Un beso a media noche

COLL

Total, que llegue a casa. Introduje la llave en la puerta de mi piso despacio, procurando no hacer ruido. Y llegue a la alcoba donde estaba ella.

Dormia profundamente. Y estaba mas bella que nunca. Un mechon de cabellos rubios como el oro tapaba la mitad de su rostro. Durante unos minutos estuve contemplandola en silencio. De repente note un inmenso deseo de inclinarme sobre ella y besarla. Y asi lo hice, despacio, muy despacio.

Pero se desperto. Y entonces me miro, sonrio y echandome los brazos al cuello, con una voz dulce y suave como un susurro, me dijo: Buenas noches papa.

Jose Luis Coll

Sangri-la

Este articulo  de Perello, lo lei en su momento y me gusto mucho, es un punto de vista a partir de unos datos historicos. Tuvo muchas criticas en su momento y los pro-lamistas le llamaron de todo. No tiene desperdicio.

Ommm….. ommm………om mani padme hum

Marcelino Perelló

Marcelino Perelló
08-Abr-2008

Ya lo dije, hace años. Lo bueno de los Juegos Olímpicos es que luego uno, si es aplicado, aprende geografía. De hecho es casi lo único rescatable, porque el resto de esa payasada infame en la que han convertido la otrora magnífica contienda es abominable.

Geografia física, humana y política. Y es precisamente esta última la que nos interesa, a usted y a mí, hoy y aquí. Reconozca que si no fuera por las XXIX Olimpiadas, que van a celebrarse dentro de unos meses en Pekín, ni usted ni yo tendríamos sólo una muy vaga idea de qué diantres es el Tíbet, y de qué recontradiantres pasa ahí. Si es que algo pasa.

Porque, digámoslo clarito, de la actual insurrección monástica en Lhasa no sabríamos gran cosa si no fuera por el altavoz magnífico de los Juegos Olímpicos. Estaría, como de paso, en páginas interiores. Es más, si me ha de hacer caso, muy probablemente ni hubiera tenido lugar.

No puedo no decir, como de paso, que la capital de China es Pekín, y no “Beijing”, como dicen los gringos pedantes e ignorantes que se debe decir. Los gringos que quieren disimular que son pedantes y, sobre todo, que son ignorantes. Pero son ellos, por lo visto, quienes dan línea y dirigen a las grandes agencias de prensa. Y son ellos los que dictan a nuestros propios pedantes e ignorantes qué y cómo hay que decir.

La capital de China es Pekín. Y, si no, digan que Beijing es la capital de Chonguó, que es como se dice China en chino. Y ya no digan Cantón, sino Guangzú. Y, por supuesto, no se les ocurra hablar de Londres sino de London, y de Moscva en vez de Moscú. Yo, de momento, informaré a mi querida cuñada Ari que su perrito Miky es un “beijingués”. Le va a dar gusto.

En fin, dejemos otras sandeces aparte y ocupémonos de la nuestra. A todas luces, en nuestro aprendizaje de geografía deberemos incluir la toponimia. Todo gracias al pobre barón de Coubertin.

Volvamos, pues, al Tíbet. Total, queda aquí a la vuelta. Llegando a las Antípodas, a mano izquierda. Como usted y yo ya sabíamos, el Tíbet es una antigua y antaño enorme nación asiática, entre Irán, China y la India. El Tíbet de hoy es una Región Autónoma dentro de la República Popular China. Su superficie ha quedado reducida a aproximadamente 2/3 de la de México y está prácticamente despoblado. Únicamente lo habitan unos seis millones de personas.

Su capital es Lhasa, que tiene un cuarto de millón de habitantes, se encuentra a tres mil 400 metros de altitud y se convierte con ello en la ciudad más alta del planeta. De hecho todo el país es altísimo, con un promedio de altitud de casi cuatro mil metros, lo que lo hace ser llamado “el techo del mundo”. Se encuentra precisamente en la vertiente norte de los Himalayas, que marcan la frontera con Nepal y Buthán.

