Últimas batallas en Invernalia

Juego de Tronos, esa historia monumental sobre el poder, ha derivado en donde acaba siempre el poder: una drástica reducción de sus ambiciones

Últimas batallas en Invernalia
Captura de pantalla de una escena del segundo capítulo de la última temporada de Juego de Tronos. En vídeo, imágenes del segundo capítulo. AP | HBO

 

Si tuviese la suerte de vivir el fin del mundo, es decir, si tuviese la suerte de cubrir como periodista un acontecimiento así, además de tomarme la hora de cierre más en serio me gustaría pasar las últimas horas como las pasan todos esos personajes de Juego de tronos reunidos en Invernalia antes de la batalla contra un ejército de muertos. En la víspera de lo que uno cree el final se recurre a lo mismo: los demás. Serán el infierno, pero ese infierno es el único calor que tenemos antes de arder.

Este episodio de la segunda temporada, una obra de arte sin cadáveres y construida no alrededor de la violencia, sino de la promesa de la violencia, en la que se rehabilitan afectos de golpe, se condonan o aplazan deudas, se canta y se bebe, es tal y como imagino los últimos cinco minutos de vida antes de pelear a muerte por cinco minutos más. Bajo ese verso con el que arranca Podrick su canción (“en los salones de reyes desaparecidos, Jenny bailaba con sus fantasmas”) y que termina, tras una sucesión de imágenes con el “nunca quiso irse” repetido hasta creer que Jenny de alguna forma nunca se fue. Y que emparenta con la reflexión de la muerte hecha minutos antes por Samwell: “La verdadera muerte es el olvido” y la frase que mejor resume la vida que dice Bran: “Las cosas que uno hace por amor”.

En realidad la belleza de la víspera, la vigilia, no es tanto la expectativa, esa ilusión de que las cosas están a punto de empezar y hay que prepararse para ellas, como la certeza de que están ocurriendo ya. En cada conversación que se produce en Invernalia hay un presagio fúnebre que obliga a detenerse en detalles que no existirían de otro modo. Las palabras sobre lo inmutable, lo que no va a cambiar nunca, dichas por el archimaestre Ebrose en la temporada anterior (“El Muro lo ha soportado todo. Y cada invierno que ha llegado ha terminado”) son la ceniza que siempre consiguen ver o provocar los que creen que en el mundo hay cosas que no cambian nunca o no deben hacerlo. Hasta las estaciones lo hacen, y éstas más pronto que tarde.

Así que Juego de tronos, esa historia monumental sobre el poder, ha derivado en donde acaba siempre el poder: una drástica reducción de sus ambiciones para pelear no por mandar sino por vivir, un día más de vida. Algo que, en ese final de episodio con Florence and The Machine y Jenny Oldstones que tanto me recordó al Ninna Ninna con la que Tony Soprano se dirige al encuentro de su hijo, ingresado tras un intento de suicidio (“mis raíces, mis jodidos y pútridos genes han infectado el alma de mi hijo”), lleva a evocar a Rilke y los versos de Las elegías de Duino: hasta aquí nosotros, esto es lo nuestro. Escritas desde Duino, la fortaleza medieval que también acogió a Dante; un castillo tan testigo de los esplendoores y de las ruinas del continente europeo como puede serlo Invernalia de los destinos crueles y felices del Norte. “¿No se asombraron ustedes, en las estelas áticas, / de la prudencia de los gestos humanos? El amor / y la despedida, ¿no fueron puestos demasiado / ligeramente sobre los hombros, como si se tratara / de seres hechos de otra materia que nosotros? / Recuerden las manos, cómo se posan sin presión, aunque / hay vigor en los torsos. Estos dueños de sí mismos / lo sabían: hasta aquí, nosotros; esto es lo nuestro, / tocarnos así; que los dioses nos aprieten / con mayor fuerza”.

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