Un premuerto

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir

Un premuerto
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La pantalla del ordenador, antes de iluminarse, funciona como un espejo oscuro donde aparece el rostro de alguien que está a punto de ponerse a escribir. Ponerse a escribir da miedo, créanme. No importan los años que lleves haciéndolo. Estar a punto de ponerse a escribir es como estar a punto de tirarte por la ventana de un séptimo piso: de un lado lo deseas, para acabar con todo, pero de otro notas cómo el pánico, que tiene una mano grande y vigorosa, en cuyo interior cabe todo el sistema digestivo, comprime tus vísceras. El pánico se concentra ahí, en las vísceras. Entonces abandonas el borde de la ventana y regresas temblando al interior de la habitación. Ese día no morirás. Ese día, como vienes haciendo el resto de tus días, te ducharás, te afeitarás y saldrás a la calle igual que cualquier miércoles. Pero ha ocurrido algo: te has enfrentado a la posibilidad de probar el sabor del vacío. Los demás no percibirán nada. A lo largo de la jornada estrecharás las manos de los que te salgan al paso como un muerto. No como un muerto completo, claro, sino como un premuerto. Serás un premuerto el resto de tu vida.

A veces, antes de que la pantalla del ordenador acabe de encenderse, te retiras de ella para no escribir. Te acaba de venir a la memoria que tienes que arreglar la tapadera de la taza del retrete, lo que implica acercarte a la ferretería para adquirir una bisagra. El dependiente no percibirá que no estás escribiendo. No advertirá que en el último instante te has alejado del ordenador como el suicida de la ventana y que ahora eres un escritor muerto. Caminas como un cadáver por el barrio y a lo mejor te cruzas con el tipo que no se tiró hace un par de horas por la ventana. Quizás al veros os reconozcáis.

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Dos micros de Marti Lelis

Dos micros de Marti Lelis

HISTORIA DE UNA HOJA

Suspendida de una rama, a veinte metros sobre la plaza, la última hoja del árbol, ya rendida a su condición pasajera —marchitos tegumento y nervaduras—, se mece al viento y se desprende. Va dejando al caer —breve navío del viento—, su delicada huella de luz para nadie. En el suelo, en cambio, la hoja revive en la hojarasca; rueda y sucumbe, acaso, al peso de una mujer quien, apenas verla, ha sentido el impulso de pisarla. Entonces, convertida en crujido leve, alcanza el oído atento de la muchacha y se aleja del parque, prendida entre los labios, ya sonrisa que se mece.

LAS TIJERAS

Como el hombre del mono, las tijeras descienden de la dentadura o del simple choque de piedra contra piedra.

Las tijeras son un caso peculiar de cuchillos y navajas: umbilicadas con un tornillo, conspiran contra la unidad de los papeles.

Las tijeras son las piernas flacas y en punta de una bailarina bajo un par de ojos ciegos.
Las tijeras producen ese ruidito que te pone nervioso porque te recuerda que son de la estirpe de la guillotina. A diferencia de ésta, las tijeras mueven las dos hojas, y de ahí su parentesco con las oscuras golondrinas que volverán nuevamente sus nidos a colgar.

Las tijeras convierten a la mano en la crítica feroz de todo tipo de telas, papeles y manuscritos.

Hay tijeras para pasto y para pollo, tijeras para cabello y para hojalata; tijeras para niños y para adultos. Redondeadas o terminadas en punta, las tijeras tienen algo de crucifijo y de gimnasta.

Nada nos prepara lo suficiente para el carácter incisivo de las tijeras. Con las tijeras, en definitiva, hay que cortar.

