Ante la ley (1915) (“Vor dem Gesetz”)

Forma parte del manuscrito de la novela El proceso —capítulo “En la catedral”
Originalmente publicado en el “semanario judío independiente” Selbswehr (7 de septiembre de 1915)

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  Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita  que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
      —Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.
      La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
      —Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
      El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene mas esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
      Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
      —Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
      Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para si. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
      —¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.
      —Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
      El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
      —Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para tí. Ahora voy a cerrarla.

Franz Kafka
(Praga, 1883-1924)

 

A LA DERIVA

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(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)

       El hombre pisó blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
         El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
         El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
         El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
         Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
         —¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
         Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
         —¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
         —¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
         —¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
         La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
         —Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
         Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
         Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
         El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
         La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
         La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
         —¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
         —¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
         El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
         El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
         El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
         El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
         ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
         Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
         De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también…
         Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
         El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
         —Un jueves…
         Y cesó de respirar.

Horacio Quiroga
(1879-1937)

PORTADA

LEE GRATIS LOS 100 MEJORES CUENTOS CORTOS DE LA LITERATURA UNIVERSAL

Los cuentos son historias cortas que hablan del humano, de animales, de cosas, del universo. Son ideales para leerlos en el camión, mientras esperas al terrible dentista o antes de dormir.

Preparamos una selección de cien cuentos que son indispensables para los amantes de las historias cortas. En esta lista encontrarás cuentos de Julio Cortázar, Murakami, Bukowski, de Rubem Fonseca, Nikolai Gogol y de muchos más. Hay gustos para todos; románticos, locos, sociales, históricos o de la miseria personal.

Te recomendamos le piques a cada link y dejes volar tu imaginación.

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Te recomendamos le piques a cada link y dejes volar tu imaginación.

