…UN LUGAR CON FUEGO DONDE ASAR (CARTA A LOS REYES MAGOS)

...UN LUGAR CON FUEGO DONDE ASAR (CARTA A LOS REYES MAGOS)

(Foto R. Soria) 

Una chimenea, un río limpio con truchas, un bosque de robles en el que poder perderse, una caña de bambú refundido con su sedal de seda inglesa y unas moscas fabricadas con mis manos, un hijo pescador que me despierte antes del amanecer para salir al agua en marzo, una setas y unas chuletas asándose en el fuego. Apenas nada o casi nada, deseos sencillos.

Me dejan frío los lujos del mercado, los hoteles, los coches de muchos caballos (me siguen gustando los que sólo tienen dos), no entiendo el amor por los relojes, los viajes, los paraísos confortables y lejanos, las casas, la ropa… he ayudado a alimentar esas extrañas ambiciones y sé de sus trampas.

También pediría vino. Ni caro, ni raro, ni famoso, sólo un vino bueno de los que hay tantos hoy para acompañar la chimenea encendida, las chuletas, las setas, el hambre.

Hoy lo tengo casi todo menos la chimenea. El fuego encendido hipnotiza, distrae, ensueña, hace feliz. Las llamas, las brasas, el calor. Miles de años asociando el fuego al abrigo, la protección, el hogar, la comida caliente. Imposible quitarse de encima ese reflejo cultural. Asar al fuego unas setas, unos humildes níscalos y unas pequeñas chuletas de cordero que mojaremos luego en un poco de romesco.

Eso he escrito hoy en mi carta a los Reyes Magos de Oriente que luego he ido a echar a correos. Queridos Reyes Magos, he sido un niño bueno, quisiera pedirles una chimenea, no hace falta que la dejen encendida, ya sé encenderla yo..

No les pedí que aparezcas mañana desnuda y dormida junto a mi. Porque también creo en Papá Noel.

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Un cuento de Navidad

Dickens ofrece la posibilidad de mirar la propia vida desde fuera y actuar en consecuencia

El sueño de Dickens, de Robert Williams Buss.
El sueño de Dickens, de Robert Williams Buss. CHARLES DICKENS MUSEUM / GETTY

 

Pocos escritores han tenido una influencia tan grande sobre los tiempos en los que les tocó vivir y han alcanzado una fama tan universal como Charles Dickens. A sus lecturas públicas acudían multitudes, mientras que sus novelas por entregas disparaban las tiradas de las publicaciones periódicas en las que aparecían. El narrador británico fue un intelectual comprometido, que denunció las injusticias de la Revolución Industrial. Recordamos los principios de sus libros —“Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos”— y seguimos utilizando a sus personajes para describir nuestra realidad. Dickens cobra además una especial importancia por estas fechas porque, tal y como se tituló una película estrenada el año pasado, fue el hombre que inventó la Navidad.

Una de las herencias que había dejado el puritanismo en la sociedad anglosajona era una celebración bastante tibia de estas fiestas. Cuento deNavidad, que Dickens escribió en el otoño de 1843, cambió las cosas. La historia del avaro Ebenezer Scrooge visitado por tres fantasmas durante la Nochebuena, que le hacen salir de la miseria moral en la que vivía, se convirtió en un best seller nada más editarse. Su biógrafo Peter Ackroyd sostiene en Dickens (Edhasa) que es exagerado afirmar que inventó la Navidad, pero reconoce que le dio un tono mucho más festivo e impulsó costumbres como el pavo o las tarjetas de felicitación. “Lo que Dickens hizo fue aderezar aquel día al gusto de sus aspiraciones, querencias y temores”, escribe.

La universalidad de su relato se basa en la idea de ofrecer a alguien la posibilidad de mirar su vida desde fuera y actuar en consecuencia, un tema que retoma Frank Capra en su clásico navideño ¡Qué bello esvivir!, que ha homenajeado Saturday NightLive en un maravilloso sketch en el que un ángel muestra a Trump cómo sería el mundo si no hubiese alcanzado la presidencia. Pero, por encima de todo, para los Scrooge y los pequeños Tim, para los creyentes y los paganos que todavía celebran las Saturnales, para los que se quedan en casa gruñendo y los que congregan multitudes en torno a una mesa, si algo demuestra la historia de Dickens y la Navidad es el poder que la imaginación humana ejerce sobre la realidad y también que la generosidad, la empatía y la solidaridad pueden cambiar la propia vida y, de paso, la de todos.
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La gran ciberestafa

La gran ciberestafa

CreditShonagh Rae

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Punto de inflexión: Cambridge Analytica, una firma de análisis de datos políticos, recolectó información privada de más de 87 millones de perfiles de Facebook sin que la red social alertara a sus usuarios.

