“Ante vos, los toros se quejan:

¿Por qué me habéis creado?

El furor, la rudeza y el saqueo

han dominado toda la naturaleza.

Sólo vos sois mi apoyo;

mostradme a un salvador bondadoso

que instaure la prosperidad en el universo”.

 

Así empieza Zaratustra sus enseñanzas en Gatha «cánticos sagrados» (s. XVI a. C) con los dolorosos bramidos de los toros, que se quejan ante Ahura Mazda, el Dios del Bien, de los malos tratos y torturas recibidos por el ser humano, suplicando que envíe a alguien que salvándoles a ellos salve a la tierra y acabe con el desorden y la violencia.

Los primeros datos sobre el sacrificio ceremonial de los toros llegan al credo mithraísta, el culto al Dios solar, nacido entre los ganaderos de Asia Central, desarrollado en el Imperio persa y emigrado al Imperio romano. En los relieves escultóricos en Inglaterra, Italia y España se ven la imagen de Mithra sacrificando un toro,  que formaba parte de las ceremonias dirigidas por los sacerdotes mithraístas, -llamados mog (los supuestos “Reyes Magos”)-, quienes obligaban a las familias a entregar un bovino cada seis meses para  luego sacrificarlo en los templos (mithrium), donde  bautizaban con su sangre a los iniciados, empapando la cabeza del aspirante. Luego, ofrecían una bebida llamada prahum, hecha de la sangre del toro, leche, miel, y la esencia de una hierba alucinógena llamada Haoma, acompañada por un pan redondo en forma del sol (¿la hostia?), que producía en los asistentes el estado de “aeshama”(furia destructiva). Poner fin al vandalismo generado por esta violenta orgía religiosa fue justamente la misión de Zaratustra: prohíbe el maltrato y el sacrificio de todos los animales en sus poemas llenos de humanismo, y defiende (como el primer animalista y ecologista de la historia) la necesidad de la armonía entre la sociedad, su entorno natural y los seres que lo habitan.

La influencia de este credo se ve también en el Islam: Mehrab (Sangre de Mithra) es la hendidura en las mezquitas -que se levantaron en Oriente sobre los escombros de otros templos-, es un nicho arqueado donde se sitúa el imam para dirigir la oración de los fieles o, en su ausencia, el lugar que indica la orientación hacia la Meca.

De alguna manera, Zaratustra representaba el choque entre las tradiciones de las economías ganaderas con las agrícolas en la que los bovinos son más rentables vivos que muertos: aparte de ser herbívoro y no competir con el ser humano por los alimentos, se le utilizaba para viajar, arar la tierra y hacer adobe para los suelos de las viviendas con sus excrementos, entre otras “utilidades”,  cuando morían de vejez su piel servía para fabricar prendas y zapatos.

Los mithraístas creían que la Tierra giraba sobre los cuernos de un toro cósmico inmortal, que cuando se cansaba (lo que sucede una vez al año), pasaba al globo terráqueo a su otro cuerno

Este momento aun hoy en Irán se le llama Tahvil.e sal (la entrega del nuevo año)que es el instante del equinoccio de primavera, que, por ejemplo, en el 2019 será a las 21:59 horas del 20 de marzo, fecha que los iraníes celebran su año nuevo, cambiando de calendario. Pero, como no tenían relojes de hoy, colocaban unos huevos duros pintados —como los huevos de Pascua— sobre un espejo o unos naranjos en un recipiente de agua, que milagrosamente empezaban a moverse. Bueno, ¡no menosprecien a los astrólogos persas que fueron de los primeros en elaborar un calendario exacto!

En la Península arábiga la pelea entre dos carneros o toros formaba parte de sus espectáculos. Los relatos islámicos afirman que Mahoma la prohibió y declaró haram (prohibición religiosa) consumir la carne de los animales que mueren en estas peleas.

El Islam, aunque no es vegetariano, recomienda la compasión con los animales.