Hasta la intervención china, de 1951, fue gobernado por la dinastía budista de los lamas, desde el siglo XIII. De hecho su hegemonía continuó hasta 1959, pues el gobierno de Pekín se limitó hasta entonces a ejercer el control militar del país y a administrar las relaciones exteriores. En ese año, como consecuencia del surgimiento del movimiento armado tibetano, concebido, sostenido e instrumentado por la CIA, la intervención china se volvió mucho más dura. Se apoderaron del gobierno y de todos sus órganos e implementaron el régimen socialista. El Dalai Lama de turno, reencarnación del anterior, huyó a la India e inició su periplo mundial, que ya lleva casi medio siglo y que tiene más de gira artística o de viaje de negocios que de político o misionero.

Hasta aquí lo que, detalle más, detalle menos, sabíamos usted y yo. Ahora, gracias a la fiesta mundial del deporte, nos vemos obligados a enterarnos de otras cosas. Y así sabremos que el antiguo Tíbet dista mucho de ser ese paraíso idílico y terrenal que la literatura y los malos poetas se han encargado de cantar.

La tiranía teocrática de los lamas resulta ser una de las más crueles, sanguinarias, despóticas y retrógradas de cuantas hayan existido hasta la fecha sobre la faz de la Tierra. Digamos, sólo para darnos un quemón, que son los chinos quienes suprimen la esclavitud. En 1969. Poca cosa.

Son también ellos los que introducen la luz eléctrica, el agua entubada, el drenaje y la educación general y laica. En 1959. Menos cosa.

Pero el antiguo Tíbet —y cuando digo antiguo me refiero al de la primera mitad del siglo XX— no era estrictamente un Estado esclavista. Había muchos esclavos, sí, pero la gran mayoría de la población eran siervos. Siervos de los monjes o de los señores feudales. Para que se dé una idea, el solo monasterio de Drepung poseía 185 haciendas, 25 mil siervos, 300 llanuras de pastizaje y 16 mil pastores. La fuente, The timely rain, de Gelder y Gelder, no dice cuánto ganado ni cuántos rebaños. Lástima.

Potala, el palacio del Dalai Lama, tenía 1,000 (tres ceros) habitaciones en sus catorce pisos. Y su jefe del Estado Mayor poseía un rancho de 4,000 (tres ceros) kilómetros cuadrados. El Pachen Lama y su corte no recordaba demasiado la vida contemplativa y pacífica, según el modelo del simpático luchador de sumo en flor de loto que les sirve de guía y emblema. Sus banquetes y orgías son legendarios. Y, a lo largo de su historia, los budistas, y los budistas tibetanos en particular, han probado ser uno de los credos más agresivos y crueles de cuantos se tenga memoria.

La cantidad de guerras, invasiones y genocidios de los que han sido protagonistas a lo largo de sus siete siglos de poder difícilmente encontrará parangón. En 1660, la proclama del 5º Dalai Lama, en la que ordena masacrar a los miembros del culto rival de los kagyu, dice literalmente: “Aplástenlos como huevos contra las rocas… que no quede rastro de ellos; ni siquiera de sus nombres”.

Hasta la llegada de los chinos, los castigos previstos, acordes a derecho, para los ladrones y otros delincuentes menores, eran la mutilación o deformación de los miembros y la extracción de los ojos o de la lengua. Órale con el karma y la meditación.

Así estaban las cosas en aquel Shangri-La. Si usted, culto y/o morboso lector, quiere saber más sobre el asunto, entre a la página www.informationclearinghouse.info/article19605.htm, y lea, en inglés, el muy interesante y documentado texto de Michael Parenti sobre la cuestión. El espacio de mi columna ya dio de sí.

Recordando aquel 1959, imposible evitar, como le sugiero párrafos antes, la sospecha de que en el actual alebrestamiento de los monjes tibetanos también hay mano negra. La misma. Que en vísperas de los Juegos Olímpicos no quiere desaprovechar la marquesina.

En fin. Vaya usted a saber. La historia de los pueblos y de los hombres es compleja. E incierta. Y la de aquellos montañeses del Tíbet lo es aún más. “No creo poder escribir mucho sobre monasterios esta noche, pero sé que la Gran Cordillera dice más que todas las creencias del mundo”.

