La época de Shakespeare

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Soy miope para los méritos de mi tiempo, parece que sólo reconozco grandezas pasadas. No niego que hoy pueda existir, por ejemplo, un talento enorme en los guionistas de las series de TV de las que muchos hablan. No conozco ninguna. Hay tantas cosas que no conozco y que ya no conoceré. No sé nada de la zarzuela (el género chico), ni de ópera, no he leído nada de Agatha Christie, ni he leído a Conan Doyle (Sherlock Holmes), ni a Simenon, Hammet, Chandler etc. Nada de novela políciaca, nada de novela negra. Nunca he escuchado entera y con atención una canción de Bob Dylan, ni de David Bowie, ni de Elvis Presley, ni de Leonard Cohen. Soy un perfecto ignorante.         ¿Sabían los londinenses de 1600 que en las tablas de sus sucios teatros estaban representándose, frescas, obras de una calidad extraordinaria? ¿Sabían los atenieneses que iban a ver “Edipo rey” o “Las bacantes” o “Los persas” que esas obras seguirían interesando más de dos mil años después en todo el mundo (un mundo que ellos no conocían ni nosotros tampoco)? La “Divina Comedia” no se entiende cabalmente si no se conocen las disputas políticas de su tiempo. No creo que Dante escribiera pensando en la posteridad, escribía para sus contemporáneos, para los lectores de la Italia de 1300. Hay tantas alusiones, sobreentendidos, personajes oscuros, sucesos que a nosotros se nos escapan (salvo que seamos estudiosos y ni aún así) que no se explica de otro modo.         Pensamos en Shakespeare y lo vemos aislado. En realidad era la montaña más alta de una imponente cordillera. Junto con él escribían Marlowe, Thomas Kyd, Beaumont, Fletcher, Massinger, Middelton, Ben Jonson, John Webster, Cyril Tourneur, John Ford, etc. Tal vez Francis Bacon también. El argumento de muchas de sus obras es desmesurado, violento, blasfemo, salvaje. Todas las desgracias y pasiones humanas aparecen allí escritas en verso blanco. La humanidad, en el escenario isabelino y jacobino, está loca: casi todos los protagonistas mueren violentamente, la catástrofe se precipita sobre ellos. Hay traiciones, crímenes, suicidios, incestos, batallas, crudas alusiones sexuales, etc. Allí los hombres recitan sus tiradas, torrentes de elocuencia, representan su papel y caen después de una breve existencia, seres efímeros en un mundo sin sentido. Naturalmente me refiero a la tragedia. Comedias también escribían. Pero la comedia, con permiso de estos monstruos, es cosa del genial Molière. Nadie ha pintado con tanta gracia las debilidades y defectos humanos. Un defecto mío, como se ve, es la pedantería. Abundan los pedantes en Molière.           En España estaban, claro, Calderón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Ruiz de Alarcón. Hay momentos en la historia en que, sabe dios cómo, aparece una eclosión de genios. Brilla un momento en un lugar concreto y se extingue poco después. Todo se lo lleva del diablo. Por las calles de Roma se cruzaron muchas veces el atormentado Miguel Ángel y el sociable y encantador Rafael. El primero le dijo una vez al segundo: “pareces un príncipe rodeado de tus cortesanos” A lo que Rafael respondió: “y tú vas solitario como un verdugo” Que un solo hombre haya pintado la Capilla Sixtina es algo imposible de concebir.

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