LA CIUDAD IDEAL IMAGINADA POR LEONARDO DA VINCI

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El genio renacentista se adelantó 400 años en su original concepción de la urbe perfecta.

Si Leonardo Da Vinci fuera testigo del estado de nuestras megaciudades probablemente la pasaría mal. La superpoblación ha llegado a tal nivel, que los recursos naturales comienzan a estar seriamente amenazados, y los problemas relativos a la eliminación de residuos plantean un reto descomunal a los gobiernos. El genio de Leonardo no podría comprender las enormes contradicciones a las que ha conducido el desarrollo irracional de los grandes núcleos urbanos, y no podría hacerlo, precisamente porque él mismo concibió hace siglos un modelo de ciudad organizado de manera armoniosa y eficiente.

El proyecto de ciudad ideal de Da Vinci nació a raíz de la gran epidemia de peste sufrida en la ciudad de Milán, y del hecho de haber sido comisionado para estudiar los motivos que habían dado lugar a aquella tragedia. El genio no tardó en darse cuenta de que la condiciones de la ciudad, todavía anclada en el modelo medieval, eran las causantes de la eclosión de la enfermedad y su transmisión fulgurante. La insalubridad, el ruido, el hedor, las calles intransitables, llevaron a Leonardo a imaginar una ciudad ordenada, basada en la armonía de la proporción y en la distribución racional de los espacios, una ciudad que promoviera tanto una mayor eficiencia como un mejor habitabilidad para sus ocupantes.

LA CIUDAD IDEAL IMAGINADA POR LEONARDO DA VINCI

Como siempre, Da Vinci se adelantó a su época. Su concepción de la ciudad ideal supuso una revolución tanto en el campo de la renovación urbana, como en el de la salubridad. Para empezar, Leonardo imaginó una ciudad sin muralla de protección, lo que para la concepción medieval suponía un cambio sin precedentes. La muralla no permitía el crecimiento horizontal y suponía, además, un gran gasto para el gobierno. Además de esto, su mente visionaria ideó una ciudad de dos niveles: uno superior, soleado y abierto para el cómodo paso de personas, y uno inferior, oscuro y cerrado, para el tránsito de mercancías y animales y así lo describió por escrito:

Por las calles altas no deben pasar carros, ni cosas semejantes, sino solamente los gentiles hombres. Por las calles bajas deberán ir los carros y otras bestias de carga, para uso y comodidad del pueblo. Cada cosa deberá dar la espalda a otra, dejando la calle baja en medio.

Asimismo, planificó una extensa red de canales que mejorarían el abastecimiento y saneamiento de la ciudad, grandes espacios libres y abiertos para disfrute de los usuarios, regulación en las viviendas de parámetros de ventilación e iluminación, y fijó la capacidad máxima en 30 mil habitantes. Teniendo en cuenta que nuestras megaciudades superan por mucho esa cifra, podemos estar seguros de que los estudios del polifacético genio no han sido tomados en cuenta. La deriva actual de las grandes urbes defraudaría profundamente a un hombre de conocimiento universal como Leonardo Da Vinci, capaz de ver en la incipiente ciudad medieval los problemas futuros a los que se enfrentaría el ser humano en su sed de progreso.

Una fábula suya confirma la vigencia de su modelo urbano:

Hubo una vez una hermosa piedra, de gran tamaño, que la acción del agua había dejado al descubierto, y que vivía en compañía de hierbecitas y de flores de diversos colores. Y viendo la gran cantidad de piedras colocadas en aquella calle,  le vino el deseo de dejarse caer hacia abajo, diciendo para sí: —¿qué hago yo aquí con estas hierbas? yo quiero vivir en compañía de mis hermanas—. Y dicho esto se dejó caer calle abajo […] Pero muy pronto comenzarían sus penas, al sufrir las ruedas de los carros y las pisadas de los herrados caballos y los viandantes. […] Y en vano miraba una vez y otra al lugar de donde había partido, a aquel lugar de su solitaria y tranquila paz. Así les ocurre a quienes, desde la vida solitaria y contemplativa, quieren ir a vivir a las ciudades, entre gentes llenas de infinitos males.

Imagen: Dominio público

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