“No me puedo quejar”: lo que nos enseñan los chistes sobre dictaduras

Según George Orwell, los chistes son “pequeñas revoluciones”

“No me puedo quejar”: lo que nos enseñan los chistes sobre dictaduras
‘El gran dictador’, de Charles Chaplin

“Humor patibulario turco: un prisionero va a la biblioteca de la cárcel y pide un libro. El guarda le dice: No tenemos ese libro… Pero tenemos al autor”.El chiste lo recuperó en Twitter Moshik Temkin, historiador de la Universidad de Harvard. En los comentarios, muchos proponen otros similares que circulan y circularon bajo dictaduras y autocracias. Estos chistes han actuado como una forma modesta de resistencia que también tenía sus riesgos. No solo eso: vistos años más tarde son un testimonio caricaturesco de los miedos y las esperanzas de quienes los contaban. Probablemente no ayudaron a derrocar a ningún tirano, pero sí sirvieron para llevar a cabo pequeñas venganzas privadas que ayudaron a sobrellevar el horror y el absurdo.

Franco: “¿Y si les gano?”

Ana María Vigara Tauste, lingüista de la Universidad Complutense fallecida en 2012, escribía en su estudio Sexo, política y subversión. El chiste popular en la época franquista (pdf) que los chistes sobre el franquismo eran una “forma de rechazo humorístico a la presión efectiva de la dictadura”. 

La autora subraya que contar chistes apenas era “una de las pocas transgresiones, si no la única, que podían permitirse impunemente” los españoles. Era una “catarsis más o menos lúdica”, como se puede ver en este ejemplo extraído, como el resto de chistes de este apartado, de su citado trabajo.

En un Consejo de Ministros, Franco quiere saber cómo superar el hambre y la crisis económica. Toma la palabra Raimundo Fernández Cuesta, ministro de Justicia:

-La única solución que se me ocurre es declarar la guerra a Estados Unidos. Llegan los americanos, nos terminan de arrasar y luego nos incluyen en el Plan Marshall. Con eso nos traerán dólares y nos pondrán boyantes del todo.

-No está mal, no está mal… -dice Franco-. Pero, Raimundo, ¿y si les gano?

Estos chistes se centraban, sobre todo, en la represión sexual y religiosa, y en la burla de la propaganda y la imagen del caudillo, que era “aquel señor tan soso”, como escribe el militar e historiador Gabriel Cardona en su libro Cuando nos reíamos de miedo, publicado en 2010. También hay referencias a los privilegios de los altos cargos del régimen, sobre todo en los primeros años de la dictadura.

Franco preside un Consejo de Ministros. Preocupado por la situación económica, ha pedido un informe sobre las reservas a Juan Antonio Suanzes, ministro de Industria y Comercio.

-Tenemos gasolina para 15 años, carbón para 30, divisas para otros 30, trigo para 70.

-Ah, pues la situación no es tan mala -dice el Generalísimo-. Los españoles cuentan con reservas para dos décadas como mínimo.

-Perdón, mi general. Creí que Su Excelencia había preguntado qué reservas había para nosotros.

Este chiste, fechado en 1972 en el estudio de Vigara Tauste, es muy similar a otros que se contaban en los países soviéticos:

Franco no encuentra su cartera y le pide a Blas Pérez González, ministro de Gobernación, que investigue a sus compañeros de gabinete. Al día siguiente, la encuentra bajo un montón de papeles. Llama a Blas Pérez y le pide que suspenda la investigación.

-Mi general, pero si ya han confesado todos.

La versión protagonizada por Stalin que recoge el ensayista argentino Tomás Varnágy en su libro Proletarios de todos los países… ¡Perdonadnos! es algo más bestia: “La mitad ha confesado y la otra mitad murió durante el interrogatorio”.

Muchos chistes sobre dictadores son intercambiables, pero también hay chistes que difícilmente se pueden exportar, como este que sirve como claro ejemplo de que, como escribe Cardona, se contaron chistes sobre Franco durante toda su vida:

Franco se recupera de una anestesia. Abre los párpados y se encuentra rodeado por un nutrido grupo de médicos ataviados con batas blancas.

-¿Quiénes son estos señores?

-Pues el equipo habitual.

Entonces el Caudillo se anima y rompe a gritar:

-Pues… ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid!

A partir de 1973 también se cuentan chistes sobre Carrero Blanco, vueltos a poner de moda recientemente después de que se llevara a juicio a una tuitera por contar algunos de ellos. Cardona recoge en su libro uno de los que circulaba. Era mucho más, digamos, contundente que los que tuiteó Vera:

Estaba Carrero Blanco oyendo su última misa cuando se acercó para recibir la comunión. El cura iba distribuyéndola a los fieles arrodillados, hasta que llegó al almirante y se lo saltó diciéndole:

-A usted la hostia ya se la darán cuando salga.

