HUEVOS EN PURÉ DE BOLETUS Y GAMBAS TEMPLADAS

HUEVOS EN PURÉ DE BOLETUS Y GAMBAS TEMPLADAS

Aquel lugar diminuto, más guarida que casa. Tan solo una ventana en el techo para mirar la ciudad, dejar salir al humo del tabaco, dejar entrar el frío muchas veces, tras enterraros bajo el edredón, protegidos de la invisible intemperie que aguardaba allí fuera con paciencia de fiera. Entonces descubriste la maravilla de poder cocinar sobre un taburete alto de madera rescatado en la calle y un infiernillo eléctrico que hoy tal vez se exponga en un museo. Huevos escalfados sobre puré de setas de los bosques de Maine y luego esas grandes gambas azules y dulces, apenas templadas en dos vueltas de sartén, que os regalaba con complicidad de Celestina o de Cupida la tipa de la pescadería de Chinatow. Hoy suena como un eco: Disfruta que pasa rápido, mastica despacio para que no olvides, calienta al fuego vivo el hierro y márcate los días para que al menos te quede una fea cicatriz o un extraño tatuaje de lo que eras entonces, de lo que sentías por ella, de lo que a veces vivimos con facilidad y luego ya nunca.

Atrévete. Míralos de nuevo, no les preocupa nada, ni siquiera el tiempo latiendo tan deprisa, la destrucción de todo que ni sospechan. Comen sin cubiertos, rompiendo la yema del huevo con la corteza del pan, rebañando los últimos pedazos de la baguette, utilizando los dedos para regalarse el uno al otro las últimas briznas de sabor o de salsa. Luego se cuentan de nuevo la vida de antes de ser ellos, esa pasión tan rara por explicar, nombrar, susurrar otra vez lo que desean y nunca hicieron o más silencio largo sin que pinche o corte o duela. Siente su hambre, mira por el brillo que tienen en los ojos todavía, siente la fuerza incansable que parece quemarles dentro y desafía al frío atroz que siempre hace en la calle. Ocurrió, lo sabes, aunque hoy sólo lo malfabules aquí. Por eso antes has salido al bosque de robles cercano al pueblo y has  cazado unos boletus, cocinado luego dos huevos, hecho la mouse perfumada que aprendiste allí, templado unas gambas congeladas de dios sabe qué mar y estás saboreando despacio este platillo. Luego hablaste con el hijo, ahora tan lejos en su vida. Has pensado decirle, hoy que no sabes si fue ella o tú quién lo cosió a una voz: Disfruta que pasa rápido, mastica despacio para que no olvides, calienta al fuego vivo el hierro y márcate los días para que al menos te quede una fea cicatriz o un extraño tatuaje de lo que eras entonces, de lo que sentías por ella, de lo que a veces vivimos con facilidad y luego nunca.

HUEVOS EN PURÉ DE BOLETUS Y GAMBAS TEMPLADAS
Foto de Saul Leiter 1951

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CABALLAS Y PERFUMES

CABALLAS Y PERFUMES

(Foto de K. Widmanska)

