A balazos con Hernán Cortés: no hay perdón para el ‘padre maldito’ de México

La mitad de la historia de México sigue siendo tan convulsa que cinco siglos después se zarandea aún por políticos que acallan las voces de los historiadores

Foto: Relieve tiroteado de Hernán Cortés en México. (Foto: Javier Brandoli)
Relieve tiroteado de Hernán Cortés en México. (Foto: Javier Brandoli)

JAVIER BRANDOLI

En el conocido como Paso de Cortés, entre los imponentes volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, hay un relieve de bronce colocado sobre un monolito de piedra. En él se ve a caballo a Hernán Cortés, el conquistador extremeño, junto a un grupo de soldados españoles e indígenas. Rememora el paso en 1519 de sus tropas hacia el Valle de México. La estructura ha sido atacada a balazos. De los disparos de mayor calibre, que han perforado el metal, dos dan en el caballo de Cortés y otros tres pegan en el entorno. Ninguno acierta en su figura. El resto de la estructura, incluido el soporte de piedra, está lleno de marcas de perdigones. Alguno ha impactado en el cuello del propio Cortés.

El pasado puede recibir balazos, botes de pintura roja, o estar escondido en el nicho de una pequeña iglesia. Eso le pasa a México, cuya mitad de su historia, como de su sangre, sigue siendo tan convulsa que cinco siglos después se zarandea aún por políticos que acallan las voces de los historiadores. “Envié una carta al Rey de España y otra al Papa para que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como derechos humanos”, reconoció el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, el pasado mes de marzo. La frase eliminó de nuevo de un plumazo la opción de hacer un revisionismo histórico de la figura de Cortés lejos del ámbito político cuando se cumplen 500 años de su llegada a México.

El monolito con el relieve de Hernán Cortés tiroteado en México. (Foto: Javier Brandoli)
El monolito con el relieve de Hernán Cortés tiroteado en México. (Foto: Javier Brandoli)

El malinchismo y el mestizaje. La lengua de los versos de Octavio Paz y las iglesias barrocas. Pedro de Alvarado y Fray Bartolomé de las Casas. La inquisición y las primeras universidades. La cerámica de Talavera y la Virgen de Guadalupe. La Noche Triste y la matanza del Templo Mayor. El fin de los sacrificios aztecas y la quema de los códices mayas… Todas esas luces y sombras tienen una génesis: Hernán Cortés.

El proscrito

El nacido en Medellín, Extremadura, en 1485, es un personaje maldito y proscrito por la historia oficial. Por todos. Por el México post revolucionario, que ha encontrado un enemigo que señalar en los libros de texto para enjuagar todos sus males, y por España, incapaz y miedosa de proponer un relato alternativo para no herir sensibilidades más allá de patrióticos golpes en el pecho parecidos a los que resuenan al otro lado del Atlántico. Del Día de la Raza se ha pasado al Día del Olvido sin nada en el medio. Cortés tiene siempre un velo alrededor que cinco siglos después no se quita.

Su tumba es un perfecto ejemplo de ese cubo de desmemoria que se ha vertido sobre su figura. Un simple nicho, a la izquierda del altar de la pequeña Iglesia del Niño Jesús, cercana a la Plaza del Zócalo de Ciudad de México, guarda sus restos. Una placa roja, algo mayor de un metro, en la que pone Hernán Cortés con su fecha de nacimiento y muerte, es todo el rastro de uno de los personajes más influyentes de la historia.