  1. A la deriva – Horacio Quiroga
  2. Aceite de perro – Ambrose Bierce
  3. Algunas peculiaridades de los ojos – Philip K. Dick
  4. Ante la ley – Franz Kafka
  5. Bartleby el escribiente – Herman Melville
  6. Bola de sebo – Guy de Mauppassant
  7. Casa tomada – Julio Cortázar
  8. Cómo se salvó Wang Fo – Marguerite Yourcenar
  9. Continuidad de los parques – Julio Cortázar
  10. Corazones solitarios – Rubem Fonseca
  11. Dejar a Matilde – Alberto Moravia
  12. Diles que no me maten – Juan Rulfo
  13. El ahogado más hermoso del mundo – Gabriel García Márquez
  14. El Aleph – Jorges Luis Borges
  15. El almohadón de plumas – Horacio Quiroga
  16. El artista del trapecio – Franz Kafka
  17. El banquete – Julio Ramón Ribeyro
  18. El barril amontillado – Edgar Allan Poe
  19. El capote – Nikolai Gogol
  20. El color que cayó del espacio – H.P. Lovecraft
  21. El corazón delator – Edgar Allan Poe
  22. El cuentista – Saki
  23. El cumpleaños de la infanta – Oscar Wilde
  24. El destino de un hombre – Mijail Sholojov
  25. El día no restituido – Giovanni Papini
  26. El diamante tan grande como el Ritz – Francis Scott Fitzgerald
  27. El episodio de Kugelmass – Woody Allen
  28. El escarabajo de oro – Edgar Allan Poe
  29. El extraño caso de Benjamin Button – Francis Scott Fitzgerald
  30. El fantasma de Canterville – Oscar Wilde
  31. El gato negro – Edgar Allan Poe
  32. El gigante egoísta – Oscar Wilde
  33. El golpe de gracia – Ambrose Bierce
  34. El guardagujas – Juan José Arreola
  35. El horla – Guy de Maupassannt
  36. El inmortal – Jorge Luis Borges
  37. El jorobadito – Roberto Arlt
  38. El nadador – John Cheever
  39. El perseguidor – Julio Cortázar
  40. El pirata de la costa – Francis Scott Fitzgerald
  41. El pozo y el péndulo – Edgar Allan Poe
  42. El príncipe feliz – Oscar Wilde
  43. El rastro de tu sangre en la nieve – Gabriel García Márquez
  44. El regalo de los reyes magos – O. Henry
  45. El ruido del trueno – Ray Bradbury
  46. El traje nuevo del emperador – Hans Christian Andersen
  47. En el bosque – Ryonuosuke Akutakawa
  48. En memoria de Paulina – Adolfo Bioy Casares
  49. Encender una hoguera – Jack London
  50. Enoch Soames – Max Beerbohm
  51. Esa mujer – Rodolfo Walsh
  52. Exilio – Edmond Hamilton
  53. Funes el memorioso – Jorge Luis Borges
  54. Harrison Bergeron – Kurt Vonnegut
  55. La caída de la casa de Usher – Edgar Allan Poe
  56. La capa – Dino Buzzati
  57. La casa inundada – Felisberto Hernández
  58. La colonia penitenciaria – Franz Kafka
  59. La condena – Franz Kafka
  60. La dama del perrito – Anton Chejov
  61. La gallina degollada – Horacio Quiroga
  62. La ley del talión – Yasutaka Tsutsui
  63. La llamada de Cthulhu – H.P. Lovecraft
  64. La lluvia de fuego – Leopoldo Lugones
  65. La lotería – Shirley Jackson
  66. La metamorfosis – Franz Kafka
  67. La noche boca arriba – Julio Cortázar
  68. La pata de mono – W.W. Jacobs
  69. La perla – Yukio Mishima
  70. La primera nevada – Julio Ramón Ribeyro
  71. La tempestad de nieve – Alexander Puchkin
  72. La tristeza – Anton Chejov
  73. La última pregunta – Isaac Asimov
  74. Las babas del diablo – Julio Cortázar
  75. Las nieves del Kilimajaro – Ernest Hemingway
  76. Las ruinas circulares – Jorge Luis Borges
  77. Los asesinatos de la Rue Morgue – Edgar Allan Poe
  78. Los asesinos – Ernest Hemigway
  79. Los muertos – James Joyce
  80. Los nueve billones de nombre de dios – Arthur C. Clarke
  81. Macario – Juan Rulfo
  82. Margarita o el poder de Farmacopea – Adolfo Bioy Casares
  83. Markheim – Robert Louis Stevenson
  84. Mecánica popular – Raymond Carver
  85. Misa de gallo – J.M. Machado de Assis
  86. Mr. Taylor – Augusto Monterroso
  87. No hay camino al paraiso – Charles Bukowski
  88. No oyes ladrar los perros – Juan Rulfo
  89. Parábola del trueque – Juan José Arreola
  90. Paseo nocturno – Rubem Fonseca
  91. Regreso a Babilonia – Francis Scott Fitzgerald
  92. Solo vine a hablar por teléfono – Gabriel García Márquez
  93. Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril – Haruki Murakami
  94. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius – Jorge Luis Borges
  95. Tobermory – Saki
  96. Un día perfecto para el pez plátano – J.D. Salinger
  97. Un marido sin vocación – Enrique Jardiel Poncela
  98. Una rosa para Emilia – William Faulkner
  99. Vecinos – Raymond Carver
  100. Vendrán lluvias suaves – Ray Bradbury

PORTADA

…UN LUGAR CON FUEGO DONDE ASAR (CARTA A LOS REYES MAGOS)

...UN LUGAR CON FUEGO DONDE ASAR (CARTA A LOS REYES MAGOS)

(Foto R. Soria) 

Una chimenea, un río limpio con truchas, un bosque de robles en el que poder perderse, una caña de bambú refundido con su sedal de seda inglesa y unas moscas fabricadas con mis manos, un hijo pescador que me despierte antes del amanecer para salir al agua en marzo, una setas y unas chuletas asándose en el fuego. Apenas nada o casi nada, deseos sencillos.

Me dejan frío los lujos del mercado, los hoteles, los coches de muchos caballos (me siguen gustando los que sólo tienen dos), no entiendo el amor por los relojes, los viajes, los paraísos confortables y lejanos, las casas, la ropa… he ayudado a alimentar esas extrañas ambiciones y sé de sus trampas.