Aunque no recuerde muchos nombres y caras no creo que olvide los sabores. Los sabores se hincan como un clavo oxidado en madera mojada y luego son difíciles de sacar, penetran en la pulpa y quedan medio fundidos con la madera. Igual los sabores, su recuerdo no es que sea un recuerdo es que son la memoria misma y la carne donde vive esa memoria. Entonces tú me cuentas: A mi padre le gustaban las caballas asadas sobre brasas gordas en las que luego mi madre echaba poco a poco ramas de romero cuyo humo perfumaba la carne grasa del pescado y cuando estaban apenas hechas añadía un poco de sal gris y un chorro de limón. Y ese olor es el olor feliz que tengo de mi padre. Dulce, salado, ácido, ahumado es el olor más antiguo que tengo en mi cabeza. Creo que tengo muchos más olores felices que recuerdos felices. Me miras, me besas y sigues contándome. También tengo un olor feliz reciente y que espero que ese olor me acompañe hasta que sea vieja. Es olor de un novio que tuve hace tres o cuatro años. Un noviete de verano de esos en los que no pones mucho amor, deseo el justo, pero que son encuentros ligeros, intensos, dulces y divertidos. Tampoco era ningún artista del follisqueo y se quedaba dormido algunas veces en medio de la faena. Pero era entonces cuando más me gustaba. Su respiración tranquila, su cuerpo recién sudado, mi propio olor en su cuerpo, su sexo, su boca. Cerraba los ojos y acercaba mi nariz a todos sus rincones y a veces mi lengua para descubrir si el sabor era distinto a ese ¿perfume?. Pero él no usaba ninguna colonia, ni perfume. Salíamos del mar, nos secábamos con los últimos rayos de sol de la tarde y subíamos por las rocas de la cala hasta alguna duna suave que solo tuviera leves cicatrices de los escarabajos. Allí extendía él una manta grande, vieja y gruesa del color pardo de la arena, bajo la sombra, ya la penumbra, de algún esparto y follábamos con ganas. Pero yo esperaba a que terminase, se fumase un cigarro de liar y se quedase dormido, abandonado a mi vigilancia para olerle con intenso placer. He guardado ese olor en mi memoria muchas tardes. Qué rico. Y era su olor lo que me excitaba tanto que a veces le despertaba con brusquedad y hasta violencia para seguir follando y alimentándome del olor de su piel sudada, sus ingles, sus axilas, su pelo. Ese olor es también un olor feliz que no olvidaré jamás. Con él descubrí que hay gente que no huele bien y a esa ni te acercas, casi por instinto; hay gente que huele neutra y de esa está más o menos el mundo lleno; y hay gente cuyo olor se nos clava en el cerebro, en no sé qué lugar sensible y esponjoso y nos llena de placer simplemente eso, su olor, invisible.

Preparo unas copas de ginebra, martini seco, un pepinillo y vuelvo a tu lado. Me asombran tus palabras y el color de tus ojos: Color de algas vivas, de musgo en invierno, de bosques de robles en abril. Eso escribió de mi un amigo al que hacer muchos años que no veo. A él si le amé. También me gustaba su olor. Pero no quiso estar conmigo. Muchos años me pregunté porqué, aún me lo pregunto. Sé que el también me amaba. Y sin embargo…

Se quedan tus palabras flotando. Qué imbécil aquel tipo que no se fue contigo. He comprado caballas. Abiertas en dos mitades las he tenido macerando en aceite, limón, sal, menta, tomillo, cáscara de naranja durante una hora. Las aso ahora al fuego y el humo de su grasa cuando cae en las brasas se va con la brisa hacia el mar. Que imbécil aquel tipo por dejarte. Me gusta que me hables de tus amores. Ellos no están ahora contigo. Y yo sí.

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PAELLA Y TORMENTA

PAELLA Y TORMENTA

Hice el sábado un arroz en paella con boletus secos y todas las verduras que nos regaló el verano. La paella no  tiene ningún misterio más que seguir las proporciones y los tiempos y ni siquiera eso. Saboreaba los granos del arroz mientras la tarde se iba llenado de perezosas nubes de tormenta y me sentía muy a gusto en silencio, arropado por las alabanzas de los amigos y su interés por el socarrat. Degustando el frescor de la cerveza fría y el secreto de cierto pequeño éxito personal que no quise anunciar.

La paella en el campo tiene esa virtud, la de hacernos recordar, o descubrir de nuevo, que lo más valioso de la vida y lo que más feliz nos hará al recuperarlo luego de la memoria son esos días compartidos con lentitud y amigos, ofreciendo alimentos sencillos y cerveza helada en abundancia, sin justificaciones, ni obligaciones, ni prisas, sin necesitar demostrar nada, ni hablar de más.

