Renau, Sert y el ‘Guernica’, una vez más

El mural de Picasso es una fuente imaginaria que nunca dejará de manar

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El ‘Guernica’, de Picasso, colocado en una urna de cristal en el Casón del Buen Retiro, de Madrid, en septiembre de 1981. MARISA FLÓREZ

Durante la Guerra Civil, el pintor y cartelista Josep Renau, que en ese momento era director general de Bellas Artes, fue a París en viaje oficial para pedir a los artistas españoles que colaborasen con la causa de la República mandando algunas obras al pabellón español de la Exposición Universal de 1937. Durante ese viaje, Renau conoció a Picasso. No fue, como se ha dicho, a contratar el cuadro que luego sería el Guernica, sino a realizar una labor exploratoria. En París, se presentó primero ante el embajador Luis Araquistáin, quien le dijo que para ser director general iba muy mal vestido y que su obligación era equiparlo según el protocolo de su categoría para presentarse en regla en el estudio del pintor. “Allí en la Embajada —me contó un día Renau— me vistieron con un pantalón de rayadillo, guantes amarillos de cabritilla, cuello de pajarita, corbata de plastrón, bombín, zapatos de media caña de paño con botones y un bastón corto, como de bailarín de claqué. Al mirarme en el espejo estuve a punto de desmayarme”.

Con esa indumentaria, muy avergonzado, Renau se echó a la calle. Era diciembre, había anochecido y estaba lloviendo. En la Embajada le habían dado la dirección de Picasso en la Rue de Boétie, pero al llegar vio con sorpresa que el número que llevaba en el papel correspondía a un bistró por cuya ventana se vislumbraba dentro a unos tipos que bebían y jugaban a las cartas bajo una pantalla verde. No sabía qué hacer, vestido como un payaso mojándose en la acera. Dice Renau: “Desde un tabac llamé a la Embajada. Se puso Buñuel, que se había enchufado de funcionario para huir de la guerra, quien me confirmó que esas eran las señas exactas que les había dado el pintor. Entonces tiré el bombín, la pajarita, el paño de los zapatos y la bengala de bailarín en un cubo de basura que había junto al portal y me quedé en gabardina y con la bufanda enrollada como si estuviera resfriado”. Al atravesar la penumbra del bistró alguien le dio unos toques en la espalda y le preguntó: ”¿Es usted Renau? Yo soy Picasso. Venga. Que quiero presentarle a dos paisanos suyos. Tómese un pernod con nosotros”.

Jugando a las cartas con Picasso estaban dos tipos de Corbera de Alcira, valencianos, asentadores de frutas en el mercado de Les Halles. Parecían tres apaches. “Picasso era un currutaco —me decía Renau—, más bajito incluso que yo, con ojos de brasa. Se pasó todo el rato contando animaladas y chistes verdes. Max Aub me dijo después que Picasso me había citado en aquella taberna con los dos valencianos de Alcira para hacerme un honor”. Según la leyenda, en aquel bistró se formalizó el encargo de la República en una servilleta de papel.

Un día, bajo la cúpula del hotel Palace, el arquitecto Josep Lluís Sert, quien junto con Luis Lacasa creó el pabellón de la Exposición Internacional, me dijo que en aquel tiempo de París veía a Picasso casi todas las noches en el Café de Flore y que allí se forjaron las ideas y los planes del Guernica. Picasso no solo aceptó con gusto el encargo de la República, sino que se puso al frente y tomó la iniciativa. “Tuvimos la suerte de contar en nuestro pabellón tan pequeño con los mejores artistas del momento. Picasso, Miró, Alberto, Julio González y Calder. Terminada la exposición, todas las obras se devolvieron a Valencia, donde estaba el Gobierno, excepto el Guernica, que reclamó Picasso para custodiarlo unos años. Hemingway compró La masía, de Miró. A Picasso se le pagaron, como a todos los demás, solo los colores, las telas, los bastidores, los marcos, el transporte, cantidades mínimas”.

Según contaba el arquitecto Sert, el trabajo fue un regalo, que hizo como un donativo cada artista, porque todos se habían ofrecido a colaborar con la República. “Hay una carta de Max Aub muy clarificadora en este sentido. No existen recibos. Solo está la factura de las fotografías que Dora Maar, amiga de Picasso, iba haciendo del cuadro y que pasaba al cobro. Y allí pone tantas fotos a tantos francos cada una, suma 250 francos. Hubo nueve pagos por estos trabajos. Es lo único que consta como prueba. Nunca hubo contrato. Renau era director general de Bellas Artes y lo veías con un mono de mecánico dibujando carteles, escribiendo los textos que luego los mejores literatos, Aragon, Éluard y Tristan Tzara, rivalizaban en corregir”.

El arquitecto Sert añadió, con cierta sorna, durante la entrevista en el Palace: “Si en el Café de Flore, en París, en plena guerra, nos hubieran dicho que el Guernicavolvería a España con un Borbón en el trono, con un presidente del Gobierno que se llamaría Calvo Sotelo, con un cura, el padre Sopeña, como director del Museo del Prado, con la Guardia Civil custodiando el cuadro y con Dolores Ibárruri presente en los actos de la inauguración, hubiéramos creído que se trataba de otra broma surrealista de Luis Buñuel”. Y es que el Guernica de Picasso es una fuente imaginaria que nunca dejará de manar.

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