Modesta placa en la tumba de Hernán Cortés en México
Modesta placa en la tumba de Hernán Cortés en México

Que esos restos existan es ya una proeza; intentar moverlos una absoluta utopía o temeridad. “Sus huesos pasaron más peripecias después de muerto que en vida”, explicaba el escritor mexicano Xavier López Medellín, otro de los grandes investigadores de su figura. “Cortés dejó escrito en su testamento que, si moría en España, su cuerpo fuese enterrado en Nueva España, en la villa de Coyoacán (barrio actual de Ciudad de México fundado por los conquistadores españoles tras reconquistar la capital azteca), en un convento de monjas de la Concepción, de la orden de San Francisco, que mandó construir en su testamento. Nunca se cumplió su voluntad. Que prefiriera ser enterrado en México demuestra su amor por esa tierra”, dice Ricardo Coarasa, autor del libro ‘Hernán Cortés, los pasos borrados’, que en la actualidad está enfrascado en un segundo libro sobre los desconocidos últimos años de la vida del conquistador.

Los siguientes siglos, aún bajo dominio español, sus restos fueron cambiados varias veces de sitio por diversas razones. La Independencia complicó las cosas y en 1823, tras conocerse un plan para quemar sus huesos, ya colocados en la Iglesia del Hospital del Niño Jesús desde 1794, se hizo una farsa para hacer creer que habían sido mandados a Italia a los descendientes de Cortés tras desmontarse su mausoleo. La verdad es que se escondieron en secreto, sólo la Embajada de España y los descendientes de Cortés fueron informados, en la misma Iglesia, tras un muro, del que salieron en 1946 cuando unos investigadores descubrieron la artimaña y se abrió la pared. Otra vez Cortés aparecía en México y otra vez alguien decidió que había que ocultarlo de nuevo. Se metió en la misma pared, ahora tras una placa, en la que descansa hoy en un casi absoluto anonimato.

Exhumación de los restos de Cortés
Exhumación de los restos de Cortés

“Los españoles han sido profundamente injustos con Hernán Cortés”. La frase no es de un acérrimo nacionalista español, es del ex gobernador y senador mexicano Julián Gascón en marzo de 2015. Gascón, presidente del patronato del Hospital del Niño Jesús, el hospital más viejo del continente americano que fundara el propio Cortés, es una especie de guardián de los huesos del español. Desde su patronato consiguió mantener algo su memoria y hasta colocar el único busto que el extremeño tiene en la capital, en el claustro del hospital que él fundara, y cuya inauguración fue un rapapolvo para el entonces presidente mexicano, López Portillo, al que los periódicos acusaron de traidor por develar la figura.

En noviembre de 2018, el propio Gascón, admitía que “la sociedad mexicana no está preparada para dignificar su tumba. Pizarro tiene una tumba en la catedral de Lima y era un asesino, y Hernán Cortés que entró en Tenochtitlán sin pegar un tiro de arcabuz no la tiene. Cortés era un hombre de letras”.

Un absurdo politizado

Nadie, ni el Gobierno español, ni ninguna institución pública, han querido cambiar eso. De hecho, los propios diplomáticos españoles con los que hablamos por primera vez en 2015 no sabían la existencia de esa tumba. La calle de Hernán Cortés en México es inexistente y en España, su tierra, casi lo mismo. En Madrid, la capital, la calle Hernán Cortés es una mínima vía en el barrio de Chueca. Nada más. ¿Imaginan que hubieran hecho en Inglaterra, Francia o Estados Unidos?

La discusión académica de su obra es casi tan maniquea en España como en México. Cortés parece sólo un emblema del nacionalismo español, politizado a la derecha, envuelto en mensajes absurdos donde se sublima el evangelizar o culturizar sin aceptar que se cometieron también graves abusos y errores. Cortés no es de derechas ni de izquierdas, es historia, sin más. Como Abderramán, Napoleón o Julio César. En España tampoco se ha conseguido pasar de la diatriba de Conquista o Descubrimiento sin entender que fue ambas cosas a la vez dependiendo del lado del océano en que se estaba. “Cortés cometió errores graves y tuvo grandes aciertos”, resume Gascón.