Frente al resto de los hombres, yo hago la paella sin ceremonia ni rito, sin sentir que soy maestro de nada, sin guardar ningún secreto, ni impartir lección alguna (porque así me lo enseñaron las mujeres, Ángela, Magdalena, Sara, Emilia, Susana…), las paellas se hacen solas más o menos y uno está allí sólo para contemplar cómo el arroz seco y soso se convierte en manjar y en alimento sin que el cocinero haga otra cosa que remover un poco el sofrito, medir sin mucha precisión caldos y semillas, enredar o jugar con el fuego y luego esperar unos veinte minutos a que el arroz pierda su alma resistente y se llene de los sabores íntimos del verano que concentran en sus colores las verduras. Otros hacen o quieren hacer de cocinar una paella una lección de magia y poderío, de cocinismo y ciencia. Pura filfa, puro teatro del absurdo que sólo sobrecoge y es admirable para quién no tiene ni idea del asunto o no vio hacer la paella a una mujer.

Sólo me faltó amasar en el mortero un ali-oli, pero nadie se dio cuenta de este fallo.

Llegó luego la noche y la tormenta. Cada chispa de luz y cada trueno, cada bocanada de ozono y de agua gorda me limpiaba de ceniza la memoria y dejaba brillantes los tesoros de la memoria de todos sin saberlo.

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ALCACHOFAS EN FLOR

ALCACHOFAS EN FLOR

La cocina, el sexo, la lectura, una conversación lenta a pie, un buen vino compartido despacio. Habitar el placer en la piel de un río, una salsa, una amante, una día limpio de citas, ritos o tareas. El placer… tan difícil de vivir en libertad, con intensidad, enredado en una sonrisa, agotándonos sin prisa, distancia u objetivo. Tan difícil de tocar, derrochar, sentir cuando no hay nada más que desnudez, palabras, dedos buscando entre los cuerpos el zumo de la vida.

Debería ser asignatura, aprendizaje, tiempo dedicado… aprender a amar y a cocinar, ciencias del secreto de la felicidad.

Carpaccio de alcachofas. Sus corazones crudos cortados muy, muy finos y macerados en aceite, sal y un poco de limón y casi nada de azúcar por unas horas. Por encima gotas de un puré de anchoas y piñones y de adorno otras gotas de puré de berros con un poco de vinagre viejo de jerez. Lluvia salada, amarga, ácida y rica. Sencillez ante todo, igual que el deseo, dejarse tocar a ciegas con esa confianza que da la desnudez a dos durante muchas horas, sin contarlas. Eso imagino.

No hablo de amor, ni de alta cocina, pienso en la ternura, la complicidad, el deseo, la sabiduría sencilla de un carpaccio de alcachofas, de cómo se acarician dos amantes que no quieren llegar a ningún sitio, a los que sólo mueve el placer de sentirse sin más, con sorpresa y hambre. Las alcachofas frescas, intensas, crujientes, saben a lo que sabe un día de primavera en el que descubrimos que sexo y cocina son placeres que no requieren riqueza, ni exotismo, ni lujo, basta con desear y saber hacer, basta con tener un mucho de tiempo, un poco de hambre.

ALCACHOFAS EN FLOR

(Odalisca en mi patio. Fotografía de Alberto García-Alix)

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NI CARNE NI PESCADO

NI CARNE NI PESCADO
(Ilustración de Irma Gruenholz)

Los cocineros no se ponen de acuerdo que carne de mar es la mejor. Los viejos más caníbales opinan en silencio que nada puede compararse a la carne de ballena. Otros escribieron que los grandes y sabios meros del mediterráneo, más grandes que un hombre grande, más sabios que un hombre sabio, tienen una carne incomparable. En cambio otros podrían matar por el lomo rojo, tierno y crudo de un gran atún de almadraba. Luego, la mayoría, discute sobre el rape, los congrios, las lubinas, los rodaballos salvajes y los cientos de peces extraños que el hombre se ha atrevido a guisar desde el principio de los tiempos.

