‘MALEDETTISMO’ O LOS POETAS MALDITOS, … MALDITOS

Rimbaud y Verlaine

El título de “malditos” fue establecido por uno de los que después sería considerado parte del grupo: Paul Verlaine. El autor francés, con una obra titulada precisamente Les Poètes Maudits (1884), definió a los autores como aislados de la sociedad y tendentes a la autodestrucción. Son ambas características fruto del genio y don para el arte.

homenaje a Delacroix

Hommage à Delacroix de Henri Fantin-Latour (1864). || wikipedia

Más allá de sus dones para el arte, en concreto para la literatura, la etiqueta hacía alusión principalmente a sus modos de vida. Famoso es el idilio de dos genios de la poesía, que pasaría no solamente a la historia por el escándalo que supuso para la sociedad parisina, sino al cine, por el sanguinario desenlace. Paul Verlaine, tras conocer a Rimbaud, un artista novel mucho más joven que él, se convirtió en su amante y que abandonó a su mujer por este.

Su pasión llegaría a la violencia, siendo condenado Verlaine por disparar dos veces a Arthur Rimbaud. Así acabó con el idilio entre ambos. Tras salir de prisión, en la primera serie de su obra sobre el malditismo, incluiría a su joven amigo Rimbaud junto a artistas de la talla de Mallarmé.

Baudelaire en el paraíso artificial

No solamente por tórridos romances se ganaron la designación de malditos. Conocida es la afición de los bohemios a las sustancias alucinógenas, tanto como evasión de la realidad como inspiración para llegar a otros mundos artísticos difícilmente alcanzables. Charles Baudelaire dedicaría toda una obra a esos “paraísos artificiales”, opio para la fantasía y la creación artística.

Esta afición a las drogas haría correr un rumor falso sobre la muerte de Baudelaire que llegaría hasta Italia, lugar donde jóvenes amantes del poeta francés dedicarían cartas y lamentos a la memoria del escritor maldito. El conocimiento de la falsedad de la noticia aumentaría aún más la admiración por la obra y la vida de este bohemio aficionado al opio.

metáfora de los poetas malditos

Spleen Et Ideal, de Carlos Schwabe. 

Maledetti scapigliati

Pero los poetas franceses no serían los únicos que seguirían una vida de autodestrucción por y para el arte. Su influencia sobrepasó fronteras. Fue, especialmente, un pequeño grupo de bohemios italianos quienes intentaron seguir su rastro. Aunque, según la crítica, no alcanzaría la madurez artística de los poètes maudits.

Denominados scapigliati, fueron bohemios aburguesados que huían de su propia clase social, más entrenados en el uso del alcohol. En muchos casos, ante la falta de perspectivas, acabarían quitándose la vida. Quizás el opio de Baudelaire era más inspirador, pero el italiano sucumbió al fuerte carácter clasicista del siglo XIX italiano y cortó las alas del maledettismo antes de que ni siquiera echara a volar.

El suicidio de Manet

Le Suicidé de Edouard Manet (1877-1881) 

La maldición del arte

Vidas y obras malditas, en el sentido más leve de la palabra, ya que el genio superó las barreras de la sociedad y sus obras, mejor o peor, calaron en las generaciones posteriores. Oda a las drogas como inspiradoras de arte, romances pasionales y escandalosos como forma de vida. En resumen, arte nuevo y provocador alejado de las convenciones sociales. Porque, al fin y al cabo, el siglo XX se acercaba y había que estar preparado.

Bandadas

La ingeniería se ha inspirado siempre en la naturaleza, y lo hace cada vez más

Han diseñado una bandada de drones para que vuelen juntos como las aves.
Han diseñado una bandada de drones para que vuelen juntos como las aves. RALPH ORLOWSKI REUTERS

 

La imagen resulta algo nuevo. Tiene gracia verlos: son 30 drones (del tipo quadcopters, o pequeños helicópteros autónomos de cuatro hélices) volando juntos, pero no en perfecta formación robótica, sino como vemos hacer a las bandadas de aves, dividiéndose en dos grupos para salvar un obstáculo, girando de repente hasta casi darse la vuelta y sin chocar jamás una con otra, ajustando su forma todo el rato y sin ningún control central. La ingeniería se ha inspirado siempre en la naturaleza, y lo hace cada vez más. El roboticista húngaro Gábor Vásárhelyi y sus colegas han diseñado su bandada de drones para que vuelen juntos como las aves. Los gráficos de sus trayectorias reales te dejan estupefacto (Science Robotics). Parecen vencejos al atardecer, aunque no gritan tanto.

