El trabajo libera, sí, a los negreros

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Es difícil elucidar en qué momento exacto el trabajo pasó de ser un derecho básico a un privilegio, pero sospecho que la metamorfosis se aceleró tras la caída del bloque soviético. Junto a mi hermano y a un amigo que también ha acabado en un periódico, trabajé un verano en un vivero cerca de Barajas donde en seguida comprendí que esos eslóganes idiotas sobre el curro (“el trabajo es salud”, “el trabajo dignifica”) los debía de haber inventado algún mamarracho que no había pegado palo al agua ni un día de su vida.

Había que levantarse a las seis y pico de la mañana, empalmar dos autobuses, llegar a las naves a las ocho y ponerse a plantar tronquitos del Brasil ocho horas seguidas, con una breve pausa para almorzar, en medio de una humedad de manglar y de un calor de invernadero. Llegaba un momento en que las manos empezaban a marchar por sí solas, como Chaplin apretando tuercas en Tiempos modernos, y que los sueños iban poblándose de tierra y macetas. Si tienen un tronquito del Brasil en casa, adquirido a finales de los ochenta, de ésos que van creciendo como si pretendiera colonizar el pasillo, luego el salón y después del planeta, a lo mejor está regado con mi sudor, el de mi hermano o el de mi amigo.

A pesar del calor, de la humedad y del tedio infinito de plantar troncos, se trataba de un trabajo a jornada completa que hoy, en lugar de jóvenes estudiantes, realizarían inmigrantes, cuarentones desesperados o chavales hambrientos por la mitad del salario. Tuve la suerte de ir empalmando diversos oficios uno tras otro (cobrador de recibos a domicilio, profesor, dependiente en unos grandes almacenes, librero) esquivando siempre, de pura chiripa, al paro, el gran monstruo que diezmó mi generación y arrasó con las siguientes. He acabado por recalar en la prensa, un apartado en crisis permanente donde abundan los recortes, los despidos, los becarios e incluso los esclavos agradecidos, como lo demuestran plataformas de negreros al estilo de The Huffington Post en las que el trabajo de escribir es, en efecto, un privilegio que se paga con la publicación y una palmadita en la espalda.

A buena parte de la prensa -cuya labor debiera ser denunciar estos abusos, pisoteos e incumplimientos de los derechos laborales básicos- le ha tocado además la tarea de maquillarlos mediante vistosos eufemismos. A la media jornada ahora se le llama “job sharing“, un invento que consiste en compartir el trabajo y, por supuesto, el sueldo. Al hecho de no poder salir de casa porque el dinero no alcanza ni para pipas lo llaman “nesting“, una estrategia hogareña que rebaja la ansiedad y tranquiliza la mente. A la imposibilidad de poder alquilar un piso propio y tener que compartirlo con varios colegas lo han bautizado con el nombre de “coliving“, un novedoso concepto inmobiliario en el que la juventud se prolonga hasta la jubilación, si es que llega algún día. A la triste necesidad de recoger comida de la basura, como los mendigos, se le denomina “friganismo”, una dieta posmoderna que aligera mucho los bolsillos. Falta únicamente que pongan de moda el suicidio para ahorrar costes a la Seguridad Social, pero tampoco quiero dar ideas.

La historia es antigua, proviene de los siervos de la gleba, de la genial táctica capitalista de abolir la esclavitud para que los antiguos siervos tuvieran que pagarse ellos el alojamiento y la comida. Gracias a sus fabulosos mecanismos de control, el capital ha despejado la clásica ecuación romana del panem et circenses quitando el pan y dejando sólo el circo de las redes sociales, internet y los videojuegos. Por eso el neoliberalismo ha llegado al extremo de bañar la explotación laboral absoluta con tintes de color rosa: sin ir más lejos, la UEFA anunciaba esta semana la búsqueda de “bailarines voluntarios” para la ceremonia inaugural de la Champions League, a pesar de contar con un presupuesto de miles de millones de euros. La pregunta es cuándo se les ocurrirá a los amos del cotarro pasar del trabajo entendido como privilegio al trabajo realizado como lujo y empezar a cobrar a los desgraciados que quieran escribir, bailar, conducir un taxi o transportar paquetes. “El trabajo libera” rezaba en las puertas de los campos de concentración. Están en ello.

David Torres

 

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