Desde hace tiempo, hemos aceptado que para participar en las redes sociales, debemos renunciar a nuestra privacidad. Sacrificamos partes fundamentales de nuestra información personal para poder amplificar nuestra voz, acariciar nuestro ego y conectarnos con una tribu virtual. Puntos de Inflexión pidió a la escritora Maggie Shen King que explorara una distopía en torno a la información, y ella respondió con un relato de ficción.

Sofie no podía comprender por qué hace una semana se habían detenido las ofertas. Su base de datos con 87 millones de registros de Facebook era el arma del siglo. Su caché de información personal hacía que la ciberestafa (spear phishing) pareciera un juego de niños. Una oferta previa debía haber acabado con su subasta incluso antes de que empezara.

Echó un vistazo a la cuenta regresiva en su reloj: 5 minutos y 39 segundos. Las subastas, todos lo saben, se resuelven en los últimos segundos. No tenía duda alguna de que había atraído a los asistentes adecuados a su fiesta, así que ¿por qué las ofertas se habían atascado a la mitad de donde debían estar?

Tenía el estómago revuelto. Se pellizcó la muñeca y contuvo el aliento.

Eran sus registros. Fue lo suficientemente hábil para tomarlos antes de que explotara Cambridge Analytica y la dejaran en la calle. Lo que hacía no se diferenciaba de lo que su empleador había hecho con Facebook y de lo que Facebook había hecho con sus usuarios. Además, si esos usuarios no hubieran valorado las reconexiones fortuitas con sus exnovios del bachillerato, las caricias al ego que les brindaba presumir sus vacaciones costosas y a sus hijos prodigios, así como el foro público para sermonear a sus funcionarios electos, no habrían puesto su información privada ahí.

Los usuarios de Facebook entendieron que debían renunciar a una parte de ellos mismos para tener conexiones sencillas y el tan codiciado primer plano.

La gran ciberestafa

Binary code from a computer screen is reflected in a woman’s eye. CreditLeon Neal/Agence France-Presse — Getty Images

Sofie se arrancó un padrastro con los dientes. Se había convertido en su padre. Había despreciado los cubiles de póquer y la operación de corredor de apuestas que manejaba su progenitor, había firmado un montón de préstamos universitarios y había declarado su independencia. Sin embargo, después de que Cambridge Analytica la echó sin darle ni una palabra de ánimo ni su último cheque, por fin comprendió que el dinero compraba la dignidad. Sin dignidad, ella no era nada.

Regresó al sitio de su subasta en la red oscura. Todavía nada. El precio de reserva había logrado que se asomaran las cuatro ballenas. ¿Sería una señal de debilidad o, aún peor, de desesperación si les enviaba un recordatorio? No, ella estaba a cargo, y lo iba a demostrar con un último empuje, un mensaje punzante, algo parecido a “Hazlo o pierde para siempre”. Ante todo, sus postores no podían tolerar perder. Tampoco podían darse el lujo de hacerlo.

Comenzó con Saeed, su contacto iraní. Una ciberestafa microfocalizada sería mucho más potente que la inyección de SQL y los ataques de denegación de servicio (DDOS) que habían usado para inutilizar los sitios bancarios de Estados Unidos. Su base de datos les iba a dar una serie de puntos de entrada para que su programa maligno desmantelara los yacimientos de petróleo saudita.

Salâam alaikum. Nuestra subasta termina en cuatro minutos. Aquí entre nos, los chinos se decidieron por ofrecer mil millones. Prefiero que ustedes ganen Y QUE se lo restrieguen a los infieles estadounidenses pagándome con el dinero que les han dado por los rescates de rehenes. ¿Permitirán que sus sanciones paralizantes y la destrucción que hicieron los israelíes de sus invaluables centrífugas queden impunes?”.