MARTI LELIS (México, D.F., 4.02.1968)

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La sirena

La sirena  La vi y me quedé boqui-abierto: sin duda era una sirena. Cabellos rojos, rostro de infanta, pechos frondosos y cola de pez. En ese momento sentí que mi sola presencia la aterró, pues se revolvía espantosamente como si quisiera escapar de algo: su torso desnudo y su monstruosa cola emergían y desaparecían a ras de la marea. Su canto, asimismo, se asemejaba más a un lamento que a una entonación melodiosa. La imagen duró apenas unos instantes. Más tarde me enteré que en esa misma playa una mujer fue devorada por un tiburón.

Marcial Fernández

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La casa del pino

La casa del pino  Existe un frío brillante que se da algunos días de invierno. El sol está fuera y se aprecia su tacto, pero el aire helado y la temperatura, que pende de una nube para caer con escándalo, rompen toda la mañana limpia. Desde la casa se ve en la lejanía la Sierra; en días claros como éste uno parece volar por los valles, ríos y tierras que transcurren veloces hasta esa serranía que revienta enorme el horizonte. Así es la mañana; y el niño llega y encuentra a su caballo bregando con la muerte, tumbado y el costillar señalado como en un barco podrido de la marisma. El padre no habla, saca su escopeta y le pega un tiro en la frente tranquila, dura, y suena el eco como cayendo por la finca, tan alta, como rodando hasta el río que yace en la vaguada. El niño mira la casa, mira el enorme pino; todo es paz, la sombra mecida de los almendros se mueve sobre los surcos del terruño arado. Ahora hay silencio y ese sol leve, casi muerto pero luminoso, como si fuera el resto de una explosión lenta. El niño se pregunta todo, nada contesta. Entonces se va al coche y pone la radio, buscando entretener su aliento… Volverá años más tarde a la casa del pino y pensará en su caballo… y en su padre.

Francisco Silvera

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La urna

 Resultado de imagen para antonio luis ginesAl llegar a casa, ella se sienta en su vieja mecedora, y se balancea suavemente. Los cuadros están todos descolgados, las paredes extrañamente desnudas, todos los cajones abiertos, como si alguien los hubiera estado registrando. A la cocina no quiere ni asomarse, pero puede ver, por la puerta abierta, los cubiertos esparcidos, los cajones desordenados, y el viejo mantel rojo abierto sobre el suelo.
Acaba de incinerar a su esposo. Veinte años bajo el mismo techo. Sólo un hijo. Y muchos recuerdos que ahora parecen querer salir todos a la vez. La ceremonia ha sido breve, concisa. Poemas de Keats y música de The Doors de fondo. Mientras recuerda la cronología de lo acaecido, piensa en cada palabra, cada abrazo, la emoción flotando como un viejo duende que atenaza la voz. Trata de relajarse, pese al desorden reinante, pese a lo acontecido en su ausencia. El balanceo es rítmico, suave, mientras los ojos parecen querer cerrarse. Al final de la ceremonia algunos quieren acompañarla a casa, pero ella no deja que eso ocurra. Prefiere estar sola, con sus pensamientos, sus temores, sus ilusiones. Y con la urna de cenizas. Solos de nuevo.
Ella, por primera vez, esboza una ligera sonrisa. En el contestador hay un par de mensajes, el piloto rojo parpadea. Decide pulsar el botón. Escucha indiferente el primero de ellos. El segundo es de una voz que amplía su sonrisa: ¿Nos vemos esta noche, donde siempre, a las nueve? Igual estás demasiado cansada, lo entendería perfectamente.
Ha dejado de mecerse. Se levanta y sube a su habitación. Abre el armario y saca vestidos que apenas se ha puesto. Prendas alegres, de colores vivos, llamativos. Elige uno. Se quita las prendas negras que cubren su cuerpo, y en su desnudez, frente al espejo, comprueba que aún se siente viva, joven. Elige un vestido de color fucsia y blanco y selo pone, hasta que queda ceñido, ajustado a cada curva. Se calza unos zapatos de tacón no muy alto. Mientras termina de acicalarse le entra una duda: la urna con las cenizas. No quiere dejarla sola, aunque tampoco puede llevársela. Sin pensarlo dos veces, en un acto repentino, coge la urna, se la lleva hasta el cuarto de baño y, tras darle un último beso, la vacía en la bañera. Echa un poco de agua hasta que toda la ceniza desaparece, desagüe abajo.
Últimos retoques, y se lanza a la calle. En el primer local que entra, pide una copa. Y entonces no puede dejar de oír un extraño ruido que crece pero que solo ella parece escuchar. Un sonido por las tuberías y bajantes del local, un movimiento inusual, como si alguien tratara de liberarse de los tubos de pvc, como si quisiera, de nuevo, revolverlo todo, hacer daño.

