Extracciones: La línea del desierto [Alicia Genovese]

Extracciones: La línea del desierto [Alicia Genovese]
IMAGEN: CHARLY NIJENSOHN (EN COLABORACIÓN CON JUAN PABLO FERLAT, TERESA PEREDA Y EDGARDO RUDNITZKY), EL NAUFRAGIO DE LOS HOMBRES. SALAR DE UYUNI, BOLIVIA, 2008.
[SELECCIÓN Y RESEÑA POR ANA CLAUDIA DÍAZ]

Si algo aprendí es a irme, / cuando los cuerpos se cierran / cuando las palabras se enfrían / y sostienen la lógica, pero no a mí, / me dejo ir hacia un lugar perdido, / un país detrás de las cosas. Así empieza el primer poema de la obra reunida de Alicia Genovese, que editó recientemente Gog & Magog, y que desde el momento en que se convierte en un objeto tangible, se vuelve un libro de culto necesario en cualquier biblioteca.

Esta recopilación junta los poemas de su libro inédito La línea del desierto (el cual da nombre también a la totalidad de la obra), y de todos los anteriores: El cielo posible, El mundo encimaAnónimaEl borde es un ríoPuentesQuímica diurnaLa hybrisAguas y La contingencia.

En este gran poemario las palabras vuelven cronológicamente a tener voz, salen a lucirse otra vez en el campo de batalla de la poesía, a señalizar un recorrido que lleva más de 40 años.

«La línea del desierto» alegoriza el viaje que la hablante realiza en pos de una palabra que le devuelva resonancias afines, rastreándola a tientas más allá del vacío y los sonidos secos. Es esta una voz donde el tono, el ritmo, la textura y la velocidad logran ajustar bien con el afecto, asegura Alicia Salomone en el prólogo, y creo que esto podría aplicarse como poética del libro en sí mismo; un eco, una expansión de ese eco, una propagación del sonido/sentido de la palabra que vuelve, reverberante, en este tomo.

La línea del desierto, como quien entiende la bocanada de aire fresca de saber una «línea» en el medio de tanta intemperie, desolación, despoblado y yermo páramo. La «línea» como una luz que va encendiendo, a medida que pasamos las hojas, los distintos focos de la voz, como si fuera un viaje en el tiempo, tiempo enorme y sabio que supo sostener las palabras, palabras gigantes que no se erosionaron con los años, sino que solo acumularon fuerza y valor.

«Sobre estas plataformas / el tiempo se desata: / cercano el ayer, el futuro / se toca / y el espacio-tiempo del puente / es un punto estallante de carga y descarga, / grúas en el puerto, / armado y desarmado / de la misma figura: / camino en el aire, rocío ensoñado / hábitat incandescente»; y es eso lo que la autora enuncia, y lo que pareciera venir a proponer esta obra reunida: desarticular el tiempo, suspenderlo, convertirlo en aliado, transformarlo, precisamente, en un «puente» que nos permite sumergirnos en una poesía tan bella como intensa, tan minuciosa como real.

 


 

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La ruta del desierto

Si algo aprendí es a irme,
cuando los cuerpos se cierran
cuando las palabras se enfrían
y sostienen la lógica, pero no a mí,
me dejo ir hacia un lugar perdido,
un país detrás de las cosas.
Con un adiós imperceptible
el vacío comienza,
desaparecen los edificios, los autos,
los semáforos, que no son ahora
señales.
Ya no estás ahí, estás
en la ruta del desierto,
en marcha hacia lo inconexo,
lo áspero, lo faltante.
Podés ver abrojos
en los pastos escuálidos
se inclinan y sisean
como serpientes.
Podés ver el color seco
del Mojave,
es Arizona hacia Albuquerque,
es el camino monótono
en la meseta patagónica que emerge.
Estás a la intemperie,
no hay engaño, lo visible
es lo existente
Manejás
por una ruta sin límites.
La única emisora de radio
dejó hace rato de captarse
y la aguja del tanque de nafta
baja como un cuchillo;
no hubo tiempo para previsiones.
Manejás,
el volante apretado
como si sostuvieras en tu eje
el giro de las cubiertas.
Irse lejos
con elegancia, con la altivez
habitual en los que fueron fuertes,
pero ahora las cosas desaparecieron
y podrías caer
convertida en un cactus
a través del polvo.
La imagen en el retrovisor
igual a la del parabrisas.
Llegar a ninguna parte;
con lo que dije, lo que no dije,
lo que debí hacer;
escribir
y no pasar en limpio.
La ruta crece;
es la misma ciudad hundida
en los cuartos donde se acorrala
el amor sin preguntas, sin reflejos más que
para sus ojos dulces que devoran.
Manejás,
llevás el arañazo imperdonable,
la mirada previa de los grandes felinos.
La ruta debería cambiar,
un giro, una bifurcación,
los olores del riego
aplastando la arenisca,
y que el camino conecte
y que el mapa tenga
algún sentido.
Nada, por ahora.