Se quedó esperando una respuesta, pero solo escuchaba el latir de su corazón. Siguió con Pak, su conexión norcoreana. Su Buró de Reconocimiento General se componía de al menos cinco mil hackers y expertos en lanzar ciberataques con fuerza bruta. El ataque de Sony Pictures por haber caricaturizado a su líder supremo había devastado a la empresa. Con la base de datos de Sofie, podían atacar más instituciones financieras y agencias militares, mantenerse en la escena mundial y financiar su débil economía al mismo tiempo.

정식여보세요. Oferta de 1000 millones de dólares de sus vecinos. Demuestren a sus rivales que no son el hazmerreír de nadie. ¡Larga vida a la fortaleza, imprevisibilidad e ingenio de Corea del Norte!”.

Su computadora portátil sonó. Apretó el puño: acababan de abrir sus dos mensajes.

Tres minutos y contando. Sofie siguió adelante y consideró la mejor manera de exasperar a Misha. Era el representante de una coalición que incluía al gobierno ruso, a oligarcas acaudalados y a bandas criminales. ¿Sería buena idea enfatizar la posible ganancia financiera de emparejar su base de datos con el arsenal inmenso de información de tarjetas de crédito que ya había amasado su mafia? ¿La oportunidad de perturbar las infraestructuras militares, eléctricas y bancarias de Occidente? ¿La capacidad de desinformar, dividir y dar una nueva forma a las opiniones de Occidente? Se arriesgó a lo grande.

Приве́т. Está terminando la subasta del arma del siglo. Los chinos han hecho una oferta tremenda. Estoy obligada a aceptar, pero, a ver, yo pongo las reglas. Preferiría que mi base de datos se usara para cambiar elecciones y chantajear a los políticos hipócritas y santurrones de Estados Unidos. Y a los británicos lambiscones y aduladores. Y a las ratas alemanas. Les quedan 90 segundos para ganar la subasta”.

La gran ciberestafa

La sede en Moscú de Kaspersky Lab, una firma rusa de ciberseguridadCreditKirill Kudryavtsev/Agence France-Presse — Getty Images

Con menos de dos minutos restantes, consideró ignorar a Lao Da. Los chinos la habían irritado con dos ofertas de “ejecución inmediata” tan bajas que resultaban insultantes y posteriores amenazas de retirarse. No obstante, habían regresado, los muy descarados. Tenían más recursos que todos los otros postores juntos y no les interesaba usar la ciberestafa para obtener ganancias insignificantes. Si combinaban la base de datos de Sofie con los veintidós millones de archivos que tenían de la Oficina de Administración de Personal de Estados Unidos, podrían robar propiedades intelectuales y secretos militares a voluntad para sus operaciones industriales controladas por el Estado.

“Los rusos vinieron a jugar con unos mil millones. ¿¿¿Pueden mejorar la oferta??? Tienen treinta segundos para ingresar su oferta final”.

Mientras veía cómo la cuenta regresiva se iba a agotando, Sofie presionó sobre uno de sus muslos la punta de la pluma Montblanc de la suerte de su padre, la que apartaba para su segundo grupo de apuestas. Sonrió de imaginárselo volteando su apartamento de cabeza para buscarla y lanzándole vituperios.

Cuando el cronómetro marcaba 00:30, su buzón de mensajes comenzó a repicar. Tenía razón. Las subastas se cerraban en los últimos segundos. Se le aflojó el cuerpo de alivio.

Las ofertas finales: 525 millones, 530 millones, 505 millones y 509 millones.

Los muy bastardos estaban coludidos. No solo desestimaron su amenaza de los mil millones de dólares, sino que lo cerrado de sus ofertas era obsceno. Alguien había desbloqueado la seguridad de capas múltiples de última generación que tenía su sitio y había contactado a sus rivales. Por supuesto que lo habían hecho. Estaba ante los mejores ciberatacantes del mundo. Sofie se golpeó la cabeza con rabia.

La gran ciberestafa

Maggie Shen KingCreditConnie Tamaddon

Debía invalidar la subasta y comenzar de nuevo. La idea la deprimió. Le había tomado casi un año disfrazar su identidad, montar el sitio, correr la voz, investigar a todos los actores y crear un proceso de verificación impenetrable. Además, partes de sus registros de datos tenían límite de tiempo.