Cortés no es de derechas ni de izquierdas, es historia, sin más. Como Abderramán, Napoleón o Julio César

“México tiene una esquizofrenia de identidad que debe resolver. Hace falta un debate sereno del pasado”, me decía Álvaro Matute, prestigioso miembro de la Real Academia Mexicana de la Historia, meses antes de fallecer en 2017. “No hay una calle de Hernán Cortés ni puede haberla. México en el siglo XIX genera un rechazo permanente del colonialismo. Todo lo extranjero era invasor y por tanto enemigo de la patria”, concluía un intelectual que la historia la estudiaba, no la amoldaba a sus opiniones.

El rastro de Cortés está por todo México. En Coyoacán está su casa (aunque es un error histórico situar ese edificio como su hacienda). La casa de la Malinche, su intérprete y amante indígena con la que tuvo un hijo, está unas cuadras más allá. Ella, quizá mejor que el propio Cortés, resume a la perfección la esquizofrenia de la que hablaba el profesor Matute. Durante siglos ha sido considerada una traidora. De hecho, el término malinchismo en México se aplica a los traidores o a las personas que aman más lo extranjero que lo mexicano.

Placa exterior encuentro Cortés y Moctezuma. (Foto: Javier Brandoli)
Placa exterior encuentro Cortés y Moctezuma. (Foto: Javier Brandoli)

La Malinche fue entregada en tributo a los españoles en 1519 por un cacique de Potonchán, en Tabasco, tras una escaramuza ganada por los españoles en Centla. Ella no era mexica, y como la gran mayoría de pueblos mesoamericanos, su gente estaba sometida por el duro poder de Tenochtitlán que exigía fuertes pagos de impuestos y tomaba constantemente prisioneros para realizar sus sacrificios. México entonces no existía como identidad, existía una zona geográfica en la que diversas culturas se aliaban, comerciaban o guerreaban por el control del territorio. Los mexicas, que vienen del sur de EE.UU, fueron los últimos en llegar (fundaron Tenochtitlán en torno a 1325). Para la Malinche y para su pueblo, tan extranjero era un azteca como un español, aunque con el primero tuviera más similitudes. “Ella se unió a Cortés y tuvieron un hijo, Martín. Cortés consiguió que el Papa lo reconociera. Un ejemplo más del odio que Cortés sentía por los indígenas”, apunta irónicamente Coarasa.

Para la Malinche y para su pueblo, tan extranjero era un azteca como un español, aunque con el primero tuviera más similitudes

Parece que ella falleció por culpa de alguna de las enfermedades que trajeron los españoles a América, como la gran parte de los indígenas, arrasados por una invisible guerra bacteriológica. Lo cierto es que La Malinche es de alguna forma la madre de esa nueva “raza” mestiza nacida en el continente americano, pero la historia oficial post independentista no tuvo compasión con su figura y es considerada una traidora. ¿A quién traicionó? “Sin la ayuda de doña Marina (nombre que recibió tras ser bautizada) no hubiéramos entendido los idiomas de la Nueva España “, escribió el cronista Bernal Díaz del Castillo.

En este entorno, no parece que los cinco siglos pasados vayan a ser suficientes para poder tener ese debate sereno que saque a Cortés del ostracismo y lo coloque en un lugar en la historia. “Muchos le han querido ver únicamente como un villano. Sin embargo, creo que eso tiene que ver con una simplificación que se suele hacer desde la política. Los historiadores, por otro lado, debemos tratar de buscar la verdad siempre, con paciencia, comprobando las fuentes y revisando los acontecimientos con rigor. Y en el caso de Cortés tenemos la suerte de que existen sobrados estudios que han ido recopilándose a lo largo de muchísimas generaciones. No debemos erigirnos en jueces del pasado. La historia no es un tribunal”, decía hace unos días uno de los historiadores mexicanos más afamados, Enrique Krauze. Cortés lleva 500 años esperando que se acabe su juicio y se juzgue su obra, con sus luces y con sus sombras. Parece que deberá esperar algunos años más.

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