Microrrelatos de Ramón Gómez de la Serna

INVENCIÓN DEL CARNAVAL

En aquel primer Carnaval del mundo, cuando aún no existían más seres humanos que los que componían la primera pareja, Adán sintió ganas de disfrazarse para dar broma a Eva, y tomando un pámpano, le abrió los dos agujeros de los ojos y lo convirtió en careta. Después envolvió su cuerpo en grandes hojas de tabaco y de esa guisa se dirigió a Eva.

Eva, un poco sorprendida ante aquella voz de falsete que le preguntaba con insistencia: “¿Quién soy?, ¿quién soy?”, respondió:

-¡Pedro!

EL FANÁTICO DE DIOS

Leía todas las oraciones de todas las biblias, de todos los libros sagrados, rezaba a todos los dioses y era zoólatra, idólatra, politeísta y monoteísta… Todo el día lo dedicaba a todos los cultos.

Y murió, y al entrar en el reino de las sombras se encontró con un Dios que no estaba citado en ninguna de sus teogonías, un Dios extraño y callado que le cogió y le amasó en la masa común, otra vez en el barro común.

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA (Madrid 3 de julio de 1888- Buenos Aires, 3 de enero de 1963)

gomez de la serna

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Ventana sobre la palabra III

 En lengua guaraní, ñe’e significa «palabra» y también significa «alma».
Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan, son traidores del alma.

Eduardo Galeano

 

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Partos prodigiosos

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El Jardín de flores curiosas del leonés Antonio de Torquemada (1505 – 1569) da fe de varios casos de partos prodigiosos. En algunas aldeas entre París y Tolosa las mujeres ciegas parían ranas; en Medina del Campo una mujer parió siete hijos de una vez; otra mujer, de Salamanca, nueve; una italiana, también de una vez, parió setenta hijos; y da por cierto lo que dice Alberto el Grande, que una alemana parió de un solo parto ciento cincuenta hijos, del tamaño del dedo meñique y muy bien formados, envueltos todos en una película, aunque no se dice si esta familia llegó a buen fin. En el año 1545 una señora noble dio a luz, en Bélgica, un niño que tenía la cabeza de diablo (según opinión de los expertos, una trompa de elefante en medio del rostro, patas de ganso en los remates de los pies y manos, ojos de gato encima del vientre, una cabeza de perro en cada codo y rodilla, dos testas de mono en relieve en el estómago y una cola de escorpión retorcida y larga de una vara y media -lo que debía convertirlo en un chiquillo muy gracioso-, y como nadie quería encargarse de esa paternidad, los teólogos y parientes de la dama acusaron caritativamente al diablo de haber engendrado aquel chiquillo, pero la madre sostuvo que era de su marido y las personas sensatas la creyeron, puesto que ella lo debía saber mejor que nadie). Sea lo que fuera, el pequeño monstruo sólo vivió cuatro horas y al morir gritó, en alta e inteligible voz, por las dos bocas de perro que tenía en las rodillas: ¡Velad y rogad, porque el juicio final está cerca! En la Historia del Languedoc, su autor, según cita el jurista Pierre de Lancre, narra que el día 6 de septiembre del año 1387, una burra dio a luz dos niños varones tan bien formados como podrían serlo salidos de una mujer, suscitándose la duda de si debían ser bautizados, hasta que el cardenal de Saint-Angel dictaminó que sí lo fueran. Para acabar esta relación, Antonio de Torquemada cuenta que en un lugar de España había una borrica de tal suerte hinchada, que al tiempo de parir reventó, saliendo de ella una mula que también murió inmediatamente, teniendo, como su madre, el vientre tan grueso que su dueño la abrió para saber lo que tenía dentro, y encontró otra mula que también estaba preñada.       

Ferrer Lerín

El Bestiario de Ferrer Lerín / Diccionario Infernal de Collin de Plancy 

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Poema absurdo

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¿Qué tanta agua fresca lleva la fuente?

Algún día se acaba, eso seguro.

Me gusta fumar despues del sexo

Creo que hay un grupo musical que se llama así

Hay margaritas que estan solas

Apuestan por un bingo de acetona y proteina

De un mechero con poca gasolina

Solo tenias que decirme que tocabas la armónica

Que conocias el Do y el Mi

Sostenidos,

Bemoles, grasa e inmundicias

Poco volúmen

No escucho nada

Solo oigo una guitarra que anda perdida

En unos metros de arena

Y unas milésimas de cerebro

Nunca me sentí tan bien 

Que cuando escuchaba

tus carcajadas detrás de la puerta

Me hubíeras dicho lo de la armómica

Me hubieras contado que lo de detrás de la puerta

Eran puras octavas

No necesitaban una batuta que los dirigíera

Solo tenías que decir algo

Detrás de los puntos suspensivos

Me hizo gracia

Lo entendí

Eso de “Vayanse a la chingada”, tiene su feeling

JAP

Poema y pintura de El Perro Morao (www.elperromorao.con)