Vidas Falsas

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Tengo varios relojes falsos que dan la hora verdadera. Y no lo comprendo. O lo comprendo con la cabeza solamente. Los he ido coleccionando sin saber por qué. Cada vez que veo en la calle un tenderete con relojes de marca falsos, me compro uno o dos, y los guardo en un cajón. Los utilizo en casa nada más. Para salir, me pongo uno de verdad que me regalaron mis padres al tomar la primera comunión, un Certina, no sé si existe todavía esa marca. Estoy extrañamente atado a ese reloj, y quizá a la primera comunión. Ahora soy ateo, porque probablemente dios no existe (no lo digo yo, lo dicen los autobuses), pero en mi infancia creía a pies juntillas en dios y en la comunión. Me tragué la sagrada forma (así es como llamaban a la hostia) convencido de que Dios entraba en mi cuerpo con su carne y con su sangre, o sea, con su hígado, y con sus intestinos y sus dientes… Recuerdo que cuando regresé al banco y me puse de rodillas con la cabeza oculta entre las manos, vi a Dios dentro de mí con sus pulmones y su estómago y sus riñones y todo lo demás. Casi vomito. Al salir de la iglesia mi padre me dio un paquetito dentro del que reposaba el reloj. Ahora los niños no quieren relojes. Un hijo mío dice que no hace ninguna falta. Los hay, añade, por todas partes. Si quieres saber la hora, no tienes más que volver la cabeza en cualquier dirección o sacar el móvil del bolsillo. La hora no vale nada, está tirada de precio. Cuando yo era niño, en cambio, pedíamos la hora por la calle como el que pedía un vaso de agua en un bar.
—¿Me da la hora, por favor?
—Las tres y media.
—Gracias.

Era normal pedir la hora. Y nadie te la negaba. Tampoco te negaban un vaso de agua en los bares. El agua, en cambio, se ha encarecido. Vale un ojo de la cara. El caso es que me regalaron un Certina que no me he quitado desde entonces. Decías Certina y era como nombrar un sacramento. Vete a saber lo que tuvieron que ahorrar mis padres para comprármelo. Y no se me ha estropeado jamás. Mi mujer ha intentado cambiármelo por otro más actual. Yo también lo he intentado, pero no soy capaz de desprenderme de él. Lógicamente, es de los de cuerda. Cada noche, antes de acostarme, le doy cuerda. Puedo olvidarme de otras cosas, pero no de dar cuerda al reloj. Es como si me la diera a mí mismo. A veces me pregunto quién resistirá más, si el reloj o yo.

Cuando aparecieron los relojes automáticos, sentí un deslumbramiento especial por ellos. La idea de que se alimentaran del movimiento del brazo me parecía fascinante. Compré un par de ellos, pero no fui capaz de utilizarlos. Están en el cajón de los relojes falsos que dan la hora verdadera. Excepto esos dos automáticos, todos son de pilas y todos funcionan porque se las cambio cada cierto tiempo. Un día, en un mercadillo, compré un bolígrafo Parker falso con el que escribí un cuento que envié a una revista literaria. Durante varios días, temí que el redactor jefe me llamara acusándome de haberle entregado un cuento falso. Lejos de eso, lo publicaron y me lo pagaron con dinero verdadero. Sé que el dinero era de verdad porque lo comprobé. Se trata de un cuento que ha tenido cierta fortuna, pues me lo han pedido para diferentes antologías. La verdad es que gusta y mucho, de modo que aparece periódicamente aquí o allá. Me asombra que nadie se haya dado cuenta de que se trata de un cuento falso. Pero si yo no soy capaz de distinguir una hora verdadera de una falsa, tampoco debería extrañarme que los lectores se tragaran como cierto un cuento falso.

Viene todo esto a cuento de que a primeros de año me compré en un tenderete de la calle una agenda de marca (falsa) para el año en curso. Ignoraba que la piratería hubiera llegado a este objeto humilde y práctico, pero así es. Anoté en ella varios compromisos verdaderos que funcionaron, sorprendentemente, como auténticos. Si ponía en ella que tal día tenía una comida con Fulano, tenía efectivamente una comida con Fulano. Y los lunes de esa agenda son tan lunes como los de las de verdad. A estas alturas no sé si distinguiría un lunes artificial de uno genuino. Pero lo cierto es que los de esta agenda falsa se comportan de un modo absolutamente natural. Me pregunto si cuando acabe el año tendré la impresión de haber vivido un año falso. Quizá sí, todos lo son en alguna medida. Toda la vida tiene un componente de representación inevitable. Pero siempre me quedará el Certina de la primera comunión, que da horas verdaderas con apariencia de verdaderas. Un milagro para los tiempos que corren.

