El fin de la tele

ALBERTO BARRERA TYSZKA 

El fin de la tele
CreditE+/Getty Images

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CIUDAD DE MÉXICO — Hace dos semanas, a través de un comunicado, la empresa Univisión confirmó lo que ya era un sonoro rumor: la posibilidad de su venta. Se trata de la cadena pionera de la televisión en español en Estados Unidos y, junto a Telemundo, una de las dos pantallas que se disputan el público hispano en ese país. Más allá de los elementos puntuales, entre los que destaca una deuda millonaria, la gran pregunta es si realmente existe alguien interesado en comprar hoy en día un canal de televisión abierta. ¿Para qué?

Desde hace años, la aparición de internet, los cambios en las plataformas comunicacionales y las consecuentes variaciones en los hábitos de consumo de las nuevas generaciones han terminado produciendo una revolución involuntaria: es una transformación radical y casi inesperada, sin dirección política, sin otro sujeto protagonista que la tecnología. De pronto, el poder pasó de la pantalla a los usuarios. El control sobre lo que puede o no se puede ver cambió de manos. La “dictadura” de la TV abierta —como la llamó Carlos Monsiváis— finalmente ha sido derrotada.

No es aventurado afirmar que en el futuro, la palabra “televisión” dejará de existir. Se quedará sin referencias. Tan sola e inútil como la palabra “betamax” o la palabra “casete”. Un cambio tecnológico ha producido una crisis en una de las industrias aparentemente más sólidas y bien cimentadas. Y se trata de una alteración que escapa a la moralidad con la que frecuentemente se enjuicia a la televisión. No se trata de dilucidar si el cambio es bueno o malo. Simplemente es inevitable. Su propia dinámica le ha dado más libertad a los contenidos, ha redimensionado las posibilidades de la narrativa audiovisual. No está en crisis el relato. Todo lo contrario. Lo que está en crisis es su forma de producción, distribución y consumo. El televisor y la industria que respira tras él de repente comenzaron a convertirse en una antigüedad.

El día a día, con su urgencia de llenar veinticuatro horas de programación, tal vez no permite mostrar tan nítidamente lo radical que en el fondo está siendo el cambio. La tele abierta tenía un poder casi absoluto. La única defensa posible ante ella consistía en apagarla. No había más opciones. Desde su trono emisor, administraba y distribuía no solo la sentimentalidad y la moral sino que, incluso, también organizaba los tiempos del gusto y de la angustia, los horarios para reír o para informarse. Era el centro de la casa. Y muchas veces lo era de manera literal, física.

Ahora somos los usuarios quienes podemos elegir y decidir qué, cómo y cuándo consumir los contenidos audiovisuales. Ya hace dos años, una encuesta mostraba cómo en España el 72 por ciento de los jóvenes ven más YouTube que televisión. La migración de la audiencia hacia las plataformas de transmisión en línea ha producido un cambio vertiginoso e irreversible. No solo se trata de un asunto de ratings y de ventas. El propio contenido que definía la ficción audiovisual también ha cambiado. También la palabra “teleculebra” se está quedando huérfana.

El fin de la tele
En una televisión, en el interior de una habitación en Nueva York, se transmite una telenovela en el año 2003.CreditNancy Siesel/The New York Times

La telenovela fue el género emblemático de la televisión abierta latinoamericana. Está ligada genéticamente a ella, tiene que ver con su origen, con su naturaleza. Ese folletín cotidiano e interminable —que empezó versionando algunos clásicos de la literatura del siglo XIX y que se desarrolló canibalizando el relato sentimental de la mujer pobre que se enamora de un hombre rico— fue durante años el producto estrella de nuestra tele. Su garantía de origen, su marca. Hoy en día los culebrones son animales en vías de extensión. No me refiero al melodrama sino a esa forma específica del melodrama, a ese formato de largo aliento, asentado sobre estereotipos y desarrollado narrativamente bajo la premisa de la reiteración y del falso suspenso. Ninguna de las plataformas (Netflix, Amazon Prime, etc.) que definen hoy el mercado está buscando una María la del Barrio de 150 horas.

Las llamadas plataformas de transmisión libre (OTT) han impuesto un modelo y un ritmo de ficción mucho más diverso, que se desperdiga abriendo cada vez más segmentos de la audiencia, ampliando sus límites. Lo que define a las nuevas plataformas no son sus productos sino su infinita posibilidad de tener más productos. Siempre. De cualquier tipo. Por eso una de sus condiciones esenciales es la velocidad. Cada vez son más frecuentes los formatos seriados, con un máximo de ocho o diez capítulos. No es azaroso que Televisa, la productora de telenovelas más importante del mundo, apueste ahora por transformar su grandes clásicos de siempre en series modernas e innovadoras de veinticinco capítulos.