También pediría vino. Ni caro, ni raro, ni famoso, sólo un vino bueno de los que hay tantos hoy para acompañar la chimenea encendida, las chuletas, las setas, el hambre.

Hoy lo tengo casi todo menos la chimenea. El fuego encendido hipnotiza, distrae, ensueña, hace feliz. Las llamas, las brasas, el calor. Miles de años asociando el fuego al abrigo, la protección, el hogar, la comida caliente. Imposible quitarse de encima ese reflejo cultural. Asar al fuego unas setas, unos humildes níscalos y unas pequeñas chuletas de cordero que mojaremos luego en un poco de romesco.

Eso he escrito hoy en mi carta a los Reyes Magos de Oriente que luego he ido a echar a correos. Queridos Reyes Magos, he sido un niño bueno, quisiera pedirles una chimenea, no hace falta que la dejen encendida, ya sé encenderla yo..

No les pedí que aparezcas mañana desnuda y dormida junto a mi. Porque también creo en Papá Noel.

http://gastropitecus-gloton.blogspot.com

Un cuento de Navidad

Dickens ofrece la posibilidad de mirar la propia vida desde fuera y actuar en consecuencia

El sueño de Dickens, de Robert Williams Buss.
El sueño de Dickens, de Robert Williams Buss. CHARLES DICKENS MUSEUM / GETTY

 

Pocos escritores han tenido una influencia tan grande sobre los tiempos en los que les tocó vivir y han alcanzado una fama tan universal como Charles Dickens. A sus lecturas públicas acudían multitudes, mientras que sus novelas por entregas disparaban las tiradas de las publicaciones periódicas en las que aparecían. El narrador británico fue un intelectual comprometido, que denunció las injusticias de la Revolución Industrial. Recordamos los principios de sus libros —“Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos”— y seguimos utilizando a sus personajes para describir nuestra realidad. Dickens cobra además una especial importancia por estas fechas porque, tal y como se tituló una película estrenada el año pasado, fue el hombre que inventó la Navidad.

Una de las herencias que había dejado el puritanismo en la sociedad anglosajona era una celebración bastante tibia de estas fiestas. Cuento deNavidad, que Dickens escribió en el otoño de 1843, cambió las cosas. La historia del avaro Ebenezer Scrooge visitado por tres fantasmas durante la Nochebuena, que le hacen salir de la miseria moral en la que vivía, se convirtió en un best seller nada más editarse. Su biógrafo Peter Ackroyd sostiene en Dickens (Edhasa) que es exagerado afirmar que inventó la Navidad, pero reconoce que le dio un tono mucho más festivo e impulsó costumbres como el pavo o las tarjetas de felicitación. “Lo que Dickens hizo fue aderezar aquel día al gusto de sus aspiraciones, querencias y temores”, escribe.

La universalidad de su relato se basa en la idea de ofrecer a alguien la posibilidad de mirar su vida desde fuera y actuar en consecuencia, un tema que retoma Frank Capra en su clásico navideño ¡Qué bello esvivir!, que ha homenajeado Saturday NightLive en un maravilloso sketch en el que un ángel muestra a Trump cómo sería el mundo si no hubiese alcanzado la presidencia. Pero, por encima de todo, para los Scrooge y los pequeños Tim, para los creyentes y los paganos que todavía celebran las Saturnales, para los que se quedan en casa gruñendo y los que congregan multitudes en torno a una mesa, si algo demuestra la historia de Dickens y la Navidad es el poder que la imaginación humana ejerce sobre la realidad y también que la generosidad, la empatía y la solidaridad pueden cambiar la propia vida y, de paso, la de todos.
https://elpais.com

La gran ciberestafa

La gran ciberestafa

CreditShonagh Rae

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Punto de inflexión: Cambridge Analytica, una firma de análisis de datos políticos, recolectó información privada de más de 87 millones de perfiles de Facebook sin que la red social alertara a sus usuarios.

