De fronteras y de osos

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Hoy, en el antiguo calendario gregoriano es 4 de julio. En el hemisferio norte el verano acaba de empezar, y con él la sarta de tropelías y desmanes, meteorológicos y de los otros, que suelen acompañarlo.

The Fourth of July, el cuatro de julio, pues. El Día Nacional de Estados Unidos. En esa fecha, hace 241 años, en 1776, los padres de aquella patria firmaron la llamada Declaración de Independencia, por la cual se desvinculaban del Imperio Británico y por ende a su condición de súbditos del rey Jorge III, aunque la guerra de liberación contra las fuerzas inglesas duraría algunos años más.

La efeméride no sólo les concierne a ellos, pues Estados Unidos fueron, por mucho, la primera colonia en romper los yugos de la metrópolis europea. La seguiría Haití, pero sólo hasta 1804.

La crónica posterior, obscura y sanguinaria, del quehacer y deshacer de Estados Unidos como país independiente no debería ensombrecer el brillo de aquella gesta, piedra maestra en la historia universal de la modernidad. Baste el solo ejemplo de que fue en ella, en el pensamiento de Adams, Franklin y Jefferson, en el que se inspiró la Revolución Francesa. Nada menos.

La emancipación de las “trece colonias” fue vista, y lo sigue siendo, como un sueño realizado. Mas ese sueño, como le sucede a menudo a los más bellos sueños, no tardó en convertirse en pesadilla. Hoy, nuestros vecinos del septentrión son un auténtico tumor para el conjunto de pueblos del mundo. Un tumor desde todos los puntos de vista: militar, económico y cultural.

Representan, sin duda alguna, hoy más que nunca, un régimen fundamentalista, de la más rancia especie. Ríase usted de los países árabes. Son, también sin ningún titubeo, el más rico de los países del tercer mundo.

El lema impreso en todos sus billetes de papel moneda, no tiene madre; padres sí, pero madre no: In God we Trust. La sola idea de asociar de manera tan descarnada al Divino Creador con la marmaja no tiene desperdicio. Es fantástica.

Es posible, incluso verosímil, que ellos crean en Dios, lo que es seguro es que Dios no cree en ellos. Y nosotros menos aun.

Hace ya un buen que no padecemos directamente la violencia brutal y desatada de sus gorilas uniformados. Otros pueblos del mundo, mucho más lejanos, sí. Y de qué manera.

Sin embargo, su vecindad es un verdadero grillete. La dependencia política, económica, la contaminación cultural y, sobre todo, el inmenso mercado de drogas y armas, ocasionan y estimulan una enfermedad degenerativa grave en nuestro país, que lo afecta a todos los niveles.

En la geografía humana, el primer y tercer mundo no se tocan en ningún punto. Piénselo usted, meticuloso lector. Europa está separada de África por el Mediterráneo, y el nivel de vida va disminuyendo paulatinamente hacia el este: Polonia, Bielorrusia, Rusia Occidental, el Volga, el Cáucaso, Turquía, Irán, Afganistán, la India. Y por el otro lado, Mongolia, Tuva, China Occidental, Camboya y Vietnam. Los países ricos de Asia son tres y son islas: Australia, Nueva Zelanda y Japón.

Así que el único contacto físico y real entre pobreza y riqueza en el mundo entero se da en nuestra frontera norte. 3000 Km sin solución de continuidad y sin amortiguamiento. El desierto no hace sino dificultar tantito el tránsito. Como lo hará la ya famosa barda de Trump. Verdadero monumento a la imbecilidad.

En todo caso, tal anomalía geoeconómica no puede no tener consecuencias, consecuencias graves. Dicen que alguna vez le comentaron al presidente Díaz Ordaz que en EU se decía que México era un trampolín para la droga. A lo cual, el mandatario, que tenía de sagaz lo que de feo, habría respondido: “Pues si aquí hay un trampolín, del otro lado ha de haber una alberca”.

Existen fronteras naturales y otras artificiales. Las diferencias entre ambas son claras, pero su interrelación no. Una frontera natural es aquella que marca los límites de una cierta cultura (lengua, comida, vestimenta, costumbres). Muchas especies animales conocen y practican el concepto de “territorialidad”.

Las fronteras artificiales, en cambio, reflejan una relación de poder. Son estrictamente políticas y no acostumbran a coincidir con las naturales. Parten en dos pueblos bien definidos y estructurados, y pueden prescindir con la mano en la cintura de los accidentes geográficos.

La frontera entre México y Estados Unidos es del todo artificial, como lo es la que nos separa de Guatemala.

Cuando los gringos llaman América al país que acaban de fundar, cometen una tergiversación, mezcla de ignorancia y de soberbia. ¿Acaso pretendían desde entonces “unir” al resto de naciones del continente? Conociéndolos no suena descabellado. Aunque el propio Simón Bolívar parecía cultivar una pretensión semejante.

Cuando James Monroe proclama en 1823: “América para los americanos” incurre en lo mismo. Me temo que su “América” era todo el continente, mientras que sus “americanos” eran los purititos gringos.

Y cada 4 de julio se vuelve un pretexto áureo para reafirmar esa vocación imperial que los define y estructura.

Proliferan alardes de republicanismo exacerbado secundando declaraciones inflamadas afirmándose soberanos. Monroe invirtió valores indiscutibles sobrepuso ideales genuinos muchos otros sin auténtico soporte ideológico.

Y es ahí donde la puerca tuerce el rabo, pues la política de Trump, muro incluido, parece indicar que el viejo imperialismo expansionista está siendo sustituido por un atrincheramiento que algo tiene de pusilánime.

Este oso decidió hibernar en verano.

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