No solo es un tema de contenidos. También, como objeto, la televisión está muriendo. Cada vez más, los jóvenes consumen el contenido audiovisual a través de sus teléfonos. El futuro está en esa pantalla que también es una extensión de la mano. Es una nueva TV, tan personal que te la llevas al baño o te la guardas en el bolsillo. Su relación con el cuerpo crea incluso una intimidad y un poder que antes no existía. De pronto, incluso las pantallas planas, de última generación, comienzan a parecer dinosaurios lejanos e inútiles.

El fin de la tele
Los logos de Netflix y YouTube y otros servicios de transmisión en línea CreditChris Mcgrath/Getty Images

Por supuesto que en los contextos latinoamericanos, donde la pobreza y la desigualdad sigue definiendo drásticamente la realidad, este proceso avanza con más lentitud y dificultades. Pero, en general, la vida de la tele abierta parece tener sus días contados. Su margen de acción se va estrechando, se va concentrando cada vez más en territorios claramente delimitados: los concursos en vivo, los deportes, las noticias. El populismo mediático se alimenta de esta crisis, vive su mejor momento. Quizás pronto llegue el día en que la política sea la única ficción que se transmita por la televisión abierta.

Cada vez son más frecuentes los rumores sobre la venta, o posible venta, de canales de televisión tradicionales. Sin embargo, en general, nunca se concretan. Nadie parece ahora estar interesado en un comprar un canal. Su única posibilidad de sobrevivir es cambiar. Necesitan reinventarse como productores de contenidos, al servicio de las nuevas plataformas. Su reino se acabó. Otra señal de los tiempos: ningún poder es eterno.

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«Clipnosis», la técnica definitiva para desactivar a un gato

Aplicar una pinza detrás de su cuello les sume en un estado de inmovilidad y relajación

«Clipnosis», la técnica definitiva para desactivar a un gato

La hipnosis, considerada como un comportamiento de inmovilidad, aparece en todo tipo de animales, desde insectos, reptiles, aves a mamíferos. Cuando se encuentran en esa situación, se quedan quietos y desconectados de los estímulos externos, por diferentes causas. Por ejemplo, resulta que los ratones, ratas, conejos, cobayas y gatos se quedan «hipnotizados» cuando la madre les coge del cuello con sus mandíbulas.

Investigadores del la facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad Estatal de Ohio (EE.UU.), dirigidos por Tony Buffington, descubrieron que es posible aprovecharse de este fenómeno para inducir que los gatos se queden parcialmente inmóviles, con vistas a realizar tratamientos veterinarios. Basta con usar unas pinzas para presionar con cuidado la piel del cuello de los animales.

En un estudio que se publicó en Journal of Feline Medicine and Surgery, los investigadores concluyeron que la pinza basta para lograr la «clipnosis», o inhibición del comportamiento inducida por pellizco, lo que relaja a la mayoría de los gatos incluso en situaciones potencialmente estresantes.

En su estudio, 30 de 31 gatos quedaron «hipnotizados» después de que los veterinarios les aplicaran una pinza metálica de papelería. En ese momento, la cola de los gatos se curva bajo su cuerpo, que también se contrae, y el animal se queda pasivo.

Las pruebas confirmaron que las pinzas no dañaban la piel ni el flujo sanguíneo, puesto que ejercen una presión moderada y se usan durante solo unos minutos. Los análisis de presión sanguínea, tasa cardiaca o temperatura corporal mostraron que su respuesta no respondía al miedo ni al dolor.

Según sugirieron los autores, parece ser que la pinza evoca la sensación que tienen los cachorros de gatos cuando son transportados por sus madres. De hecho, observaron que los felinos más jovenes son más sensibles.

Al usar los clips, «los gatos generalmente parecieron estar más contenidos y menos asustados, incluso a veces ronronearon, durante los procedimientos veterinarios», escribieron los autores del estudio.

Además, observaron que la respuesta se incrementaba si se repetía el tratamiento, en el transcurso de tres meses, lo que sugiere, según los autores, que esta técnica se puede usar para tranquilizar a los gatos cuando hay que cortarles las uñas o en exámenes físicos, extracciones de sangre y vacunaciones. De hecho, en la actualidad se comercializan pinzas para veterinarios basadas en este principio.

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El Muertho, por Zophie Montoya

El Muertho, por Zophie Montoya

El Muertho es un anciano ridículo y decrépito. Retrata el humor negro, la ironía, la aberración y es la personificación de todos sus deseos pervertidos. Criticar, exponer los vicios de la sociedad y los secretos más oscuros se ha convertido en la esencia de su carácter, particularmente en el contexto de la política contemporánea, la religión y la sexualidad. Su insatisfacción con el status quo es una forma de expresión. Representa la exageración, la vulgaridad y la depravación. Muertho canta sobre el amor, la angustia, el sexo, el satanismo burlón y nos enseña una lección sobre cómo no debemos tomarnos demasiado en serio. No tiene miedo de mostrar su verdadero ser, de darse a sí mismo como un espejo para que todos podamos encontrarnos con nuestros monstruos y abrazar nuestras sombras. Nadie sale aquí sin mancha, todos estamos impuros y distorsionados de alguna manera. No debemos olvidar que hay un Muertho viviendo dentro de todos nosotros.—Zophie Montoya