Desde hace tiempo, hemos aceptado que para participar en las redes sociales, debemos renunciar a nuestra privacidad. Sacrificamos partes fundamentales de nuestra información personal para poder amplificar nuestra voz, acariciar nuestro ego y conectarnos con una tribu virtual. Puntos de Inflexión pidió a la escritora Maggie Shen King que explorara una distopía en torno a la información, y ella respondió con un relato de ficción.

Sofie no podía comprender por qué hace una semana se habían detenido las ofertas. Su base de datos con 87 millones de registros de Facebook era el arma del siglo. Su caché de información personal hacía que la ciberestafa (spear phishing) pareciera un juego de niños. Una oferta previa debía haber acabado con su subasta incluso antes de que empezara.

Echó un vistazo a la cuenta regresiva en su reloj: 5 minutos y 39 segundos. Las subastas, todos lo saben, se resuelven en los últimos segundos. No tenía duda alguna de que había atraído a los asistentes adecuados a su fiesta, así que ¿por qué las ofertas se habían atascado a la mitad de donde debían estar?

Tenía el estómago revuelto. Se pellizcó la muñeca y contuvo el aliento.

Eran sus registros. Fue lo suficientemente hábil para tomarlos antes de que explotara Cambridge Analytica y la dejaran en la calle. Lo que hacía no se diferenciaba de lo que su empleador había hecho con Facebook y de lo que Facebook había hecho con sus usuarios. Además, si esos usuarios no hubieran valorado las reconexiones fortuitas con sus exnovios del bachillerato, las caricias al ego que les brindaba presumir sus vacaciones costosas y a sus hijos prodigios, así como el foro público para sermonear a sus funcionarios electos, no habrían puesto su información privada ahí.

Los usuarios de Facebook entendieron que debían renunciar a una parte de ellos mismos para tener conexiones sencillas y el tan codiciado primer plano.

La gran ciberestafa

Binary code from a computer screen is reflected in a woman’s eye. CreditLeon Neal/Agence France-Presse — Getty Images

Sofie se arrancó un padrastro con los dientes. Se había convertido en su padre. Había despreciado los cubiles de póquer y la operación de corredor de apuestas que manejaba su progenitor, había firmado un montón de préstamos universitarios y había declarado su independencia. Sin embargo, después de que Cambridge Analytica la echó sin darle ni una palabra de ánimo ni su último cheque, por fin comprendió que el dinero compraba la dignidad. Sin dignidad, ella no era nada.

Regresó al sitio de su subasta en la red oscura. Todavía nada. El precio de reserva había logrado que se asomaran las cuatro ballenas. ¿Sería una señal de debilidad o, aún peor, de desesperación si les enviaba un recordatorio? No, ella estaba a cargo, y lo iba a demostrar con un último empuje, un mensaje punzante, algo parecido a “Hazlo o pierde para siempre”. Ante todo, sus postores no podían tolerar perder. Tampoco podían darse el lujo de hacerlo.

Comenzó con Saeed, su contacto iraní. Una ciberestafa microfocalizada sería mucho más potente que la inyección de SQL y los ataques de denegación de servicio (DDOS) que habían usado para inutilizar los sitios bancarios de Estados Unidos. Su base de datos les iba a dar una serie de puntos de entrada para que su programa maligno desmantelara los yacimientos de petróleo saudita.

Salâam alaikum. Nuestra subasta termina en cuatro minutos. Aquí entre nos, los chinos se decidieron por ofrecer mil millones. Prefiero que ustedes ganen Y QUE se lo restrieguen a los infieles estadounidenses pagándome con el dinero que les han dado por los rescates de rehenes. ¿Permitirán que sus sanciones paralizantes y la destrucción que hicieron los israelíes de sus invaluables centrífugas queden impunes?”.

