Venezuela se respeta

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En Venezuela todo huele a petróleo. Los coches, las calles, los edificios, el aire y el suelo. Con las mayores reservas de petróleo del mundo y una economía dependiente de ese oro negro imprescindible en las sociedades actuales, Venezuela podría ser ejemplo de cómo se puede construir el socialismo en la prosperidad. Pero el Capital no puede consentirlo. Para el Departamento de Estado de EEUU, constituye otro país que se escapa de su férula, como Cuba, pero inmensamente más grande y más rico. Consentirlo sería el mayor fracaso para el imperio y el peor ejemplo para los pueblos que siguen luchando por su libertad y su independencia.

El pueblo resiste sin embargo. Resiste a la devaluación de la moneda que impone precios estratosféricos a la vez que los bolívares no valen nada. Pero de los pasados años en que los anaqueles estaban vacíos se ha pasado a conseguir casi de todo, aunque las cifras sean estratosféricas. Y ese pueblo resiste porque en el camino de construir un socialismo real que reparta la riqueza y acabe con las infames desigualdades que rigen el mundo capitalista, los gobiernos bolivarianos han conseguido mantener las conquistas fundamentales de la revolución. Invito a la ciudadanía española a imaginarse una vida en la que la vivienda, la electricidad, el gas, el agua, los gastos de mantenimiento, la sanidad, la educación, los servicios sociales, fueran gratis total.

Ciertamente las clases trabajadoras están constreñidas a consumir lo más elemental, las más desfavorecidas cuentan además con los suministros de los alimentos fundamentales,  pero el país no se encuentra hundido en la miseria de que la hacen propaganda tanto la oposición de allí como los políticos de aquí. Las calles están llenas de coches, bastantes de alta gama y de reciente compra, y los atascos a las horas punta no tienen nada que envidiarle a los de las ciudades españolas.

Como no se ha incautado a las grandes empresas que dominan monopolísticamente los grandes sectores de producción: la comida, el calzado, el vestido, la farmacéutica y los productos de limpieza y cosmética, la telefonía, así como los procesos de extracción, refinado y transporte del petróleo, el mercado capitalista sigue haciendo el sabotaje al régimen. Esconde los productos, incluso causa cortes de electricidad mediante métodos terroristas, impide que lleguen los insumos necesarios para reparar las averías y causa la más incontrolable inflación. La guerra del Capital contra el gobierno bolivariano utiliza todas las estrategias que hundieron el régimen de Allende. Excepto, para su suerte, la complicidad del Ejército que en Venezuela no pertenece a la gran burguesía que formaba el de Chile y que es uno de los puntales del régimen.

Es inaceptable la campaña anti Venezuela bolivariana que están haciendo la mayoría de los medios de comunicación españoles. Aquellos que se rindieron aduladoramente a la autoridad de Juan Guaidó, que era presidente  interino porque él mismo se lo atribuyó y que una serie de países, incluso europeos –esos que tanto defienden la democracia y las instituciones que de ella derivan- , reconocieron, conculcando todos los principios constitucionales venezolanos, que ellos no consentirían en sus propias naciones. Pero hoy en las calles Caracas no aparece publicidad alguna de ese presidente desaparecido, mientras en la prensa se han publicado las fotos de Guaidó  con los mafiosos de los cárteles de la droga.

Lo cierto es que la “dictadura” de Maduro, como se complacen en repetir los politólogos defensores de la oligarquía venezolana, permite la publicación de toda clase de periódicos, revistas y panfletos contra el gobierno, entrevistas en televisión con los líderes de la oposición, en las que no se ahorran críticas a los dirigentes bolivarianos. Y las manifestaciones y convocatorias de los críticos con el régimen chavista, como hemos visto cuando el supuesto “presidente interino” reunía a miles de seguidores en las calles de las ciudades.

