La fotografía, musa del impresionismo

El Museo Thyssen inaugura su temporada expositiva con una muestra en la que los pintores impresionistas se miden con los grandes fotógrafos de la época

Natividad Pulido

¿Qué tienen en común el «instante decisivo» del que hablaba Cartier-Bresson (la capacidad de la fotografía para detener el tiempo) con el paraíso que Monet construyó en Giverny tan solo para poder pintarlo? Mucho más de lo que podría pensarse. La pintura impresionista, muy bien representada tanto en la Colección Thyssen como en la de la baronesa, ha sido una presencia constante en las exposiciones temporales del Museo Thyssen en los últimos años, con una decena de muestras dedicadas a Sisley, Morisot, Pissarro, Cézanne, Caillebotte, Renoir, jardines impresionistas, impresionismo y aire libre… Parecen infinitas las lecturas en torno a este movimiento. La última, el (buen) ojo fotográfico que tuvo el impresionismo.

A la izquierda, «Retrato de Richard Gallo» (1878), de Caillebotte. A la derecha, «Renoir y Mallarmé», fotografía de Degas, 1895
A la izquierda, «Retrato de Richard Gallo» (1878), de Caillebotte. A la derecha, «Renoir y Mallarmé», fotografía de Degas, 1895 – FUNDACIÓN DEL HERMITAGE, LAUSANA/BIBLIOTECA DOUCET, PARÍS

A través de 66 óleos y más de un centenar de fotografías (todas vintages, copias de época), la exposición, comisariada por Paloma Alarcó, jefe de conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen, relata cómo los pintores impresionistas fueron de la mano de los grandes fotógrafos de la época en su revolución estética. Y es que, como se aprecia a lo largo del recorrido, son muchas las confluencias y afinidades entre ambos décadas después del nacimiento de la fotografía, allá por 1839. Como el encuadre fragmentado (se fotografía y se pinta un trozo de la realidad, no el todo), la instantaneidad (se fotografía y se pinta un instante), la luz y sus reflejos, las estaciones del año, la composición de la imagen, los temas (paisajes, retratos, la ciudad, el cuerpo desnudo…) Así, Monet pinta un almuerzo campestre, presente en la exposición, en el mismo lugar, y con el mismo tratamiento, que Gustave Le Gray en una de sus imágenes. Es éste uno de los grandes nombres de la fotografía de la época. Fueron una revolución en su momento sus originales primeros planos de los mares. Es, además, pionero en captar el movimiento del agua. Sus instantáneas rompían por completo con las marinas tradicionales. En la muestra se miden con lienzos de Monet y Boudin.

A la izquierda, «Busto de mujer con sombrero de plumas», de Degas, h. 1887-1890. A la derecha, «Madame Audouard», de Félix Nadar, 1854-70
A la izquierda, «Busto de mujer con sombrero de plumas», de Degas, h. 1887-1890. A la derecha, «Madame Audouard», de Félix Nadar, 1854-70 – COLECCIÓN ANN Y GORDON GETTY, SAN FRANCISCO/BIBLIOTECA NACIONAL DE FRANCIA, PARÍS

Rechazo de Baudelaire

Hay quien pensará que los impresionistas se limitaron a copiar o imitar a los fotógrafos. «Hubo un cruce de miradas entre unos y otros», advierte Paloma Alarcó, a la que no le gusta hablar de influencias: «Más que influir la fotografía en el impresionismo, le da ciertas claves y estrategias que los pintores usan en sus composiciones. Los impresionistas aprenden a mirar con la fotografía, les proporciona una nueva mirada. Ambos comparten una manera moderna de mirar». Y eso que el lenguaje fotográfico no empezó con buen pie: contó con el rechazo de los pintores de la Escuela de Barbizon, de maestros clásicos como Ingres y Courbet, de intelectuales como Baudelaire… que no lo consideraban una de las bellas artes, sino más bien un trabajo mecánico, carente de poesía. Hasta el propio Monet renegó en una época de ella. Aunque también en el rechazo se parecen los fotógrafos a los impresionistas, relegados sistemáticamente, salvo excepciones, de los Salones de París. Curiosamente, fue en el estudio parisino de un célebre fotógrafo, Félix Nadar (también era caricaturista), en el Boulevard des Capucines, donde se celebró en 1874 la primera exposición impresionista.

