Es más complicado

La solución de la mayoría de los problemas exigen sacrificios enormes, pero los políticos prefieren ofrecer la Luna y aparentar que todo se resuelve con un decreto ley, un tuit o una pose para los informativos

Es más complicadoEDUARDO ESTRADA

Una de las peores calamidades traídas por el nacionalpopulismo que, de una u otra forma, se abre paso en todas partes es la imposición de la idea de que los problemas, hasta los más complejos, tienen fácil solución. Para los charlatanes al mando, basta voluntad política, audacia suficiente y una pequeña dosis de un indefinido diálogo para hacer frente a desafíos como la emigración, el cambio climático, el envejecimiento de la población, la desigualdad económica o la equiparación de géneros.

La realidad es bien diferente. La mayoría de esos retos exigen planificación a largo plazo, trabajo sistemático y proyectos pactados en difíciles negociaciones que obligan a renuncias dolorosas. Pero los políticos de hoy prefieren ofrecer la Luna y aparentar que todo se resuelve sencillamente con un decreto ley, un tuit o una bonita pose para los informativos. Todo a corto plazo. Todo con rapidez. Es más cómodo eso que explicar a los ciudadanos que la solución de la mayoría de los problemas actuales exigen sacrificios enormes, que muchos de ellos solo pueden resolverse parcialmente y que algunos simplemente no tienen solución.

Se entiende la desesperación de muchas personas que sufrieron extraordinariamente por la crisis de 2008 y que todavía no logran recuperarse. Se comprende la incertidumbre y la angustia por el futuro, que son factores que definen nuestra época. Se comparte incluso la indignación de tanta gente que salió a las calles en los últimos años en busca de respuestas y de atención. Pero muchas de las soluciones que obtuvieron y obtienen de los nuevos políticos —y de otros viejos políticos que se acomodaron a los tiempos— tienen más el propósito de regalarles el oído y ganar votos que de encontrar sinceramente un arreglo. Se avecina una mayor frustración.

El pasado 21 de noviembre, Donald Trump emitió un comunicado sobre la política exterior de su Gobierno a propósito del asesinado de Jamal Khashoggi y sus repercusiones en las relaciones con Arabia Saudí, Irán y todo Oriente Próximo. Asunto complejo donde lo haya, pero el comunicado terminaba así: “Es muy simple, se llama América Primero”.

Trump, que unos días antes había manifestado en un acto público que le gusta definirse como “un nacionalista”, ha conseguido convencer a muchos de sus compatriotas de que basta con poner los intereses nacionales por delante de los demás para resolver temas del calibre del déficit comercial con China, la globalización de los mercados de trabajo o la responsabilidad de la Administración norteamericana en la seguridad mundial.

Fronteras y emigración es uno de los asuntos que más compromete nuestro futuro y que de forma más superficial ha sido tratado. Sigamos con el ejemplo de EE UU, donde Trump decidió que la única forma de impedir la inmigración ilegal era construir un muro y militarizar la frontera. El muro no será construido jamás y los militares que están en la frontera se quejan a sus jefes por su inactividad y están reclamando cuanto antes el regreso a una misión digna. Un fracaso, puro exhibicionismo. Frente a ello, el Partido Demócrata expone protestas y nada más. No hay un solo plan riguroso y verosímil sobre la mesa. Se queja de ello en una columna en The New York Times Sonia Nazario, autora del libro Enrique’s Journey y experta en la materia: “A los conservadores no les gusta mi llamamiento a tratar de forma humanitaria a los buscadores de asilo. La izquierda odia que les diga que les debemos dar poder y fondos a los responsables fronterizos para que detengan y deporten al 100% de aquellos que, tras un proceso justo, pierdan su demanda de asilo. Los republicanos necesitan un plan compasivo; los demócratas necesitan un plan”.

Otro asunto de los que exigen planificación y prudencia. El pasado mes de octubre, un grupo conservador, Alliance Defending Freedom, presentó una denuncia en apoyo de una chica que dice haber sido atacada en el baño de su colegio por un compañero nacido hombre pero que ahora se identifica como “sexo fluido” y que, de acuerdo con una ley aprobada en 2016, tiene derecho a entrar en el baño del género con el que se considere más identificado.

No se trata de un episodio que ocurra con frecuencia, pero basta un caso aislado para justificar ante algunos la pretensión del presidente Trump de determinar por ley la existencia única de dos sexos: hombre y mujer. La primera inclinación de cualquier persona defensora de la libertad y los derechos humanos ante una iniciativa así es la de que no se puede obligar a nadie por ley a ser de un sexo en el que no se reconoce ni se puede condenar a la marginación a decenas de miles de transexuales. Pero es mucho más complicado responder a la pregunta de si el Estado tiene algún papel que jugar en la definición de los sexos y de si deben existir límites en esa definición. En última instancia, no por razones morales, sino porque existen múltiples actividades regidas por el Estado, desde las prisiones a los hospitales, que están organizadas en función del sexo de sus usuarios.

Continuando en EE UU, ¿quién es capaz de defender hoy la segregación racial en la escuela? Por supuesto, nadie. Pero es innegable que el rendimiento escolar de los negros es inferior al de los blancos, y resulta demasiado sencillo atribuir ese déficit únicamente a las desventajas económicas. Un colegio caro y progresista de Manhattan, Little Red School House, empezó el año pasado un proyecto arriesgado que agrupaba durante algunas horas y ciertos eventos de la semana a los estudiantes en función de su origen cultural y racial. La escuela defiende que lo hizo con el propósito de estimular mediante el contacto personal a grupos culturales que normalmente van por detrás académicamente. El proyecto duró solo un año porque, como era de esperar, encontró inmediata resistencia de parte de políticos y autoridades escolares que lo consideraban un retroceso inaceptable.

De nuevo, no es un tema tan simple como aparenta. Beverly Daniel Tatum, una escritora afroamericana que en 1997 publicó un polémico libro titulado Why Are All the Black Kids Sitting Together in the Cafeteria, ha manifestado que muchos chicos negros identifican el buen comportamiento escolar como una característica de los blancos, y se resisten o temen la sanción social de su entorno por imitar ese comportamiento; es decir, no estudian para no parecer blancos.

Lo cierto es que ni los responsables de Little Red School House ni Beverly Daniel Tatum están defendiendo el regreso a la segregación en la escuela porque, incluso aunque se demostrase más eficaz desde el punto de vista educativo, es uno de esos asuntos de principios sobre los que no puede haber discusión, como la libertad de pensamiento o la igualdad ante la ley. Lo que trataban de hacer es demostrar que no basta con impedir la segregación para resolver el gravísimo problema de que la comunidad afroamericana se está quedando rezagada, y que no bastan solo bonitas declaraciones para hacerla avanzar.

Como no bastan para resolver ninguno de los verdaderos problemas actuales. Es relativamente sencillo identificar qué es lo que no funciona en nuestras sociedades. Todos sabemos que nos asedia la injusticia y la desigualdad entre clases, razas, credos y sexos. Cualquiera de nosotros afronta dificultades cotidianas que comparte con miles de personas en su entorno y millones más en todo el mundo. Y todos tienen el legítimo derecho a reclamar una solución cuanto antes. Nadie tiene por qué resignarse a que su vida sea peor que la de sus padres. Pero ese derecho está acompañado de la responsabilidad de implicarse en la búsqueda de la mejor solución compartida, entendiendo que es tarea de todos y que no será fácil. Es más complicado de lo que nos dicen.

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