Séneca: vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Fernando García de Cortázar escribe sobre el filósofo y poeta cordobés, la personalidad más atractiva y provocadora de su tiempo

Lucio Anneo Séneca

 

El político, filósofo y poeta cordobés Lucio Anneo Séneca vivió sus días de gloria en Roma, la Roma de los primeros Césares, la urbe por excelencia, la capital del mundo, el corazón de un imperio que se encontraba en la cumbre de su poder y al mismo tiempo padecía las intrigas y crímenes de la familia Julia-Claudia. Y esto último no ofrece dudas. Roma, en la época de Calígula, Claudio y Nerón, es una ciudad enferma, mudable, servil, un laberinto de crueldades y vilezas. Tácito, el mejor historiador de aquellos días, nos ha dejado una tenebrosa imagen de aquella corte.

Todo gran escritor deja dos obras. Una, la suma de sus libros; otra, la imagen del personaje público que se forman los demás, resumida, con no escasa frecuencia, en un símbolo que se apodera de la imaginación popular. Virgilio, el mayor poeta de Roma, dejó en sus amigos el recuerdo de su llegada al puerto de Brindisi: un hombre con la sombra de la muerte ya impresa en el rostro, angustiado porque aún no ha dado a la «Eneida» aquel modelado final, aquella perfección que era señal irreversible de su arte. Séneca, la imagen de su muerte, grandiosa y patética a la vez, una muerte valerosa y aceptada que parece una traducción al latín y a la cultura romana de la de Sócrates.

Contradicciones

Pero cuántas contradicciones experimentó el maestro estoico antes de que Nerón dictara su condena a muerte, antes de ese final narrado por Tácito en sus «Anales», cuando el filósofo intentó cambiar las lágrimas de su mujer y amigos en fortaleza, preguntándoles dónde quedaban los preceptos de la filosofía, dónde aquellos argumentos, durante tantos años meditados, para enfrentarse a lo irremediable. Pues ¿quién desconocía la crueldad de Nerón? «En efecto, les decía, tras haber matado a su madre y a su hermano, ya no le quedaba más que añadir el asesinato de su maestro y preceptor».

De Córdoba a Roma

La historia dice que nació en una Córdoba profundamente romanizada, y que después superpuso la ruidosa vida de Roma a los recuerdos de la amable y lejana ciudad del Guadalquivir. Pero, casi siempre, el verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente. La primera patria del filósofo que daría fama a la escuela estoica fueron los libros, cosa que él mismo reconoce en la célebre carta que escribiera a Helvia, su propia madre, a raíz del destierro en Córcega: «Estar lejos de la patria no es una calamidad; te has imbuido bastante en filosofía para saber que el sabio en todas partes encuentra su patria».

Su padre, Séneca el Viejo, llamado también el Retórico, porque tal fue su dedicación notable, lo preparó para el ejercicio de la vida pública. Y él, tras pasar su infancia en Córdoba, proseguir su educación en la metrópoli y viajar por el Mare Nostrum para conocer Egipto, entró en la política romana con paso firme, gracias a sus discursos en el Foro, unos discursos que causaron admiración entre las gentes cultas de la época y modificaron la oratoria larga y florida de Cicerón, introduciendo un nuevo estilo, breve, punzante y contenido.

Testigo sin par de los terribles y a la vez pletóricos años que abarcan desde el final del reinado de Tiberio a la locura de Nerón, Séneca experimentó lo más alto y lo más bajo de los favores públicos. Siendo ya senador, Calígula le condenó a muerte, según Dión Casio por envidias literarias, pero después le indultó porque se convenció de que el asma acabaría con él por otros medios. Y Claudio, el cojo, tartaja y rijoso emperador inmortalizado por Robert Graves, lo desterró a Córcega a causa de un supuesto lío amoroso con Julia, hija de Germánico, el abuelo de Nerón.

Los años de Córcega

Siempre he pensado que Córcega convirtió a Séneca en un pensador solitario y en un escritor de raigambre moral. La mencionada «Consolación a Helvia», por ejemplo, un prodigio de templanza y equilibrio, y una epístola que no sólo sirvió de consuelo a su destinataria sino también, a través de los siglos, a cuantos han sufrido las penas del destierro, pertenece a este período. Y también algunos de sus inolvidables «Diálogos».

Se desconoce quién le propuso a Agripina como el hombre más adecuado para educar a Nerón. Fuera quien fuese, el hecho cierto es que, después de casi ocho años de destierro, un día llegó a Córcega un mensajero con aquella noticia. Y Séneca deja sus libros, sus escritos y el bendito ocio consagrado a la sabiduría por los círculos palatinos de Roma, y en el espacio de pocos días pasa del estado de recluso al de preceptor del futuro dueño del imperio.

La historia que siguió después es bien conocida. El filósofo procuró inculcar en su pupilo principios de conducta privada y pública acordes con la moral estoica. Y cuando el joven Nerón subió al trono, intentó comedir sus actos. Y en los primeros cinco años lo consiguió con ayuda de Burro, jefe de los pretorianos. Trajano llamaría después al primer lustro neroniano el mejor período de Roma. Todo cambiaría, sin embargo, cuando el emperador, seducido por el ejemplo de Petronio, tomó como compañeros a los héroes decadentes del Satiricón. Séneca perdió entonces su favor y, tras la muerte de Burro el año 62, se retiró a una villa de su propiedad en las afueras de Roma para vivir alejado de la política, dedicado al estudio, la escritura y a la meditación.

«Cartas morales»

Las más bellas cartas, las más armoniosas -sus «Cartas morales» dirigidas a Lucilio, donde se trata de casi todo, desde la senectud, los deberes con los amigos o el miedo a la muerte, hasta el valor del magisterio de los antiguos o en qué consiste el bien supremo- proceden de esta época. Tres años de tranquilidad e íntimo recogimiento a los que pondría fin Nerón, cuando alguien, tal vez para evitar la tortura o para obtener el perdón, mencionó su nombre, unido al de otros, en la conjura de Pisón.

Siempre se ha criticado en Séneca el contraste entre su obra filosófica, situada en el terreno de la virtud y el desapego a la riqueza, y su vida cotidiana, repleta de intrigas y líos palaciegos. Y es cierto que hay un enorme abismo entre el filósofo que, en respuesta a las agresiones del mundo, aconseja «no permitas que te conquiste nada excepto tu propia alma» y el hombre público que escala a la cima del poder, amasa una enorme fortuna y se humilla ante su antiguo discípulo.

Claro que Séneca ya replicó en vida a estas acusaciones con el famoso: «Yo poseo las riquezas, pero ellas no me poseen a mí». Y, pese al cinismo de la respuesta, su actitud ante las desgracias no desmiente la elocuencia noble y grave del gran moralista. Como escribiera Carlos Fuentes, encarando con dignidad la muerte, Séneca armonizó su vida y su doctrina. Y también dejó al mundo una filosofía perdurable que se encuentra en el corazón de la historia de España e impregna notablemente algunas de las obras más universales de nuestra literatura, como la poesía de Quevedo o incluso el Quijote de Cervantes, donde el protagonista puede ser visto como un hombre que al cabo atempera sus locas aventuras, regresando, vencedor de sí mismo, al hogar, a la razón y a su propia muerte.

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