La gesta española del trineo de viento: viaje al océano de hielo del fin del mundo

En dos semanas comenzará la expedición «Antártida Inexplorada 2018-2019». Llevará a cuatro españoles a recorrer 2.000 kilómetros en la Antártida a bordo de un trineo impulsado por el viento. En dos meses harán decenas de experimentos

El trineo de viento, detenido sobre el hielo en una anterior expedición

A finales del siglo XIX la Antártida parecía ser la última frontera del conocimiento. La curiosidad y el afán de exploración convirtió este páramo frío, reseco y –aparentemente– muerto en uno de los focos principales de la investigación científica y geográfica. Durante la llamada «Época Heroica», diez países lanzaron un total de 17 grandes expediciones científicas, marcadas por la dureza de las condiciones, la escasez de recursos y el uso de una tecnología muy primitiva. Solo se aventuraron los más osados y los más duros y, de hecho, 19 personas se dejaron allí la vida, pero, finalmente, la gesta culminó con la llegada de la expedición de Roald Amundsen al polo Sur. Desde la última expedición de Sir Ernest Shackleton, la exploración comenzó a mecanizarse. A día de hoy, allí hay decenas de grandes bases, tanto permanentes como estacionales, enormes aviones de carga, vehículos de orugas y sofisticados sistemas de comunicación y navegación.

Cuatro españoles están a punto de embarcarse en un viaje que desafiará los modernos métodos de exploración. Durante dos meses, recorrerán 2.000 kilómetros a bordo de un trineo impulsado por el viento y aprovechando la energía captada por paneles solares. Recorrerán un auténtico océano de hielo de una extensión de miles de kilómetros, y surcado en ciertas zonas por las temidas sastrugis, auténticas «olas congeladas» de hasta dos metros de alto, soportando temperaturas de hasta 50 ºC bajo cero. La gesta comenzará en menos de dos semanas, cuando arrancará la expedición «Antártida Inexplorada 2018-2019», financiada por la Fundación Príncipe Alberto II de Mónaco. Su principal cometido será hacer una decena de experimentos científicos y demostrar la viabilidad de este trineo de viento para exlorar la Antártida de una forma económica, segura y no contaminante.

Vista de uno de los módulos del trineo de viento. A la izquierda, a cientos de metros, se aprecia una de las velas empleadas
Vista de uno de los módulos del trineo de viento. A la izquierda, a cientos de metros, se aprecia una de las velas empleadas – Tierrapolar.es

«El trineo de viento está inspirado en el conocimiento de los inuit, la última generación de cazadores tradicionales», explicó Ramón Larramendi, organizador, promotor y director de la expedición y creador del trineo de viento en una rueda de prensa celebrada este jueves en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. «Su cualidad fundamental es la de alcanzar la máxima sencillez para ser lo más fiable posible. Esto es clave, porque allí no se puede esperar ayuda del exterior

Larramendi ha recorrido más de 40.000 kilómetros por el Ártico y la Antártida en una veintena de expediciones. Quizás la que más le marcó fue la «Expedición Circumpolar Mapfre» que, entre 1990 y 1993, tuvo el reto de recorrer 14.000 kilómetros solo con medios tradicionales de los inuit, como perros, kayaks y marchas a pie. Todo este conocimiento, atesorado durante milenios por este pueblo, le llevó a idear un refinado trineo, acoplado a una vela en vez de a un grupo de perros, y complementado con la más sofisticada tecnología.

No un Hilton polar

Después de 18 años de trabajo y de nueve expediciones, Larramendi y varios colegas han perfeccionado el diseño del trineo. Con el único impulso de una cometa empujada por el viento, cuya extensión va de los cinco metros cuadrados a los 150, este vehículo puede transportar a seis personas a bordo, junto con toda la carga necesaria para pasar fuera de 50 a 60 días y varios cientos de kilogramos de carga científica. Todo se organiza en un diseño donde se pueden añadir o retirar módulos de trineos, que resulta fácil de transportar, de montar y de reparar. Por desgracia, la comodidad no es una de las prioridades: «Desde luego no es un Hilton polar», bromeó Larramendi.

Configuración similar a la que se usará en la expedición. A la izquierda, módulo locomotora, en el centro, bloque para experimentos, y a la derecha, módulo de descanso
Configuración similar a la que se usará en la expedición. A la izquierda, módulo locomotora, en el centro, bloque para experimentos, y a la derecha, módulo de descanso – Tierrapolar.es

Hilo Moreno, uno de los cuatro expedicionarios que se embarcarán en el trineo, incluyendo a Larramendi, explicó a ABC que las comodidades serán mínimas. «Hay un problema fundamental, y es que el trineo se sacude mucho, especialmente cuando atravesamos los campos de sastrugis, a veces más extensos que la comunidad de Madrid». En esas situaciones, los expedicionarios tendrán que dormir dando auténtitos tumbos dentro de la tienda de campaña de descanso.

Viaje al corazón de la Antártida

El trineo, en esta ocasión formado por tres módulos y con una longitud de nueve metros, trazará una ruta triangular, de ida y vuelta, con 2.000 kilómetros de extensión, que requeriría gastar unos 40.000 litros de combustible si se hiciera con vehículos de orugas. Recorrerá una amplia extensión en el plató occidental de la Antártida, que es más practicable que la oriental, internándose cientos de kilómetros en el continente.

