Exploración submarina

Juan José Millás

Exploración submarina
CNR / M. P.

DE REGRESO A ÍTACA, Ulises tuvo que atravesar el estrecho de Mesina, que une el mar Tirreno con el Jónico. Un lugar real y fantástico a la vez, pues muchos estudiosos sitúan la presencia de los monstruos Escila y Caribdis a la entrada de ese estrecho. Escila tenía seis cabezas de perro y doce patas. Caribdis era un torbellino de agua que devoraba cuanto caía en sus contornos para vomitarlo luego en forma de naufragio. No podías alejarte de uno sin caer en las garras del otro y al revés, de ahí la expresión de hallarse entre Escila y Caribdis, que es como encontrarse entre la espada y la pared. Escila atraía hipnóticamente a las naves para lanzarlas luego a las fauces de Caribdis. Si Ulises no hubiera recibido la ayuda de los dioses, lo hubiera pasado mal. Aun así, perdió media docena de hombres en la travesía.

Todo esto era para decir que hablamos de un espacio sagrado para nuestra cultura cuyas profundidades hemos convertido en un estercolero. Vergüenza debería darnos, pero lo que ven ustedes en la foto es solo una pequeña parte de la basura que se amontona sin remedio en el lecho marino de la zona. Destaca, entre los desperdicios, el cuerpo de ese muñeco-bebé que añade a la imagen un punto de terror de novela de Stephen King. Según la crónica a la que la foto servía de ilustración, la exploración submarina descubrió también “muebles de cocina, tazas de váter, colchones, mesas, ropa, ruedas, alfombrillas de coche…, incluso un coche entero”. “Los cangrejos”, añadía la crónica, “caminan por el fondo arrastrando jirones de plástico”. Una Odisea de mierda, en fin.

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