Los artistas y los ingenieros que diseñan nuestro futuro

Los artistas y los ingenieros que diseñan nuestro futuro

La Torre Diagonal Zero Zero, en Barcelona, España CreditWikimedia Commons

“Yo tengo esa habilidad, puedo explicar ideas con dibujos”, me dice Jon Juárez, “aunque siempre parto de textos para llegar a esas ideas”. Estamos en Alpha, un laboratorio casi secreto donde Telefónica imagina futuros que sean rentables tanto para su economía como para la humanidad. Una colmena de personas de veintidós países, la mitad mujeres y la otra hombres, circula de un lado para otro como si este piso a medio camino de los 110 metros del rascacielos Diagonal Zero Zero, con unas vistas impresionantes del Mediterráneo, fuera en realidad la nave Enterprise en vuelo cuántico hacia el futuro.

Acabo de conocer en persona a Jon. La semana pasada le envié un mensaje por Instagram para preguntarle por sus nuevos proyectos, porque me parece uno de los mejores ilustradores actuales y hace tiempo que no publica dibujos nuevos. Me respondió enseguida: “Ya no dibujo, ahora trabajo en Alpha, soy parte del equipo de ideación que diseña futuros especulativos… algo así como un guionista de conceptos”.

Y como soy un hombre curioso, aquí estoy, a quince minutos de mi casa, en el extremo noreste del 22@, ese distrito que ha tardado diez años más de lo previsto en ser todo lo tecnológico que quería ser, donde Facebook acaba de abrir una oficina y pronto lo hará Amazon. Ese eje de innovación atravesado por la avenida Diagonal por donde la ideología de Silicon Valley ha penetrado en Barcelona.

“Lo cierto es que a mí dibujar no me gusta tanto como para dedicarme exclusivamente a ello, pero por suerte están los podcasts, de modo que puedo leer libros sobre tecnología, inteligencia artificial o robótica y dibujar al mismo tiempo”, continúa el artista con la mirada en modo reposo, pero con un brillo intenso al fondo de sus pantallas diminutas. Lo que más le gusta, al margen de los lenguajes, es pensar y contar historias. Su diario no es visual, sino escrito. Por eso ha encontrado aquí un ecosistema interesantísimo, que “me ha obligado a pensar en temas en los que no había pensado”.

Y me muestra dos dibujos. En el titulado “Nomad” ha reflexionado, a través de la figura de un planeta y de formas urbanas, sobre cómo el caos se puede ordenar a través de ideas transformadoras. Y en “Evolution”, más complejo, ha ensayado acerca del progreso tecnológico y las redes humanas. En ambas ilustraciones —entre el Bosco, el diseño gráfico y la ciencia ficción— se pueden rastrear estructuras en forma de diamante, metáforas de ideas. Pero no me puede explicar exactamente qué significan, porque se relacionan directamente con los proyectos que están llevando a cabo, que todavía no han hecho públicos.

Los artistas y los ingenieros que diseñan nuestro futuro

“Evolution” CreditJon Juárez

“El arte facilita la traducción de una idea a una nueva dimensión, la plástica, donde es posible el consenso”, comenta Maurice Conti, jefe de Jon y director de innovación de Alpha. Una vez que la idea cobra forma, como “somos seres visuales y nuestros cerebros trabajan mejor con imágenes que con palabras”, el equipo puede decidir la dirección hacia dónde va a dirigir sus esfuerzos. Después de ver “el dibujo o el cómic de Jon, con eso es suficiente para entender lo que estábamos haciendo”, explica Conti. “Sin necesidad de realizar una maqueta o una simulación en 3D, algo mucho más lento, gracias a sus dibujos podemos tomar decisiones rápidas e importantes”.

Jon dejó hace unos meses el País Vasco para instalarse en Barcelona. Conti —que también tiene una mirada tranquilizante en la superficie y nerviosa en el fondo— proviene de San Francisco, donde dirigió el departamento de investigación y de innovación de Autodesk. “Alpha ha sido diseñado para arriesgarse, para fallar inteligentemente”, dice. Para ello siguen una metodología de diseño de futuros posibles, una lógica de ciencia-ficción: “Y Jon nos permite ver esos futuros en alta definición”.

Éric Sadin ha historiado en sus libros la administración digital de la realidad y la ha analizado filosóficamente. Según leemos en La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital estamos ante la universalización de una ideología tecnolibertaria, que ha impuesto un discurso de la innovación permanente, obligatoriamente disruptiva. Es decir: en la genética del nuevo espíritu californiano está el hacker permanente de los sistemas consensuados, al margen de que sean o no éticos o justos.

No es difícil detectar en los lemas de Alpha lo que Sadin denuncia: que prediquen que desean salvar el mundo. Los dos proyectos en los que el laboratorio de Barcelona está trabajando en estos momentos  —guiados por los objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y con la voluntad de alcanzar un impacto de más de cien millones de personas— son en efecto salvíficos.