He aquí algunos trucos de Vásárhelyi: todos los drones se comunican unos con otros. Los que van al frente tienen que avisar a los de atrás de que van a cambiar el rumbo, de modo que eviten apiñarse como los coches que llegan a un atasco. Los movimientos de la bandada deben absorber factores azarosos como errores de comunicación, perturbaciones atmosféricas y obstáculos imprevistos. No intentan programarlo todo de forma definitiva, sino que dejan evolucionar a sus modelos en simuladores de vuelo. Esto último es otra idea que proviene de la biología, como es obvio.Recuerdo bien lo que más me impresionó de Parque jurásico cuando la vi hace un cuarto de siglo. No, no fue el tiranosaurio temible ni el astuto velocirráptor. Ni siquiera Jeff Goldblum haciendo de matemático pelmazo. Fue una manada de dinosaurios de gama media, parecidos a codornices escabechadas aunque más grandes, que cambiaban de dirección justo como una bandada de aves. El trasfondo científico de la peli era la teoría, relativamente novedosa en la época, de que las aves habían evolucionado a partir de los dinosaurios. Así que me maravilló la finura de los técnicos de efectos especiales a sueldo de Spielberg. Igual de asombrado estoy ahora con los algoritmos húngaros.

Hay otros avances de la robótica (misma fuente) que también son hazañas colectivas, y que en este caso se basan en las colonias de insectos sociales. Uno de estos enjambres de robots puede, según demuestran científicos belgas e italianos, resolver complejos problemas que deben abordarse secuencialmente y que son inalcanzables para cada robot individual. También parece una película, pero esta vez de Frank Capra.

No tienen forma humana, pero a fe mía que se organizan mejor que nosotros.

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INSERVIBLE

Resultado de imagen para Carel Fabritius, El Jilguero

El arte no es progreso y esa es su virtud. El progreso se mide por alcances económicos, sociales y políticos, es un avance que proyecta poder, elimina al pasado e invade el futuro. El ritmo del progreso es frenético, devastador, erige su propio altar para adorarse. El arte utiliza el tiempo en un gesto, una palabra, un color, en contemplación o en nada. La presión que el arte sufre para ser “actual y con las preocupaciones de nuestro tiempo” ha desvirtuado su trayecto, lo conduce a los objetivos redituables del progreso. El arte es y debe ser antiproductivo, antiprogresista y antiactual. El arte es y debe ser bofetada violenta, contradicción, reiteración y silencio. El arte es antiprogresista, su principal virtud es el fracaso, el error, la dilación, la despreocupación con el futuro, la obsesión con el pasado. El pragmatismo del progreso no existe para el arte, las estadísticas, los índices de crecimiento, las metas no describen una actividad con una sola búsqueda que tal vez nunca alcance y que, esa será su virtud. 

El optimismo progresista, que exige resultados se fractura ante la obra de arte, que se concluye en la insatisfacción y la zozobra de lo que no fue. La única autoridad del arte es el talento, la relación con los materiales, la necesidad de decir y plasmar un tema que manifieste una remota certeza de la existencia. La autoridad del poder gobernante es la que determina qué y cómo debe ser el progreso. La realidad es irrelevante para el arte, el realismo es una ficción que sucede bajo las condiciones de su lenguaje, en la tiranía individual, imperfecta y sin consecuencias de una emoción. La realidad es un punto de partida sin reflejo en el arte, en el momento que sea trasladada desaparecerán su apariencia y su circunstancia, sometidas a la coherencia de un lenguaje que no quiere diálogo. La dirección del progreso es lineal, la del arte es un círculo que se escarba de tanto andar, que conduce a ningún sitio y profundiza en lo que no se ve. Antiproductivo y sin reivindicaciones, su única causa es la obra misma, y esa puede ser fallida y esa será su virtud. Las obras de arte apegadas a la actualidad, no son arte, son voceros de una ideología. La actualidad y la realidad no transitan en la obra, el arte tiene presente, que es el tiempo de la contemplación y la creación, y tiene una realidad que nunca sucede. La imitación total y la recopilación de esa actualidad no es arte, es propaganda, y es incapaz de confrontación crítica.

El arte es antiproductivo, sin consenso, ni empatía, se realiza en soledad desde la posibilidad del rechazo. Los países no miden sus índices productivos con el arte, un poema no es una carretera, es un capricho sin consecuencias, si nadie lo lee y se pierde, entonces, tal vez sea un buen poema. El arte no progresa, permanece estático, escuchando sus voces, silenciando las imposiciones. El arte es, y debe ser fracaso social, la antítesis del capital humano, un desperdicio que nos abre a la noción de belleza, y la belleza no es actual, no es progresista, no es productiva, es la infinita y grandiosa nada.  

