo.

Me quito las gafas y abro los ojos. Sin duda, la ceguera no es una limitación para dejar de sentir o vivir una realidad. Y mientras la tecnología avanza, esta idea se refuerza aún más.

http://judios.org

 

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