Antonio Luis Ginés

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Tres entradas del diccionario del diablo (parte I)

AMBROSE BIERCE

Academia, s.: Escuela antigua donde se enseñaba moral y filosofía. Escuela moderna donde se enseña el fútbol.

Alba, s.: Momento en que los hombres razonables se van a la cama. Algunos ancianos prefieren levantarse a esa hora, darse una ducha fría, realizar una larga caminata con el estómago vacío y mortificar su carne de otros modos parecidos. Después orgullosamente atribuyen a esas prácticas su robusta salud y su longevidad; cuando lo cierto es que son viejos y vigorosos no a causa de sus costumbres sino a pesar de ellas. Si las personas robustas son las únicas que siguen esta norma es porque las demás murieron al ensayarla.

Amor, s.: Insania temporaria curable mediante el matrimonio, o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal. Esta enfermedad, como las caries y muchas otras, sólo se expande entre las razas civilizadas que viven en condiciones artificiales; las naciones bárbaras, que respiran el aire puro y comen alimentos sencillos, son inmunes a su devastación. A veces es fatal, aunque más frecuentemente para el médico que para el enfermo.

AMBROSE BIERCE (Meigs, Ohio, Estados Unidos, 24.06.1842 – Chihuahua, circa 1914)

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Detrás de una puerta…

Detrás de una puerta…Detrás de una puerta cerrada es posible encontrar los más inverosímiles horrores y también extraordinarias formas de la felicidad. Cuando la puerta se abre, el número de posibilidades, que era infinito, se reduce a uno y entramos, por ejemplo, en un baño (es lo más común) o en nuestro propio dormitorio. Y cómo probar que esa realidad que se alza sólidamente ante nuestros ojos es la misma que nos aguardaba, agazapada, cuando estábamos tan cerca pero fuera de ella, detrás de esa puerta que volveremos a cerrar al salir para permitir una vez más el auge y la decadencia de los innumerables universos.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

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La noche

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Aunque breve, el recorrido por los cementerios de la ciudad de Buenos Aires me ha permitido obtener valiosa información acerca de las costumbres de los difuntos allí residenciados. Han sido, en general, conversaciones con los empleados, sin desdeñar algunos apuntes aportados por los visitantes. Quizá, el material más jugoso lo haya obtenido del sepulturero jubilado Amalio Paladini que, tras más de cincuenta años de ‘laburo’ en La Chacarita, posee un gran caudal de conocimientos y, lo más importante, vende, por unos pocos pesos, el folleto titulado Hábitos y vicios de los cadáveres de los camposantos bonaerenses. De este documento entresaco lo siguiente: “Nadie crea que los cadáveres no tienen exigencias, que abarcan varios pecados como el de la lujuria, la gula y la avaricia (…) prefieren entre todas las bebidas el fernet con coca, las gaseosas y el vino Toro Viejo (…) a veces devienen bien chaludos si, cuando salen a timbear, la diosa fortuna les ha favorecido en los juegos favoritos que son el crapó y el culo sucio (…) no existe diferencia en el trato sexual y muchas muertas presumen de concubinato (…) de las confiterías gustan del sándwich especial de pan francés y jamón cocido.”    

Francisco Ferrer Lerín 

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Pintura de Arquitectura nº Ca Ar-224

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