Curas muy machos

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La obsesión de la Iglesia católica con los homosexuales es enfermiza y ni el Papa, tan moderno y chiripitifláutico, ha podido sustraerse a esa patología. El Catecismo aconseja acogerlos con delicadeza, no sin antes aludir al inexplicado “origen psíquico” de la homosexualidad y definir sus actos como depravados o “intrínsecamente desordenados”, contrarios a la “ley natural” y, por supuesto, reprobables. Un homosexual cristiano ha de sobrellevar su cruz y entregarse a la castidad “mediante virtudes de dominio de si mismo” si quiere alcanzar la gracia divina.

La Curia nunca ha podido aceptar que la homosexualidad se descubre y no se elige por pura perversión, porque hacerlo implicaría poner patas arriba su propia doctrina. Si los gays nacen y no se hacen, ¿cómo explicar que Dios, omnipotente y omnisciente, creara al mismo tiempo seres humanos ‘naturales’ y ‘antinaturales? ¿Se despistó el Creador en algún momento? ¿Debería haber trabajado también el séptimo día y poner más atención a sus figuritas de arcilla en vez de echarse la siesta?

Esta contradicción ha institucionalizado la homofobia hasta en las normas que tratan sobre la formación de nuevos sacerdotes, donde se aconseja no admitir en los seminarios a personas con tendencias homosexuales evidentes, lo que implica optar por el pelo en vez de por la pluma. Esto mismo fue lo que expresaba este viernes con gran escándalo el secretario general de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello: “Pedimos varones célibes y dentro de esta configuración de varones célibes pedimos también que se reconozcan y sean enteramente varones y, por tanto, heterosexuales”. Y aunque luego rectificara –“no quiero decir que los varones homosexuales no sean perfectamente varones”, el mensaje estaba ya lanzado: La Iglesia quiere curas “de sexo varón, de género varón”, cuya tendencia sexual “no sea de atracción por el mismo sexo”, curas muy machos, en definitiva. Dicho de otra manera, la Iglesia se pasa por la sotana las leyes de no discriminación.

Argüelles se limitaba en cualquier caso a reproducir el pensamiento del Papa Francisco, que es capaz de decirle a un víctima gay de los abusos sexuales de un sacerdote que Dios le hizo así, le quiere así “y a mi no me importa” y, al mismo tiempo, justificar la no admisión de homosexuales al sacerdocio para no poner en peligro “la vida del seminario” y prevenir “escándalos” que “desfiguran el rostro de la Iglesia”.

Esta santa hipocresía es la manera vaticana de decir que los homosexuales son serpientes en el paraíso que harían de las escuelas para futuros presbíteros reproducciones a escala de Sodoma, lanzando a sus compañeros pastillas de jabón en las duchas como si fueran manzanas del árbol prohibido. Y lo que es más grave, sugiere una vinculación directa entre la homosexualidad y la pederastia. Lo que viene a mantener el Papa es que si la Iglesia estableciera un ‘cordón sanitario’ e impidiera la ordenación de sacerdotes homosexuales los escándalos de abusos a menores desaparecerían.

Por algo muy parecido -afirmar que “sodomía y pedofilia son dos ramas del mismo tronco”- el periodista Eulogio López fue condenado este año a seis meses de cárcel como autor de un delito de odio. “La dosis de menosprecio y descrédito que encierran estas palabras es sencillamente brutal, intolerable para una sociedad basada en el respeto a la dignidad y la libertad de las personas”, proclamaba la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid. Según el fallo, relacionar homosexualidad y pedofilia “colisiona frontalmente con la opinión científica (…) Nada de esto puede proclamarse con relación a las personas homosexuales si no es desde la más palmaria intención de humillarles”.

No es amor sino odio lo que destila el representante de Dios en la Tierra cuando aconseja a los padres de niños homosexuales recurrir a psicólogos para que les traten, como si su inclinación fuera un trastorno al que sólo se puede poner remedio si se ataja a tiempo. El Papa es un señor muy moderno, un hombre de su tiempo, sin ningún género de dudas.

Juan Carlos Escudier

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