Rutger Hauer en la Puerta de Tannhäuser


Nadie murió como él, esmaltado de lágrimas de lluvia, soltando una paloma que era también su alma y que aleteaba en busca de un cielo difícilmente azul, después de que Roy Batty murmurase la despedida fúnebre más hermosa del séptimo arte. Batty ni siquiera era humano, sino un androide pluscuamperfecto, una máquina asesina que en su agonía encontraba la redención, una mano atravesada por un clavo, como Cristo en la cruz, y la bella cabeza wagneriana recibiendo el llanto del mundo. Batty le salvaba la vida a Deckard, el implacable cazador de replicantes, y con ese gesto le demostraba que era tan humano como él, más humano que él, capaz de perdonar incluso lo imperdonable.

Rutger Hauer en la Puerta de Tannhäuser

Fue el propio actor quien reescribió el monólogo final de Blade Runner, obra del guionista David Peoples, y la leyenda dice que lo hizo la noche antes del rodaje, inspirándose vagamente en un poema de Rimbaud. Con ello Hauer demostró que había ahondado en la película mucho más que su protagonista, Harrison Ford, y más aun que su director, Ridley Scott, que a día de hoy sigue empeñado en una lectura enrevesada y a todas luces errónea, cuando para cualquiera que tenga ojos en la cara está claro que lo fundamental de la historia va de un replicante que al final alcanza la categoría de ser humano, no de un humano que no sabe que es un replicante. Begoña Piña, crítica de cine de este periódico, hizo llorar a Harrison Ford cuando le señaló el mensaje profundamente fraternal de la película al comparar a los inmigrantes que llegan a las costas de Europa con los androides exiliados del planeta Tierra.

Hay pocas muertes en el cine que puedan igualar la lenta parálisis de Rutger Hauer cuando el tiempo deja por fin de llover sobre su cabeza blanca. La de Sterling Hayden en La jungla de asfalto, tumbado en la hierba y rodeado de caballos como un héroe homérico. La de Ernest Borgnine en Los vikingos, soltando una alegre carcajada y empuñando el acero antes de saltar a un foso hirviente de lobos. La de Susan Sarandon y Geena Davis en Thelma y Louise, lanzándose al vacío en un Ford Thunderbird que se queda congelado en un fotograma. La de John Cazale en la barca de El padrino, sujetando la caña de pescar y recitando un avemaría en espera del tiro de gracia en la nuca. La de Sean Connery en El hombre que pudo reinar, cantando una balada escocesa antes de caer despeñado en el abismo entre los fragmentos de un puente hecho pedazos.

Hauer prestó su presencia imponente en más de 140 películas pero todos los amantes del cine lo recordaremos siempre en la gélida y majestuosa amenaza de Roy Batty, quizá la evolución de personaje más espléndida e inesperada de la historia del cine, tanto que arrancó las lágrimas del propio Philip K. Dick, quien no la había puesto en la novela y sólo pudo imaginarla al leer el guión. En su carrera destacan títulos como Delicias turcas Eric, oficial de la reina, de su compatriota Paul Verhoeven, que lo lanzaron al estrellato; Carretera al infierno, de Robert Harmon, donde bordó a uno de los psycho-killers más escalofriantes que haya dado la gran pantalla; La leyenda del santo bebedor, de Ermanno Olmi, donde iba dando tumbos por un París de fábula, borracho perdido; o Lady Halcón, de Richard Donner, donde encarnaba a un caballero medieval aquejado de una maldición por la que se transformaba en lobo durante las noches mientras su amada, Michelle Pfeiffer, lo hacía en halcón apenas la tocaba la luz del día.

Una vez leí, en uno de esos artículos de cotilleos dedicados a la tacañería y el pésimo comportamiento de algunas estrellas de cine, que Hauer sobresalía por todo lo contrario, por las propinas espléndidas y el grato recuerdo que iba dejando en el personal de los hoteles y restaurantes por donde pasaba. Tenía un rostro y un físico inolvidables, como si no fuera de este mundo, de ahí que casi siempre le ofrecieran esos papeles de otra época, de otro lugar, de otra galaxia más allá de Orión, cerca de la Puerta de Tanhäuser, de donde vino únicamente para hablarnos de lo que no podremos ver, de cosas que nunca creeríamos, para enseñarnos a morir bajo la lluvia, a ser definitivamente humanos.

https://blogs.publico.es/davidtorres

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