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Hoy, como cada fin de año, pienso en las necesidades subjetivas

Dispositivo de seguridad en la Puerta del Sol (Madrid).
Dispositivo de seguridad en la Puerta del Sol (Madrid). CARLOS ROSILLO EL PAÍS

 

Esta noche, antes y después de las uvas, en distintas cadenas de televisión se emitirán los anuncios más caros del año. Recuerdo la publicidad del empalagoso bombón diplomático, la telefonía neorromántica y filantrópica, las entrañables cenas regadas con refrescos azucarados y aquellas imágenes de aviones sobre algodonosas nubes que nos dejan intuir el amor divino. Para una señora de 50 años a la que en el aeropuerto le cuesta trabajo sacar botellas de las máquinas dispensadoras —la señora se deja la pasta, los riñones y a veces hasta los dedos—; pasa por el arco de seguridad, y recoge el equipaje de mano y las dos bandejas donde deposita su panacea hialurónica y laxantes líquidos; permanece de pie más de media hora para embarcar con el equipaje de mano sin que se lo retiren; sube la maleta al portaequipajes; come menús aderezados con glutamato y sin yeyé… Para una señora así, la blandura deslizante del idílico avión termina siendo, más que publicidad engañosa, una burla. Aunque haya que reconocer que, por regla general, el avión no se cae.

Así que hoy, como cada fin de año, pienso en la vida patrocinada y las necesidades subjetivas, el retrato que la publicidad esboza de nuestra civilización y por qué los anuncios nos hacen parecer incluso más gilipollas de lo que somos, y me estremezco por el cambio de paradigma y la alteración de nuestro nivel de tolerancia: una mujer defeca bollitos marrones y, antes de cerrar la tapa del váter, rocía el baño con un aromático espray. Más allá de la invitación a la coprofagia o a la sensata confusión entre mierda y bollería industrial, desconcierta ese rechazo a los olores que hace del hogar paraíso químico y ecosistema de alergias sostenibles. En Los asquerosos, Santiago Lorenzo, describe risibles hábitos actuales que, si fueran analizados por un extraterrestre, le harían desear volver a casa con una pastilla de turrón de Jijona como souvenir.Escribe Lorenzo sobre la costumbre de lucir camisetas con eslóganes: “Otro muy asnal se presentaba con la leyenda de Oxford University, desprestigiando a un claustro que no le habría admitido en la casa sabia ni como cadáver donado”. La cima de mi estupor llega cuando veo el anuncio del niño que cree que su padre es un personajillo fantástico y, en realidad, su padre es dependiente de un gran almacén. ¿Alguien ha calibrado el nivel de terror que esconde esta historia con su musiquilla amable y hipster? Es casi tan escabroso como aquel vídeo humorístico en el que otro párvulo sorprendía a sus progenitores colocando los regalos de Reyes. Mamá y papá se quitaban la careta de mamá y papá y, por debajo, aparecían los rostros de Melchor, Gaspar y Baltasar que revelaban: “Los padres no existen”. A lo mejor era un alivio, pero normalmente estos anuncios freudianos, igual que los de colonias con su metáfora de un paisajístico coito perpetuo o de una feminidad adherida al desodorante y la crema depilatoria, son tan traumáticos como los publirreportajes con finalidad social o los programas del corazón que dosifican en la misma escaleta una apología de la Monarquía española y una alabanza renovada del “siente a un pobre a su mesa”. Lo vi yo, en Nochebuena, con mis ojitos. Hoy les deseo un 2019 estupendo en que estos horrores, punta del iceberg de muchos otros, no se repitan. Pero antes tendrán que comprarse ropa interior roja, meter el oro en la copa de champán y comerse las doce uvas peladas. Porque las pieles son peligrosísimas.

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