Juan Jose Millas

La paella china

Encuentran trozos de Chino en una paella valenciana

Paella China

La Revolución Popular China ha llegado a la Albufera

La famosa “paella china” ha llegado a España por las bravas, después de que un matrimonio de Castellón descubriera hasta ocho trocitos de un chino de mediana edad camuflados entre el arroz, los mejillones y la sepia que les sirvieron en “La Paella Amarilla”. Ni que decir tiene que desde entonces no se habla de otra cosa en la capital de La Plana.

Según ha trascendido, los menudillos del chino llamaban poderosamente la atención, ya no sólo por su inconfundible color amarillo, sino también por el sabor, más cercano al glutamato (y, si se quiere, a la soja) que a las alitas de pollo. Por si fuera poco, al maître se le fue la mano y se le coló en la paella un ojo del asiático que utilizó en el caldo, lo que levantó la liebre y permitió a los comensales atar cabos.

De hecho, desde hace un tiempo se viene rumoreando que en España no se celebran entierros de asiáticos por la sencilla razón de queunavez muertos se trocean minuciosamente y se añaden al sofrito de numerosos platos. Posteriormente, los pasaportes de los chinos fallecidos pasan a otras personas, completándose así el proceso de reciclaje.

Hoy mismo, los rotativos más importantes de Valencia se hacen eco de la noticia. Así en un artículo titulado “Los chinos quieren furtarnos la paella”, el articulista afirma: “es una vergüenza que esta tierra que ha dado tantas glorias a España tenga que asistir impasible al desembarco de hordas de mandarines que además de copiarnos todo pretenden robarnos la paella“.

A la vista del cisma creado, no deja de sorprender la encomiable reacción del matrimonio de Castellón. “¡Xé!, mala, el que es diu mala, no estaba la paelleta”, indica Tonet Fabregat con su inconfundible acento valenciano. “Lo malo fue el ojo”, añade su mujer, “porque los chinos no hacen mal a nadie y también quieren amunt Valençia” (sic).

fuente:mundocruel.com bajo licencia de creative commons.

juan b. viñals

Greguerias de Ramon Gomez de la Serna

retrato

Gómez de la Serna empezó a buscar la inovación literaria tal vez antes de cualquier otro vanguardista español.  Ya mucho antes de la Primera Guerra Mundial, Gómez de la Serna estaba en contacto con el futurista Marinetti, traducía importantes textos artísticos en las páginas de su revista literaria Prometeo, dirigía una tertulia literaria (ahora famosa) en el café El Pombo y ganó fama por su comportamiento único e iconoclasta.  Llegó a ser más tarde, y para la Generación del 27 en particular, un maestro literario, un ejemplo del artista innovador.

GREGUERIAS

La mujer se limpia con un pañuelito muy chico los grandes dolores y los grandes catarros.

Al abrir un libro recién encuadernado suena como si tuviera un reuma articular.

Lo peor de los médicos es que le miran a uno como si uno no fuera uno mismo.

Los caballeros con gola llevaban la cabeza servida en un frutero.

Vivir es amanecer.

El pez más difícil de pescar el el jabón dentro del baño.

Al caer la estrella se le corre un punto a la media de la noche.  (media= stocking/hose)

Cuando el niño se empeña en que conozcamos el tamaño de su chichón parece que nos presenta orgullosamente el brote del genio.

Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido.

Trueno: caída de un baúl por las escaleras del cielo.

Lor tornillos son clavos peinados con raya en medio.

Las primeras gotas de la tormenta bajan a ver si hay tierra en que aterrizar.

Cuando la mujer pide ensalada de frutas para dos, perfeccionan el pecado original.

Cuando el violinista se presenta con el violín colgado de la mano es como el ginecólogo con el niño que acaba de nacer.

En la manera de matar la colilla contra el cenicero se reconoce a la mujer cruel.

El Coliseo en ruinas es como una taza rota del desayuno de los siglos.

El arco iris es la cinta que se pone la Naturaleza después de haberse lavado la cabeza.

El ciego mueve su blanco bastón como tomando la temperatura de la indiferencia humana.

Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado.

Los grandes reflectores buscan a Dios.

Las violetas son actrices retiradas en el otoño de su vida.

Los que bajan del avión parecen salir del Arca de Noé.

La felicidad consiste en ser un desgraciado que se sienta feliz.

Roncar es tomar ruidosamente sopa de sueño.

Los presos a través de la reja ven la libertad a la parrilla.

Tan impaciente estaba por tomar el taxi, que abrió las dos portezuelas y entró por los dos lados.

Los recuerdos encogen como las camisetas.

Las flores que no huelen son flores mudas.

El que toma el refresco con dos pajas parece que toca la doble flauta de Pan.

Las latas de conserva vacías quedan con la lengua de hojalata fuera.

El único recuerdo retrospectivo que le queda al día es ese ruidito que hace el despertador cuando pasa por la misma hora en que sonó la última vez.

La lechuga es toda enaguas.

Principio de primavera: un niño solo en todo el “tío vivo”.

Lo más difícil de digerir en un banquete es la pata de la mesa que nos ha tocado en suerte.

La escritura china es un cementerio de letras.

La cebra el el animal que luce por fuera su radiografía interior.

Estamos mirando el abismo de la vejez y los niños vienen por detrás y nos empujan.

Lo más aristocrático que tiene la botella de champaña es que no consciente que se la vuelva a poner el tapón.

La faja del nene es la primera venda de la vida.

Los cocodrilos están siempre en pleno concurso de bostezos.

La arrugada corteza de los árboles revela que la Naturaleza es una anciana.

La T es el martillo del abecedario.

El búfalo es el toro jubilado de la prehistoria.

El bebé se saluda a sí mismo dando la mano a su pie.

A las doce las manillas del reloj presentan armas.

Al sentarnos al borde de la cama, somos presidiarios reflexionando en su condena.

Las estrellas trabajan con red.  Por eso no se cae ninguna sobre nuestra cabeza.

Los que juegan al aro corren detrás del reloj sin cifras.

Cuando la mujer se quita una media parece que va a mirarse una herida.

Las gaviotas nacieron de los pañuelos que dicen  !adiós! en los puertos.

Los ceros son los huevos de los que salieron las demás cifras.

Lo peor de los pobres es que no pueden dar dinero.

La noche que acaba de pasar se va al mismo sitio en que está la noche más antigua del mundo.

El Pensador de Rodin es un ajedrecista al que le han quitado la mesa.

Genio: el que vive de nada y no se muere.

Los pinguinos son unos niños que se han escapado de la mesa con el babero puesto.

Los paraquas están de luto por las sombrillas desaparecidas.

Después de usar el dentífrico nos miramos los dientes con gesto de fieras.

La Y es la copa de champaña del alfabeto.

Cuando está el armario abierto, toda la casa bosteza.

El espantapájaros semeja un espía fusilado.

Abrir un paraguas es como dispara contra la lluvia.

El agua se suelta el pelo en las cascadas.

El que pide un vaso de agua en las visitas es un conferenciante fracasado.

Ramon Gomez de La Serna

El ingles en mil palabras

juan jose millas

El inglés en mil palabras
JUAN JOSÉ MILLÁS

Recibo cada día decenas de correos electrónicos no deseados. Así se denominan. Yo preferiría llamarlos correos electrónicos indeseables, pero el porqué del nombre de las cosas constituye un misterio. Estos mensajes, en su mayoría, tienen dos características: vienen en inglés y ofrecen pastillas. ¿Qué clase de inglés? Malo. ¿Qué clase de pastillas? Viagra, Valium, Propecia, Cialis, Soma y Ambien, por este orden. La Viagra y el Valium sabemos para qué sirven. La Propecia, como su nombre indica, es para que te salga el pelo. El Cialis, para tener erecciones como Dios manda. Del Soma no he logrado averiguar nada. En algunas culturas se llama así al elixir de la inmortalidad, de ahí que los dioses necesiten tomarlo todos los días con el desayuno, a veces también con la cena, depende de lo inmortal que quieras ser. El Soma es también un sindicato minero, pero no creo que guarde ninguna relación con el Soma del anuncio. En cuanto al Ambien, se trata de un somnífero. El prospecto te garantiza siete u ocho horas de sueño seguidas. Un chollo. Nadie duerme esas cantidades en la actualidad.