PUBLICADO POR AVELINA LÉSPER 

Imagen: Carel Fabritius, El Jilguero

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Todos tienen un acento (sí, tú también)

Tengo acento. Y tú también.

Soy un inmigrante que ha pasado casi tanto tiempo en Estados Unidos como en mi país de origen, España. También soy el director de los programas de español y portugués de la Universidad Dartmouth. Estos dos factores explican, aunque solo parcialmente, por qué siento una debilidad especial por el programa The Americans, en el cual Keri Russell y Matthew Rhys interpretan a Elizabeth y Philip Jennings, un matrimonio de agentes encubiertos de la KGB que vive en los suburbios de Washington. Es imposible que sea el único que vio con buenos ojos que los nominaran al Emmy este año.

Lo que me interesa como lingüista es que los Jennings son, como lo dice el primer episodio, “espías supersecretos que viven en la casa de al lado” y “hablan mejor inglés que nosotros”. Ni siquiera su vecino, un agente del FBI que trabaja en el área de contraespionaje, sospecha nada.

Por la vida que llevo, inmerso a profundidad en el trabajo de enseñar y aprender otro idioma, fue divertido ver una serie en la cual la capacidad para hablar una segunda lengua de los personajes principales era tan crucial para la trama. Sin embargo, la premisa de que se puede hablar otro idioma sin acento es equivocada. En realidad, no es posible.

Peor aún, volver un fetiche ciertos acentos y menospreciar otros puede generar una verdadera discriminación al momento de presentarse en entrevistas laborales, al realizar evaluaciones de desempeño y al solicitar información para tener acceso a una vivienda, por tan solo mencionar algunas de las áreas en las que hablar o no hablar con determinado acento acarrea consecuencias graves. Es muy común que, en el hospital o en el banco, en la oficina o en un restaurante —incluso en el salón de clases—, acojamos la idea de que existe una manera correcta en la que nuestras palabras deben sonar y de que el acento perfecto es aquel que no solo es inaudible, sino también invisible.

Si se considera el problema desde un punto de vista sociolingüístico, no tener acento es imposible, punto final. El acento es tan solo una manera de hablar que toma forma mediante una combinación de geografía, clase social, educación, etnicidad e idioma materno. Yo tengo uno; tú tienes uno; todo el mundo tiene uno. No existe nada parecido al inglés perfecto, neutral y sin acento; ni el español, si es el caso, ni ningún otro idioma. Decir que alguien no tiene acento es tan creíble como afirmar que alguien no tiene rasgos faciales.

Lo sabemos pero, a pesar de todo, en un momento en que el porcentaje de los residentes en Estados Unidos que nacieron en el extranjero está en su punto más alto desde hace un siglo, la distinción entre “nativo” y “no nativo” se ha vuelto cada vez más mezquina, y vale la pena recordar una y otra vez: nadie habla sin acento.

Decir que alguien no tiene acento es tan creíble como afirmar que alguien no tiene rasgos faciales.

Cuando decimos que alguien tiene acento, por lo general nos referiremos a una de dos cosas: a un acento no nativo o al llamado “acento no estándar”. Los dos pueden tener consecuencias para sus hablantes. En otras palabras, vale la pena reconocer que la gente discrimina según el acento de su propio grupo lingüístico y que también lo hace en contra de las personas que se consideran foráneas lingüísticas. El estatus privilegiado del acento estándar se origina, claro está, en la educación y el poder socioeconómico.

El acento estándar no tiene que ser el mismo que el acento del estatus más alto. Simplemente es el acento dominante, el que se escucha con mayor frecuencia en los medios, el que se considera neutral. Los acentos nativos que no son estándar también están infrarrepresentados en los medios y, como en el caso de los acentos no nativos, es probable que se les estereotipe o se haga burla de ellos. Los términos como el southern drawl (se refiere a la forma en que la gente del sur de Estados Unidos arrastra las letras de las palabras), el midwestern twang (hace referencia a una especie de tono gangoso del Medio Oeste estadounidense) o el valley girl upspeak (manera de hablar estereotípica de algunas mujeres de California) enfatizan el estatus por capas que va ligado a formas de hablar particulares.

Estos juicios son básicamente sociales; para los lingüistas, las distinciones son arbitrarias. No obstante, la noción del acento neutral y perfecto es tan generalizada que los hablantes con acentos estigmatizados suelen internalizar el prejuicio al que se enfrentan. La reciente reevaluación del personaje de Apu en Los Simpson brinda un ejemplo importante de cómo los medios y la cultura popular utilizan los acentos para hacer chistes fáciles y molestos.