El Muertho, por Zophie Montoya
El Muertho, por Zophie Montoya
El Muertho, por Zophie Montoya
El Muertho, por Zophie Montoya
El Muertho, por Zophie Montoya
El Muertho, por Zophie Montoya
El Muertho, por Zophie Montoya

Zophie Montoya fotógrafa fronteriza de Tijuana y San Diego. Egresada de la Universidad Iberoamericana en licenciatura en Comunicaciones, decidió entregarse a la fotografía cuando descubrió el trabajo de sus Idolos y mentores Bob Gruen, Mick Rock, Jannete Beckman, entre otros. Ha dedicado sus anios en fotografía de música y documental bajo el alias de Zophie Felina. Su trabajo ha sido publicado en Vice Online, Marvin, Rolling Stone Mexico. Ha colaborado en proyectos como Las Fotos Project (LA), Tijuana Zine Fest, Through the Cracks: Crowdfunding in Journalism y organizando eventos musicales como Polvora Booking. Su trabajo fue seleccionado en 1er lugar en FIFT (Festival Internacional Fotografía Tijuana). Su trabajo mas reciente fue la publicación del Foto Zine “Travesias” sobre la caravana e historias personales de los migrantes Haitianos en Tijuana y trabajo foto- documental sobre el artista underground de Tijuana “El Muertho” el cual se convirtió en una exposición fotográfica individual y fue presentada exitosamente en Teros Gallery en San Diego, CA. Actualmente Zophie reside en Nueva York.

Consuelo y milagro

¿Qué habría sido de la humanidad sin el alfabeto y la capacidad que nos confiere para comunicarnos a distancia y registrar y reinventar la realidad?

Resultado de imagen para El primer alfabeto lo crearon los trabajadores semitas en Egipto hace 4.000 años

HACE ALGUNOS MESES, en una cena con amigos, alguien preguntó cuál nos parecía el mayor invento de la historia. La electricidad, la imprenta, la microelectrónica, empezaron a enumerar. Yo dije: el alfabeto. Porque ¿qué habría sido de la humanidad sin esa capacidad para comunicarnos a distancia, para almacenar datos, para compartirlos, para registrar la realidad, para reinventarla y embellecerla a través de la palabra escrita?

El primer alfabeto lo crearon los trabajadores semitas en Egipto hace 4.000 años. Ese protoalfabeto fue desarrollado después por los fenicios y refinado por los romanos: las manchitas de tinta que hoy depositamos alegremente sobre el papel tienen detrás una larga historia. Aprender a escribir es algo formidable. Es una de esas cosas dificilísimas que hacemos sin darnos cuenta de su complejidad (otra es andar). Y la escritura está tan íntimamente relacionada con lo que somos, es algo tan personal y tan ligado a todos los rasgos y accidentes de nuestra vida, que no hay dos letras iguales. El prestigioso Laboratorio del Servicio Postal de Estados Unidos realizó un estudio durante varios años sobre 500 parejas de gemelos y mellizos, y descubrió que, pese a compartir genes y biografías, la letra de los hermanos no se parecía más entre sí que la de cualquier pareja de individuos. La escritura es tan única como una huella digital, pero, a diferencia de ésta, se ve alterada por las circunstancias (como, por ejemplo, una noche sin dormir) y puede cambiar mucho a lo largo de los años. Nuestra letra es un espejo de nuestra existencia.

Pensaba en todo esto en París, hace unas semanas, mientras visitaba una preciosa exposición de la Biblioteca Nacional de Francia: Manuscrits de l’extrême, Manuscritos de lo extremo, una colección de textos redactados en circunstancias críticas. Divididos en cuatro apartados (Prisión, Pasión, Posesión y Peligro), la muestra exponía diarios de duelo, verdaderos sollozos atrapados por la punta de la pluma; billetes amorosos con dibujos obscenos que parecían temblar de deseo; textos agónicos y apresurados escritos en la tenebrosa antesala de la ejecución; diminutas tiras de papel cubiertas con una letra microscópica, sólo visible con lupa, anotadas clandestina y heroicamente desde la indefensión del prisionero. Había autores famosos y otros anónimos, pero todos los mensajes nacían de la urgencia más absoluta, casi diría de la necesidad de expresarse o morir. La escritura como salvación hasta de lo insalvable.