Por lo general, al lado de nombre de cada pastilla, viene un dibujo de la misma. La Viagra parece un platillo volante. El Valium es redondo. La Propecia es hexagonal. El Cialis tiene forma de mejillón y así sucesivamente. También sus colores son distintos. Lo cierto es que da gusto verlas. Tienen algo de pócima milagrosa. De hecho, prometen milagros. Pero lo más llamativo es que viendo esta publicidad da la impresión de que el ser humano, para ser feliz, sólo necesita una erección, una buena mata de pelo y una siesta de ocho horas seguidas. Hay otras cosas en la vida, de acuerdo, pero los vendedores de Internet dan por supuesto que no faltan. O que, si faltan, podemos suplir su carencia con lo que ellos nos ofrecen. A mí todo esto me deja un poco perplejo, como el método de El inglés en mil palabras. O sea, la felicidad en seis pastillas. Tienes que usarlas con cierto orden, porque si tomas un Ambien para dormir, al mismo tiempo que un Cialis para la erección se te puede caer el pelo, lo que te obligaría a aumentar la dosis de Propecia. Todo esto en un inglés muy básico, ya digo. Personalmente, prefiero quedarme como estoy.

Cerebros

manuel vicent

MANUEL VICENT
EL PAÍS

Una serpiente no te va a querer por mucho que la acaricies: su cerebro sólo atiende a la sed, al hambre, al sexo y al sentido de la orientación, que son los instintos primarios de la supervivencia.

En cambio tu perro, apenas te ve, muestra su alegría moviendo el rabo y excitado por el miedo o la rabia ladra a quien no conoce, porque su cerebro ha alcanzado ya la fase evolutiva de las emociones. El sustrato fundamental de las personas antes de llegar al uso de razón está abastecido por esos dos cerebros todavía activos que llevamos incorporados bajo el cortex, donde radica el intelecto: el cerebro ciego del reptil y el llamado límbico de los mamíferos superiores.

Sólo así se explica que un científico de biología molecular se desgañite insultando al árbitro en el fútbol con ladridos de perro y vuelva luego al laboratorio a investigar con paciente sosiego sobre el ADN de la mosca del vinagre; o que un catedrático de lógica matemática se vista de nazareno en Semana Santa y cargue con la peana de la Virgen Dolorosa; o que Jack el Destripador se deshiciera en lágrimas cuando murió su gato.

Sabemos llegar al bar de la esquina porque usamos todavía el cerebro del reptil que fuimos un día; amparamos ferozmente a nuestras crías, adoramos a Dios, amamos a la patria, tememos al poder, defendemos nuestro territorio, nos enamoramos perdidamente, nos emocionamos ante los colores de la bandera o de la camiseta de nuestro equipo, guiados por nuestro cerebro límbico, que sólo libera pasiones más o menos primitivas.

No hay más que ver cómo ladran con furia o mueven el rabo algunos perros en medio de la vida pública, con qué gusto culebrean algunas serpientes entre los conceptos pantanosos de familia, nación, lengua y territorio, excitando los instintos primarios de los ciudadanos, para darse cuenta de que gran parte de la política española, lejos de haberse instalado en el cortex del cerebro, se mueve todavía en la fase preliminar a la razón.

Algo de esto intuía Maquiavelo cuando en sus consejos al Príncipe dijo que hay tres clases de cerebros: el que discierne por sí mismo, el que sólo entiende lo que otros disciernen y el que no discierne ni entiende nada.

Esta tercera clase de cerebro, que Maquiavelo califica de inútil y que puebla infinidad de cráneos, es el que algunos políticos alimentan con conceptos sagrados y viscosos, mediante un juego sucio, para excitarlos y extraer de ellos sólo emociones primarias de mamíferos superiores con el único fin de sacar votos.

¡Al carajo con Frida!

por Luis González de Alba

Compré boletos para ver el estreno en español de la ópera Frida y el día de la función los regalé. Detesto a Frida Kahlo y a su tiempo. No es un odio sin motivos: estoy convencido de que la misma actitud que ha trepado a los altares a una pintora mediocre, obsesionada con su desgracia (¡Dios santo! ¿Por qué no la mató el tranvía?), es la misma que mantiene pobre a México, un país rico en recursos que no tienen ni Corea ni Singapur ni Irlanda: paradigmas de países miserables hace 30 años, que sólo producían oleadas de inmigrantes y hoy son países ricos porque han seguido el camino opuesto al de México.