Cuando aprendes un idioma, el acento marcado también suele venir acompañado de otros rasgos, como un vocabulario limitado o errores gramaticales. En el salón de clases, entendemos que es una etapa normal en el desarrollo del dominio de un idioma. A mi familia de Madrid le habría costado trabajo entender el español de los alumnos angloparlantes que cursan mi clase de primer semestre.

Debemos hacer a un lado la ilusión de que hay una forma de hablar única y auténtica.

Posteriormente, los mismos alumnos estudian en el extranjero —en Barcelona, Cusco o Buenos Aires— y a menudo tienen problemas para hacerse entender. Sin embargo, es tal el privilegio del inglés —y esto es clave— que nadie que escuche sus acentos estadounidenses supone que son menos capaces, menos ambiciosos o menos honestos porque sus erresno vibran mejor. No obstante, este es exactamente el tipo de supuesto que un acento español —y muchos muchos otros— podría producir en Estados Unidos.

Es cierto que un acento marcado puede interferir en la manera en que te haces entender. La gente que aprende inglés como segunda lengua y otras personas reciben el buen consejo de trabajar en su pronunciación. Como maestro, intento dirigir a mis estudiantes hacia alguna versión de ese ideal fallido, el acento nativo. Una de las ironías del asunto es que, junto con la mayoría de mis colegas profesores de los veinte países (sin contar a Puerto Rico) donde el español es el idioma oficial, desde hace mucho tiempo perdimos las entonaciones que surgen de la clase social y la región y el vocabulario específico que constituyen, o alguna vez lo hicieron, nuestros acentos nativos. No quiero decir que debemos olvidar el objetivo de entablar una comunicación que se entienda con facilidad… es evidente que esa no ha dejado de ser la meta. Sin embargo, debemos hacer a un lado la ilusión de que hay una forma de hablar única y auténtica.

El inglés es un idioma global con muchas variedades nativas y no nativas. A nivel mundial, los angloparlantes no nativos superan a los nativos en un rango de tres a uno. Incluso en Estados Unidos, el país con la población más grande de angloparlantes nativos, hay casi 50 millones de hablantes de inglés como segunda lengua, de acuerdo con un estimado. ¿Cuál podría ser siquiera el significado de sonar como un nativo cuando para tantos angloparlantes el inglés es su segunda lengua? A menos que seas un espía encubierto como los Jennings, es contraproducente considerar que la pronunciación nativa es la barrera que debes superar.

El acento por sí solo es una medida superficial del dominio de un idioma, el equivalente lingüístico de juzgar a las personas por su apariencia. Más bien deberíamos ser más conscientes de nuestros prejuicios lingüísticos y aprender a escuchar mejor antes de crearnos juicios. ¿Qué tan amplio y variado es el vocabulario de la persona? ¿Puede participar en la mayoría de las interacciones diarias? ¿Cuántos detalles puede dar cuando vuelve a contar algo? ¿Puede defenderse a sí misma en una discusión?

La discriminación lingüística con base en el acento no es solo una idea académica. Hay experimentos que demuestran que la gente suele hacer suposiciones con estereotipos negativos sobre los hablantes con acento no nativo. El efecto se extiende hasta el prejuicio en contra de los hablantes nativos cuyos nombres o etnicidad son extranjeros. Los estudios revelan que, cuando los hablantes no nativos responden a la publicidad de viviendas, es más probable que, en promedio, sus conversaciones con los posibles arrendadores sean infructuosas en comparación con las personas que hablan “sin acento”.

Así que espero que te guste mi acento tanto como a mí me gusta el tuyo.

Una pieza que vale doce horas: la campaña para evitar el regateo al trabajo de los artesanos mexicanos

Esta práctica les hace perder entre el 25% y 30% de sus ganancias y en ocasiones solo alcanza para cubrir el gasto en materiales

Alfareras de Amatenango en Chiapas pintan sus artesanías a la orilla del pueblo para vender a los visitantes. Foto: Cuartoscuro.
Alfareras de Amatenango en Chiapas pintan sus artesanías a la orilla del pueblo para vender a los visitantes. Foto: Cuartoscuro.

“¿Cuánto es lo menos?”, es una de las frases que con más frecuencia escuchan los artesanos mexicanos al momento de comercializar sus productos. “Las personas solo ven los precios, no valoran el trabajo artesanal y me veo en la necesidad de bajar el precio dependiendo de los lugares a donde vamos a vender”, dice a Verne Magdiel Montalvo, directora de la Red de Artesanos y Productores Manos Creativas.