Algunos de los textos redactados en la cárcel estaban hechos con la propia sangre y sobre pedazos de camisas, porque no disponían de otra cosa: si se exponían a tanto para garrapatear esas palabras ansiosas, ¡qué importante tenía que ser para ellos! Me impresionó un pequeño libro de horas de María Antonieta; en una hoja en blanco había una nota fechada a las 4.30 del 16 de octubre de 1793, es decir, del día en que iba a ser guillotinada a los 37 años de edad: “Dios mío, tened piedad de mí, mis ojos no tienen más lágrimas para llorar por vosotros, mis pobres niños. Adiós, adiós”, escribió en francés. Y después, la firma, grande, entintada, temblorosa. Un último mensaje para sus hijos que escondió entre las páginas de su librito de rezos.

Me estremecieron especialmente los textos de enfermos mentales, abigarrados, alienígenas, heridos por el negro terror del dolor psíquico. Y también una impactante frase escrita a toda prisa bajo el asiento de una silla de madera utilizada en los interrogatorios de la Gestapo: “Con todo el afecto a mis camaradas femeninas y masculinos que me han precedido y que me seguirán en esta célula. Que conserven su fe. Que Dios evite este calvario a mi amada novia”. Imagino al miembro de la Resistencia anónimo o anónima que garabateó estas palabras entre torturas y se me encoge el ánimo. Y al mismo tiempo, ¡qué hermosa, qué conmovedora esa esperanza en la escritura como instrumento de supervivencia! Más allá de la muerte y del infierno en vida están el consuelo y el milagro de la palabra. En el tranquilo placer de las lecturas de este agosto, pensaré en el poder que nos otorga la escritura.

Rosa Montero

https://elpais.com

A punto de explotar por comer picante, ¿qué puedo hacer?

La química básica nos explica que lo mejor para suavizar el efecto de estos alimentos no es el agua, sino la leche

Pedro Gargantilla

A punto de explotar por comer picante, ¿qué puedo hacer?

De un rábano denominado Eutrema japonicum se extrae el wasabi, el famoso condimento japonés. Es célebre por su sabor extremadamente picante que se transmite hacia las fosas nasales y con una duración más dilatada que la provocada por chiles o guindillas.

La sensación de pungencia es debida a una serie de sustancias químicas -capsaicina, piperina, allicina- que activan canales iónicos situados en los receptores del dolor de la boca.

Estos nociceptores, conocidos habitualmente como receptores de potencial transitorio V1 (TRPV1), envían una señal al cerebro advirtiendo que nuestro organismo está expuesto a un peligro potencial.

Inmediatamente responde generando lágrimas, mucosidad nasal y sudoración profusa, al tiempo que demanda de forma inmediata la ingesta de líquidos. Síntomas sobradamente conocidos por todos nosotros.

Cuanto mayor sea la cantidad de sustancias picantes más se activará el TRPV1 y, por tanto, la sensación será mucho más intensa. Para conocer cómo de picante es una sustancia se ha creado una escala conocida como Test Organoléptico de Scoville, que traduce la cantidad de capsaicina presente en el condimento.

Como todas las escalas de medida dispone de sus propias unidades, las SHU (Scoville Heat Units). Gracias a ellas podemos comparar distintos alimentos, así por ejemplo el tabasco tiene entre 30.000 y 50.000 SHU, los jalapeños entre 3.500 y 10.000, mientras que en el caso del paprika se reduce a unas 100 SHU.

Le leche, el mejor extintor

Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania dirigidos por John Hayes, un profesor asociado de ciencias de la alimentación, ha buscado cuál es la mejor forma para aplacar la quemazón gustativa y ayudar a los denodados comensales.

Para ello reunieron a un total de setenta y dos personas a las cuales dieron a probar una mezcla picante de Bloody Mary modificada con capsaicina. Tras ingerirla los participantes del estudio calificaron la sensación producida en SHU.

A continuación se les administró una serie de bebidas, los posibles “extintores gustativos”, entras las cuales había agua purificada, kool-aid con sabor a cereza, agua mineral, cerveza sin alcohol, leche completa y leche descremada.

Tras ingerir las bebidas volvieron a evaluar la quemazón, una calificación que repitieron cada diez segundos por espacio de dos minutos. Todas las bebidas aplacaron los efectos del Bloddy Mary picante, pero el resultado fue mucho más intenso con la leche entera, la leche descremada y el kool-aid.

Explicando la cocina de fusión

Para conocer la explicación científica de los efectos beneficiosos de la leche frente a la capsaicina tenemos que recurrir a la química básica, y a la clasificación en moléculas polares y apolares.

Una molécula polar es aquella que tiene una distribución de carga eléctrica desequilibrada. Los extremos positivos tienden a acercarse a los negativos de sus compañeras y viceversa, de forma que se produce una fuerte atracción intermolecular.

Un ejemplo de sustancia polar es el agua, el azúcar o el alcohol. Si las reunimos en un mismo recipiente estas sustancias terminar por diluirse. Sin embargo, si mezclamos estas moléculas polares con una sustancia apolar -como el aceite- la reacción es imposible, y acaba por formarse gotitas (micelas).

La capsaicina es un compuesto apolar, por eso, cuando bebemos agua no somos capaces de calmar la sensación de picor. Mientras que la leche, al ser un compuesto apolar, hace las veces de extintor químico.