Gracias a una confabulación, todos iban a tener su base de datos, así que ¿por qué no deberían pagar todos el precio que estableció? Habían invalidado la subasta. Estaba comenzando otro juego.

Sofie torció la comisura del labio hacia arriba mientras escribía el mensaje. Felicitó a todos los jugadores por haber ganado la subasta con la oferta que habían presentado y envió una ficha de acceso de OAuth —con una duración de tan solo un minuto— que desbloquearía los códigos de encriptado en su base de datos cuando se transfirieran los fondos. De una u otra manera, iba a tener sus 1000 millones de dólares.

Dos micros de Patricia Nasello

Patricia Nasello

OBSERVANDO LA TRAMA

Por orden del rey se ha construido un laberinto para encerrar al Minotauro.

—Tenemos bajo control al enemigo —anuncia el pregón.

Me pregunto cómo surgió una bestia semejante.

A qué clase de individuo le convendría su desarrollo, alguna vez fue cachorro, alguien tuvo que alimentarlo.

Qué pasa si su majestad es un imbécil que trata con constructores mediocres, y el enemigo se descontrola, se escapa.

Y qué si el minotauro no existe. Si el monarca lo inventó para distraer la atención de la plebe, encubriendo un peligro mayor. Del que debería estar cuidándome.

ENEMIGOS

Atraviesan una espada en su vientre, el herido se arrastra, lo miran reptar.

Uno de ellos se impacienta, alza el arma.

—Todavía no —protestan los otros—, que sufra un rato más. Nos debe demasiadas.

El tiro es certero y la muerte, instantánea.

Quien disparó hace bromas procaces y ríe histéricamente. Sus carcajadas se pierden bajo el ruido escandaloso que provocan los otros victimarios, que ahora luchan entre sí; todos creen tener preeminencia para hurgar dentro del cadáver.

Muerto el hombre lobo, no es de extrañar que se maten entre ellos por una bala de plata.

 

PATRICIA NASELLO (Córdoba, Argentina, 28.09.59). Del libro NOSOTROS SOMOS ETERNOS, Editorial Libros al Albur, Sevilla 2015.

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Provocación ilusoria de un accidente mortal

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Como se dice (y es verdad) todo sucede muy rápido. El tiempo pierde sufluir monótono: en décimas de segundo se comprime una vida. Unos centímetros deciden entre el susto o el impacto fatal. Se desquician los ejes de la rutina, ¡oh instante de suprema lucidez! En el amor y en la violencia el corazón late muy fuerte. ¿Qué sabor singular tendrá la muerte? Ese sabor que no se niega a nadie.
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EL POZO

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Hacía tres minutos que cavaba en la arena cuando el pozo le tragó la palita. Desconcertado, el chico miró a la madre. La mujer lo vio hundirse, corrió, alcanzó a tomarle las manos aterrada, y se hundió con él. Los otros bañistas aún no habían reaccionado y el pozo ya devoraba una sombrilla. Se miraron con estupor, vieron que ellos mismos convergían hacia allí, y por un instinto soterrado desde siempre que se acababa de revelar, intuyeron que no podían salvarse. Era tan natural como el ocaso: el mundo se revertía. Muchos trataron de huir, despacio, con la misma aprensión sin esperanza de los animales que buscan esconderse de la tormenta. Pero la arena se deslizaba más rápido y todos terminaron cayendo mansamente. A su turno, se derrumbaron en el pozo casas, ciudades, montañas. Del mismo modo que la mano invisible da vuelta la manga de una camisa, una fuerza poderosa arrastraba hacia dentro la piel del mundo poniéndolo del revés. Y cuando los últimos retazos desflecados de mares y tierras fueron engullidos, el pozo se consumió a sí mismo. No dejó siquiera un hueco fugaz en el espacio, tan sólo quedó el vacío, homogéneo y silencioso, la inapelable evidencia de que el mundo había sido el revés de la nada.