A la izquierda, «Después del baño», de Degas, década de 1890. A la derecha, «Estudio del natural nº1», h. 1865. Paul Berthier
A la izquierda, «Después del baño», de Degas, década de 1890. A la derecha, «Estudio del natural nº1», h. 1865. Paul Berthier – PRINCETON UNIVERSITY ART MUSEUM/BIBLIOTECA NACIONAL DE FRANCIA, PARÍS

Muchos de los jóvenes fotógrafos se formaron antes como pintores. Y numerosos artistas quedaron muy pronto fascinados por la seductora cámara fotográfica. Degas fue, sin duda, el impresionista más interesado por la fotografía. Dicen que posar para él era una tortura. Se exhiben en el Thyssen imágenes hechas por el artista, como un célebre retrato de Mallarmé y Renoir. Le interesan mucho las fotos de cuerpos en movimiento de Eadweard Muybridge, que retoma en sus celebérrimas bailarinas. En algunas, como «Bailarina basculando», del Thyssen, utiliza un encuadre claramente fotográfico. También les gusta la fotografía a Manet (muy amigo de Nadar), o Bazille. Cuelga en las salas del Thyssen un cuadro de éste, de grandes dimensiones (préstamo del Orsay parisino), retrato familiar completamente fotográfico. Al igual que muchos de los cuadros de Caillebotte, como «Piraguas», de 1878, cedido por el Museo de Bellas Artes de Rennes. El Ayuntamiento de París encargó a un grupo de fotógrafos que inmortalizasen con sus cámaras tanto las calles y parques de la capital parisina, como visiones aéreas de la misma. Entre las obras expuestas, el polémico Pissarro del Museo Thyssen por el que llevan años pugnando judicialmente los decendientes de su propietario original y el Estado español: «Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia» (1897).

A la izquierda, «Retrato de Carolus-Duran», 1876, de Manet. A la derecha, «Retrato de un dandi», h. 1854, de Olympe Aguado
A la izquierda, «Retrato de Carolus-Duran», 1876, de Manet. A la derecha, «Retrato de un dandi», h. 1854, de Olympe Aguado – UNIVERSIDAD DE BIRMINGHAM/MUSEO DE ARTE MODERNO Y CONTEMPORÁNEO DE ESTRASBURGO

En este apartado se muestran, encerrados en una vitrina, dos de las joyas de la exposición: sendos daguerrotipos. Más tarde será el Estado francés el que haga lo propio con los monumentos del país: se fotografían puentes, catedrales… Como la de Notre Dame, que retratan fotógrafos como Édouard Baldus, sobre todo por su cara posterior y aún con la aguja que recientemente se desplomó por el incendio que asoló las cubiertas del templo. Las fotos expuestas han sido cedidas por el Prado. También, la catedral de Ruán. Ésta, fotografiada por Achille Quinet, fue inmortalizada por Monet en una serie celebérrima. En los lienzos de esta serie Monet repite casi al pie de la letra el encuadre fragmentado de Quinet. Al igual que haría el pintor francés con una vista del museo y la villa de El Havre, de Le Gray.

A la izquierda, detalle de «El puente del Azobispado y el ábside de Notre Dame de París», h. 1880, de Guillaumin. A la derecha, «Vista posterior de Notre Dame de París, 1860-70, de Baldus
A la izquierda, detalle de «El puente del Azobispado y el ábside de Notre Dame de París», h. 1880, de Guillaumin. A la derecha, «Vista posterior de Notre Dame de París, 1860-70, de Baldus – MUSEO THYSSEN/MUSEO DEL PRADO

Retratos domésticos

«Con los retratos, la fotografía entra en el mundo comercial –advierte la comisaria–. Todos los burgueses querían su propio retrato. Pero los impresionistas acaban con el retrato por encargo. Los suyos son más domésticos: retratos de amigos, familiares, autorretratos…» Se popularizan los retratos como «tarjetas de visita», que algunos, como Manet, coleccionan en álbumes. También se produce una revolución en la iluminación de las pinturas. La luz teatral, lateral, de maestros como Rembrandt se torna frontal y difusa (Manet, Degas). El fotógrafo A. A. E. Disdéri inventa una cámara con la que, a partir de un solo disparo, se obtienen varias fotos. Es el pionero del fotomatón.

«Cuando Degas pinta, mira a la fotografía», advierte la comisaria. Su cuadro «Lyda, mujer con binoculares» resume a la perfección la tesis de la exposición. Un pintor retrata a una mujer que mira la realidad a través de unas lentes. Buscando un grabado de la «Olympia» de Manet, Paloma Alarcó halló un tesoro en el Museo Zuloaga-Castillo de Pedraza: fotografías de cuadros del pintor francés, algunos inacabados, tomadas en su estudio. Contrató para ello al fotógrafo Anatole Godet. Manet coloreó algunas de esas imágenes. Cuelga una, cedida por una colección privada extranjera, al final de la exposición, junto con una carpeta de fotograbados de Degas.

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