Yo prefiero la carne de sirena, más no para comer, sino para devorar despacio. La carne de sirena, si la sirena sonríe, si chilla y nombra con palabras nunca oídas los paisajes y secretos que esconden los abismos, es el mejor bocado para quién cree que el mar nos alimenta, nos cuida y nos hizo humanos.

Los cocineros limpian de espinas, piel o vísceras sus preciados pescados aunque la médula del atún, el hígado de rape, las huevas de bacalao o la lengua de ballena suscita oscuras pasiones en los paladares más exigentes. En cambio la carne de sirena, con sus escamas, espinas, vísceras misteriosas y piel de algas apenas es apreciada. Pero para mi, una sirena recién salida del Mediterráneo o del Caribe, cansada de nadar, perfumada con su sudor de espuma y sus cabellos sueltos es de verdad exquisita. Yo me alimento de sirena aunque lo llevo en secreto. No puedo contar a nadie que mis dientes, mi paladar y mi memoria no aceptan ya otra carne de mar que no sea la de cierta sirena que se atrevió conmigo a probar, ella también, la carne enjuta de un hombre de tierra adentro. Pero como hace días que ella no se acerca a estos arrecifes he pescado una merluza. 

Sobre su lomo limpio he extendido un puré de espárragos fritos y mantequilla y he encerrado esa traslúcida carne en el horno fuerte cinco minutos. Después he colocado esta carne, apenas hecha pero caliente, sobre una vinagreta batida y simple de tomate triturado vinagre de jerez (muy poco), aceite, sal, pimienta y huevas de erizo (esta vez de lata). No es carne de sirena, pero tenía hambre.

NI CARNE NI PESCADO

(dibujo de Ana Miralles)

Los de aquí somos muy piscívoros. Pocos seres del mar se libran de ser comidos en nuestras costas, aunque sean bichos feos como el cohombro o el percebe, el rapé o el congrio. No se libran de nuestro paladar ni las medusas y ni las sirenas. Me muero ahora por unas hortiguillas fritas o un lomo de sirena en su salsa. La carne es débil.

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GAMBONES ASADOS PARA TESS

GAMBONES ASADOS PARA TESS

Habías comprado los gambones vivos en el puesto del mercadito chino y ahora me dejabas hacer mientras roías una manzana de Blancanieves de la que en cualquier momento saldría un gran gusano, cerrabas la programación de la última aplicación culinaria para Iphone y me servías una copa de vino ecológico, biodinámico, carísimo y muy soso. Pregonabas a los cuatro vientos la novedad en la que llevabas dos meses trabajando, una App que te enseñaba a hacer cuarenta tipos de pan aunque en tu vida hubieras amasado siquiera plastilina. A todos los amigos de tu equipo de Googleplex les tenías convencidos del país de las maravillas panificador menos a mi, vago, analfainglish y adicto a los panes franceses con extra de mantequilla de la tahona de Mario. Llevaba apenas veinte días en Mountain View y ya me sentía como en casa.

Cuando decapité con mis dedos los gambones vivos chillaste como cuando a veces tenías un orgasmo, así que entendí que iba por buen camino, farfullaste luego una ristra de sonidos de las que entendí algunas famosas palabrotas y luego me hiciste un resumen, en español, de tu espanto. Ya te dije, cocinar y comer es un acto cruel, salvo si sólo te alimentas de manzanas sin gusano.

Pelé los gambones azules dejando la cola y los coloqué ordenados en la bandeja como si fuera a pasarles revista el general carabinero. Luego preparé con cuidado el aliño: ralladura de medio limón y ralladura de media lima. Zumo de medio limón, dos dientes de ajo machacados, un trozo de jengibre machacado, tres cucharadas de cilantro picado, cinco cucharadas de aceite, sal y pimienta.  Y tú no parabas de sobar el iphone leyendo y respondiendo  guasap, chivando por eltwitter la receta o tal vez ojeando algún email laboral quenopuedesperar.