RAÚL BRASCA (Buenos Aires, 1948)

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Cinco microrrelatos de amor

Cinco microrrelatos de amor

CreditBrian Rea

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Cosas que mis citas de Tinder me ofrecieron

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Cinco microrrelatos de amor

Las repisas que me ayudó a instalar un chico con el que salí. CreditSarah Morris

Algunas de las cosas que me ofrecieron mis citas de Tinder (aparte de sexo) fueron: frascos de mermelada, ayuda con la colocación de repisas, llevarme al aeropuerto, un helado con cacahuates para la resaca, atajos por todo Durham, visitas a Costco, el teléfono de un comisionado de planeación, una consulta médica, una visita a la exposición de Georgia O’Keeffe, solidaridad, pan casero de calabaza, historias acerca de sus madres, los mejores lugares para nadar y abrazos largos que no pasan de eso. Yo pensé que las citas en línea se basaban en una necesidad física, pero en lugar de eso he tenido muchas experiencias de intimidad en pequeñas dosis. Que también se relacionan con la necesidad. Casi con el amor.

Sarah Morris

No envíes desnudos

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Cinco microrrelatos de amor

Completamente vestidos en el sur de Filadelfia

Nosotros éramos moderadores de contenido en línea que borraban fotografías con desnudos. Todo el día navegábamos entre miles de fotografías y mensajes reportados como inapropiados en una aplicación para citas. Nos sentábamos cerca, pero nuestra oficina tenía una regla estricta de no conversar, así que nuestra relación comenzó en silencio mientras nos enviábamos por Gchat algunas cosas graciosas que encontrábamos. Esto derivó en más mensajes hasta que un día nos cansamos de hablar de desnudos y decidimos vernos desnudos el uno al otro.

Kristine Murawski

En busca del amor propio

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Cinco microrrelatos de amor

Camino a casa

A lo largo de mis batallas con el trastorno obsesivo compulsivo, mis padres, mis novios y gente famosa de las redes sociales me han enviado a una búsqueda frenética y casi siempre infructuosa del amor propio. He intentado exudar amor propio en sus diversas formas: una fotografía perfecta en Instagram, un calendario rebosante de actividades sociales, una sonrisa forzada en la oficina. Sin embargo, estas expresiones externas no son suficiente en los silenciosos momentos en que la preocupación y la duda me asaltan. Cuando todo parece perdido durante los solitarios viajes en tren de vuelta a casa, mi mayor triunfo consiste en encontrar el valor de murmurar: “No pasa nada. Te ayudaré a superar esto. Te amo”, y abordar el tren de nuevo.

M. C. Connors

Una señal inesperada

Cinco microrrelatos de amor

El profético pañalero de cangrejo

Tenía 30 años y sabía que no podía tener un bebé. Un día, mientras acompañaba a una amiga embarazada a ir de compras, me fascinó un pañalero a rayas con un cangrejo cosido en la parte trasera. Le dije que, si algún día tenía un hijo, me gustaría que lo usara. Ocho días más tarde, fui a la iglesia y vi a un niño acurrucado en los brazos de su abuela. El bebé vestía ese mismo pañalero. Al final del servicio de ese día, el reverendo anunció que el bebé necesitaba un hogar de inmediato. Dos días después, se mudó conmigo. Ahora tiene 5 años y es mi hijo.

Sarah Mouracade

Le dije: ‘Te amo’; respondió: ‘Gracias’

Cinco microrrelatos de amor

Juntos en mi hamaca

Nos encontrábamos en mi hamaca cuando miré los calcetines que traía puestos, unos que él me había prestado, y le dije las palabras que me atemorizaba tanto pronunciar: “Te amo”. La hamaca se mecía, los grillos cantaban. “Gracias, pero yo todavía no te amo”, dijo. Señaló mis pies. “Esos no me quedan. ¿Los quieres?”. Sentí como si la hamaca se hubiera volcado y me hubiera lanzado con violencia; no me amaba, aquí terminaba todo. Pero años más tarde, seguimos recostándonos en mi hamaca y yo sigo poniéndome esos calcetines. Tenía razón: son demasiado pequeños para sus pies.