El colectivo Mensajeros Urbanos, conocido por realizar diversos experimentos sociales para crear consciencia entre los ciudadanos sobre diversas problemáticas sociales, ha realizado un nuevo ejercicio con un grupo de artesanos de Oaxaca. “Vendimos las artesanías de otra manera, diciendo el tiempo que costaba elaborar una pieza para mostrar el número de horas que se necesita”, dice a Verne Gerardo Alcobendas, creador de este colectivo.

El video, donde aparecen varios artesanos vendiendo sus productos en el centro de la Ciudad de México, ha sido compartido más de 135.000 veces en Facebook y acumula más de 3,4 millones de reproducciones en los primeros cinco días tras su publicación.

Pedir que se baje el precio de una pieza de arte es algo común entre los creadores mexicanos, quienes frecuentemente forman parte de una comunidad indígena y viven de la venta de sus productos. Un sondeo realizado por la Red de Artesanos y Productores para Verne entre 285 artesanos del centro de México, muestra que entre 85% y 90% de las personas que quiere adquirir una pieza de arte pide que se le rebaje el precio.

El descuento que se pide a los creadores no es menor. El sondeo arroja que se pide un descuento de entre 25% y 30%, lo que afecta la ganancia de los artesanos en el corto y largo plazo. “El arte en general no está bien valorado y no hemos aprendido a apreciar que lleva tiempo, creatividad y esfuerzo de una persona que vive de ello”, dice Alcobendas.

Según la Encuesta Nacional de Consumo Cultural de México elaborada por el INEGI, casi 12 millones de personas ejerce el comercio de artesanías en varios materiales como papel, cartón, cerámica, vidrio, textiles, esculturas de piedra o madera y pintura, por mencionar algunos. “Hay una frase que dice ‘Al Oxxo le redondeas y al artesano le regateas’ que vi en un mercado de Morelia y que describe muy bien lo que nos pasa”, dice Montalvo.

El regateo no es una práctica exclusiva de los mexicanos. “Hay extranjeros y nacionales que lo hacen de distintas maneras y motivos, es cuestión de educación o de gente que les aconseja”, dice Montalvo. Para Alcobendas no se trata de malinchismo o de que las personas busquen aprovecharse. “Cuando les haces ver que el producto artesanal requiere de mucho trabajo las personas no regatean, lo importante es crear esa consciencia”, dice.

Al finalizar el experimento de este colectivo, el regateo disminuyó del 70% al 10% e incluso hubo personas que buscaron pagar más del precio inicial al considerar que lo valía. “Se trata de apreciar nuestro trabajo”, finaliza Montalvo.

Una pieza que vale doce horas: la campaña para evitar el regateo al trabajo de los artesanos mexicanos
Mujeres purépechas se dedican a crear cántaros de barro, con esto ayudan a reunión más ingresos para sus familias. Andrea Murcia (Cuartoscuro)

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18 de julio

El traslado de los restos del dictador fuera del Valle de los Caídos ha de verse como un acto normal, para nada como una revancha

Protestas en el Valle de los Caídos contra el traslado de los restos del dictador.
Protestas en el Valle de los Caídos contra el traslado de los restos del dictador. EL PAÍS

 

Las políticas de conservación o de eliminación de los símbolos de un régimen totalitario dependen en gran medida de quien fue su sucesor. El continuismo postsoviético se ha traducido en la presencia actual de Lenin y Stalin en sus respectivos enterramientos en la Plaza Roja de Moscú, mientras el sepulcro clónico de Dimitrov fue demolido en Sofía. En Italia, las ambigüedades de la reconstrucción democrática se han traducido en una puntual preservación de monumentos e inscripciones, incluida la que en Bolzano sigue incluyendo a España entre las conquistas del Duce. A pesar de que recientes investigaciones, como La matanza de Addis Abebade Ian Campbell, confirman la brutalidad del genocidio cometido durante la conquista y dominio de Etiopía, siguen existiendo callejeros en Italia que lo glorifican. Algo tiene esto que ver con la supervivencia de una mentalidad, nada favorable para la democracia.

Por eso el traslado de los restos del dictador fuera del recinto político-religioso del Valle de los Caídos ha de verse como un acto normal, para nada como una revancha, especialmente si tenemos en cuenta las condiciones de trabajo forzoso para presos republicanos que presidieron la construcción del monasterio. No tenía sentido alguno la supervivencia allí de su tumba, como tampoco lo tenían las estatuas de Franco a modo de miles gloriosus que ocupaban lugares de privilegio en las ciudades españolas. El pronunciamiento del general no solo desencadenó una guerra civil y destruyó un régimen democrático, sino que supuso la puesta en marcha, conscientemente, de una “operación quirúrgica”, como él mismo anunció en noviembre de 1935 al entonces embajador de Francia, Jean Herbette. Su propósito no era, pues, un simple giro a la derecha político, sino la puesta en marcha de un exterminio sistemático, físico e ideológico, de lo que consideraba la Antiespaña, un genocidio si nos atenemos a la definición de Raphaël Lemkin, y bien que lo llevó a cabo. Con el trato respetuoso a sus restos, tiene más que suficiente.