GAMBONES ASADOS PARA TESS
Foto de Ignacio Fdez. Bayo

Mientras mezclaba bien el aliño apagaste por fin el chisme y me sentí de nuevo seducido. No hay peor compañero de cama que un móvil vibrando cada cuatro minutos. Vertí por encima de los gambones descabezados la pasta y los dejamos macerar el rato que tú y yo vibramos sin necesidad de unas pilas de litio. Luego metí al horno la bandeja unos quince minutos a doscientos grados Celsius. Me gustó que dejases la tarde entera el móvil apagado y que me hablases de la concepción del trabajo de Willian Morris, un artista y agitador social que más de un siglo antes ya escribió que: “El trabajo valioso lleva consigo la esperanza del placer en el descanso, en la utilización de lo producido y en nuestra habilidad diaria y creativa. Cualquier otro trabajo carece de valor. Es un trabajo de esclavos, un mero esfuerzo para vivir, un mero vivir para esforzarse”.

Mientras tu me hablabas de Morris yo hacía la salsa que acompañaría a las gambas asadas: ralladura de medio limón y de media lima, zumo de media lima, un yogur griego, una cucharada de azúcar y dos cucharadas de salsa de curry.

Eso me enamoró de ti, tu apetito, el gusto que podías en comerte las gambas, tu manera de saborear y masticar sus cuerpecillos con glotonería, eso y que no te importó cuando te dije, antes de que apagaras el iphone, que en ese mordisco, en el pedacito nacarado de manzana que acababas de arrancar de la fruta, iba un gusano vivo de regular tamaño. No importa, es biológico, no tiene pesticidas y no ha comido otra cosa en su vida que carne de manzana.

Tal vez Googleplex tenga algo del sueño de tu admirado Morris, no lo sé, pero yo me siento aquí muy a gusto metido en el equipo que ayuda indexar todo lo que tiene que ver con el cooking y mirando como pasas cerca de mi antro con las blusas vintage de tu madre jipi y tus sueños de hacer Apps que enseñen a la gente a liberarse de la comida basura y del ocio muerto. No me importa que te comas los gusanos de las manzanas blancanieves, a ti ya no te importa que decapite gambas azules con pinta de mariantonietas, y que lo haga con gusto, con los dedos y sin guillotina.

GAMBONES ASADOS PARA TESS
Foto de Stanko Abadzic

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COCHIFRITO

COCHIFRITO
Foto de Lina Scheynius

Deben de ser las dos de la mañana cuando llegan a la casona. Un bosque de pinos impone su sombra sobre la calle. No pensaba ir a la fiesta de J.  No estaba de humor para romper el cristal de roca de su voluntad de soledad y silencio a prueba de cantos de sirena, tenía que acabar el libro, sin embargo pasó por azar cerca de la calle, de la casa y subió. El cristal tal vez fuera de frágil caramelo de azúcar. Se sirvió un ron viejo con hielo aunque todo el mundo andaba haciendo experimentos con ginebras azules, tónicas raras y semillas diversas. La música era buena, ochentera, sonaban en ese momento los Smiths, después Loquillo y su camión. Cruzó algunas palabras con los conocidos, saludos, conversaciones de cartón. Acabó refugiado en la cocina donde algunos invitados ayudaban a R. con el picapica de la cena. Ensaladas, fiambres, embutidos, tortillas de patata, una fastuosa empanada de pulpo. Ella le enredó para que cortase los quesos, así se han conocido. Dice acordarse de él, de otra fiesta en esa misma casa ¿hace tres años? Él no la recuerda. Nota que ella tiene los ojos muy brillantes y una sonrisa siempre a punto de salir que casi nunca sale. Él no está muy hablador, casi es huraño, sin ganas de pose, pero no puede evitar sonreír también a veces cuando ella le habla de la gimnasia dichosa de hacer masa de pan, del guiso de codornices en aquella peli de Babette, de cierta calle de Praga paralela al río que acaba en una taberna.