Se quedó esperando una respuesta, pero solo escuchaba el latir de su corazón. Siguió con Pak, su conexión norcoreana. Su Buró de Reconocimiento General se componía de al menos cinco mil hackers y expertos en lanzar ciberataques con fuerza bruta. El ataque de Sony Pictures por haber caricaturizado a su líder supremo había devastado a la empresa. Con la base de datos de Sofie, podían atacar más instituciones financieras y agencias militares, mantenerse en la escena mundial y financiar su débil economía al mismo tiempo.

정식여보세요. Oferta de 1000 millones de dólares de sus vecinos. Demuestren a sus rivales que no son el hazmerreír de nadie. ¡Larga vida a la fortaleza, imprevisibilidad e ingenio de Corea del Norte!”.

Su computadora portátil sonó. Apretó el puño: acababan de abrir sus dos mensajes.

Tres minutos y contando. Sofie siguió adelante y consideró la mejor manera de exasperar a Misha. Era el representante de una coalición que incluía al gobierno ruso, a oligarcas acaudalados y a bandas criminales. ¿Sería buena idea enfatizar la posible ganancia financiera de emparejar su base de datos con el arsenal inmenso de información de tarjetas de crédito que ya había amasado su mafia? ¿La oportunidad de perturbar las infraestructuras militares, eléctricas y bancarias de Occidente? ¿La capacidad de desinformar, dividir y dar una nueva forma a las opiniones de Occidente? Se arriesgó a lo grande.

Приве́т. Está terminando la subasta del arma del siglo. Los chinos han hecho una oferta tremenda. Estoy obligada a aceptar, pero, a ver, yo pongo las reglas. Preferiría que mi base de datos se usara para cambiar elecciones y chantajear a los políticos hipócritas y santurrones de Estados Unidos. Y a los británicos lambiscones y aduladores. Y a las ratas alemanas. Les quedan 90 segundos para ganar la subasta”.

La gran ciberestafa

La sede en Moscú de Kaspersky Lab, una firma rusa de ciberseguridadCreditKirill Kudryavtsev/Agence France-Presse — Getty Images

Con menos de dos minutos restantes, consideró ignorar a Lao Da. Los chinos la habían irritado con dos ofertas de “ejecución inmediata” tan bajas que resultaban insultantes y posteriores amenazas de retirarse. No obstante, habían regresado, los muy descarados. Tenían más recursos que todos los otros postores juntos y no les interesaba usar la ciberestafa para obtener ganancias insignificantes. Si combinaban la base de datos de Sofie con los veintidós millones de archivos que tenían de la Oficina de Administración de Personal de Estados Unidos, podrían robar propiedades intelectuales y secretos militares a voluntad para sus operaciones industriales controladas por el Estado.

“Los rusos vinieron a jugar con unos mil millones. ¿¿¿Pueden mejorar la oferta??? Tienen treinta segundos para ingresar su oferta final”.

Mientras veía cómo la cuenta regresiva se iba a agotando, Sofie presionó sobre uno de sus muslos la punta de la pluma Montblanc de la suerte de su padre, la que apartaba para su segundo grupo de apuestas. Sonrió de imaginárselo volteando su apartamento de cabeza para buscarla y lanzándole vituperios.

Cuando el cronómetro marcaba 00:30, su buzón de mensajes comenzó a repicar. Tenía razón. Las subastas se cerraban en los últimos segundos. Se le aflojó el cuerpo de alivio.

Las ofertas finales: 525 millones, 530 millones, 505 millones y 509 millones.

Los muy bastardos estaban coludidos. No solo desestimaron su amenaza de los mil millones de dólares, sino que lo cerrado de sus ofertas era obsceno. Alguien había desbloqueado la seguridad de capas múltiples de última generación que tenía su sitio y había contactado a sus rivales. Por supuesto que lo habían hecho. Estaba ante los mejores ciberatacantes del mundo. Sofie se golpeó la cabeza con rabia.

La gran ciberestafa

Maggie Shen KingCreditConnie Tamaddon

Debía invalidar la subasta y comenzar de nuevo. La idea la deprimió. Le había tomado casi un año disfrazar su identidad, montar el sitio, correr la voz, investigar a todos los actores y crear un proceso de verificación impenetrable. Además, partes de sus registros de datos tenían límite de tiempo.

