La final de todos los tiempos entre Boca y River: una rivalidad más allá de los límites

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BUENOS AIRES — Sin importar lo que ocurra, el tono de Leonardo Uranga seguirá siendo suave y estable. Escogerá sus palabras cuidadosamente. Las pronunciará clara y lentamente. En los momentos de mayor dramatismo, la más exquisita tensión, conservará la cabeza fría, incluso cuando todos a su alrededor comiencen a perderla.

Mientras la mitad de Argentina estalle de alegría y la otra se hunda en la más profunda desesperación, Uranga contendrá sus emociones. En la culminación del juego más importante de su larga trayectoria en radio, ni siquiera levantará la voz.

Entonces, durante gran parte de la tarde del 24 de noviembre, tal vez sea el único. Cuando los archirrivales River Plate y Boca Juniors se enfrenten en el partido de vuelta de la final de la Copa Libertadores —el juego más importante para los clubes de fútbol de Sudamérica—, Uranga tal vez será la única persona tranquila en Argentina.

No es algo que resulte natural para él; de hecho, es lo opuesto a su instinto y a lo que acostumbra. Como comentarista de Radio AM550, Uranga siempre ha narrado los juegos “de la manera normal”: relata con gritos acelerados llenos de arrebatos apasionados en los que casi se queda sin aliento y en los que florece la retórica. “Ese ritmo es parte del fútbol aquí”, dijo. “La emoción y la pasión son el alma del fútbol argentino, su espíritu. Es muy difícil quitárselo”.

Dada la escala del partido del sábado, es casi imposible. Uranga no es el único que lo considera como el “partido más importante en la historia de Argentina”. Incluso el sobrenombre que le han dado, La-final-de-todos-los-tiempos, no se siente mucho como una hipérbole, no en estas circunstancias.

Es la primera vez, después de todo, que River y Boca —el enfrentamiento más intenso en Argentina y probablemente también en el mundo— se enfrentan en la final de la Copa Libertadores, el campeonato de clubes más codiciado de Sudamérica.

La final de todos los tiempos entre Boca y River: una rivalidad más allá de los límites

Hinchas de River Plate llegaron en gran número para ver partir el autobús del equipo la semana pasada. El estadio Monumental de River será sede del partido de vuelta el sábado. CreditMarcos Brindicci/Reuters

Y es la última vez que lo harán, por lo menos en este formato. A partir de la próxima temporada, el torneo no se decidirá con su final tradicional de ida y vuelta, local y visitante, sino con un solo juego en un estadio neutral.

Entonces, para River, esta es la última y única oportunidad de ganar el trofeo que valora más que cualquier otro derrotando a su acérrimo rival frente a los hinchas que adoran al club; para Boca, es una de esas oportunidades que llegan una vez en la vida, de infligir la más dolorosa humillación imaginable a su eterno rival, de asegurar la victoriamás grandiosa de su historia en territorio enemigo.

No sorprende a nadie que Mauricio Macri —alguna vez presidente de Boca y ahora presidente de Argentina— declararse antes del partido de ida que “el que pierde va a tardar veinte años en recuperarse”. Hay muchos hinchas que podrían decir que ese cálculo es conservador.

Hay evidencias de cuánto significa en Buenos Aires y también en toda la Argentina: entre los dos, River y Boca afirman tener el apoyo del 65 por ciento de la población. No es solo el paisaje de camisetas amarradas a los balcones o colgadas de las ventanas. No es solo el sonido de infinitas conversaciones en cafés, bares y restaurantes, donde se discute qué podría pasar, quién podría ganar. No son solo los encabezados en los periódicos o las voces a través de la radio, que revelan que alrededor de dos mil policías vigilarán el Monumental, el estadio de River, la tarde del sábado, o que fiscales en Buenos Aires han iniciado una investigación por la reventa ilegal de boletos, con precios que según reportes se han elevado hasta alcanzar los 2000 dólares o más.

También son las historias individuales. Hay una sobre Matías Álvarez, un estudiante de Derecho que no ha podido encontrar trabajo pero logró conseguir un boleto para el juego; en Facebook escribió que no lo vendería por ninguna cantidad, pero que con gusto lo entregaría si alguien pudiera ofrecerle un trabajo “en algún tipo de oficina o negocio”. Algunas cosas, dijo, eran “más importantes”.

Fue inundado con ofertas de personas dispuestas a ofrecerle empleo solo para estar ahí, en el partido; River finalmente intervino para asegurarle un lugar en el estadio tanto a él como a su benefactor.

Esa historia fue cubierta por los medios argentinos, pero hay muchas otras que permanecen anónimas: los fanáticos que hacen el viaje a casa desde Nueva York, Toronto, París y Madrid, vestidos de pies a cabeza con el uniforme de River, simplemente porque tenían que estar ahí; el fanático que esperó toda la tarde afuera de la casa de Carlos Tévez, donde los jugadores de Boca se habían reunido para un asado, solo para desearles a todos mucha suerte; el taxista cuya familia retiró su camiseta de Boca de su guardarropa para que no estuviera tentado de ponérsela cuando llevara pasajeros al estadio el sábado.

La final de todos los tiempos entre Boca y River: una rivalidad más allá de los límites

Boca Juniors y River Plate empataron en el partido de ida, 2-2. River Plate será local en el segundo juego la tarde del sábado. Como en el primero, los hinchas del visitante tendrán prohibido ingresar. CreditMarcos Brindicci/Reuters

No obstante, muchos intentan no pensar en el partido. Al igual que Uranga permanecerá tranquilo el sábado, ellos se obligan a sí mismos a mantener la calma, al menos por ahora. Después de todo, este es un país en el que, como dijo el exentrenador de la selección argentina Marcelo Bielsa, no solo importa ganar; es igual de importante ver sufrir a tu oponente. Para ambos equipos, la derrota en este partido es la peor de las pesadillas.