Adelanto: Arsénico [Graciela Olave Ramos]

Dormito como caracol ahogado por la tela áspera de las sábanas. La sangre corre por mi dedo índice como un hilo de plata que intento amarrarme al cuello. Aún no supero no poder manejar el líquido, las aguas. Apunto firme: el niño ya no existe. Con voz suave de mamá, intento imponer autoridad ridícula y le digo que se duerma, que apague la tele de una vez porque estoy harta de escuchar las voces melosas de Discovery Kids. Pero no hay ningún niño, ningún televisor. La habitación está a oscuras, las luces de la ciudad se dejan entrever por las cortinas abiertas y una ventana se mueve levemente con el viento escaso que corre. Afuera llueve y, para sentir el agua, he puesto una toalla húmeda sobre mi cuerpo desnudo. Pretendo —inocentemente— enfriarme la rabia, salvarme del incendio fortuito que ha ocasionado el hombre. El hombre siempre incendiando casas matando, golpeando, destruyendo —a lo largo de la historia— todo tipo de insectos y dioses para saciar el hambre. Y yo acá, piernas abiertas para dejar entrar la lluvia, el aire frío, una neumonía tranquilizadora que anestesie el dolor, dejándome dormir por todos los animales del mundo como si dentro de mi vagina navegara el arca de Noé.

Suena Porque te vas de Jeanette una y otra vez desde mi teléfono en el velador, como soundtrack que acompaña al pequeño calcetín amarillo de humedad. La canción se acaba, de nuevo play y jamás dejo de escucharla como el réquiem de un zombie.  Mamá ha muerto hace poco y el departamento parece que fuera a reventar de tanta cosa guardada. Cosas y cositas, cositas de bebé, de gato. Bola de lana, juguete, ratón y muerte de mentira. Aún ronda el nombre de Cristóbal, es decir, el nombre de Uriel, es decir, el nombre de mamá, es decir: Familia. Mi gato se me acurruca buscando mi humedad corporal y lame un seno que se escapa de mi toalla. Es un seno triste, parece caer resignado levemente sobre mi costilla. Un seno que apunta hacia afuera, hacia el ventanal descubierto. El pezón observa la lluvia y se deja acariciar por la lengua felina, áspera, con olor al tarrito de Whiskas que se ha robado de la cocina porque ya nadie vigila, ya nadie cuida la despensa, ya nadie deja con doble llave la puerta principal. El gato intenta despejar las lenguas masculinas que mordieron alguna vez este sitio exuberante. El pezón, erecto, sigue mirando la ciudad acuática, desecha entre calles envidiosas que se visten de río, queriendo ocultar el artificio de cemento. Intentan hacer florecer alguna magnolia, algún pedazo de pasto que adorne lo grisáceo. Pero sólo se acumula la suciedad de las cañerías sobre el agua atascada, el olor a carroña que dejan los animales muertos por la inundación. No hay pureza. Sólo barro.

Escucho los maullidos que como susurros ficticios. Me acunan.  Ante mi indiferencia, se  me duerme el gato sobre el cuello y al fin cierro los ojos, apaciguada por la voz suave de la música y el silencio de la calle: la sirenas de las ambulancias al fin han dejado de sonar. Este es un lugar del que hay que escapar. Sólo afuera el incendio se apagaría, en cualquier punto de la ciudad amplia. Porque acá dentro, el leño jamás se consume. Nunca paran de arder las paredes de esta casa.

*Extraído de Arsénico, de próxima aparición por Narrativa Punto Aparte.

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El cuento, de Quim Monzó

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A media tarde el hombre se sienta ante su escritorio, coge una hoja de papel en blanco, la pone en la máquina y empieza a escribir. La frase inicial sale enseguida. La segunda también. Entre la segunda y la tercera hay unos segundos de duda.

Llena una página, saca la hoja del carro de la máquina y la deja a un lado, con la cara en blanco hacia arriba. A esta primera hoja agrega otra, y luego otra. De vez en cuando relee lo que ha escrito, tacha palabras, cambia el orden dentro de las frases, elimina párrafos, tira hojas enteras a la papelera. De golpe retira la máquina, coge la pila de hojas escritas, la vuelve del derecho y con un bolígrafo tacha, cambia, añade, suprime. Coloca la pila de hojas corregidas a la derecha, vuelve a acercarse la máquina y reescribe la historia de principio a fin. Una vez ha acabado, vuelve a corregirla a mano y a reescribirla a máquina. Ya entrada la noche la relee por enésima vez. Es un cuento. Le gusta mucho. Tanto, que llora de alegría. Es feliz. Tal vez sea el mejor cuento que ha escrito nunca. Le parece casi perfecto. Casi, porque le falta el título. Cuando encuentre el título adecuado será un cuento inmejorable. Medita qué título ponerle. Se le ocurre uno. Lo escribe en una hoja, a ver qué le parece. No acaba de funcionar. Bien mirado, no funciona en absoluto. Lo tacha. Piensa otro. Cuando lo relee también lo tacha.

