La tortura (real) con los Bee Gees, Metallica o Eminem

Estimado lector, llegamos ya pidiendo y, por ello, ofrecemos disculpas. Haz un ejercicio de abstracción humanista y olvida por un instante los execrables comportamientos aquí relatados. Esto va del sonido, de sus efectos fisiológicos y psicológicos y de por qué tanto Metallica como Los Pecos podrían usarse como instrumento de tortura

     por David Garcia        Fotos  Christopher Campbell en

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Abrió la puerta y caminó al interior de la sala. Un huracán de luces estroboscópicas parpadeaban cegando periódicamente la mirada. El traqueteo de su botas militares era casi imperceptible a causa del volumen de la música a altas horas de la madrugada. Ni era sábado, ni había nadie bailando, pero los Bee Gees sonaban por los altavoces.

Saturday Night Fever se reproducía una y otra vez para una sola persona: uno de los detenidos de la prisión militar estadounidense de Bagram, en Afganistán. Así lo cuenta Moazzam Begg, portavoz de Cageprisoners y uno de los antiguos inquilinos forzosos de la bahía de Guantánamo, de Kandahar y de la propia prisión de Bagram.

Para la mayoría de personas de este santo planeta, los Bee Gees representaban una tortura en forma de onda mucho antes de que el ejército y los servicios de inteligencia de Estados Unidos empleasen sus canciones para poner banda sonora a los Convenios de Ginebra. O más bien, al hecho de que los defensores de la libertad se los pasasen por el forro.Los Bee Gees ya representaban una tortura en forma de onda mucho tiempo antes de Guantánamo

Todo aquello ocurría a principios de siglo en aquello que se dio por llamar War on Terror (Guerra contra el terrorismo) y que se desató tras el derribo de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.Artículo relacionado

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Mientras que los integristas aportaban su cuota de ‘terror’ en la ecuación, Estados Unidos trataba de combatirlo utilizando a los hermanos Gibb como herramienta de tortura con música. Son distintas dimensiones del miedo.

Lo sorprendente de todo esto es que los Bee Gees son música de cabecera y soniquete amable para personas aparentemente normales. Todo es una cuestión de percepción, de cómo procesa el sonido el cerebro, según explica Crisal Rodríguez, divulgadora, licenciada en Biología, Neurobiología y Neurociencia por la Universitat Autónoma de Barcelona, y poeta y actriz, aunque esto último lo dejemos para otro día.

«Escuchar a Metallica mientras hago el amor ofrece un contexto radicalmente distinto de ponerlo como banda sonora durante mi próxima sesión de tortura. La información sonora, además de ir a la corteza auditiva, también viaja en paralelo desde el tálamo a áreas límbicas, es decir, áreas directamente implicadas en la generación de emociones y de memoria, como la amígdala y el hipocampo», explica Rodríguez.

La cita a Metallica no es casual. La banda estadounidense era un nombre habitual en los Top Charts de Abu Graib, un must en la tortura con música. El propio James Hetfield, cantante, guitarrista y líder de la banda –no te enfades, Lars– se mostraba encantado con ello. «Si los iraquíes no están acostumbrados a la libertad, estoy satisfecho de formar parte de su exposición a ella». Así que aquí primero paz, después gloria, luego freedom… And justice for all.«Si los iraquíes no están acostumbrados a la libertad, estoy satisfecho de formar parte de su exposición a ella», decía el cantante de Metallica acerca de que formaran parte del menú de tortura en Irak

Las maneras de utilizar la música como instrumento para doblegar voluntades son tan variadas como terroríficas. Los relatos de los torturados o los documentos desclasificados que también han narrado los procedimientos hablan de reproducciones continuadas de Eminem durante 20 días para abatir por agotamiento. O el impacto de la novedad y la dureza de sonidos como lo de los ya mencionados Metallica o Marilyn Manson a oídos poco acostumbrados a esos huracanes sónicos.

También había hueco para explotar las vulnerabilidades morales y religiosas de los detenidos. Dirrty, de Christina Aguilera, sonaba por los altavoces mientras personal femenino lleva a cabo bailes eróticos durante los interrogatorios. A la temperatura propia del tema de la Aguilera se sumaba una mujer semidesnuda que vertía sobre los presos un líquido que simulaba ser sangre menstrual. Un pasaporte directo de salida del Jannah.

Crisal Rodríguez señala que «la música genera tantos efectos distintos como personas la escuchan: somos seres sociales y simbólicos. De lo que eso representa para mí y de cómo conecto los puntos –la información que opera tanto a nivel consciente como inconsciente– nace mi valoración de la música». Ese es el motivo por el que cada uno se toma las cosas a su manera. Por la maldiga cabeza.

No existe una percepción limpia y neutral de los estímulos que pasan por el cerebro. «Y es aquí donde viene la madre del cordero: para que mi percepción esté completa, es inevitable que este sonido se procese dentro de un contexto. Significa algo para mí porque está relacionado con otros estímulos, sucede en un espacio y forma parte de una situación específica, no genérica», dice la bióloga.

Las conclusiones acerca de la tortura con música se han cosechado mediante experimentos tan discutiblemente éticos como las prácticas en Guantánamo. Así es como la ciencia conoció e investigó la relación entre un estímulo y sus efectos. «Es el llamado condicionamiento, lo que hacen durante La Naranja Mecánica con el protagonista. Se le obliga a asociar a Beethoven con la muerte y con sensaciones profundamente desagradables», explica Rodríguez.

Y sigue. «Así que ambas vías –la que va a la corteza y la que va al sistema límbico– terminan procesándose en cortezas de asociación multimodal y, finalmente, todo se integra en la corteza prefrontal. Es aquí, en esta corteza, donde se integran todos los estímulos sensoriales y emocionales. ¿Caricia cariñosa? ¿Cara de asco? ¿Sentirse cuidado? ¿Sentirse atrapado? Es entonces cuando se produce la representación de lo que me sucede, de mi lugar en la situación, de lo que puedo y no puedo hacer. De lo que es normal. De lo que es deseable».

No hay dos cerebros iguales. Por eso, algunos se tienen que defender de Metallica, de Rage Against the Machine o de Marilyn Manson. Otros de Barry Manilow o el We are the champions de Queen. Y otros de la canción infantil I love you o del meme internetero The meow mix song theme con sus gatos adorablemente asesinables.

Es cierto que 20 días de exposición ayudan muy poco, pero es tu mente la que decide si los Bee Gees son denunciables ante las Naciones Unidas por el empleo de sus éxitos en la tortura con música.

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