Kubrick y la violencia de género

Falta menos de un mes para que se estrene Doctor Sueño (Redrum), la secuela de El resplandor (1980), la cinta de Stanley Kubrick que es una de las cumbres del cine de terror, y por los resúmenes y aperitivos, parece que, casi cuarenta años después, Stephen King sigue sin enterarse de qué iba su propia novela. En su día criticó al cineasta por lo que él consideraba una película fallida que no respetaba las convenciones del género, sin entender que Kubrick había ido mucho más lejos que él al penetrar en las abrumadoras tinieblas de la mente de Jack Torrance. Dijo que El resplandor, la película, era «una tragedia doméstica con leves matices sobrenaturales», un reproche que en realidad cifra una definición casi perfecta.

Kubrick y la violencia de género

Lo cuenta, entre otras muchas anécdotas e intimidades, Vicente Molina Foix en su libro Kubrick en casa (Anagrama, 2019), un delicioso compendio de la relación que mantuvo con el genial cineasta estadounidense desde que éste lo contratara como traductor por mediación de Carlos Saura. Molina Foix, por cierto, será el principal anfitrión de la próxima convocatoria de Diodati Se Mueve del 1 al 3 noviembre en el balneario de Alhama de Aragón, el cual se transformará, por obra y gracia de la palabra (y del visionado de la película) en un inquietante homenaje al siniestro hotel Overlook de El resplandor.

Lo que le interesaba a King, fundamentalmente, eran los elementos sobrenaturales, la telepatía, la casa encantada, los fantasmas incrustados en la desidia y el rencor, mientras que para Kubrick todo eso no era más que el decorado del verdadero horror: un padre alcohólico y perturbado que anula a gritos a su mujer y que acaba persiguiendo a su familia con un hacha. En cierto modo, como señala el escritor Fernando Marías (director del proyecto Diodati Se Mueve junto a Rosa Masip), Kubrick filmó sobre la gran pantalla la primera denuncia explícita contra la violencia de género y probablemente la mayor realizada hasta la fecha: tan sutil y tan efectiva que la seguimos contemplando como si sólo fuese una película de terror.

El pasado jueves, gracias a la afortunada casualidad de que se me estropeó el deuvedé, di con el montaje original de El resplandor que incluye nada menos que 29 minutos adicionales, lo que se conoce como el montaje americano de la película que después Kubrick recortó para el mercado europeo y que con los años él mismo acabaría considerando la versión canónica de la película. Muchas maravillas cayeron bajo la tijeras, desde un largo viaje en avión hasta un salón plagado de esqueletos polvorientos, pero hay una secuencia prodigiosa, obra de la guionista Diane Johnson y del propio Kubrick, en la que se apunta en qué consiste realmente el don del «resplandor».

Sucede a la primera aparición de Danny frente al espejo, cuando habla con su alter ego, Tony, materializado a través de su dedo índice y una voz chirriante. Tras contemplar la tempestad de sangre que rebosa del ascensor y la imagen aterradora de las gemelas en el pasillo, Danny cae en coma y una doctora que viene a verlo pregunta a su madre, Wendy, cuándo se manifestó por primera vez Tony, «el niño que habla dentro de mi boca». Wendy explica que su padre lo zarandeó con demasiada fuerza (un eufemismo para disfrazar los abusos) y que desde entonces Danny sufre visiones y tiene un amigo imaginario. También se comenta que desde entonces Jack, el padre, dejó la bebida. No es casualidad (con Kubrick nada lo es) que la primera copa que le sirve un camarero espectral en la barra del salón dorado sea un Jack Daniels.

Los actores y técnicos afirman que Kubrick protegió a Danny Lloyd, el pequeño actor que interpreta al niño de la película, hasta el punto de que no llegó a ser consciente de que participaba en una película de terror. Sin embargo hubo, al menos, una víctima de maltrato durante el rodaje: la actriz Shelley Duvall, quien sufrió durante meses el afán perfeccionista, la obsesiva repetición de tomas y los ultrajes verbales del director, una pequeña parte de los cuales pueden vislumbrarse en el documental que rodó Vivian, la hija de Kubrick. Es muy posible que todos esos abusos formasen parte del tradicional método del palo y la zanahoria con que tantos cineastas manipulan a sus actores para extraer de ellos la mejor interpretación posible; si esto es así, puede decirse que Kubrick logró una obra maestra al reducir a su actriz principal a una masa temblorosa y lloriqueante que, en el cenit de la secuencia de las escaleras, aparece aterrorizada hasta las lágrimas. Duvall dijo que no volvería a pasar por ello, aunque había aprendido más en el rodaje de El resplandor que en todas sus películas anteriores juntas. «Aun así» confesó, «no cambiaría la experiencia por nada del mundo. ¿Sabes por qué? Por Stanley».

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