Madeleine Fawcett

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SOPA DE LUJO EN LA COMUNA

SOPA DE LUJO EN LA COMUNA

1871. Wilhelm, el padre de Isak Dinesen estuvo en esos días por París. Fue tratado con cortesía y pudo ver cómo la “república universal” podía ser un hecho. Luego Karen convertirá en heroina huida a una cocinera del “Café Anglais” en su cuento “el festín de Babette”. ¿20.000, 50.000 muertos por los bombardeos y represión posterior? La Comuna de París y sobre todo los hechos sociales asombrosos que allí se inauguraron asombraron a Marx, hicieron temblar a la burguesía republicana y sobre todo a los tipos que estaban inventando y construyendo todos esos nacionalismos incipientes que hoy nos encierran. La Comuna sería luego mal historiografiada, vilipendiada, fabulada y utilizada a su interés por los apologetas del socialismo real. Pero de toda aquella palabrería podemos rescatar tres hechos cristalinos: la quema de la guillotina en la plaza de Voltaire para simbolizar que no debía de haber jamás conexión entre revolución y cadalso. La destrucción de la columna de Vendône construida para glorificar el imperialismo napoleónico y que fue derribada para condenar la guerra entre los pueblos y para demostrar la fraternidad internacional. Y la creación de la “Unión de Mujeres para la Defensa de París” que comenzó a reorganizar el trabajo femenino y a luchar por el fin de la desigualdad económica basada en el género.

Así que en memoria de aquellos comuneros y comuneras voy a hacer una sopa de tortuga verdadera, como la que preparó la cocinera de Isak Dinesen, pero sin tortuga, porque las tortugas se extinguen y no precisamente porque nos las comamos sino porque ellas se comen los plásticos creyendo que son medusas y mueren, porque se enganchan en los miles de millones de anzuelos de los palangres y mueren, porque en las playas donde desovaban hay ahora sombrillas y hoteles todo incluído.

Doro en el horno unos huesos de pollo, huesos de conejo, hueso de rodilla de ternera, un trozo de carne de falda y unas costillas de cerdo, media cabeza de cordero y una cebolla troceada. Coloco estos despojos en la olla. En la bandeja de horno en la que se han tostado echo una copa de vino blanco para que se haga caldillo la sustancia repegada al fondo. Añado también al agua una hoja de laurel, dos trozos de hueso de jamón ibérico, dos pechugas de pollo, tres zanahorias, una rama de apio y un puerro. Cuece que cuece a fuego lento dos horitas y entonces añadimos un diente de ajo grande muy machacado, una copa de jerez seco, el zumo de una cebolla, pimienta y azafrán tostado, otro cuatro de hora de cocción, enfrío, desgraso y cuelo muy bien el caldo, lo vuelvo a calentar, corrijo la sal y pico un huevo duro y las pechugas cocidas para echar un poquito de esta picada en cada cuenco junto a una yema de huevo desleída en un poco de caldo templado.

Sopa caliente para vivir, solo sabor, la sopa, el caldo, alimenta poco pero llena el alma con el calor del fuego que domesticamos hace miles de años. Ellas, las tortugas,  llevan mucho más volando dentro del mar.
SOPA DE LUJO EN LA COMUNA

(La receta está en el libro de María Antonieta Reyes Gavilán y Moenck editado en el 1925 en La Habana)

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Dos breves de Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

EL PUÑAL

En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

UN SUEÑO

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

JORGE LUIS BORGES (Buenos Aires, 24.08.1899 – Ginebra, 14.06.1986)

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Tres microrrelatos con animales

Alvaro Yunque

EJEMPLO

La serpiente al caballo que acaba de resbalar:
-Aprende de mí. ¡Yo nunca me he caído!

EL ESPANTAJO

El agricultor, desesperado ya de que sus sementeras fuesen devastadas por los voraces gorriones, clavó un espantajo. Al viento los brazos extendidos, como si siempre estuviera dispuesto a atrapar los intrusos, el espantajo ahuyentó a los atrevidos gorriones.

Una mañana un gorrión ciego que apenas volaba, saltando a la ventura, se posó en uno de esos temibles extendidos brazos que tanto espantaban a los demás gorriones. Y desde aquella mañana, los gorriones, perdido el miedo al espantajo, volvieron a devorar las sementeras.

Esto puede enseñar por qué se respeta a una tradición, y quién puede ser valiente y capaz de violarla por primera vez.

LA OBRA MAESTRA

El mono tomó un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una sierra, lo dejó allí, y cuando bajó al llano, explicó a los demás animales:

-¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice yo.

Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el cóndor, porque el cóndor era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello sólo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos lo que había visto, pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que camina no creer al que vuela.

ÁLVARO YUNQUE (La Plata, 20.06.1889 – Tandil, 8.01.1982).

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