En otras palabras, si usted es una de esas personas que no disfruta con los alimentos picantes y que enseguida tiene llamaradas que transitan por los lugares más recónditos de su estómago, lo mejor que puede hacer es tener a mano un buen vaso de leche.

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Los mejores poemas de la poeta Carmen Jodra

La artista falleció este jueves a los 38 años como consecuencia de un cáncer


Los mejores poemas de la poeta Carmen Jodra
Imagen de archivo de la poeta Carmen Jodra (EFE)

La poeta Carmen Jodra Davó (Madrid, 1980) falleció este jueves en Madrid como consecuencia de un cáncer, según han informado fuentes cercanas a la autora, quien se dio a conocer en el ámbito literario tras ganar a los 18 años y con su primer poemario, Las moras agraces, el XIV premio Hiperión.

La poeta era licenciada en Filología Clásica por la Universidad Autónoma de Madrid, formación muy presente en sus textos.“Era una buscadora de belleza. Me gustaba mucho la manera en que dialogaba con la tradición del Siglo de Oro”, recalca la editora y poetaElena Medel, con quien Jodra publicó en 2011 ‘Rincones sucios’.

Jodra se dio a conocer en el ámbito literario tras ganar a los 18 años y con su primer poemario ‘Las moras agraces’, el XIV premio Hiperión

En opinión de Medel, su obra “muy agridulce”, ya que enfrenta “la amargura y el peso de lo luminoso, el entusiasmo de la juventud”. Y añade que, aunque Jodra solo tiene dos poemarios editados, “nunca dejó de escribir”: “Tiene mucha obra sin publicar. Ella escribía porque quería: leía y producía para ser feliz. La publicación no era lo que más le interesaba de todo el proceso”, ha asegurado.

Ese amor de Jodra por los libros llevó a la poeta a trabajar como bibliotecaria, en centros como la Universidad Politécnica de Madrid y la biblioteca pública de Carabanchel: “Tenía muchos proyectos de dinamización de la lectura. Los poemas de Jodra llamaron la atención de varios antólogos, que incluyeron sus textos en obras como La generación del 99 (1999), Un siglo de sonetos en español (2000) o Ni Ariadnas ni Penélopes. Quince escritoras españolas para el siglo veintiuno (2005), entre otros. La Vanguardia ha recopilado algunos de sus poemas:

Fatiga

Hay demasiadas cosas

de las que preocuparse,

siempre distintas, siempre imprescindibles,

y nunca se termina,

y apenas se respira… Y además

está el muchacho que jamás nos mira,

la chica que no sabe que la amamos

Y Platón predicando represiones…

Y a esto le llaman vida…

Señores, yo sé bien de los venenos

Señores, yo sé bien de los venenos

de la literatura:

la tiranía impúdica y terrible

de una Belleza impura

que nos mancha los labios de palabra,

los ojos de figura

y el cerebro de sueños o pecados,

en flagrante, diabólica impostura.

No la deseo a nadie, y nadie

debe desearla nunca,

pero benditos los que se someten

a su mirada oscura.

Hastío

El bello mundo me produce asco.

Si pudiera, lo haría

saltar en pedacitos por los aires,

y con él a mí misma.

Yo no pedí vivir; si Tú me hiciste,

es tu culpa, no la mía.

Atrévete a juzgarme si tu pobre

criatura se suicida.

Femmes damnées

Muchacha, si te entregas a los cerdos,

merecerás morir en la matanza.

No sería en todo caso más horrible que la horrible,

cínica contradanza.

Pregúntate por qué has de estar debajo

si eres mejor que ellos.

Créeme, muchacha, la heteropatía

nunca fue un buen invento.

https://www.lavanguardia.com/cultura

Un Aleph propio por compañía

El teléfono instaura una burbuja alrededor de cada persona, es un permiso de silencio, una marca del espacio privado

Dos personas con teléfonos móviles, el 17 de enero de 1996.
Dos personas con teléfonos móviles, el 17 de enero de 1996. BERNARD ANNEBICQUE/SYGMA VIA GETTY IMAGES

AMELIA VALCÁRCEL

Jorge Luis Borges publicó en 1949 un corto libro de cuentos que tituló El Aleph. Tuvo más de una razón, aunque quedaran ocultas en que el primero de ellos se llama así. Es un relato escrito en los tempranos cuarenta. De todo lo que atisba me quedo con esto: Uno de los personajes ha descubierto en la escalera del sótano de su casa algo brillante y asombroso, de colores además: un Aleph.“Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”. En él están todas las imágenes: “En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí”. Desde su publicación esta maravilla dio para muchas ensoñaciones. Lo que no era de suponer es que casi cada habitante del planeta acabara teniendo uno.

