Tocar a Buñuel

‘Mi último suspiro’ son unas memorias abarrotadas de historias deliciosas que enseñan mucho más que quienes se pasan el día intentando aleccionar

En el prólogo a la reedición que acaba de publicar Taurus, David Trueba afirma que el exilio de Buñuel tras la guerra “es una de las grandes tragedias de la cultura española”, porque, si Buñuel se hubiera quedado en España, los cineastas españoles habrían dispuesto de “una herencia palpable, firme”. Por supuesto, tiene razón, y algo parecido podrían decir los poetas españoles sobre el exilio de Cernuda o Alberti y los novelistas sobre el de Aub o Sender. De todos ellos, para mí el más esencial es Buñuel; también el más contradictorio. De hecho, Buñuel parece una contradicción ambulante, y me atrevería a decir que en ningún lugar de su obra resulta ello tan visible como en este libro. Buñuel fue, en efecto, un humorista profundamente serio, un talento natural y un trabajador a destajo, un hombre libérrimo y un cineasta esclavizado por sus obsesiones, un revolucionario que adoraba la tradición, un pesimista saturado de alegría, un delirante que inventaba la profunda realidad que se esconde tras la realidad cotidiana, un español rocosamente español y naturalmente cosmopolita, un bestia de Calanda y un intelectual refinadísimo, un comecuras sin Dios y obsesionado con la existencia de Dios. En 1936, cuando Buñuel estaba a punto de exiliarse de por vida, Francis Scott Fitzgerald escribió que “la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y seguir conservando la capacidad de funcionar”. Si esto es así —y yo creo que lo es—, no hay duda de que Buñuel fue una inteligencia de primera clase; tampoco de que nadie como él supo transformar sus propias contradicciones en el mejor carburante de su genio. Por lo demás, estas memorias están abarrotadas de historias deliciosas con las que el cineasta, que nunca quiso dar lecciones a nadie, enseña mucho más que quienes se pasan el día intentando aleccionar. Buñuel cuenta que él y Carrière solían encerrarse a escribir sus guiones en el hotel de El Paular, al norte de Madrid; cuando terminaban su jornada de trabajo, ambos se separaban durante tres cuartos de hora, y al volver a reunirse Buñuel tenía la obligación de contarle a su colaborador una historia, relacionada o no con el guion en el que estaban trabajando, porque “la imaginación es una facultad de la mente que puede ejercitarse y desarrollarse al igual que la memoria”. Otras anécdotas transportan de golpe a un mundo felizmente antediluviano, aunque muy próximo en el tiempo. Un día, durante su estancia juvenil en la Residencia de Estudiantes, Buñuel oye que un tal Martín Domínguez dice que Lorca es homosexual; incrédulo, escandalizado (“por aquel entonces en Madrid no se conocía más que a dos o tres pederastas”), queda con su amigo y le dice que va a batirse con Domínguez. “¿Por qué?”, le pregunta Lorca. Buñuel contesta con otra pregunta: “¿Es verdad que eres maricón?”. Herido en lo más vivo, Lorca zanja: “Tú y yo hemos terminado”. Aquella misma noche los dos amigos se reconcilian. Infinidad de pasajes muestran la feroz integridad de este hombre que no tenía por costumbre callarse lo que pensaba, pero siempre estaba dispuesto a rectificar. En determinado momento se lanza a una absurda diatriba contra Jorge Luis Borges, al que acusa de presuntuoso y de adorador de sí mismo; al final, quizá consciente de que está siendo injusto, afirma: “Naturalmente, si estuviese de nuevo con Borges, quizá cambiaría totalmente de opinión respecto a él”.

“Camarada, quien toca este libro, toca un hombre”, escribió Walt Whitman sobre Hojas de hierba, el libro deslumbrante en que cifró su vida. Mi último suspiro es el libro deslumbrante de la vida de Buñuel: quien lo toca, toca a Buñuel. 

Javier Cercas

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