Como es natural, Cardona recuerda la discreción necesaria a la hora de contar chistes y apunta que las revistas satíricas tuvieron que hacer frente a la retirada de publicaciones y a multas. En otros países contar chistes en la barra de un bar era incluso más peligroso.

“No me puedo quejar”: lo que nos enseñan los chistes sobre dictaduras
Portada de ‘La Codorniz’ de 1975. Manuel Fraga era ministro de Información y Turismo

La URSS: hambre, frío y gratitud

El sociólogo Christie Davies recoge en Jokes and Targets (que se podría traducir por “Los chistes y sus blancos”) unos cuantos de los chistes que circulaban en la Unión Soviética y las repúblicas socialistas. El sociólogo los considera fundamentales dentro del género por su crítica no solo de políticos concretos, sino de todo el sistema político, social y económico. Según Davies, estos chistes, llamados en ruso anekdoty, predijeron mejor el futuro del socialismo que los escritos de observadores y expertos.

Un periodista soviético entrevista a un campesino siberiano.

-Dime, camarada, ¿cómo vivías antes de la Revolución?

-Con hambre y frío.

-¿Y ahora?

-Con hambre, frío y un profundo sentimiento de gratitud.

Los chistes también circulaban en el resto de repúblicas socialistas, como este que se comenzó a contar en Checoslovaquia después de que la URSS acabara con la Primavera de Praga y nombrara un nuevo Gobierno en el país:

¿Cuál es el país más neutral del mundo? Checoslovaquia, porque no interfiere ni en sus asuntos internos.

Como apunta Davies, estos chistes se popularizaron sobre todo en los momentos de mayor aperturismo, pero hay ejemplos de los años 20 y de la época del terror de Stalin, cuando circularon los chistes de humor más negro. Estos chistes “exploraron todas las debilidades del sistema”, poniendo en riesgo a quienes los contaban y a quienes los escuchaban.

¿Cuál es la novela de detectives más aburrida del mundo? La historia del Partido Comunista, porque en la tercera página ya sabes quiénes son los asesinos.

Muchos chistes se centraban en lo peligroso que resultaba contar chistes.

Concurso de chistes políticos. Primer premio: 15 años.

No era solo una broma. Según cuenta Várnagy, durante la época de Stalin, agentes secretos se infiltraban en colas para escuchar conversaciones y detener a quienes insultaban y criticaban al régimen. Esto incluía no solo contar chistes, sino también escucharlos sin denunciarlos, lo que podía suponer una condena de hasta 10 años de trabajos forzados. Várnagy recoge el caso de Ivan Burylov, apicultor que en 1949 escribió “comedia” en una papeleta de voto para las elecciones en las que solo había candidatos del Partido Comunista. Le cayeron ocho años.

“No me puedo quejar”: lo que nos enseñan los chistes sobre dictaduras
Qué fácil es hacer chistes sobre gulags en 2018

La Alemania Nazi: “Me río, luego estoy vivo”

No se puede decir que el humor fuera una forma de resistencia significativa durante la Alemania Nazi. Los llamados “chistes susurrados” eran “un sustituto y no una manifestación de la conciencia social y el valor personal”, escribe Rudolf Herzog en Heil Hitler, el cerdo está muerto, un libro sobre el humor popular bajo el nazismo.

Estas bromas, cuenta, no eran críticas con el sistema, sino que se reían “de las debilidades humanas de los líderes nazis, más que de los crímenes que estaban cometiendo”. Como en el caso de este chiste sobre el ego de Göring:

Göring ha añadido una flecha a las medallas que luce en su pecho. Es como una indicación de dirección: “Continúan por la espalda”.

Incluso los chistes más críticos, que los había, lanzaban “un mensaje de fatalismo paralizante”, ya que daban la impresión de que nada podía cambiar.

Un póster del Gobierno: “No permitiremos que nadie pase hambre o sufra el frío del invierno”. Un obrero le dice al otro: “Ahora no podemos hacer ni eso”.

La excepción a este fatalismo apenas crítico estaba en los chistes que se contaban los judíos alemanes. Estos chistes no solo son una “expresión de su voluntad de supervivencia”, escribe Herzog. “El humor judío más negro expresa desafío: me río, luego estoy vivo. Estoy entre la espada y la pared, y sigo riendo”.

Dos judíos esperan que llegue el pelotón de fusilamiento, pero les dicen que les van a ahorcar.

-¿Lo ves? -Le dice uno a otro-. ¡No les queda munición!