En los noventa el teléfono móvil era un instrumento grande como un zapato, con una hora de autonomía, que servía para cruzar las palabras imprescindibles. Diez años después comenzó a disminuir hasta alcanzar el enanismo de caber, doblado, en la palma de la mano. La pantallita verde fosforito brillaba al desdoblarlo. Pero en ese preciso momento el aparato se puso a producir fotografías. Al principio pocas. Luego almacenó mensajes y comenzó a crecer. En 10 años más ya casi poseía el tamaño original, hacía fotografías y vídeos, nos enseñaba las calles, nos despertaba, compraba y pagaba, hablaba; había sustituido al reloj y estaba constantemente encendido; multiplicaba también los enchufes que pudieran alimentarlo. Y ofrecía, por añadidura, una telaraña vastísima de conversaciones. Lo que Teilhard de Chardin había intuido sólo con la radio como ejemplo principal, se hacía verdad. La Tierra está embolada en una cáscara fluida de lenguaje en todos sus sonidos que la recorre entera. Si imaginamos cada mensaje como un finísimo hilo, el planeta es un capullo de seda enorme. Ahora es ­real y verdaderamente una noosfera.

Cuando entramos en cualquier lugar donde hay 12 personas, tengamos por seguro que más de la mitad estarán vigilando o engordando esa red con los hilos de sus conversaciones. Llevando de aquí para allá imágenes y palabras. Escrutando una cajita casi plana donde cabe todo cuanto existe. Cada una con su propio Aleph. Sin embargo, en el Aleph borgeano no era obligado buscarse el camino: él se revelaba intenso, infinito y quieto al que lo contemplaba, sin tener que manipularlo, siguiendo quizás la senda de todos los deseos. En este nuestro cada cual tiene que buscarse la vida. Y se sabe que la Red está presidida por el efecto Mateo, que reza, “al que tiene se le dará”. Y a quien no tiene, incluso lo poco que tenga le será levantado. Recordemos lo que se llamaron “las infinitas posibilidades de avance educativo” que la radio proporcionaba. ¿Acaso sirvieron de algo las insuperables lecciones de Toynbee transmitidas por la BBC? Las tomo como ejemplo porque pocos textos más sabios produjo el siglo XX. ¿Quedó algún resto de ellas en los habitantes de las islas? Todo el esfuerzo laborista en llenar las conciencias más bien recuerda a las danaides, condenadas a echar agua nueva, eternamente, en cántaros agujereados. Dar y perder. O bien, efecto Mateo.

La gente encuentra lo que busca; ese es precisamente el problema. Ese Aleph, verdadero y no soñado, el que llevamos en el bolsillo, es más útil a quien más sabe. Da al que ya tiene. No lo hace por especial sevicia, sino que ese es su andar. Intuimos que las técnicas aparecen cuando se necesitan. La informática, justamente, sirve al desarrollo del Estado y su administración. Cuando fue preciso refinarla, porque el Estado se cargó de datos y deberes, ella creció. Digamos que empezó bien. Pero ¿a qué sirve este su despliegue en forma de Aleph? ¿A la conversación planetaria?, ¿a la universal comunidad de diálogo, necesaria para abordar los desafíos monumentales que tenemos? ¿O solamente produce cacofonía? Es difícil saberlo. De momento instaura una burbuja alrededor de cada persona, sentada cada una junto a otra a la que no habla, pendiente de lo que la cajita enseña. Es un permiso de silencio. Como una marca del espacio privado de cada quien. Un principio externo de individuación.

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Las consecuencias de un invierno nuclear

Las consecuencias de un invierno nuclear

Por una mera casualidad, ha caído en mis manos una propuesta de estudio de dos investigadores estadounidenses de la Universidades Rutgers y de Colorado. La propuesta, dirigida al Open Philanthropy Project, se titula Impactos ambientales y humanos de la guerra nuclear y aunque data de 2017, el interés de su contenido me ha llevado a traerlo a este espacio.

El objetivo del estudio es intentar calcular por primera vez losimpactos de la guerra nuclear en la agricultura, la cadena alimentaria y en los propios seres humanos en función de la disponibilidad de alimentos y los movimientos migratorios que se desencadenarían.

En plena tensión entre EEUU e Irán, precisamente, con el armamento nuclear como telón de fondo, merece la pena echar un vistazo al arsenal nuclear existente en el mundo, con cerca de 14.000 armas nucleares en todo el mundo repartidas fundamentalmente entre nueve países, si bien entre Rusia y EEUU poseen el 92% del total.

Desde la década de los años 80 existen numerosas investigaciones que pronostican que una guerra nuclear traería consigo incendios forestales masivos, lo que provocaría aire tóxico y sumiría a grandes extensiones geográficas de oscuridad por las enormes nubes de humo. Sólo los incendios en las ciudades provocarían más hollín que los bosques en llamas, ascendiendo a la estratosfera e incrementando exponencial un cambio climático. El humo bloquearía la luz solar, caerían en picado las temperaturas en las zonas más oscuras al tiempo que la destrucción de la capa de ozono potenciaría la radiación ultravioleta. El resultado de este escenario dantesco es lo que se ha venido a denominar un ‘invierno nuclear’.