Ruta prevista de la expedición. Partirá de una base rusa, viajará hasta el Domo Fuji y volverá
Ruta prevista de la expedición. Partirá de una base rusa, viajará hasta el Domo Fuji y volverá – Tierraspolares.com

Partirá de las cercanías de la base antártica rusa Novolazárevskaya en dirección al domo Fuji, un punto situado a 3.810 metros de altitud en el que se localiza una base japonesa. Allí se encuentra el segundo punto más alto del interior de la Antártida, donde se han registrado algunas de las temperaturas más bajas de la Tierra, de hasta -93,2 ºC. Llegarán a la cima del domo desde la base científica norteamericana Base Plateau (en la tierra de la Reina Maud), abandonada desde 1969, para iniciar desde Fuji el regreso a Novolazárevskaya de nuevo.

Experimentos científicos

La expedición, cuyo coste total asciende a los 300.000 euros, llevará a bordo 10 proyectos de investigación relacionados con la biología, la geología, las telecomunicaciones, la ciencia espacial y el medio ambiente. Por ejemplo, la Agencia Espacial Europea (ESA) participará con unos experimentos para evaluar el funcionamiento de la red «GPS europea», el ambicioso proyecto Galileo.

Investigadores de la Universidad de Maine (EE.UU.) se beneficiarán de la recogida de varios testigos de hielo para reconstuir el clima pasado. Investigadores e la Universidad Autónoma de Madrid tomará muestras de bacterias suspendidas en el aire a través de un sofisticado instrumento para estudiar cómo se distribuyen. Un proyecto del Centro de Astrobiología (CAB) hará pruebas con un instrumento meteorológico (MEDA) que irá montado en el rover de exploración de la NASA Mars2020 y con otro que podría viajar más tarde a Marte para detectar vida (y llamado SOLID). Además, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) le proporcionará a los expedicionarios un pormenorizado pronóstico del tiempo.

Un viaje en barco sobre el hielo

Para hacer estas pruebas habrá que hacer un largo viaje en unas muy difíciles condiciones. Hilo Moreno explicó que en el trineo se establecerá un sistema de guardias, parecido al de un barco. Habrá turnos de diez horas en los que un piloto y un copiloto dirigirán y vigilarán el trineo, mientras los otros dos descansan. Pasados estos turnos, lo habitual será hacer descansos de cuatro horas, en los que cocinarán, y en los que unos desayunarán y otros cenarán, siempre bajo el sol permanente del verano antártico.

Los cuatro expedicionarios. De izquierda a derecha: Ignacio Oficialdegui, Manuel Olivera, Ramón Larramendi e Hilo Moreno
Los cuatro expedicionarios. De izquierda a derecha: Ignacio Oficialdegui, Manuel Olivera, Ramón Larramendi e Hilo Moreno – GLS

Las velas o cometas, diseñadas con materiales muy ligeros, permitirán que el trineo navegue a velocidades de seis a 50 kilómetros por hora, incluso con vientos muy escasos. Todas ellas están al otro extremo de unos hilos de 350 metros de largo, que pueden ser movidos con comodidad por una sola persona, y que están unidas a multitud de mosquetones y poleas.

Esta longitud, que permite que las cometas se eleven para «cazar» el aire, hace que la operación de cambiar las «velas» lleve más tiempo, puesto que los expedicionarios tienen que recorrer un buen trecho embutidos en sus gruesos y sofisticados trajes aislantes, diseñados a propósito para esta misión, para llegar hasta ellas y sustituirlas.

Ramón Larramendi dirigiendo la cometa del trineo de viento
Ramón Larramendi dirigiendo la cometa del trineo de viento – ABC

En todo momento, los expedicionarios tendrán que viajar a favor del viento (aprovechando vientos portantes). De hecho, el diseño de su ruta, en forma de triángulo, seguirá la dirección habitual de los vientos, que forman auténticas autoestopistas de masas de aire. Se aprovecharán de los vientos catabáticos, que se forman cuando masas de aire muy frío «se deslizan» por las zonas de máxima pendiente en dirección al océano, a causa de su elevada densidad, y que en la Antártida hacen que el viento sea casi permanente.

Un trineo tan pesado como un oso polar

El vehículo consiste básicamente en un chasis de varios trineos, llamado «plataforma Larramendi», en el que se acoplan diversas tiendas o instrumentos a conveniencia. El chasis está construido con dos tipos de madera reforzada, una para travesaños y otra para railes, y unido fuertemente por medio de cuerdas de poliéster y aros de goma, entre otros materiales. «Su peso llega a los 500 kilogramos, lo que equivale a un oso polar», apuntó Manuel Oliveira, expedicionario en este viaje e ingeniero que ha trabajado en la mejora del diseño del trineo.

Las difíciles condiciones de la Antártida hacen que cualquier cosa, ya sea apretar un botón o quitar un tornillo, sea todo un reto. Por esto mismo, el trineo de viento viajará junto a equipos científicos adaptados expresamente a esta misión. Todos ellos cuentan con materiales muy resistentes a los golpes y al frío extremo, y están pensados para poder ser manipulados con los gruesos guantes con los que deben ir equipados los expedicionarios. Además, muchos de ellos tendrán que trabajar con cantidades mínimas de energía.

Paradójicamente, sobre unos trineos similares a los que usaría un inuit, los expedicionarios transportarán baterías y paneles solares de última generación para trabajar en temperaturas extremas y reducir el peso al máximo. Así es como explorarán un continente que una vez ocupó las portadas de los periódicos y que hoy está dando avisos del peligroso cambio climático que está llegando.

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