Ahora la fiesta desde allí parece que ocurrió hace mucho tiempo. Aparcan el coche fuera. Las luces de la ciudad vibran a lo lejos. Cruzan el jardín abandonado. Le agarra la cintura a la vez blanda y firme y cierra los ojos, se deja llevar, igual que luego. Se desvisten sin prisa, parece una rutina. El resplandor de una farola de la calle se cuela por la ventana. Se quedan un buen rato recostados, desnudos, frente a frente, mirándose, como si el deseo se hubiera quedado en otra parte, pero vive allí dentro. Está muy mojada. Él entra despacio. Luego no hay mucha prudencia ni remilgo. Bebe con mucha sed toda ese agua y más profundo.

Se despierta con prisa. Imagina que es lunes pero sólo es un sábado cualquiera de un año impreciso. No cierra los ojos. Ella entra vestida con unas bragas blancas llevando una gran bandeja de madera que deja sobre la cama. Mira el reloj que dejó por el suelo. Es cerca de la una de la tarde. Ahora es el sol quien le enseña sin disimulos ese cuerpo de festín, pero él ya lo sabe todo, de sabor y de saber. Sobre la bandeja, para desayunar, una botella de tinto del Duero, dos copas grandes y una gran fuente de loza blanca con cochinillo frito que aún sisea, muy dorado, y sus patatas. Nunca ha desayunado así, con nadie. La piel está crujiente, con el salado justo y la carne es tierna, grasa y muy jugosa. Roen cada huesecillo, beben, se miran, sonríen a veces, mastican con hambre las últimas patatas. Se limpian los dedos con la boca, chupándolos y vuelven al sentido de la vida, el único que importa esa mañana. Con un desayuno así no puede escribirse otro final.

PD: Recuerda, para el cochinillo frito, tres pequeños trucos:

  1. Tener la carne troceada en pedazos medianos fuera de la nevera, nunca fría, más bien templada.
  1. Freír primero en abundante aceite, no llenar demasiado la sartén y cuando están dorados, pasar los trozos a una segunda sartén que tenemos a fuego fuerte para que se doren con mucha rapidez y quede el cochinillo por fuera crujiente.
  1. En la primera sartén dorar antes un puñado de dientes de ajo y salar los trozos de cochinillo una vez fritos, no antes.

 

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BOCATA DE CALAMARES Y ALI OLI DE SOLEDAD

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Abro las ventanas de mi comedor-estudio-dormitorio. De nuevo de alquiler. De nuevo con una mano detrás y otra delante. Entra el sol del medio día y los ruidos de la vida de Madrid. Voy a la cocina. He comprado en el mercado un calamar estupendo y una barra de pan. Hago el rebozado con buena harina, un huevo, sifón, sal. Limpio y corto en rodajas el calamar. En el mortero nuevo amaso un ali-oli muy suave. Frio en aceite caliente las anillas de calamar, unto con una pizca de alioli el pan abierto y coloco dentro los calamares recién fritos. Me abro una cerveza negra muy fría (me gusta así) y me siento a comer con los ojos cerrados, los pies descalzos apoyados en la barandilla del balcón, mastico con lentitud, respiro con lentitud, saboreo el tiempo detenido. A veces cocinar es un poema escrito para uno mismo. Un bocata de calamares a la romana y una cerveza. Un día de otoño y de sol y de libertad.

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TORTILLA DE PATATA Y PEREJIL

TORTILLA DE PATATA Y PEREJIL

Los fósiles de la ciudad siguen resistiendo mientras las vidas que corren por abajo se queman con la rapidez de un velo. Fósiles de hormigón y cristal, acero, estuco, plástico. Las vidas de quienes viven allí son como chispas iluminando algunos instantes el enorme tiempo y después nada. Sobre todo eso el calor es ahora una caricia. Ha bajado al mercado a comprar para comer y se ha subido cebollas y patatas, huevos y perejil, cerveza y pan. Fríe las patatas y la cebolla, también el perejil, bate los huevos, añade la sal, cuaja despacio la tortilla.