Se trata de un plan integral de asesoramiento personalizado sobre salud desarrollado con un cóctel de inteligencia artificial, neurociencia, psiquiatría, psicología, diseño de dispositivos móviles e informática, para que el sujeto sepa en cada momento qué opciones de consumo alimenticio o farmacéutico, higiene o actividad física le convienen para evitar la obesidad, el cáncer, la diabetes o los infartos. Alpha también está diseñando una nueva forma de almacenar energía solar que permita suministrar energía eléctrica a mil millones de personas que en estos momentos todavía no tienen acceso a ninguna red, y compartir el capital sobrante.

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“Nomad” CreditJon Juárez

Conti, Jon y el resto del equipo trabaja en un tercer proyecto, igualmente ambicioso y global, para el que viajaron recientemente a zonas rurales de Perú y a laboratorios punteros de realidad virtual de Los Ángeles, porque la metodología de Alpha no solo se basa en los futuros especulativos, sino también en las excursiones que te abren la mente en tiempo presente.

“El tecnolibertarismo procede exactamente conjugando estas tres ambiciones: la voluntad de ser todopoderoso, la neurosis de un enriquecimiento perpetuo y la negación de la imprevisibilidad de lo real y de la muerte”, concluye Sadin, quien contrapone al espíritu de Silicon Valley los supuestos valores humanistas europeos sin someterlos a un análisis histórico y filosófico equivalente al que sí se aprecia en los de Berkeley, Stanford y las grandes empresas tecnológicas —como si fueran eternos y no construcciones que han ido mutando según cada contexto—, ninguneando los muchos aportes positivos a la sociedad del nuevo paradigma tecnológico.

El caso de Jon Juárez ilumina el más evidente: la cada vez más habitual colaboración en las nuevas empresas entre profesionales del ámbito científico y técnico y del artístico y letrado. En Amazon están contratando lingüistas. En Spotify trabajan codo con codo los músicos con los ingenieros. En Facebook están reclutando periodistas para el combate cotidiano contra las noticias falsas. Netflix busca talento local en todos los ámbitos de la narrativa y el arte. Y entre los perfiles en alza en LinkedIn está el de “storyteller”.

Steven Johnson ha explicado en Futuro perfecto. Sobre el progreso en la era de las redes otro de los horizontes en que las tecnologías en red podrían significar un antes y un después en la evolución de la democracia: los pares progresistas que aplican las ventajas de internet a las mejoras sociales, en el marco de una democracia líquida.

“La humanidad invierte muchos más esfuerzos, ingenio y dinero en conducir las redes hacia el mal que hacia el bien”.

La manipulación perversa de las elecciones evidencia que la humanidad invierte muchos más esfuerzos, ingenio y dinero en conducir las redes hacia el mal que hacia el bien. Y, a la luz de las tribunas en los medios de comunicación de los intelectuales más influyentes, a la opinión pública le satisface más el discurso apocalíptico sobre la democracia en peligro que la crónica de las iniciativas que imaginan y planifican esperanza.

“Si Facebook hubiera sido un proyecto vuestro, ¿cómo hubierais tratado de evitar su uso peligroso en el futuro?”, le pregunto a Conti. “Muy buena pregunta, porque en efecto la visión de Mark era estrictamente positiva, pero la tecnología se puede programar, a los seres humanos no“. Y añade: “En los proyectos que tenemos en marcha hay un equipo rojo y un equipo azul, para prever tanto las ventajas como los inconvenientes de nuestra línea de trabajo”. Como las pastillas de Matrix.

“Es fácil convencer a personas muy talentosas de todo el mundo para que trabajen para nosotros, porque esta ciudad es muy atractiva”, me dice Conti antes de despedirme en la puerta del ascensor, junto a una pizarra en que se ven los restos de una sesión de lluvia de ideas a partir de la caverna de Platón. “Queremos que Alpha integre lo mejor de los valores de Silicon Valley y de Europa”, añade.

Los artistas y los ingenieros que diseñan nuestro futuro

CreditEdiciones Deusto

A ver si lo consiguen. El director ejecutivo de Telefónica Innovation Alpha es Pablo Rodríguez, quien en Inteligencia artificial. Cómo cambiará el mundo (y tu vida), asegura que en el contexto actual de macrodatos, algoritmos y aprendizaje robótico: “Las humanidades son protagonistas de nuevo, y a través de ellas, volvemos a acercanos a aquello que nos hace únicos como humanos”. Antes de trabajar para Microsoft Research y Bell Labs, y dar clases en la universidad de Columbia, se doctoró en Ciencias de la Computación en el Instituto Federal Suizo. Y es confundador de la oenegé Data Transparency Lab.

Conti, por su lado, además de dar conferencias por todo el mundo y de dirigir laboratorios creativos, fue galardonado en 2009 por Naciones Unidas con la Medalla por una Valentía Excepcional por arriesgar su vida para salvar a tres marineros que habían naufragado.

Supongo que estamos en buenas manos. El transhumanismo las necesita tanto como sus cerebros. Por eso no me extraña que en Alpha haya una sala donde los plóters y las impresoras 3-D conviven con las tijeras, los rotuladores y las cartulinas. Porque no hay que olvidar cuál debe ser el significado principal de los verbos “manipular” o “maniobrar”: operar con las manos.

https://www.nytimes.com/es

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