El maniqueísmo, otra doctrina universalista de otro profeta iraní, Maní (s. III), del que los cátaros eran seguidores, tampoco permite a sus fieles matar o maltratar a animales ni destruir plantas (¡tendría que conocer la Tomatina española, mientras millones de personas en el mundo mueren de hambre!). También el budismo y el fascinante jainismo proponen abstenerse a participar en cualquier clase de violencia contra los animales.

El Papa Pío V excomulgó en 1567 y pidió el fin del toreo, práctica que calificó como “diversiones sangrientas, miserables y más apropiadas para los demonios que para el hombre”. Además, el religioso negó la sepultura cristiana para los toreros. Y hoy, los animalistas pueden pedir al Papa Francisco, que afirma ser un devoto de Francisco de Asís —símbolo del respeto de la cristiandad hacia los animales— que renueve aquella bula.

¡No al referéndum!

Como si la decisión de la mayoría de una población fuese la correcta, hay voces que piden un referéndum sobre la tauromaquia en España.

La crueldad hacia los animales es una patología, hay que prohibirla. En sus declaraciones, José Breton, el cordobés que mató a sus propios hijos, decía que en aquella maldita hoguera quemaba gatos y perros. Nadie le había denunciado ni detenido por ello: ¡total, eran animales! El perfil de los criminales psicópatas –quienes carecen de sentir empatía por un ser vivo-, señala que suelen estrenarse mutilando y matando a los animales.

La histeria colectiva que generan los festejos en torno a la tortura animal se sitúa en la categoría de La banalidad del mal de Hannah Arendt, quien intentaba explicar cómo miles de personas “normales” se convirtieron en personas capaces de hacer las crueldades más inimaginables. De hecho, los toreros así crean complicidad del público con su barbarie.

El argumento de “preservar nuestras tradiciones”, propio de la mentalidad tribalista, es también la que apoya la prohibición de las corridas españolas en Barcelona, pero respalda a “sus correbous” y los toros embolados propios.

Este inhumano negocio no existiría sin las subvencione públicas. Millones de euros son arrancados de las partidas para la vivienda, hospitales, alimentos para tantas personas que viven en la pobreza, son destinados al bolsillo de una industria que es reliquia del medievo más tenebroso,  a unos 12.000 festejos taurinos.

Sorprende que las naciones civilizadas que han abolido la pena de muerte sean capaces de disfrutar con el suplicio de unos seres vivos, que son objeto de la humillación de unos hombrecillos armados que crecen con el olor de la sangre de un cuerpo previamente machacado. Hasta el boz keshi (arrastrar a cabras) afgano -en el que unos jinetes juegan al polo utilizando la cabeza cortada de una cabra como pelota- es menos obsceno.

Ver a los niños que participan en tales celebraciones en los pueblos recuerda una escena de la película “Buda explotó por vergüenza”, de la cineasta Hana Makhmalbaf, en la que unos menores afganos cavan un hoyo para introducir a una niña y lanzarle piedras. Una denuncia sobre la violencia aprendida, del pisoteo del derecho de la infancia a no ser testigo de tanta crueldad.

Para Jeremy Bentham, la cuestión no está en si los animales pueden razonar, sino en si pueden sufrir. Y la ciencia afirma que sí. ¿Cómo un animal que aparta a la mosca que le ha picado con sus milimétricas espinitas no siente dolor cuando una espada le atraviesa el pulmón? Manuel Vázquez Montalbán llamaba “cocina de crueldad” el lanzar a los caracoles vivos en agua hervida.

Un importante sector de las fuerzas progresistas considera frívola la defensa de los derechos de los animales, asunto de los pijos del primer mundo, “mientras hay niños en África que se mueren de hambre”, como si el responsable de esta tragedia fuesen los animales y no las guerras y el capitalismo desalmado. No hace mucho, tenían la misma postura respecto a la lucha de la mujer contra el sistema patriarcal o la protección del medio ambiente. Su ausencia dio lugar a la aparición de los partidos feministas y ecologistas. Las organizaciones progresistas, que se destaca por sus valores morales y solidarios, así como por su visión científica, deben posicionarse en contra de cualquier forma de causar dolor a un ser vivo e incluir la bioética animal en sus programas y discursos.

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