Gracias a una confabulación, todos iban a tener su base de datos, así que ¿por qué no deberían pagar todos el precio que estableció? Habían invalidado la subasta. Estaba comenzando otro juego.

Sofie torció la comisura del labio hacia arriba mientras escribía el mensaje. Felicitó a todos los jugadores por haber ganado la subasta con la oferta que habían presentado y envió una ficha de acceso de OAuth —con una duración de tan solo un minuto— que desbloquearía los códigos de encriptado en su base de datos cuando se transfirieran los fondos. De una u otra manera, iba a tener sus 1000 millones de dólares.

Dos micros de Patricia Nasello

Patricia Nasello

OBSERVANDO LA TRAMA

Por orden del rey se ha construido un laberinto para encerrar al Minotauro.

—Tenemos bajo control al enemigo —anuncia el pregón.

Me pregunto cómo surgió una bestia semejante.

A qué clase de individuo le convendría su desarrollo, alguna vez fue cachorro, alguien tuvo que alimentarlo.

Qué pasa si su majestad es un imbécil que trata con constructores mediocres, y el enemigo se descontrola, se escapa.

Y qué si el minotauro no existe. Si el monarca lo inventó para distraer la atención de la plebe, encubriendo un peligro mayor. Del que debería estar cuidándome.

ENEMIGOS

Atraviesan una espada en su vientre, el herido se arrastra, lo miran reptar.

Uno de ellos se impacienta, alza el arma.

—Todavía no —protestan los otros—, que sufra un rato más. Nos debe demasiadas.

El tiro es certero y la muerte, instantánea.

Quien disparó hace bromas procaces y ríe histéricamente. Sus carcajadas se pierden bajo el ruido escandaloso que provocan los otros victimarios, que ahora luchan entre sí; todos creen tener preeminencia para hurgar dentro del cadáver.

Muerto el hombre lobo, no es de extrañar que se maten entre ellos por una bala de plata.

 

PATRICIA NASELLO (Córdoba, Argentina, 28.09.59). Del libro NOSOTROS SOMOS ETERNOS, Editorial Libros al Albur, Sevilla 2015.

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Provocación ilusoria de un accidente mortal

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Como se dice (y es verdad) todo sucede muy rápido. El tiempo pierde sufluir monótono: en décimas de segundo se comprime una vida. Unos centímetros deciden entre el susto o el impacto fatal. Se desquician los ejes de la rutina, ¡oh instante de suprema lucidez! En el amor y en la violencia el corazón late muy fuerte. ¿Qué sabor singular tendrá la muerte? Ese sabor que no se niega a nadie.
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EL POZO

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Hacía tres minutos que cavaba en la arena cuando el pozo le tragó la palita. Desconcertado, el chico miró a la madre. La mujer lo vio hundirse, corrió, alcanzó a tomarle las manos aterrada, y se hundió con él. Los otros bañistas aún no habían reaccionado y el pozo ya devoraba una sombrilla. Se miraron con estupor, vieron que ellos mismos convergían hacia allí, y por un instinto soterrado desde siempre que se acababa de revelar, intuyeron que no podían salvarse. Era tan natural como el ocaso: el mundo se revertía. Muchos trataron de huir, despacio, con la misma aprensión sin esperanza de los animales que buscan esconderse de la tormenta. Pero la arena se deslizaba más rápido y todos terminaron cayendo mansamente. A su turno, se derrumbaron en el pozo casas, ciudades, montañas. Del mismo modo que la mano invisible da vuelta la manga de una camisa, una fuerza poderosa arrastraba hacia dentro la piel del mundo poniéndolo del revés. Y cuando los últimos retazos desflecados de mares y tierras fueron engullidos, el pozo se consumió a sí mismo. No dejó siquiera un hueco fugaz en el espacio, tan sólo quedó el vacío, homogéneo y silencioso, la inapelable evidencia de que el mundo había sido el revés de la nada.

