Canción de cuna de la marea baja

 

Cuando el cigarrillo que han olvidado en el cenicero se consume hasta la boquilla, se cae hacia atrás y rueda por la mesa hasta encallarse en el tapete de terciopelo. Un humillo asciende con trazo perplejo. La ventana abierta cuela el olor a gasoil quemado de la camioneta, enculada hacia la puerta. En el porche aguardan, uno encima de otro, los capazos negros con los escombros. Azulejos rotos, un espejo hecho añicos, ladrillos con pegotes de cemento. A un lado, puesto en pie, el termo eléctrico antiguo. Tuberías retorcidas por el suelo. Las puertas traseras del vehículo en marcha, abiertas. 
No debería estar aquí sentado en esta silla, sino ahí afuera, vigilando el piso franco donde llegan los fardos de lo que luego sale en bolsas. Perfectamente sé que no se puede ser ladrón y policía al mismo tiempo, pero me gusta venir a este comedor en apariencia tan inocente y sentarme a la mesa y esperar a que la vieja que lo habita como tapadera me traiga un café. Tampoco creo que sea cosa de dinero. El dinero llega y se va. Es otra necesidad más íntima. Sin doble vida, sin el filo permanente, sin errores, quién siente vivir. 
Mis sentimientos no se marchitarán nunca, le dijo, y la brisa que soplaba hacia el mar se llevó las palabras. Quiso atraparlas e hizo un gesto rápido, brusco, como el de quien descubre un mosquito al acecho. En ese momento imaginó el jarroncito de vidrio con incrustaciones doradas donde las colocaría, sobre la mesita de noche. Se vio a sí misma cambiándoles el agua cada día para que jamás se amustiaran. Incluso se le pasó por la cabeza la idea de echarles, a diario, una aspirina. Las imaginaba una revolución perpetua. Pero las palabras, literales, ya flotaban sobre las olas. 
Las nubes prietas, grises, torpes —se diría— filtran en el aire sin embargo un fulgor cobrizo, óxido de estatua ecuestre sobre el pedestal de granito. Tanta oscuridad en el cielo parece que agolpe también en la cabeza su hollín pelirrojo y la despeine. Que la atribula, seguro. ¿Dónde habré puesto la navajilla que había dejado sobre estos cabos recogidos? El mar, tozudo como pizarra, encabrita por debajo. Arremete de malas maneras. Desasosiega con la filosofía de un demente. ¿O se quedó en proa esta mañana cuando icé los foques, la navajilla? Con la que escribo mis días. Analfabeto me deja. 
Los libros que casi se sabe de memoria junto a alguno que no ha leído. Los trenes en miniatura que surcan la mesa del comedor. Los carretes perfectamente ordenados con las instantáneas de lugares increíbles. El álbum de sellos que completó con su padre y los que rellena con los viajes. Las figuritas de búho en diferentes culturas y materiales. Los cuadernos de anillas con dibujos de la infancia, cuando algún prodigio prometía. La Leika del 32 que tanto había deseado. Todo lo que hemos sido cabe en la caja de fruta donde lo amontonará el vendedor de los Encantes. 
El visir de Abisinia \ José Ángel Cilleruelo
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Interruptus

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Quisieron hacer el amor apoyados en aquel roble viejo, pero se fueron por las ramas…

Estela Maya

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Teoría del caos

    Cuando se detectó, la epidemia ya había dejado en blanco cientos de libros. Parece que empezó borrando al azar volúmenes de las grandes bibliotecas, luego de colecciones domésticas, librerías de barrio e incluso de alguna gran superficie.
Los investigadores siguieron el rastro de libros enfermos y dieron con la culpable: aquella librera insufrible, con su perfecto plumero siempre al acecho, castigo de los dobladores de solapas y de las manos churretosas, amante de escrupulosas devoluciones a la editorial por cualquier tacha.
Pronto confesó: el rabito de una letra –una a– sobresalía del borde de una página y no pudo contenerse. Como el que desbarata un jersey intentando arrancar un hilo. El texto de todos los libros impresos, hermanado, cruzado de referencias fruto de un diálogo de siglos entre los autores, cedió al descosido y fue derramándose inerte en el suelo de su pequeña librería. Aquel humilde montoncito de letras no abultaba lo que hubieras imaginado. Un par de sacudidas de plumero bastaron para limpiarlo todo.

Rosita Fraguel

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Sortilegio

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Nunca perdí de vista el sortilegio que llevabas como un traje a la medida, como en un cuento de esos, en donde la imaginación estaba a flor de piel, en donde siempre eras tú, risas y llantos, paseos a la orilla de un mar frio y la sangre caliente, lubricando todas las partes de nuestros cuerpos.

JAP

Pintura de la Dra. Isabel Iturralde

Me he puesto a gritar…

 

Me he puesto a gritar en mitad de la calle. Algún transeúnte, después de alarmarse, puso cara de sorpresa y siguió caminando. La rutina urbana de las doce del mediodía continúa inalterable: el barrendero barre, el perro mea, el coche acelera, el policía patrulla… A nadie le importa que a mí no me importe nadie; en eso debe consistir la indiferencia que se cuela por los subterráneos y se pega a la suela de nuestros zapatos con la insistencia de un chicle mascado. Tengo que irme antes de que alguien considere mi protesta un desorden público, tan subversivo como el mal aliento, como el sabor a nicotina o como bostezar en un concierto. Si mañana otro hace lo mismo que yo, si yo mañana hago lo mismo que otro, si unos cuantos gritamos y al menos dimite el gobierno que se apropió indebidamente de la castidad de un lirio, habrá comenzado una revolución insignificante, las únicas que merecen triunfar.

Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas. Ed. Baile del Sol, 2013

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Virgen

   

Pasé a buscarla. Me dijo que era virgen. Fuimos a un hotel. En el momento del éxtasis, juntó sus manos como orando, se elevó y desapareció.

Daniel Bilbao

Ilustración: Cerda. La casa de la Portera

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20 CUENTOS DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ PARA LEER EN LÍNEA

El Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, además de sus grandes novelas ha desarrollado una maravillosa labor en el cuento.

  Su primer cuento, La tercera resignación, fue publicado en 1947 en un periódico liberal de Bogotá llamado El Espectador. Un año después, empezó su trabajo de periodismo para el mismo periódico. Sus primeros trabajos eran todos cuentos publicados en el mismo periódico desde 1947 hasta 1952. Durante estos años publicó un total de quince cuentos.

 

Aquí 20 Cuentos de Gabriel García Márquez para leer en línea.

1-. Ojos de perro azul
2-. La mujer que llegaba a las seis
3-. El ahogado más hermoso del mundo
4-. La viudad de Montiel
5-. Sólo vine a hablar por teléfono
6-. La tercera resignación

7-. Un día de estos
8-. El rastro de tu sangre en la nieve
9-. Diálogo del espejo
10-. El avión de la bella durmiente

11-. Tramontana
12-. Un señor muy viejo con unas alas enormes
13-. Espantos de agosto
14-. El drama del desencantado
15-. La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada
16-. La siesta del martes
17-. Amargura para tres sonámbulos
18-. Rosas artificiales
19-. La prodigiosa tarde de Baltazar
20-. Muerte constante más allá del amor

 

Fuente: Ortografía y Literatura

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Desbocados

 Una sobre otra, las bocas se confunden: abrazan los bordes, los rebosan, derriban el horizonte encendido de sus líneas. Rompen olas sobre las playas de la lengua, se sumergen entre la sed y el océano profundo que las bebe. Los labios encarnan, uno en el otro, prueban la mezcla de sal y de secretos, ríen, acarician la piel adormecida: se desprenden.
Lentamente vuelven a ser boca.

Mónica Sánchez Escuer

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El indudable dramatismo de la lluvia

    En los entierros de la ficción siempre llueve. Llueve en los callejones sórdidos, donde los borrachos dirimen sus diferencias a botellazos. Llueve indefectiblemente tras las violaciones, mientras la víctima alcanza con dificultad el portal de su casa y se encoge llorosa en el segundo peldaño de la escalera. Llueve cuando los personajes se entristecen y miran por las ventanas de sus áticos, añorando algo o a alguien. Cuando no reciben la ansiada llamada, cuando la distancia se hace insalvable. Llueve, por supuesto, en el abrazo doliente de una madre a su hijo, cuando carga con su cuerpo pequeño por el centro exacto de la calle, y llueve sin remisión en el momento definitivo de la muerte.
Si los meteorólogos lo advirtieran, quizá basarían sus predicciones en el ánimo de las personas. Laura ha sido abandonada por su novio y duda si interrumpir el embarazo de su tercer hijo, por lo que se aproxima un frente nuboso a última hora de la tarde. A Martín le han echado hoy del trabajo. Mezcla Tanqueray con cerveza en la barra de un bar de mala muerte (¿acaso la hay de algún otro tipo?), mientras selecciona escrupulosamente las palabras con las que se lo contará a su mujer, de modo que las precipitaciones alcanzarán hoy los seiscientos metros cúbicos en su calle. Manuel está a punto de averiguar que su madre, a la que creía haber perdido cuando sólo era un niño, está recluida en una institución psiquiátrica de la que no podrá salir jamás, por lo que Protección Civil recomienda a la población que no salga de su domicilio ante el riesgo de que la intensidad de las lluvias desborde ríos y pantanos.
Llueve sobre los diagnósticos desfavorables, sobre las despedidas, sobre los abandonos y los descubrimientos trágicos. Llueve sobre las estaciones y los cementerios, sobre las ausencias transitorias y las definitivas. Llueve sobre rupturas y reconciliaciones, sobre la soledad y el miedo; llueve sobre el dolor de las madres, que es tres veces dolor. Llueve, digámoslo ya, por no llorar.
Llueve también ahora que termino estas líneas, y me pregunto qué inevitable tragedia estará a punto de sobrevenir.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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Búffalo Bill

  Le llamaban todos “Búffalo Bill“, por su vestimenta y por su manera de comportarse. Cogió su revólver y disparó al exterior subido a lo alto del muro que circunda el sanatorio psiquiátrico y que da a un huerto. “Un búfalo menos”, dijo enfundando el revólver, y soplando antes para dispersar el humo producido. Fuera, en el exterior, un campesino quedó tendido en el suelo, mientras una mujer lanzaba gritos desgarradores arrodillada a su vera. “Búffalo Bill” contempló el espectáculo y no se inmutó. Minutos más tarde se retiraba. De esta manera no pudo observar cómo el campesino y la mujer se ponían en pie. La pareja estaba ya acostumbrada a estas “actuaciones de Búffalo Bill”. Pertenecían al personal del sanatorio y cobraban un plus que la familia del enajenado pagaba religiosamente.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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