Para muchos hinchas, tanto de River como de Boca, esta final no es una fuente de esperanza, sino de preocupación. Preferirían que un equipo brasileño o colombiano —cualquiera, en verdad— estuviera en su camino. “Es demasiado”, dijo un fanático de River. “La idea de perder es impensable. El costo es demasiado alto”.

Toda esa tensión, toda esa emoción, necesitan un desahogo. Los hinchas de Boca obtuvieron el suyo la tarde del 22 de noviembre cuando el equipo sostuvo una sesión de práctica abierta al público en La Bombonera, el deteriorado y bullicioso estadio del club en el barrio de La Boca, un peligroso distrito porteño al sur del centro de la ciudad.

Una hora antes del inicio de la sesión de entrenamiento, La Bombonera estaba llena: más que llena, de hecho. Los hinchas abarrotaron las escaleras, estaban atrapados en los pasillos y se subieron a los escritorios del palco de prensa. Los niños se agarraron desesperadamente de los hombros de sus padres, con los ojos completamente abiertos ante el impresionante número de personas en el interior.

Tantas personas lograron entrar que, unas horas después, el concejo de la ciudad cerró el estadio porque había excedido la capacidad permitida. Aún así, miles más todavía permanecieron afuera, en las estrechas y saturadas calles de La Boca, cantando y bailando, ondeando banderas, demostrando su fidelidad.

La final de todos los tiempos entre Boca y River: una rivalidad más allá de los límites

La policía detuvo el ingreso a la práctica abierta al público de Boca del jueves cuando el estadio rebasó su capacidad.CreditJuan Mabromata/Agence France-Presse — Getty Images

Durante una hora, aquellos en el interior observaron el entrenamiento de los jugadores, en medio de un ruido incesante. Cuando la sesión terminó, la escuadra de Boca se acercó a las gradas para agradecer el apoyo y recibir aplausos.

“Tenés que recordar que los hinchas del equipo visitante no pueden ir al juego el sábado”, dijo Ezequiel Fernández Moores, el decano del periodismo deportivo argentino. “Los hinchas les están diciendo: ‘No podemos ir, tienen que ir en nuestro lugar’. Los están mandando a la guerra”. Cuando los jugadores ya se habían ido, los hinchas se quedaron. El estadio se volvió más ruidoso, tan ruidoso que la tierra tembló.

Esa es la pasión y la emoción que Uranga describió, la intensidad y la obsesión que caracterizan al Superclásico, la Libertadores, que distingue al fútbol argentino de su primo europeo más sedado, menos visceral. Es una fuente de orgullo, aunque tiene un precio.

Antes del partido de ida, la Sociedad Argentina de Cardiología se acercó a Radio AM550, la estación para la cual trabaja Uranga, para expresar su preocupación por el posible impacto a la salud de los dos juegos entre River y Boca. “Esa misma pasión puede generar estrés”, dijo Uranga.

En los días previos a los partidos, ha habido anuncios de servicio público que instruyen a aquellos con problemas de salud a visitar su doctor y asegurarse de que no se hayan quedado sin medicina, o incluso a que eviten seguir el partido. Radio AM550 decidió ir un paso más allá.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         
 En vez de su cobertura regular de los juegos, decidió difundir una “transmisión zen” de cada partido, reduciendo el volumen de la multitud y remplazándolo con música relajante. Uranga y su compañero comentarista, Eduardo Caimi, bajarían sus tonos, hablarían a un ritmo más lento y describirían los incidentes del juego tal como ocurrieron.

 En la transmisión al aire fueron acompañados por un cardiólogo, Gonzalo Díaz Babio, para ofrecer consejos a los radioescuchas con padecimientos cardiacos.

“Queríamos que las personas pudieran seguir el partido de una manera más relajada”, dijo Uranga. “El médico estaba ahí para dar consejos a las personas que estaban escuchando, para recordarles que no comieran mucho, que realicen mucho ejercicio de antemano, que beban mucha agua y no tanto alcohol”.

Ese primer juego, un empate 2 a 2, fue un reto: Darío Benedetto, el delantero de Boca, empató para los locales en el último minuto del partido. Uranga logró mantener la calma. “Dije que había anotado, que Boca estaba empatado, y describí lo que había pasado en la jugada que había llevado al gol”, mencionó. “No dije que era una gran tragedia para River”.

Los tres volverán a participar en la transmisión del sábado, cuando lo que está en juego sea aún más importante y el drama será incluso más grande. El partido de ida, después de todo, nunca iba a ser decisivo. Este, en contraste, lo será. Para Boca y River, para los miles que hicieron retumbar a La Bombonera, para los cientos que han hecho el viaje, para una nación entera, este es el momento de la verdad.

Uranga conoce el contexto. Sabe lo importante que es, exactamente cuál será la recompensa de la victoria y el costo de la derrota. Sin embargo, su trabajo es ignorarlo, restarle importancia, para recordar en nombre del público que sigue sus palabras y la nación que contiene su aliento que, a fin de cuentas, es solo un juego y que hay ciertos costos que no vale la pena pagar.

“Es el partido más importante en la historia del fútbol argentino, la final de todos los tiempos”, dijo. “Sin embargo, aun así no es tan importante como la vida y la muerte”.

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