RAÚL BRASCA (Buenos Aires, 1948)

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Cinco microrrelatos de amor

Cinco microrrelatos de amor

CreditBrian Rea

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Cosas que mis citas de Tinder me ofrecieron

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Cinco microrrelatos de amor

Las repisas que me ayudó a instalar un chico con el que salí. CreditSarah Morris

Algunas de las cosas que me ofrecieron mis citas de Tinder (aparte de sexo) fueron: frascos de mermelada, ayuda con la colocación de repisas, llevarme al aeropuerto, un helado con cacahuates para la resaca, atajos por todo Durham, visitas a Costco, el teléfono de un comisionado de planeación, una consulta médica, una visita a la exposición de Georgia O’Keeffe, solidaridad, pan casero de calabaza, historias acerca de sus madres, los mejores lugares para nadar y abrazos largos que no pasan de eso. Yo pensé que las citas en línea se basaban en una necesidad física, pero en lugar de eso he tenido muchas experiencias de intimidad en pequeñas dosis. Que también se relacionan con la necesidad. Casi con el amor.

Sarah Morris

No envíes desnudos

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Cinco microrrelatos de amor

Completamente vestidos en el sur de Filadelfia

Nosotros éramos moderadores de contenido en línea que borraban fotografías con desnudos. Todo el día navegábamos entre miles de fotografías y mensajes reportados como inapropiados en una aplicación para citas. Nos sentábamos cerca, pero nuestra oficina tenía una regla estricta de no conversar, así que nuestra relación comenzó en silencio mientras nos enviábamos por Gchat algunas cosas graciosas que encontrábamos. Esto derivó en más mensajes hasta que un día nos cansamos de hablar de desnudos y decidimos vernos desnudos el uno al otro.

Kristine Murawski

En busca del amor propio

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Cinco microrrelatos de amor

Camino a casa

A lo largo de mis batallas con el trastorno obsesivo compulsivo, mis padres, mis novios y gente famosa de las redes sociales me han enviado a una búsqueda frenética y casi siempre infructuosa del amor propio. He intentado exudar amor propio en sus diversas formas: una fotografía perfecta en Instagram, un calendario rebosante de actividades sociales, una sonrisa forzada en la oficina. Sin embargo, estas expresiones externas no son suficiente en los silenciosos momentos en que la preocupación y la duda me asaltan. Cuando todo parece perdido durante los solitarios viajes en tren de vuelta a casa, mi mayor triunfo consiste en encontrar el valor de murmurar: “No pasa nada. Te ayudaré a superar esto. Te amo”, y abordar el tren de nuevo.

M. C. Connors

Una señal inesperada

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El profético pañalero de cangrejo

Tenía 30 años y sabía que no podía tener un bebé. Un día, mientras acompañaba a una amiga embarazada a ir de compras, me fascinó un pañalero a rayas con un cangrejo cosido en la parte trasera. Le dije que, si algún día tenía un hijo, me gustaría que lo usara. Ocho días más tarde, fui a la iglesia y vi a un niño acurrucado en los brazos de su abuela. El bebé vestía ese mismo pañalero. Al final del servicio de ese día, el reverendo anunció que el bebé necesitaba un hogar de inmediato. Dos días después, se mudó conmigo. Ahora tiene 5 años y es mi hijo.

Sarah Mouracade

Le dije: ‘Te amo’; respondió: ‘Gracias’

Cinco microrrelatos de amor

Juntos en mi hamaca

Nos encontrábamos en mi hamaca cuando miré los calcetines que traía puestos, unos que él me había prestado, y le dije las palabras que me atemorizaba tanto pronunciar: “Te amo”. La hamaca se mecía, los grillos cantaban. “Gracias, pero yo todavía no te amo”, dijo. Señaló mis pies. “Esos no me quedan. ¿Los quieres?”. Sentí como si la hamaca se hubiera volcado y me hubiera lanzado con violencia; no me amaba, aquí terminaba todo. Pero años más tarde, seguimos recostándonos en mi hamaca y yo sigo poniéndome esos calcetines. Tenía razón: son demasiado pequeños para sus pies.

Madeleine Fawcett

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