 

 

 

(de La línea del desierto)


 

 

Recurso

el bienamado está ausente

ironía para hiedra
sin muro
ironía para el amor
toro mareado
por mil hábiles toreros

ironía ironía
algo debe crispar la superficie

 

 

 

(de El mundo encima)


 

 

La conversación

Hablar
como si el murmullo fuese
el aire que azora
…….las cortinas
como si el lenguaje
armase y desarmase el movimiento
en los pliegues del voile
o abriera postigos
…….a una orgullosa camelia
…….a una olorosa dama de noche
Hablar
hasta el roce
que reacomoda
la voz
hasta que algo como caballos desajustados
contraviene
la elegancia del encuentro
o interrumpe
el sueño de normalidad

Campo magnético
…….donde el mundo gira
y el cuerpo
…….por la interdicción arreciado
se recorta
…….como un bajorrelieve medieval
…………..en su pasión
la conversación,
universo colapsado
por el gesto de las palabras
La mirada mínima
desde una caja negra

(de El borde es un río)


 

 

En las riberas más escondidas del Delta
hay unos puentecitos para cruzar arroyos
hechos con tablones
que reparan constantemente
y sin descanso, las crecidas desmoronan
En los ríos anchos
casi no hay puentes
se arman a cada momento
de muelle a muelle
con lanchas y piraguas
Para los primeros viajeros
todo camino fue puente, tendido
de una ligadura sobre la vastedad
rocosa, sobre las arenas o los ríos
Agua más amable del Plata
oxigenada desde el Paraná
por juncales, papiros y sagitarias
Una vegetación invasora
que como el río mismo obliga
a rehacer
el paso, la posibilidad

Un puente nuevo
no se detecta fugaz
y es madera, materia
intemperie y soplo
no se imagina sin razones
y es sueño
regreso a lo unido
constante quebrar con pasos
la abrupta maleza
que ensimisma
Un clic de cámara
sobre el Riachuelo, fotografías:
férreos espacios familiares
en una luz ajena;
solo a veces
el foco
consigue dar con el sombreado
de la memoria
Estructuras de acero
como fósiles de dinosaurios,
escorzos y simetrías imperfectas
armadas por las tomas, la exigencia
del encuadre en la composición
Laminados, hierros en diagonal,
una plancha con forma
de círculo; confianza
en el mecanismo visible
y el metal pesado
para atravesar la geografía caprichosa,
el accidente natural
En un circuito electrónico
un solo toque puede recorrer
la mitad abovedada del cielo
dos, el planeta entero
Pero estos pasajes detienen
con el peso de sus detalles,
aminoran
la velocidad

Fotos, arqueología
de la mirada y el espacio,
como toda captación
inmóvil
implosiva

 

 

 

(de Puentes —fragmentos—)


 

 

La impersonal

Saliva. Un montón
de saliva llenando la boca
para escupir en la cara
de los ex.
El cuerpo frío
y la mente helada
para quien dijo amar
sin consecuencias.

Cartas, largos
comunicados
macerados en la estafa;
en notas testimoniados
los últimos lazos;
una didáctica escrita
del disgusto y la aversión:
palabra formal y cruda y frontal
para defender.
la propia sombra,
la pisada con hijos.

Guerra y decoro;
no es el clasicismo
de una tragedia francesa
sino un horror reactivo,
un atavismo
secado
de imágenes cruentas.

La palabra
limpia el miedo;

catarsis,
oh ese drenaje.

 

 

 

(de Hybris)


 

 

Me dejo estar en la ducha,
hago la plancha, floto
en el verano del río.
En diálogo con el agua tomo
las mejores decisiones.
En el agua pienso
en el agua descanso
encuentro
la boca blanda
hacia todas las cosas.

 

 

 

(de Aguas)


 

 

En el límite del río seco
el comienzo del desierto;
el aura de ausencia
como un reclamo silencioso.

Se extingue en Puelches
el río Salado
pero espera la crecida milagrosa
debajo del puente;

un polvo de años
se levanta en las calles sin asfaltar,
vuelo de tierra cotidiano
de uno a otro rincón.

El desierto no es la nada
es lo dejado por el agua,
el corazón prolongado que amarillea
y se perpetúa en intentos.

 

 

 

(de Aguas)


 

 

Fogatas

Prender el fuego
y el mundo se achica
alrededor.

Recuperar quietud
cuando la leña arde
olorosa de ligustros
en la salamandra.

El círculo encendido empuja
hacia atrás animales cebados,
esa malicia inútil que no alimenta
las brasas del abrigo.

Cercano a la llama
el infinito fondo oscuro
en su momento de absorción;

tantos futuros
soñados, entrevistos,
hasta este presente escueto.

Sentarse al calor;
hierbas para el té
de las digestiones;

un oído absoluto
para el silencio
donde te perdiste,

humareda del mundo.

 

 

 

(de La contingencia)

 


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©Constanza Niscovolos (para Página/12)

ALICIA GENOVESE (Buenos Aires, 1953). Ha publicado los libros de poesía El cielo posible (El Escarabajo de Oro, 1977), El mundo encima (Editorial Rayuela, 1982), Anónima(Ediciones Último Reino, 1992), El borde es un río (Libros de Tierra Firme, 1997), Puentes (Libros de Tierra Firme, 2000), Química diurna (Alción Editora, 2004), La hybris (Bajo la Luna, 2007), Aguas (Ediciones del Dock, 2013) y La contingencia (Gog y Magog, 2015). Además de la plaquette Aguas (Cuadro de Tiza, 2012), la antología bilingüe La ville des ponts/La ciudad de los puentes (Écrits des Forges, 2001) y la antología personal El río anterior (Ruinas Circulares, 2014). Es autora de los libros de ensayo La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas (Biblos, 1998; Eduvim, 2015) y Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco (Fondo de Cultura Económica, 2011). Obtuvo en poesía la Beca Guggenheim (2002). Recibió el Premio Internacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz en 2014 y el Premio Municipal de Ensayo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 2016. Actualmente es titular del Taller de Poesía I en la Universidad Nacional de las Artes.

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