Juego de osos

David Torres

En sus Tesis sobre Feuerbach, Karl Marx concluía que los filósofos no habían hecho más que intentos de interpretar el mundo, cuando la cuestión esencial era transformarlo. Por desgracia, a mediados del siglo XIX no existía change.org, la plataforma de petición de firmas online, un invento que habría ahorrado al marxismo muchos problemas de logística. Sin embargo, es muy probable que, de haber existido, la gente de entonces, en lugar de levantar barricadas y hacer revoluciones, habría organizado firmas para evitar el suicidio de Werther, alterar el final de Los miserables y prohibir a Wagner dedicarse a la ópera.

Juego de osos

Casi medio millón de personas se han movilizado contra la temporada final de Juego de tronos reclamando que la rehagan entera, una tentativa quizá no tan ridícula como parece. Puesto que, como señalaba García Márquez todas las cosas que amueblan el mundo empezaron primero por habitar la imaginación (los transplantes de corazón, los aviones a reacción, los derechos humanos), a lo mejor cambiar la ficción significa el primer paso para producir una realidad alternativa. Por ejemplo, en el género apocalíptico hemos sido capaces de imaginar el fin del mundo con diversas y llamativas catástrofes, desde invasiones alienígenas a meteoritos desconsiderados, pasando por plagas letales o guerras atómicas; sin embargo, como apunta Slavoj Zizek, ninguna novela, película, utopía o distopía ha sido capaz de plantear el final del capitalismo.

Siglo y medio después de Marx, las cosas tampoco andan como para tirar cohetes, seguramente porque, como dice otro filósofo mucho menos conocido, mi amigo Alvaro Muñoz Robledano, la gente no está descontenta con el mundo sino con el lugar que ocupa en él. No nos importa gran cosa que buena parte de la humanidad se esté muriendo de hambre o malviva en la miseria más absoluta mientras sigamos teniendo acceso a internet. La paradoja consiste en que los milagros médicos que permiten salvar la vida a la mitad de la población se compensa con la invención de artilugios bélicos capaces de cargarse de un plumazo a la otra media. En lugar de cambiar la sociedad, la mayoría de la gente prefiere cambiarse de cara o cambiarse de piso.

Tampoco resulta muy alentador que enormes contingentes de personas con estudios hayan decidido atrincherarse en la Edad Media, resolviendo que sus hijos no se vacunen o sacándose de la manga complicadas argumentaciones para intentar demostrar que la Tierra es plana. Hay gente que busca la tranquilidad del campo en una casa rural y luego se queja del ruido que hacen las gallinas y de que los gallos canten a las seis de la mañana. Lo peor es que llega un juez y les da la razón, dando inicio a la transformación profetizada por Marx mediante una mudanza de gallinas. En esa misma dirección señala la cumbre entre España y Francia provocada por una osa procedente de Eslovenia que está empeñada en seguir sus instintos sólo por fastidiar a los ganaderos. Una lástima que Wagner se dedicara a la ópera en lugar de seguir repartiendo octavillas a favor de la revolución en Dresde.

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