Para quien hemos vivido, en nuestro propio cuerpo y sufrimiento, el franquismo, resulta un insulto que se difunda que en Venezuela existe una dictadura. Naturalmente esa calumnia se construye para desprestigiar un sistema que está intentando sacar de la pobreza a varios millones de la ciudadanía, a la que la “democracia” anterior tenía absolutamente abandonada. En 1977 Venezuela, que disfrutaba de la renta petrolera más alta de Latinoamérica y que aquel año solo tenía 12 millones de habitantes, mantenía al 70% de sus habitantes en la pobreza. Unas escuálida clase media y pequeña burguesía, reaccionarias, ignorantes y bobaliconamente admiradoras del imperio del norte, que se beneficiaban de las migajas que dejaban en el país las grandes petroleras, estaban egoístamente contentas con poder comprarse enormes carros norteamericanos que consumían petróleo como si fuese aire, enormes frigoríficos y enormes chalets en las urbanizaciones que rodeaban Caracas. Enviaban a sus hijos a estudiar a Estados Unidos, se operaban allí de cualquier enfermedad y se cambiaban la cara periódicamente, deslumbradas por la técnica, el avance y la riqueza de su imperio.  Y votaban alternativamente a uno de los dos grandes partidos que se repartían el exiguo poder que les dejaba el Departamento de Estado de EEUU: Copei y Adeco.

Mientras, los trabajadores vivían en la pobreza, en la miseria y en la extrema miseria. Alrededor de Caracas, trepando en los cerros del Monte Ávila, se hacinaban inmundas chabolas que llamaban ranchitos, sin agua ni letrinas, que enchufaban la corriente directamente de los postes de alta tensión de la carretera. En los “ranchitos de cartón” que cantaba Soledad Bravo, con techos de palmas, anidaban insectos que transmitían el mal de Chagas, no tenían más equipamiento que unos chinchorros para dormir y un hornillo de queroseno. Los niños estaban descalzos y desnudos, con los vientres abultados, y tenía uno de los índices más altos de mortalidad infantil de Latinoamérica.

La primera causa de mortalidad femenina era el parto en el campo y el aborto provocado en las ciudades. Enormes extensiones en poblaciones rurales y pequeñas ciudades no tenían médicos ni ambulatorios, la mitad de la población era analfabeta, mientras las antenas de televisión eran un bosque en los tejados de los ranchitos. El alcoholismo y el juego sustituían en los hombres a la escuela, la cultura y el deporte. Eso escribí en este periódico en junio y mayo de 2016, y repito para que no se olvide.

Y es lo mismo que pretende hoy esa oligarquía: seguir usurpando los bienes del pueblo, esa inmensa fortuna que constituye el caudal de petróleo sobre el que nada el país, y seguir explotando inicuamente a los trabajadores y a las mujeres, sobre las que siempre recaen los mayores sufrimientos.

Nunca, hasta que el comandante Chávez hizo un llamamiento a las mujeres y requirió el empuje del feminismo para construir el socialismo en Venezuela, el Movimiento Feminista había tenido el protagonismo que hoy ha conseguido, y que está trabajando con entusiasmo por alcanzar el poder que se merece. Y nunca se habían llevado a cabo unos programas de alfabetización y educación, sanidad, vivienda, protección social, como he visto en mis visitas. Nadie, ni siquiera esa clase media egoísta que únicamente quiere  tener divisas para comprar en Estados Unidos, niega que en los diecisiete años de gobierno bolivariano se han construido cientos de miles de viviendas sociales, cientos de miles de escuelas, de hospitales, de ambulatorios, de supermercados de precio controlado. Se ha levantado la Universidad Simón Bolívar para dar acceso a las carreras superiores a los trabajadores que nunca ingresaban en ellas. Se consiguió mantener en el país una parte de los ingresos del petróleo, esquilmados hasta aquel momento por las grandes compañías. A la vez, y eso es lo que más emocionaba cuando lo decían, había devuelto la dignidad a su pueblo, con la participación directa de los vecinos de los barrios, de las parroquias y de los pueblos, en las Comunas y los Consejos Comunales.

En mis artículos de mayo y junio de 2016 en Público.es explico con detalle esta gesta del pueblo, del ejército y del gobierno bolivariano, que todos los socialistas y feministas del mundo tenemos que apoyar. Porque en su triunfo apoyaremos el nuestro, porque en la dura guerra que están librando hoy las fuerzas progresistas y feministas venezolanas tenemos el ejemplo de cómo se comportan las fuerzas de la derecha al servicio del Departamento de Estado de Estados Unidos, que han hecho a los gobiernos europeos lacayos de sus designios.

Con su heroica resistencia el pueblo venezolano demuestra que es cierto el dicho popular de que “Venezuela se respeta”.

LIDIA FALCÓN

https://blogs.publico.es/lidia-falcon

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