Montañas

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Qué manía tiene el hombre actual (y que manía tengo yo de meterme con esta criatura, yo que formo parte del hormiguero y escribo este blog) de pisar o pisotearlo todo. No soy alpinista pero me gustan las montañas. Para un montañero de verdadera vocación no es lo más importante hacer cumbre en la montaña que escala. Hay que saber renunciar si la montaña no quiere. Las montañas llegan mucho antes de subirlas, se imponen en la distancia, en la aproximación, y no es exagerado decir que algunas enamoran. Contemplar el Espigüete desde Valverde de la Sierra o Peña Ubiña desde la Vega de Meicín es una maravilla. Hace muchos años yo estaba con una persona inolvidable en Camarmeña, un pueblo de los Picos de Europa que tiene un mirador desde el que se ve de frente, mirando hacia arriba (el desnivel es tremendo, el terreno abruptísimo) el impresionante Pico Urriellu, o Naranjo de Bulnes. En ese momento la niebla ocultaba el pico. Ella hizo un dibujo del lugar conmigo y escribió “esperando a su amada”. No hubo suerte y tuvimos que regresar sin verla. Las montañas se dejan ver o escalar cuando ellas quieren, son caprichosas y peligrosas. Montañismo no es necesariamente vencer a una montaña, alcanzar la cima y hacerse la foto (aunque es natural que queramos dejar testimonio de la hazaña). Montañismo es quedarse mirando esas cumbres, sus neveros; ver cómo cambian de color con las horas del día; observar los efectos de luz, los contrastes, la sombra que dejan las nubes en las paredes de roca. Que su nombre resuene en nuestra imaginación. Claro que en eso hay algo romántico. Tal día como hoy (sigo con la manía) murió Jean Jacques Rousseau, el inventor de esta sensibilidad para el paisaje: le extasiaban los abismos, las cascadas, los desfiladeros, los bosques, los ventisqueros. Esa cosa sublime que tienen. Segantini, el artista italiano que llegó a los Alpes, pintó maravillosos cuadros de los macizos de roca con una profunda simbología sobre la vida, la muerte y el amor maternal.  Quiso subir cada vez más arriba, cada vez más lejos de las ciudades y habitó solo una cabaña remota. Un Zarathustra con pinceles y caballete. Allí sufrió un ataque de apendicitis que se complicó fatalmente. Segantini amaba las montañas con pasión. Caminar entre ellas eleva el ánimo. No hace falta ser escalador para elevarse. Nietzsche tuvo súbitamente la idea del Eterno Retorno en agosto de 1881 cuando paseaba por un lago suizo. Garabateó en un papel: “a 6000 pies más allá de los hombres y el tiempo”. Montañero es quien pacientemente, solo muchas veces, se acerca a las montañas con reverencia. No quien desea escalarlas a toda costa rebajando a deporte o récord, cosa de almas vacías, su grandeza y su misterio.

Publicado por Francisco Alba 

http://selvadevariaopinion.blogspot.com/

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