el cuento

Todos los títulos que se le ocurren le destrozan el cuento: o son obvios o hacen caer la historia en un surrealismo que rompe la sencillez. O bien son insensateces que lo echan a perder. Por un momento piensa en ponerle Sin título, pero eso lo estropea todavía más. Piensa también en la posibilidad de realmente no ponerle título, y dejar en blanco el espacio que se le reserva. Pero esta solución es la peor de todas: tal vez haya algún cuento que no necesite título, pero no es éste; éste necesita uno muy preciso: el título que, de cuento casi perfecto, lo convertiría en un cuento perfecto del todo: el mejor que haya escrito nunca.

Al amanecer se da por vencido: no hay ningún título suficientemente perfecto para ese cuento tan perfecto que ningún título es lo bastante bueno para él, lo cual impide que sea perfecto del todo. Resignado (y sabiendo que no puede hacer otra cosa), coge las hojas donde ha escrito el cuento, las rompe por la mitad y rompe esta mitad por la mitad; y así sucesivamente hasta hacerlo añicos.

El porqué de las cosas, 1994

 Quim Monzó (España, 1952)

Bienvenidos a Narrativa Breve

 

Un micro de Monterroso

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CABALLO IMAGINANDO A DIOS

“A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo.

Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete.”

AUGUSTO MONTERROSO (Tegucigalpa, 2.12.1921- Ciudad de México, 7.02.2003).

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El microrrelato de los viernes: “Los niños tontos”

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EL NIÑO AL QUE SE LE MURIÓ EL AMIGO

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

EL TÍOVIVO

El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.

EL NIÑO DE LOS HORNOS

Al niño que hacía hornos con barro y piedras le trajeron un hermano como un conejillo despellejado. Además lloraba.

El niño que hacía hornos vio las espaldas de todos. La espalda del padre. El padre se inclinaba sobre el nuevo y le decía ternezas. El niño de los hornos quiso tocar los ojos del hermano, tan ciegos y brillantes. Pero el padre le pegó en la mano extendida.

A la noche, cuando todos dormían, el niño se levantó con una idea fija. Fue al rincón oscuro de la huerta. cogió ramillas secas y las hacinó en su hornito de barro y piedras. Luego fue a la alcoba, vio el brazo de la madre largo y quieto sobre la sábana. Sacó de allí al hermano y se lo llevó, en silencio. Prendió su hornito querido y metió dentro al conejo despellejado.

ANA MARIA MATUTE (Barcelona, España, 26.07.1925 – Ibídem, 25.06.2014)

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Perfect choice

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Nos encontramos en ese mundo imperfecto comiendo emparedados de aquella tienda de la esquina, un perro mitad pastor alemán y labrador americano ( ¡qué cosas!) vino a darle matarile a un pedazo de tocino que se cayó, luego lamió nuestros zapatos mojados a modo de empuje. Me había quedado pensando en algo que me dijo mi acompañante. Me pregunto acerca de la disciplina sin doctrina………… me acordé de Castaneda y de Matus. Si, nos habíamos echado unas chelas, tres cada uno, bueno, fumamos un porro hacía como tres horas, tal vez 4. Le dije que mañana le contestaba. ¿Sobre qué? me dijo; no, pues eso que me dijiste sobre la disciplína……………..-Mejor olvidaló.

Le echaré un vistazo al google para ver qué onda.

JAP

Sleepy Beauty

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La encuentra tendida sobre un lecho, pálida. Se compara a la estatua fúnebre de su propia tumba. Él la toma entre sus brazos conteniendo un grito convulso. Acerca los labios temblorosos y la besa. Se quedan unidas las dos bocas inmóviles, una que retiene el aliento y la otra que no respira. Necesita llorar, necesita aferrarse a ella con rabia mientras hunde la cara en ese cabello que todavía huele a jazmines. No lo acepta. Arranca los listones y desgarra el vestido para pegar la oreja al pecho desnudo. Se queda así un rato, escuchando el enorme silencio de su corazón. En el beso de despedida la tersura y languidez predominan sobre la frialdad. La descubre de cuerpo entero. Se despide de su frente, se despide de su cuello, se despide de sus senos y de su abdomen, de los dedos de sus pies, del doblez de sus rodillas.
Cerca de ahí, una aparición siniestra avanza rumbo a la ciudadela en ruinas. Los carroñeros y las espinas retroceden ante su paso calmo. En el interior de los salones tétricos, voces fantasmales quiebran aullidos evanescentes, anunciándola. Aquélla asciende hasta la celda más remota donde encuentra al hombre dormido, solitario. Encaneció pero conserva la belleza de sus facciones y aún firme la espada entre sus piernas.

Yunuén Rodríguez
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