Los autores de este estudio apuestan por obtener más y mejor información simulando escenarios de guerra más localizados, pero en los que es preciso averiguar qué cantidad de humo que se inyectaría a la atmósfera, los impactos en el  clima y los cambios ultravioleta, así como las consecuencias que tendría en los modelos agrícolas y, por tanto, en el suministro mundial de alimentos.

¿Cómo cambiaría la disponibilidad de alimentos y agua en cada nación? El lado perverso de la globalización ya nos dio unas pistas cuando a principios de esta década se produjo una ola de calor y la consecuente sequía en Rusia. El país dejó de exportar su trigo y, derivado de ello, el precio de los alimentos se duplicó en Oriente Medio. En caso de guerra nuclear, ¿cómo sería el comportamiento de los países? ¿Acumularían alimentos o simplemente aumentarían el precio para obtener ganancias?

No está del todo claro, pero lo que parece seguro es que los cambios en el rendimiento afectarán al precio de los alimentos. A ello se suma, además, que se alterará la demanda de agua y cambiará drásticamente la cadena de suministro de alimentos a nivel mundial. Asimismo, aparece otra derivada más: los movimientos migratorios, como prueban estudios en los que se ha visto que cuando se produce un caída del 10% en el rendimiento agrícola en México, la migración hacia EEUU aumenta en torno a un 2%.

Por otro lado, el aumento de la desigualdad también se disparará. Para muestra, un botón: Cuando EEUU sufrió la terrible sequía de 2012 en el medio oeste, la producción de maíz se desplomó un 25% y, sin embargo, el precio de los alimentos se incrementó en un 50%, enriqueciendo a una élite al tiempo que se restringía el acceso de los alimentos a una generalidad empobrecida.

https://blogs.publico.es/kaostica

Maltrato tecnológico

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Escribo este texto después de haber experimentado personalmente y haber compartido con muchas personas lo que denomino maltrato tecnológico, que no es ni más ni menos que la situación que se está produciendo cada día con la demanda de hacer todos los trámites de forma telemática. Se supone que la tecnología debería hacernos la vida más fácil, acortar los trámites burocráticos, dar soluciones eficaces y rápidas, evitar tener que ir presencialmente a las diferentes instituciones o entidades a presentar documentos o expedientes de cualquier clase.

Pues bien, esta nueva modalidad de maltrato consiste en que aparentemente todo resulta muy fácil de realizar a través de internet, pero a la hora de la verdad los problemas se multiplican. O bien no funcionan los aplicativos, o bien piden tener instalados programas informáticos concretos, o bien éstos no se ejecutan o piden certificado digital del que no disponemos, o si lo tienes no es reconocido por el sistema, y así hasta una infinidad de problemas técnicos para resolver los cuales tendrías que haber estudiado ingeniería informática como mínimo. En ocasiones, si llamas pidiendo soporte técnico te dicen que leas el manual de instrucciones, un mamotreto ilegible las más de las veces.

Una modalidad especialmente denunciable es el maltrato tecnológico institucional: muchas instituciones solicitan la documentación a través de plataformas digitales, que para más inri no tienen la opción de guardar los datos introducidos, con lo cual si por cualquier razón falla el sistema tienes que volver a empezar cada vez. Mención aparte merecen las facturas electrónicas; cuando las envías, además de tener que darte de alta en alguna de estas plataformas, te las devuelven sin dar explicaciones, y cuando reclamas te pueden contestar diciendo que “hay que esperar a que se genere la factura”, como si la factura se generara en el espacio sideral por arte de magia. Por no hablar de los múltiples y farragosos formularios que hay que rellenar para cualquier nimiedad, cosa que consume horas de nuestro escaso tiempo.

Existe otros maltrato tecnológico que se deriva de la dificultad de establecer contacto telefónico para resolver problemas concretos: aparte de tener que esperar escuchando la 9ª sinfonía de Beethoven y la cantinela de que todos los agentes están ocupados, si logras hablar con alguien suele ser distinto cada vez, con lo cual tienes que repetir la historia varias veces, sin que nadie se haga cargo finalmente de resolver el problema.

En definitiva, que la ciudadanía está impotente ante un nuevo tipo de maltrato contra el cual difícilmente se puede actuar, pues al final el responsable suele ser el usuario, por incompetente, por torpe, por ser un analfabeto digital, por no estar al día en cuestiones informáticas, o en último término el sistema técnico, con lo cual la institución o entidad no se hace responsable de los fallos. Y empieza a cundir el ejemplo de no poner teléfonos de contacto, o si lo ponen y llamas muchas veces salta un mensaje que dice “el buzón está lleno”. Y para mayor regodeo, ahora se ha instalado la costumbre de solicitar la valoración del servicio. Si supieran que muchas veces estoy tentada de contestar con una bomba cuando me piden la opinión.

