Un mundo en la lavadora

En cada cilindro de los que quiere construir Bezos en la Luna cabrán unos cuantos millones de personas

JAVIER SAMPEDRO

La Luna puede ser nuestro refugio cuando la Tierra se convierta en algo hostil.
La Luna puede ser nuestro refugio cuando la Tierra se convierta en algo hostil. CHARLIE RIEDEL AP

Llevamos años fascinados con Elon Musk, el visionario magnate que fundó la empresa de coches eléctricos Tesla —que supera a General Motors en valor bursátil, aunque no es capaz de hacer frente a una demanda cien veces menor— y la firma de cohetes Spacex, que ya funciona para mandar satélites al espacio y prevé ofrecer viajes a la Luna para turistas con mucha pasta y poca vida que perder. Pero se nos había escapado que Musk es solo una de las mayores fortunas del mundo. La mayor pertenece a Jeff Bezos, el jefe y fundador de Amazon. Cuando dos magnates de Silicon Valley han leído más o menos las mismas novelas de ciencia ficción, unos cuantos miles de millones de dólares pueden marcar la diferencia, ¿no es cierto?

Bezos, en realidad, ya había empezado a invertir en el espacio en el año 2000, cuando Musk todavía estaba amasando su fortuna con la empresa de pagos por correo electrónico PayPal. Durante dos décadas, y a diferencia de Musk, el jefe de Amazon no ha mostrado el menor interés por predicar sus planes espaciales al mundo, pero este mes ha cambiado de estrategia comercial. Y de qué forma. Su firma Blue Origin no solo ha desarrollado el prototipo de un módulo lunar para que los norteamericanos puedan volver a poner su pie en el satélite en 2024, como parece ser el deseo de la Administración Trump, sino que pretende usarlo como una factoría para generar nuevos mundos extraterrestres. Unos mundos para llevarse puestos cuando la Tierra sea un ambiente hostil, y mucho antes de que podamos ni imaginar como terraformar Marte, es decir, convertir nuestro planeta vecino en un entorno amigable y autosostenido.

Se trata de construir en la Luna, o en su órbita, toda una serie de mundos cilíndricos. La idea que espoleó la mente de Einstein para formular su gran teoría (la relatividad general que fundamenta nuestra cosmología) fue la equivalencia entre la gravedad y cualquier aceleración. Una persona metida en un ascensor, pensó Einstein, no podría saber si está quieta en la Tierra o acelerando en la ingravidez del espacio. Una báscula de baño bajo sus pies le diría exactamente lo mismo en los dos casos (siempre que ajustáramos la aceleración del ascensor a 10 metros por segundo al cuadrado, pero esa es una cuestión para los de talleres). Aunque no lo parezca, dar vueltas es una forma de acelerar, porque tú tiendes a seguir recto a velocidad constante, y acelerar significa disuadirte de ese comportamiento tedioso, como disuade el Sol a la Tierra o la Tierra a la Luna.

Un cilindro que gire sobre su eje, como el tambor de una lavadora, genera en su interior un entorno (casi) indistinguible de la gravedad de la Tierra. Solo si echas la vista al horizonte empezarás a ver que las cosas se tuercen. Literalmente. Verás entonces que el suelo, allí lejos, empieza a curvarse hacia arriba como si lo estuviera levantando un maremoto. Si tu vista es realmente buena, observarás con perplejidad que, allí arriba del todo, donde debería estar el cielo estrellado, hay otra ciudad similar a la tuya, solo que boca abajo. En cada cilindro, según Bezos, cabrán unos cuantos millones de personas.

Arthur Clarke ideó un mundo cilíndrico en su novela Cita con Rama, de 1972. Cuatro años después, el físico Gerald O’Neill profundizó en la idea en otro libro, The High Frontier. O’Neill fue uno de los profesores de Bezos en Princeton.

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