Dicen

Cuentos familiares, fotografías, rumores, verdades a medias y esos silencios tan cargados de significado: todo es indispensable para conocer el pasado

EDURNE PORTELA

Memoria histórica
Entrega de restos de víctimas del franquismo a sus familiares, en Cambados (Pontevedra) en 2010.CARLOS PUGA

Nuestro conocimiento del pasado está configurado por una amalgama de saberes. Estudiamos historia en los colegios y en las universidades, leemos novelas y libros históricos, vemos películas y documentales, observamos fotografías que nos ayudan a visualizar aquello que ya no existe o que se ha transformado con el paso del tiempo, a través del arte entendemos sensibilidades pasadas. También, con suerte, nuestros mayores comparten sus experiencias de vida con nosotros. El pasado es una fuente inagotable de conocimiento: reconstruirlo en su totalidad es una labor imposible e infinita, su interpretación varía según pasa el tiempo y se encuentran nuevos datos, se aplican nuevas teorías. Además, el pasado no es sólo historia, es también memoria. Y la memoria no remite únicamente al dato o al detalle histórico. La memoria aporta una interpretación afectiva e íntima del pasado que no por ser subjetiva es menos valiosa. La memoria que el archivo histórico no recoge nos abre la puerta a un tipo de conocimiento necesario, nos invita a entrar en espacios donde a la historia no le gusta tanto transitar. Reflexiono sobre todo esto después de leer Dicen, de Susana Sánchez Arins (editorial De Conatus).

Dicen recorre la cartografía de la represión falangista en los pueblos gallegos en torno a las Rías Baixas durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo. En el centro del horror de las vejaciones y palizas, los paseos y desapariciones, está el tío abuelo de la autora, “manuel de portarís” (no son erratas, en el texto no hay mayúsculas). Sánchez Arins se enfrenta a la figura de su tío a través de un discurso que imita la oralidad (de ahí el título Dicen) y que reproduce los silencios, las verdades susurradas, las elipsis y el miedo a contar, tanto de la propia familia de la autora como de sus vecinos. La voz narrativa de Dicen está llena de lirismo y aúna magistralmente la belleza y el horror.

En su búsqueda por rellenar los silencios heredados, por dar cuerpo a los rumores de la infancia, en su afán por recuperar la memoria truncada por el trauma de la violencia, la autora se documenta, investiga, recurre a los archivos. Y ahí es donde la memoria se encuentra con las limitaciones de la historia. No hay mención de las actuaciones de su tío porque “los fondos de falange están higienizados (…) quien no quiso figurar en ellos tuvo tiempo de borrar sus huellas”. Así, el archivo se vuelve cómplice de la impunidad y del silencio, de la mentira por omisión de la verdad. Se critica la memoria por su subjetividad, pero, como señala la autora, a menudo “la verdad no sale al encuentro en los fondos archivísticos”. La verdad, en ocasiones, se descubre a través de los restos de las víctimas, como ese “ramillete de huesos” que recibe la hermana de Castor Cordal (quizás una de las víctimas de “manuel de portarís”) después de siete décadas de su desaparición. El correlato de su verdugo, sin embargo, reside únicamente en la memoria de los que sufrieron su crueldad y en los herederos de esa memoria.

La disciplina histórica, con su metodología y su rigor, es indispensable para el conocimiento del pasado. Pero también lo es el archivo de memoria en el que se incluyen narraciones orales, cuentos familiares, fotografías, rumores, verdades a medias y esos silencios tan cargados de significado. Dicen es un intento de reconstruir, a través de todos estos ingredientes y la imaginación literaria, un pasado irresuelto que nos interpela, especialmente ahora que los que cantan loas al franquismo han entrado en las instituciones.

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