Y todo se hace añicos, de repente

Oír disparos siempre es inquietante. Pero si estás en un bosque, tienes la sensación de que los disparos de la caza siempre te alcanzan

Y todo se hace añicos, de repente. Oír disparos siempre es inquietante. Anula cualquier otra escucha. Pero si estás en un bosque, en la montaña, en la marisma, o acompañando a un río por la orilla, tienes la sensación de que esos disparos, los de la caza, siempre te alcanzan. Se cobren la pieza o no, siempre se cobran algo. Penetran una entraña común. El silencio amigo, tras los estampidos, se vuelve un silencio mudo. Te quedas atónito, víctima de una violencia catastral, por más que estén acotados los terrenos. Ahora, los ladridos de la jauría lo llenan todo. El otro tiempo se ha escondido en el hueco de un castaño. Quisieras entrar allí. Como en un poema de Tonino Guerra, “ser un hombre sentado dentro de un árbol”.

Lo único que tendríamos que tomar de un paisaje son fotografías. Y añade el artista y andarín Hanish Fulton: “Lo único que tenemos que dejar en él son nuestros pasos”. ¿Por qué las sociedades de cazadores no se refundan como sociedades fotográficas? No es nada fácil fotografiar a un animal salvaje. Incluso, a veces, es más fácil cazarlo que hacer una buena toma. Hablo de la caza con armas de fuego, cada vez de más alcance y precisión, y con ayuda de canes que, por decirlo así, hacen el trabajo de zapa en lo invisible, el más laborioso y duro, el descubrir lo oculto y ponérselo en bandeja a los humanos. La llaman “caza deportiva”. No sé si los animales entienden de eufemismos, pero para ellos y para quienes escapamos de esa intimidación ambiental sí que se trata de un deporte altamente exigente.

Esta apelación a lo deportivo, e incluso a lo ecológico, es muy utilizada por lo que podríamos llamar la vanguardia cinegética cada vez que se desencadena un debate sobre el sentido de la caza en países donde ya nadie la necesita para sobrevivir. No quiero meter todo en el mismo saco, pero también se presentan como “deportistas” tipos como Walter Palmer, rico dentista de Minneapolis, que acabó con la existencia del viejo león Cecil, ídolo en vida en Zimbabue, o Tess Thompson Talley, una millonaria de Kentucky, que se jactó en Facebook, posando al lado de la víctima, de haber dado muerte a una jirafa negra, especie en extinción, en un parque en Sudáfrica: “Oraciones porque mi sueño de caza único se cumplió hoy”. Gente así debería figurar en los carteles de búsqueda y captura de Interpol.

En España, en 1953, se promulgó una ley de extinción de alimañas, que permitía y fomentaba la caza, con recompensa, de animales salvajes considerados “dañinos”. Ese estado de excepción brutal en la naturaleza desaparecería también con la dictadura. Pero todavía hoy, en algunas comunidades, se siguen autorizando batidas para la caza masiva de animales como el zorro. Deberían mostrarse estas imágenes en televisión, tal vez después de una película infantil de Disney. Ver a medio centenar de cadáveres de personas no humanas, rodeados de cazadores ufanos, es una estampa de horror que debería interpelar a toda la sociedad. Son matanzas de seres inteligentes, con conciencia, memoria y sentimientos. No son los seres silvestres los que generan desequilibrios en la naturaleza. Somos nosotros, los sapiens, los más dañinos. Los causantes de un desequilibrio letal para muchas especies, incluida la humana.

Después de la cacería de Herreruela, en Cáceres, en la que se despeñaron por un barranco 12 perros y el venado que perseguían, procuré leer los mensajes de quienes se decían cazadores. Uno de ellos, y no era el más irracional, comparaba lo sucedido, “un lance de caza”, con una caída en MotoGP o la lesión de un futbolista. Ni una palabra, en ningún mensaje, sobre el ciervo. Como si fuese un autómata o un bulto y no un habitante más de este territorio. Si en una cacería los perros hacen ver a los cazadores lo “no visto”, el animal oculto, el vídeo de lo sucedido en el barranco de Herreruela tiene el valor histórico de mostrar lo “no visto”. Una brevísima secuencia, conocida por azar, del oculto horror infinito de la guerra contra la naturaleza. 

Manuel Rivas

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