Ya están aquí

Si la publicidad de la tele tortura, la de los políticos en campaña martiriza

Una pareja con el carrito del bebé mira los carteles electorales de las andaluzas del 2-D en Las Gabias (Granada). rn
Una pareja con el carrito del bebé mira los carteles electorales de las andaluzas del 2-D en Las Gabias (Granada). ALEJANDRO RUESGA

 

Cualquiera que desee enterarse de los sucesos del día por la radio o la tele sabe que ha de pagar un altísimo precio trabajando para las empresas de publicidad. Todo lo que es gratis sale carísimo. De modo que aguantamos la tortura con resignación cautiva. Suelen durar entre cinco y diez minutos y luego vienen cinco o diez minutos de noticias y luego cinco o diez minutos de tortura, y así sucesivamente.

Como ellos saben que buena parte de los clientes cambiamos de emisora y de canal, o nos vamos a visitar la cocina, los anunciantes suben el volumen y aúllan como lobos hambrientos. Tengo estudiado que los que más gritan son los más desesperados. En algunos canales de la tele han inventado ahora poner los anuncios antes del desenlace de las películas, una práctica de sadismo psicopático.

Da lo mismo, porque sabemos que casi todo es mentira. Si en los alimentos etiquetados se ocultan los ingredientes mortales, si en lo que comemos mezclan sustancias prohibidas, si no hay apenas control, ¿cómo lo va a haber en las emisoras y las cadenas? La publicidad es el amo.

Todo esto me viene al ánimo (y lo sobrecoge) porque hemos entrado en periodo electoral, o sea, en una orgía de mentiras, ocultaciones, disimulos, renuncias, falsificaciones, imposturas o eso que llaman fake news y que son solo fraudes masivos e impunes. A partir de hoy está permitido engañar a la pobre gente que aún hace caso de los políticos. Veremos a tipos que se han paseado de la mano de asesinos notorios, vestidos ahora con ropitas de orfanato mendigando un voto. Y si la publicidad de la radio chilla, estos berrean. Y si la de la tele tortura, estos martirizan. ¿Qué podemos hacer? Ya lo dije hace unas semanas: estar vigilantes y, tras honda reflexión, votar al menos dañino.

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