El traslado previsto deja en pie otro problema: ¿qué hacer con el túmulo del fundador del fascismo español, José Antonio Primo de Rivera, cuyo traslado al monasterio del Escorial, primero, y al Valle luego, fue decisión personal de Franco? Tampoco tiene sentido mantenerlo donde está. José Antonio fue promotor ideológico y víctima de la guerra civil. De aceptarlo su familia, el cementerio de Alicante, la ciudad donde fue fusilado, pudiera ser el lugar más adecuado para su enterramiento, convertido ahora en símbolo de reconciliación.

Y para el faraónico monasterio, ¿qué? Volarlo carece de sentido, si bien lo mejor es que no hubiese existido nunca. Cabría aprovechar sus instalaciones organizando allí un centro de estudios sobre el totalitarismo, para lo cual mimbres hay en el cesto.

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La mitad de las manchas de la Sábana Santa son falsas

No serían compatibles con la posición de un cuerpo, ni en la cruz ni en un sepulcro, según un nuevo y polémico estudio

Un nuevo estudio sobre la Sábana Santa de Turín, el sudario de Cristo para la tradición católica, apunta a que al menos la mitad de las manchas de sangre serían falsas, ya que no son compatibles con la posición de un cuerpo ni en la cruz ni en un sepulcro, según un nuevo estudio publicado esta semana en el Journal of Forensic Science. Los investigadores creen que, en realidad, son el producto de un artista.

Matteo Borrini, antropólogo forense de la Universidad John Moores de Liverpool (Reino Unido) y Luigi Garlachelli, químico de la universidad italiana de Pavía, realizaron pruebas de técnicas forenses para establecer si las manchas en la Síndone conservada en la catedral de Turín (norte de Italia) corresponden a las que dejaría un cuerpo ensangrentado envuelto en ella después de haber sido crucificado. No analizaron la sustancia que conforma las manchas, solo cómo se formó la figura.

Uno de los expertos, Garlachelli, se prestó como voluntario para realizar algunas pruebas en las que se usaron tanto sangre real como sintética que se dejaba correr a través de un catéter. El estudio se centró en la posición que deberían tener el tronco, los brazos y las muñecas para dejar manchas similares a las que están impresas en el sudario y concluyó que algunas del pecho son consistentes con “un sujeto de pie con los brazos en un ángulo de unos 45 grados”.

La herida del costado, «irreal»

Los expertos muestran, sin embargo, sus dudas sobre las trazas dejadas en la tela por las muñecas, que no se corresponden con ninguna posición del cuerpo ni en la cruz ni el sepulcro, aseguran. Lo mismo sucedería con las marcas dejadas a la altura de la cintura en la región lumbar, que procederían de sangre salida de la herida del costado tras la muerte y con el cuerpo ya en posición tumbada, que para los autores son “irreales”.

En este caso, los investigadores hicieron pruebas con un maniquí y explicaron, citados por el diario italiano La Stampa, que el resultado fue que la sangre no habría llegado a la zona de los riñones, sino que habría acumulado en la región escapular. A su juicio, estos resultados, tomados en conjunto, llevan a la conclusión de que el sudario es un producto artístico «en línea con los análisis ya existentes, como la datación por radiocarbono, según la cual el sudario es un producto artístico medieval».

Torturado y deshidratado

El estudio, sin embargo ha suscitado las dudas de algunos expertos en la Sábana Santa, según publica Vatican Insider, suplemento de información religiosa de La Stampa, que consultó al subdirector del Centro internacional de Sindología, el físico Paolo di Lazzaro.

Entre los problemas que señala está la presencia de anticoagulantes en la sangre empleada para el estudio, por lo que “no tiene nada que ver con la situación del hombre crucificado en la Síndone (…), que fue torturado y estaba deshidratado” por lo que su sangre debía ser más viscosa de lo normal.

Otra variable -dijo- que no se tomó en consideración fue el estado de la piel del hombre envuelto en el sudario, pues el estudio se hizo con la piel íntegra y limpia de una persona y con un maniquí.

La sindóloga Emanuela Marinelli, citada por Vatican News, consideró que el estudio “no tiene nada de científico” y carece de rigor por las técnicas empleadas, como el uso de un maniquí.