El hecho de que circularan chistes sobre campos de concentración -en especial, Dachau- le sirve a Herzog para recordar que no era cierto la excusa de muchos alemanes que aseguraron no saber nada de lo que estaba ocurriendo tras la guerra, cuando incluso circulaban chistes al respecto. Según el autor, también es un ejemplo de que el humor no siempre es subversivo.

-Hombre, qué bien volverte a ver. ¿Qué tal te fue por el campo de concentración?

-Muy bien. Por las mañanas nos servían el desayuno en la cama, y podíamos elegir si tomar café recién hecho o cacao. Hacíamos algo de deporte y luego teníamos un menú con sopa, carne y postre. Después, juegos de mesa y una siesta. Tras la cena, nos ponían alguna película.

-¡Increíble! No cuentan más que mentiras sobre ese sitio. El otro día hablaba con Meyer, que también pasó tiempo allí, y me explicaba historias de terror.

-Por eso lo enviaron de vuelta.

Al contrario que durante el estalinismo, en la Alemania nazi la mayoría de chistes no criticaban ni el sistema ni la ideología y tendían a tolerarse. Siempre que no se sobrepasaran ciertos límites. Por ejemplo, Várnagy y Herzog recogen el caso de una mujer, Marianne K., viuda de guerra guillotinada en 1943 por el siguiente comentario que le hizo a un vecino:

Hitler y Goering están en la terraza de un edificio. Hitler dice: “Quiero que Berlín sea feliz”. A lo que Goering contesta: “Pues salta”.

“No me puedo quejar”: lo que nos enseñan los chistes sobre dictaduras
‘Ser o no ser’, de Ernst Lubitsch

¿El humor es un arma contra las dictaduras?

A pesar de las precauciones de muchas dictaduras contra el humor, incluso con el que se cuenta casi a escondidas, Christie Davies niega en su libro que los chistes tengan algún efecto real. “No causaron la caída de la Unión Soviética”, recuerda. También es cierto que ningún chiste derrocó a Franco y que la Alemania nazi cayó tras una guerra mundial y no por un comentario chistoso.

En su opinión, los chistes son un termómetro y no un termostato. Es decir, indican lo que ocurre, pero no lo pueden cambiar. Como mucho, ayudan a mantener la moral. La censura de chistes, más que un síntoma de miedo por parte del poder, “solo es una forma de decir que somos los que mandamos y de pretender que hay un consenso cuando en realidad no lo hay”.

Tomás Várnagy es más optimista con respecto al papel de los chistes contra dictadores y en especial en los países soviéticos. Al contrario que los chistes políticos habituales, los ejemplos que recoge socavaron en su opinión la legitimidad del sistema político, económico y social, poniendo de manifiesto la enorme brecha entre la teoría y la práctica. Según este punto de vista y como decía George Orwell, “cada chiste es una pequeña revolución”.

El humor en las democracias

Várnagy recuerda que los chistes políticos en democracias tienen un tono muy diferente. El humor sirve para reírse de políticos poco avispados, vanidosos o egocéntricos, pero rara vez cuestionan todo el sistema. Eso no significa que el humor político en dictaduras y democracias no comparta muchos puntos en común. De hecho, los chistes no solo viajan y se reciclan entre dictaduras. También lo hacen de dictaduras a democracias. Por ejemplo:

Franco y su chófer iban por una carretera cuando se les cruza un cerdo y lo atropellan. Franco le pide al conductor que busque la granja a la que pertenece, le explique al dueño lo sucedido y le pague el valor del animal.

El chófer llega cinco horas más tarde, borracho, con una botella de vino en la mano, una caja de puros y una cesta llena de embutidos y queso.

-¿Pero qué ha pasado? -Pregunta Franco.

-¡Yo qué sé! ¡Solo les dije que era el chófer de Franco y que había matado al cerdo!

Este chiste no solo se contaba sobre el dictador español. Hay versiones con Hitler (de hecho, da título al libro sobre el humor bajo el nazismo de Rudolph Herzog), con Nikita Jruschov (recogido por Várnagy), con Fidel Castro e incluso con políticos democráticos: Jordi PujolJosé María AznarJosé Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Imaginamos que la versión con Pedro Sánchez estará al caer.

Una variante del humor en democracia consiste en alertar del riesgo de que el sistema se vuelva más autoritario. Un ejemplo es este chiste que se cuenta en infinidad de países y no solo en la Alemania comunista.

Un berlinés occidental visita a un amigo del este.

-¿Qué tal la vida en la República Democrática Alemana?

-Bueno, no me puedo quejar.

También en España

– ¡Hombre! ¿Cómo te va por España?
– No me puedo quejar.
– Me alegro por ti.
– No me has entendido…

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