1859

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El Origen de las Especies de Charles Darwin se publicó por primera vez en noviembre de 1859. Como se sabe Darwin es, con Copérnico y Freud, miembro de esa terna que bajó del pedestal al hombre. Encuentro un parentesco entre su idea revolucionaria de la Evolución (que hoy es incuestionablemente cierta) y la Voluntad de Schopenhauer. Ciertamente la primera es un proceso que se da en la naturaleza, la segunda es un principio metafísico. Uno es inglés, el otro alemán. Darwin dice al final de su obra magna: “Como todas las formas orgánicas vivientes son los descendientes directos de las que vivieron hace muchísimo tiempo en la época cámbrica, podemos estar seguros de que jamás se ha interrumpido la sucesión ordinaria por generación y de que ningún cataclismo ha desolado el mundo entero, por tanto, podemos contar, con alguna confianza, con un porvenir seguro de gran duración. Y como la selección natural obra solamente mediante el bien para el bien de cada ser, todos los dones intelectuales y corporales tenderán a progresar hacia la perfección” Darwin, como buen inglés, es optimista. En lo que Schopenhauer ve una fuerza ciega que sólo produce sufrimiento, Darwin observa un proceso que obra mediante el bien hacia la perfección. 
          Sin embargo Darwin confiesa en una carta al botánico Asa Gray, en 1860, lo siguiente: “Respecto al aspecto teológico de la cuestión, éste es siempre doloroso para mí. Estoy confundido. No tengo intención de escribir como un ateo. Pero confieso que no puedo ver, tan fácilmente como otros, y me gustaría hacerlo, evidencia alguna de propósito o beneficencia a nuestro alrededor. Me parece que hay demasiada miseria en el mundo. No puedo persuadirme a mí mismo de que un dios benéfico y omnipotente haya creado a propósito a los Ichneumonidae con la intención expresa de que se alimenten dentro de los cuerpos vivos de las orugas, o de que un gato juegue con el ratón. Por otra parte no puedo en forma alguna contentarme con la vista de este maravilloso universo y especialmente con la naturaleza del hombre y concluir que todo es el resultado de la fuerza bruta. Me inclino a ver todo como el resultado de unas leyes determinadas, con los detalles, buenos o malos, entregados al trabajo de lo que podríamos llamar azar. Esta noción no me satisface en absoluto. Creo firmemente que el asunto es demasiado profundo para el intelecto humano. Es como si un perro se pusiera a especular sobre la mente de Newton. Que cada hombre espere y crea lo que pueda”.
           Darwin fue el terror de la religión de su tiempo. Pero era muy prudente y dejaba sus dudas para la intimidad. Un intento posterior de conciliar evolución y creación divina fue el realizado por el jesuita Teilhard de Chardin, pero parece muy poco consistente. Darwin fue enterrado con todos los honores en la abadía de Westminster.
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