La saborea con lentitud, a conciencia, con voluntad de hambre, de no dejar nada. Masticando el pan, lavando el paladar con la cerveza para volver con ganas a la mágica mixtura de una tortilla de patatas asimétrica, poco cuajada, casi salada, caliente. El mundo va deprisa, él ya había perdido esa velocidad, se dejaba llevar sólo por la marea hasta que la tortilla le ha recordado todo. El olor de la tortilla en la ciudad sin límites.

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INDIGESTA O DELICIOSA

INDIGESTA O DELICIOSA

(Fotos: Doug Peterson)

Un rica sopa de tomate de verdad con su ajito dorado, sus cominos machados, su pan de pueblo en las que escalfo un huevo y huelo con los ojos cerrados mirando hacia adentro donde está el secreto del placer que dibuja sonrisas y nos toca, acaricia, lame, juega con nuestros dedos. Nada de palomitas al nitrógeno, nada de espumas, nada de deconstrucciones, ni de palabrería, ni de diseño, ni de platos cuadrados ni tortillas en copa flauta, ni chupitos calientes, ni de nubes que huelen a helado de apio. Una sopa o un amor de memoria, con memoria, memorable, sin ambición, ni trampa, ni lentejuelas.

El amor es a veces sabroso, suave, gustoso, dulce, rico, cremoso, picante, caliente, reconfortante, alimenticio, apetitoso. No nos cansa su sabor, su olor, nos chupamos los dedos, nos morimos de gusto, repetimos del plato, no hay nada tan bueno.

Siracusa Bravo Guerrero habla en su libro “Indigesta” de todo lo contrario. Yo también titularía “Indigesto” ese tipo de amor. Es el amor pesado, empalagoso, revuelto, soso, que nos harta, nos estomaga, satura, desconcierta, raspa, asquea, empacha, del que enseguida deseamos lavarnos los dedos para que desaparezca el olor y del que no repetimos aunque en el plato tenga buena pinta porque sabemos que produce indigestiones, dolor de tripa y regusto amargo. Da pereza acercarle la cuchara o describir su recuerdo en la memoria.

Los glotones probamos al principio de todo, sobre todo los guisos de apariencia espectacular, bien montados en el plato, con decoración minuciosa y novedoso aspecto, pero después de tanto ardor de estómago y paladar indiferente volvemos a los guisos oscuros y a los guisos sencillos, a los platos redondos y de aspecto sincero. Nada de afeites, lencerías, arrogancias ni guapuras, donde este el amor sabroso “para chuparnos los dedos”, cercano, que nos toca la memoria y los labios, que se quite la cansina brillantina o los cuerpos de cinco tenedores tres estrellas Michelin.

Soy ahora un glotón al que gustan las sopas, los caldos, los alimentos que el amor aliña con dulzura, cuidado, saber, sencillez, desnudez. Te miro y no hay nada que no me guste, rebañaré bien tu plato con la miga, sobre todo tu sonrisa y tu cuerpo, sobre todo tu silencio y tu ombligo. Siempre fuiste directa, leal, sincera, abierta, fuerte y sin embargo tan tierna, tan cercana, tan dichosa, tan libre. No te importaron mis estúpidas ínfulas de gourmet, sabías que volvería a tocarte la piel y a saber que lo bueno, lo rico de verdad nunca nos cansa. Nunca fuiste indigesta, siempre deliciosa. Sabes que el lujo en la comida y en el amor no se califica con estrellas, ni tenedores, ni firmas, ni guías de tapas rojas. Me abrazas, te miro y ya sé que quiero de postre, sin cucharita, por supuesto.

INDIGESTA O DELICIOSA

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