Vayamos por partes: Frida con sus vestidos de tehuana es el ejemplo de la mujer incapacitada para trabajar en una fábrica, hasta, vaya, para subir en camiones y desplazarse al trabajo; como pintora es ejemplo de invención por el mercado del arte gringo. La época de Frida y Diego es la del nacionalismo barato en el que se cimentaron las políticas que nos atan, todavía, a la pobreza y los defectos que incapacitan al pueblo mexicano. Uno de los peores es su xenofobia: los extranjeros vienen siempre a robarnos, y la prueba es que nomás llegan y se vuelven ricos, dice el taxista sabio. No es su mayor capacidad de trabajo, no son sus mayores conocimientos, hasta su mayor habilidad por lo que pronto prosperan entre un pueblo ensimismado. No, es que se aprovechan de los mexicanosFridaKahloMyNurseAndMe

Ridículo, pero también tengo mi propia xenofobia, a la inversa: veo que, siempre, son hijos de extranjeros, como del alemán señor Kahlo, quienes nos imponen el folklor como único futuro: “Pero ¿por qué queréis despojaros de vuestras tradiciones?” Los extranjeros amantes del folklor y los intelectuales mexicanos ídem, eligen lo más vistoso de las costumbres populares, como los bordados, y no se aplican jamás todo cuanto tienen de opresivo. A los indios les recetan apego a tradiciones que son, en sí mismas, productoras de pobreza, como es la “democracia” directa, a mano alzada, con la que el cacique se eterniza; o las mayordomías que aniquilan cada año la “acumulación originaria del capital”, como la llamó Marx, y la vierten en fiestas lindísimas… para la foto, pero que condenan a los habitantes a seguir sin agua corriente, sin piso de cemento en casa, sin medicina como no sea la del hechicero (maravilloso fotografiado por Gabriel Figueroa). Fotografía incomparablemente mejor una mujer que transporta un hermoso cántaro de agua al hombro que un ama de casa que abre el grifo en la cocina para lavar platos. ¿Cómo puede alguien comparar la belleza de moler en metate al burdo encendido de una licuadora? Dirían quienes prohíben comer hamburguesas en Oaxaca, pero no ven mal que los APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca) quemen un teatro.

Una gran proporción de los mexicanos se cree el cuento gobiernista de que “el petróleo es nuestro” y por eso PEMEX debe irse a Texas cuando abre una refinería con capital privado, y así da empleo a texanos; no logra entender que si el IVA pasa de 15 por ciento a 10 generalizado significa que baja, no que sube. Mexicanos encuestados se oponen a la competencia en la producción de energía, aunque disfrutan de un servicio telefónico que, con ser malo, es inmensamente superior al que nos ofrecía la burocracia cuando los teléfonos eran “nuestros”. Como Frida a su silla de ruedas, siguen asidos a las muletas de la ideología escolar impuesta por los gobiernos desde 1917 porque no se han desembarazado de Frida, Diego, el muralismo y nuestro glorioso pasado… de edad de piedra.

En la escuela nos adoctrinan para asumirnos hijos de los vencidos y no de los vencedores. Y poca gente revisa la doctrina: ¿astronomía maya? Predecían eclipses, pero los atribuían a que una gran serpiente devoraba al sol. No hubo explicación de la naturaleza por la naturaleza misma, base de toda ciencia. Los aztecas eran cazadores-recolectores en pleno 1300, etapa superada por mayas mil años antes y ocho mil antes por chinos. Buena parte de ese odioso adoctrinamiento viene de la época de Frida, en que los sindicatos y otras corporaciones integraron la demoledora maquinaria del gobierno y nos enseñaron asistencialismo, esto es que el gobierno, como la Divina Providencia de endenantes, proveerá a nuestras necesidades.

Y todo eso está destilado en el culto a Frida Kahlo, del que finalmente ella no es culpable: se limitó a pintar mal, autorretratarse obsesivamente y promover a las mexicanas peludas.

Luis González de Alba

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