La reliquia de la Síndone ha despertado controversias a lo largo de los años, pues mientras para algunos realmente envolvió el cuerpo de Jesús, un examen del año 1988 con carbono 14 apuntó a que el lienzo se podría haber creado en la Edad Media.

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Debajo

Y aunque el día era hostil –viento, frío-, nada me resultaba horrible. Tampoco hermoso. Tan sólo tremendamente sólido

Miraba por la ventanilla la hojarasca del otoño, un resplandor de fuego.
Miraba por la ventanilla la hojarasca del otoño, un resplandor de fuego. GETTY IMAGES

 

Pasaron semanas. Yo vagaba. Creyendo que estaba viva. Hasta que un hombre al que casi no conozco me dijo algo y se quedó mirándome. Yo respiré como quien acaba de ser alcanzado por un disparo perfecto (eran palabras: palabras perfectas). Entonces el hombre se rió. Era una risa tan real como las piedras. Y yo sentí que la pulpa fría de la anestesia se desvanecía dentro de mí y dejaba a la vista los gajos de un entusiasmo iridiscente. Fue como abrir una habitación cerrada y ver cómo el moho, la humedad, las telarañas, la niebla pegajosa del tiempo detenido, los vahos de la sombra oculta debajo de la cama, el polvo raído en las alfombras, la tierra pegada a los cristales, reptaban y se iban lejos. Y empecé a reírme. De mí, de mí, de mí. Y seguí riéndome cuando me despedí de ese hombre, y cuando salí a la calle, y cuando caminé hasta la parada del autobús (acá decimos “colectivo”), y mientras miraba por la ventanilla la hojarasca del otoño, un resplandor de fuego como cientos de cabezas pelirrojas arrojadas a la calle (¡qué imagen tan fea!). Y aunque el día era hostil —viento, frío— nada me resultaba horrible. Tampoco hermoso. Tan solo tremendamente sólido. La gente no parecía pesarosa ni agobiada. Era gente desconocida, con vidas raras, como la mía. Y sentí una alegría de panadera, de delantal, de pelo recogido, de olor a mina de lápiz, una alegría venida de la nada. Qué bien, me dije. Bajé del colectivo, caminé, llegué a casa. Entendí, con satisfacción, que nada había cambiado, que no estaba eufórica: que era un día como solían ser los días antes. Debajo de las sombras, de la rigidez, de las películas que no vi, de los bares a los que no fui, de los viajes que hice sin querer hacerlos, de los amigos con los que no pude encontrarme, estaba yo. Un hombre desconocido me había llevado de regreso a casa. Allí permanezco.

LEILA GUERRIERO

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El mundo Mundial: El mundo global

El mundo Mundial: El mundo global

El francés Kylian Mbappé, de 19 años, celebra con la Copa del Mundo el 15 de julio de 2018.CreditMatthias Hangst/Getty Images

BUENOS AIRES — El mundo dejó de ser mundial. Se acabó el gran paréntesis que nos permitió pensar que las cosas tienen un propósito, que sus resultados se pueden medir, que somos hinchas de nuestros países, que esperar vale la pena, que los esfuerzos encuentran recompensa, que los días rebosan de emociones, que somos los mejores o, incluso, los peores. Es duro volver a la rutina.

Yo me la pasé bien escribiendo esta columna, dentro de ciertos límites. Un día de estos les voy a contar el placer de transformar la culpa en regodeo: ese contento del que hace lo correcto, la patética satisfacción del deber cumplido. A mí también me daba un poco de culpa hacer lo que está haciendo usted ahora, mi estimada: perder el tiempo leyendo sobre fútbol. Por eso lo bueno de este invento de escribir sobre él es que me justifica: este mes, cuando leía más y más notas mundialistas, cuando miraba más y más partidos, podía creer que estaba trabajando, preparándome, cumpliendo con mis obligaciones. ¿No es bonito? Una de las decisiones más ambiguas que uno puede tomar es convertir en trabajo lo que le gusta hacer: suena perfecto, y en los primeros tiempos es perfecto. Hasta que, eventualmente, uno empieza a odiarlo y se pierde una gran fuente de placer y no gana casi nada. O sí, quién sabe.

En cualquier caso, el campeonato terminó y llegó el torneo de balances. Ya leí varios: que la catarata de goles en los últimos 15 minutos le dieron emoción a los partidos, que la catarata de goles de pelota parada le quitaron juego, que los equipos con mayor posesión —España, Alemania, Argentina— se volvieron pronto, que se ha impuesto una nueva forma de jugar basada en no jugar sino correr, que las viejas glorias que nunca mueren agonizan, que las nuevas glorias tipo Mbappé o Mbappé no están tan consagradas, que el fútbol europeo ha demostrado su superioridad porque es ordenado y organizado y rico y decente —como Croacia, que puso un técnico hace nueve meses en medio de escandaletes de corrupciones varias—, que el fútbol sudamericano no puede funcionar porque vende a todos sus jugadores —y entonces, si no funcionan, no se entiende por qué se los compran—, y así de seguido. Y en medio de todo esto apareció una historia.