JUANA GALLEGO

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Confesiones de taqueros: todo lo que odian de ti

“Los tacos no son el remedio mágico para su borrachera, joven”

Juan Rojas tiene 35 años como taquero en el centro de Ciudad de México
Juan Rojas tiene 35 años como taquero en el centro de Ciudad de México. Darinka Rodríguez

DARINKA RODRÍGUEZ ALMUDENA BARRAGÁN 

Cada ciudad en el mundo tiene un plato típico que la representa, una identidad gastronómica que en el caso de la Ciudad de México tiene que ver con las culturas que la han hecho ser la capital multicultural que es hoy. No por nada, es uno de los platillos calificados como los mejores por los comensales, según el índice de Taste Atlas.

Los taqueros, esa “raza de héroes que han alimentado a la nación incansablemente”, como los describen en la nueva serie de Netflix, Las crónicas del taco, son una de las profesiones más arraigadas a la cultura de la comida en México. Y como cada taco tiene sus encantos, cada taquero tiene sus talentos, la manera de agarrar el cuchillo, de lanzar la piña desde lo alto del trompo como si hicieran malabares, de trocear la carne, de memorizar órdenes para quince personas hambrientas después de la fiesta.

Muchos de estos taqueros llevan años tras un trompo o una parrilla, preparando exquisitos bocados a un precio asequible: de pastor, suadero, chorizo, campechanos, canasta o guisado. Pero, qué opinan los taqueros de nuestros hábitos como amantes de los tacos y más aún, ¿qué odian los taqueros de nosotros en esta ciudad de trompos infinitos?

En Verne consultamos con cinco taqueros: Israel, quien atiende en una taquería en la colonia Narvarte; Israel Anastacio, del Salón Corona; Juan Rojas de la taquería Don Maderito, en el centro de Ciudad de México; Antonio Pérez de un local en la colonia Escandón y Arturo López, de una taquería en el barrio de San Miguel Chapultepec.

Confesiones de taqueros: todo lo que odian de ti

De la preparación

“Los tacos al pastor tienen que llevar verdura, es decir, cilantro, cebolla y piña. Limón y salsa. Hay quien los pide con la pura carne , pero eso no es un buen taco al pastor. Y tienen que llevar piña, si no, ¿qué chiste tiene? O también hay quien solo se come la carne y deja la tortilla. Lo rico es la mezcla de la carne con la tortilla”.

“Hay personas que piden combinaciones muy raras: chorizo con arrachera, por ejemplo. O de tripa con pastor. Uno tiene que darle gusto al cliente, pero eso no es un buen taco”.

Confesiones de taqueros: todo lo que odian de ti

“También hay quien te pide los tacos sin grasa. ¡Cómo no va a haber grasa en un taco! Esto no es un restaurante vegetariano”.

“Hay quienes te piden que la carne al pastor esté más dorada y te regresan el taco porque la carne no está suficientemente hecha”.

“Una vez me pidieron jitomate para unos tacos al pastor. Como si fuera ensalada”.

Los borrachos

“Llegan directo de la fiesta y super borrachos. Uno tiene que decirles ‘los tacos no son el remedio milagroso a su borrachera, joven’”.

“Los que llegan muy tomados de la fiesta son muy molestos. Me toca que se les caen los tacos y luego no quieren pagarlos”.

“En este puesto no vendemos alcohol porque no tenemos permiso. Luego vienen de la fiesta y exigen una chela para sus tacos, pero no hay manera de venderles”.”Los pedos siempre quieren salsa picosa, y cuando no pica mucho terminan poniéndole mucha salsa. Es más salsa que taco y se remoja todo”.

Las peticiones de los clientes

“Cuando llegan a pedirte los tacos directamente. Como si no tuviera una lista de pedidos antes que la suya”.

“Cuando me piden de taquito en taquito. Terminan comiéndose diez, pero en vez de pedirte una orden completa. Se hacen de la boca chiquita y nosotros con un cerro de platos que lavar”.

“También están los que te pagan con un billete de a quinientos y solo se comen dos tacos, eso nos deja sin cambio”.

“Cuando piden tacos para llevar y te piden cosas como ‘tres solo con cilantro y dos solo con cebolla y otros tres más con todo pero sin salsa. En vez de que les pongamos todo aparte. ¡Y encima se enojan si no lo hacen como quieren!”.

“Hay quien usa media servilleta para cada taco. Acaban y dejan un montón de servilletas que no se usan bien. Hay que cuidar el ambiente”.

“Hay clientes que me vienen a hacer la plática cuando tengo una fila de pedidos encima. Tienen que entender que tenemos mucho trabajo y que hay que sacarlo rápido, no es que seamos groseros”.

Confesiones de taqueros: todo lo que odian de ti
Si no tiene piña no es un buen taco al pastor, según Israel.. Almudena Barragán

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