Mantener viva la república

Nada complace tanto a Donald Trump como combatir en el barro, o parangonar las pequeñas corruptelas reales o imaginarias de los otros con la corrupción descarada propia

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Nueva York, el pasado 25 de septiembre.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Nueva York, el pasado 25 de septiembre. EVAN VUCCI AP

El impeachment o destitución parlamentaria del presidente es un procedimiento excepcional, un último recurso que tienen a su disposición los representantes del pueblo, de los ciudadanos, ante los abusos de poder. Sus orígenes, según señala el especialista en derecho constitucional y profesor de Harvard, Cass R. Sunstein (Impeachment. Una guía para el ciudadano), están en la Revolución Americana que condujo a la independencia y a la constitución republicana de los Estados Unidos.

Los llamados padres fundadores querían contar con un ejecutivo fuerte pero rechazaban el poder omnímodo, por encima de la ley, que tenían los monarcas europeos. Si la persona del rey inglés era sagrada e inviolable, el presidente de la nueva república podría “ser procesado, juzgado y destituido bajo convicción de traición, corrupción u otros graves crímenes y conductas irregulares”. “Si el líder de la nación se prueba que es corrupto, que invade sus derechos, abandona sus obligaciones o abusa de su autoridad de cualquier otra forma, este mecanismo le da a Nosotros el Pueblo [We the People, las tres primeras palabras del texto de la Constitución, definitorias del soberano] el camino para decir: ¡Basta ya!”, según explica el profesor.

Trump es candidato al impeachment antes incluso de su elección. La lista de las conductas sospechosas, quizás unas 40, solo queda superada por la plusmarca de sus mentiras, a un promedio de una docena al día. La dificultad del procedimiento queda reflejada en su escaso uso en la historia del país, tres ocasiones, y su desenlace nulo: ningún presidente ha sido destituido y solo uno, Richard Nixon, dimitió antes de que culminara. Sunstein asegura que es como la espada de Damocles: lo importante no es que caiga sino que cuelgue y amenace.

Su uso requiere la máxima prudencia. Hacen falta dos mayorías, la simple en el Congreso, que actúa como juez instructor y fiscal, y los dos tercios del Senado, que actúa como juez. Cuando se pone en marcha, el país se divide y polariza, el tipo de dinámica que beneficia a Trump y perjudica a los demócratas. También desvía la atención de las políticas que interesan a la gente hacia la politiquería partidista, convirtiendo el Congreso en un circo: Trump se relame solo pensarlo.

A diferencia de los demócratas, Trump no lo teme. Puede que esté en sus cálculos desde el primer día. Nada le complace tanto como combatir en el barro, o parangonar las pequeñas corruptelas reales o imaginarias de los otros con la corrupción descarada propia: todos somos iguales. Así llegó a la Casa Blanca y así intentará mantenerse e incluso ganar las elecciones en 2020.

Nancy Pelosi ha tardado en dar el paso, y lo ha dado porque no tenía más remedio, ante el último y flagrante escándalo. Para la democracia solo hay algo más grave que los comportamientos deshonrosos de un presidente como Trump, capaz de jugar con la seguridad nacional para provecho propio, y es que las instituciones no reaccionen por mezquinos motivos electorales. Por eso la presidenta del Congreso ha citado acertadamente una pregunta y la respuesta correspondiente del padre fundador Benjamin Franklin: “¿Qué tenemos, una república o una monarquía? Una república si somos capaces de mantenerla”. El impeachment no va a dilucidar si Trump cometió un delito, sino si los ciudadanos de Estados Unidos quieren mantener viva la república.

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