Miedo y furia

Donald Trump ha sido por mucho el presidente con mayor tasa de rotación de miembros del primer círculo, como Steve Bannon, que llegó a decir “yo soy el director, él es el actor”

Donald J. Trump, en una reunión con su gabinete en la Casa Blanca.
Donald J. Trump, en una reunión con su gabinete en la Casa Blanca. MICHAEL REYNOLDS EFE

 

Lo dijo Steve Bannon, su siniestro ex asesor, Donald Trump en esencia es “un mal padre, un marido terrible, el novio que te jode la vida, por el que has desperdiciado tu juventud y que luego te deja. Ese jefe horrible que siempre te agarra el coño y te menosprecia”. No son palabras que puedan tomarse a la ligera viniendo de quien se convirtiera en estratega de la exitosa campaña que llevó al empresario neoyorkino a Washington.

La cita proviene del extraordinario libro de Bob Woodward, Miedo. Trump en la Casa Blanca publicado el pasado otoño. El título se justifica en más de un sentido. El empresario conquistó el poder gracias a su capacidad para infundir temor y resentimiento en el suficiente número de votantes estadounidenses. Así lo reconoció el propio Trump en entrevista concedida al autor durante la precampaña, ocho meses antes de la elección presidencial: “El verdadero poder es (ni tan siquiera quiero utilizar la palabra) el miedo”. Y miedo fue lo que se dedicó a infundir en la opinión pública a partir de su discurso de odio y resentimiento en contra de los latinos, de la OTAN, de los chinos, de las mercancías extranjeras, de todo lo que no fuera Estados Unidos.

Pero el título atañe también al miedo que debería provocarnos el hecho de que un hombre con los enormes desequilibrios emocionales y la ignorancia de Trump tenga tal poder sobre la historia de nuestros días. En sus dos primeros años ya estuvimos, sin habernos enterado del todo, muy cerca de un conflicto nuclear con Corea del Norte. Si no hubiese sido porque su círculo inmediato en repetidas ocasiones lo boicoteó ignorando decisiones, ocultando información, pretextando falsos argumentos para retrasar ocurrencias y caprichos, el mundo ya habría enfrentado crisis de enormes consecuencias.

A través de cientos de entrevistas y gran cantidad de documentos, el célebre periodista recordado por su papel en la revelación del escándalo de Watergate, pudo reconstruir sesiones completas en la Casa Blanca encabezadas por Trump. La reproducción de las conversaciones o de los hábitos de trabajo del presidente (es un decir) son alarmantes. Un hombre que dedica cuatro o cinco horas diarias a ver tertulias políticas amarillistas en televisión, que es incapaz de leer incluso los más breves informes que le prepara su equipo sobre los temas cruciales, que frente a la evidencia presentada por alguno de sus asesores que lo confronta con datos reales simplemente responde “no quiero oírte, no me gusta”. “Nuestro trabajo consistía en buena medida en reaccionar ante algunas de las ideas verdaderamente peligrosas que se le ocurrían”, afirmó Gary Cohn, principal asesor de economía, ya despedido. “Teníamos la sensación de estar continuamente al borde del precipicio”, confesó Rob Porter, exsecretario de Staff de la Casa Blanca.

Cohn y Porter, no fueron los únicos que trabajaron codo a codo para acabar con lo que ellos consideraban que eran las órdenes más impulsivas y peligrosas de Trump. Entre otras cosas, desaparecieron del escritorio de la oficina Oval una carta que el presidente había pedido para firmar; en ella prácticamente retiraba de Corea del Sur la protección estadounidense y la dejaba en manos de Corea del Norte. Por fortuna, la desorganización personal y la volatilidad de Trump ayudaron a que en olvidara, al menos durante un tiempo, algunas de las peores decisiones que había tomado. Pero no del todo. Tarde o temprano ha terminado por despedir a todos los que no se someten a su voluntad. Y quizá esa es la parte más aterradora.

En sus dos años de Administración Trump ha sido por mucho el presidente con mayor tasa de rotación de miembros del primer círculo. Entre otros, el del propio Bannon, que llegó a decir: yo soy el director, él es el actor.

Los relevos en los altos puestos muestran que las cosas podrían empeorar en los próximos dos años. A pesar de que los hombres de los que se rodeó Trump eran generales halcones, empresarios conservadores e ideólogos de ultraderecha, muchos de ellos eran cuadros experimentados y con frecuencia mostraron un razonable sentido de responsabilidad frente a los excesos del presidente. Pero la mayor parte de ellos han sido separados de sus cargos. El último, James Mattis, secretario de Defensa quien renunció tras la decisión intempestiva de Trump de retirar de inmediato a las tropas estadounidenses en Siria, traicionando los compromisos del Pentágono y dejando a sus aliados a merced del Gobierno de Assad o del ISIS.

Hoy, que Trump chantajea con paralizar al Gobierno si el Congreso no le otorga los recursos para su muro en la frontera, no parece haber ya colaboradores con la estatura suficiente para llevarle a la cordura. Se supone que el miedo era un recurso estratégico para movilizar al votante; el problema es que ahora se ha extendido a los inversores de Wall Street, a los capitanes empresariales y a la clase política en su conjunto. Peor aún, metido en sus obsesiones de macho, a Trump no parece importarle. Mala cosa.

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