El mundo Mundial: El mundo global

Zlatko Dalic, entrenador de Croacia, después de la premiación en la final de Rusia 2018CreditKirill Kudryavtsev/Agence France-Presse — Getty Images

Cambio todo el Mundial por una historia, pensé cuando la vi: que cambiaba todo el Mundial por esa historia. Solo había visto ese video: en una cancha de básquet descubierta, precaria, dos muchachos avanzan pateando una pelota de fútbol hasta que se ve, frente a un arco pequeño, un ataúd, ligeramente atravesado. Entonces el último muchacho hace que la pelota rebote en el ataúd y entre en el arco para armar un gol póstumo. Y enseguida una docena de muchachos con la misma camiseta morada entran en cuadro y, como quien festeja un gol, se abrazan al cajón y lloran. Me impresionó: cualquier idea, cualquier disquisición sobre el lugar que el fútbol ha conseguido ocupar en nuestras vidas queda boba frente a ese minuto de video, ese gol de ultratumba. Quise saber quién era el muerto, qué le había pasado. Quise saber la historia.

La busqué. Las primeras informaciones que encontré —en medios web conocidos, respetados— es que había sucedido en estos días y “en México”, así, sin precisiones. Era razonable: si hay algún lugar de América Latina donde es fácil morirse últimamente es México: más de 26.000 asesinados en 2017. Así que imaginé una historia de narcos y venganzas y muchachos tronchados en plena juventud y todas esas cosas. Pero seguí buscando: quería más detalles, y la primera sorpresa, al cabo de cuatro o cinco clics, fue que el video databa de hace un año y medio. No era una novedad; solo que el mundial le había dado un marco para difundirse más, y alguien había aprovechado. Ya empezaba a aclararse el engaño, y seguía sin haber historia, ningún nombre.

Al fin —otra banda de clics— me encontré con que la muerte había sucedido el 3 de enero de 2017 en Ciudad Ojeda, Zulia, Venezuela, y que el muerto se llamaba Keduin Indriago, que era un chico de 19 años integrante de la selección juvenil venezolana de fútbol sala y que había tenido la muerte más banal, un choque con su moto. Todo el silencio se justificaba: lo que se podía contar no era tan interesante, la historia no era actual, y la red se quedó más desnuda: ¿cuántos de los relatos, de las filmaciones, de las imágenes que nos ofrece no son lo que nos dicen? ¿Cuánto es, como el fútbol, una ficción glorificada? ¿Qué es un espectador, sino alguien que cree? ¿Qué debería ser sino alguien que duda?

Pero ya hablamos de otras cosas. El mundo este domingo dejó de ser mundial. Ha vuelto a ser global, que es la forma tristona de decir lo mismo: lo mismo sin los goles y los gritos. Global: unificado, homogéneo, dominio de unos pocos. Hasta dentro de cuatro años, cuando se arme de vuelta la ilusión, o hasta cualquier momento, cuando por fin se rompa.

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Retratos que atraviesan los ojos

Retratos que atraviesan los ojosPrimero es un fogonazo de color, un estallido que inunda la pupila, pero sin llegar a cegarla. Entonces el ojo se da cuenta de que lo que ve es una figura humana, casi siempre femenina, que permanece impasible y seria al saberse contemplada.

«Me atrae mucho conseguir combinaciones cromáticas poco usuales, incluso difíciles, que sean capaces de atravesar el ojo del que mira», justifica Agnes Ricart, la artista valenciana autora de estos retratos. «En mi trabajo, el color prevalece por encima de la forma, con la intención de que las imágenes tengan cierta dosis de intensidad energética».

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Los personajes de Agnes Ricart nunca sonríen. «Tal vez las sonrisas concedan cierta liviandad emocional a mi trabajo que actualmente no me interesa representar», justifica la artista. Para ella, su estilo «habla sobre sexualidad y género a través de una estética dinámica y enérgica, con composiciones directas y trazo ligeramente naif».

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A veces es posible reconocer en esos rostros a algún personaje célebre. Personas que resultan interesantes para Ricart, «especialmente referentes feministas contemporáneos de diferentes ámbitos culturales», explica. «Sin embargo, muchas de mis ilustraciones no parten de personas reales, sino que se configuran como rostros o identidades inventadas».

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