Leyenda

San Jorge hace un milagro el 23 de abril de cada año, cuando llena las calles de Barcelona de libros y de sonrisas

San Jorge a caballo.
San Jorge a caballo. © GETTYIMAGES

 

Se llamaba Jorge y nació en algún lugar de Capadocia en fecha incierta, entre el año 275 y el 280 d. C. Fue, como su padre, soldado del ejército imperial romano. Educado en la fe cristiana por una madre de bello nombre, Policromía, hizo una carrera fulgurante que le permitió acceder al cargo de tribuno y ser nombrado guardia personal de Diocleciano antes de cumplir treinta años. Cuando el emperador decretó la persecución de los cristianos, declaró su fe, resistió la tortura, se negó a apostatar y fue decapitado ante las murallas de Nicomedia el 23 de abril del año 303. Canonizado por el papa Gelasio I en 494 como simple mártir de su fe, sin haber matado jamás a monstruo alguno, en el siglo IX nació en Beirut la leyenda que le haría eternamente célebre. Un dragón había hecho su nido ante la única fuente de agua potable de la ciudad y, para lograr que se apartara de ella y no morir de sed, los vecinos decidieron sacrificarle cada día a una persona escogida por sorteo. Cuando le llegó el turno a la hija del rey, su padre se desesperó y ofreció toda clase de recompensas por la muerte del dragón, pero nadie se atrevió a intentarlo. Hasta que san Jorge pasó por allí a caballo, le cortó el cuello de un mandoble y salvó a la princesa y a todas las víctimas de sorteos futuros. En agradecimiento, el rey y todos sus súbditos se convirtieron al cristianismo. San Jorge de Capadocia se convirtió en el patrón de Beirut y de muchas otras ciudades, en Oriente y en Occidente. En la península Ibérica llegó aún más lejos, puesto que fue patrón de reinos enteros, la Corona de Aragón y la de Portugal. Pero en ningún lugar es tan importante como en Barcelona, donde hace un milagro el 23 de abril de cada año, cuando llena las calles de la ciudad de libros y de sonrisas.

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Consejos para tiempos sombríos

Merece la pena acudir a nuestros antiguos maestros para que nos guíen en el laberinto de la cacofonía omnipotente, donde Internet se ha convertido en el campo de batalla de las belicosas formaciones populistas y totalitarias

Consejos para tiempos sombríos
EULOGIA MERLE

 

Thomas Jefferson, uno de los padres de la democracia norteamericana, anotó en 1786: “La opinión pública es la base de nuestro sistema, y la tarea más importante es mantener este derecho. Si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin prensa o prensa sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo”.

 

Ojalá que estas palabras —un sólido acto de fe en el sentido de la existencia de la prensa independiente, así como en la necesidad de periodistas valientes y honrados— sean nuestra guía.

Merece la pena acudir a nuestros antiguos maestros en busca de ayuda y consejo, pues son más sabios que nosotros. Son ellos quienes pueden guiarnos por el laberinto de estos tiempos sombríos.

Por eso deberíamos recordar el caso Dreyfus, cuando un periódico independiente francés, gracias a la pluma del gran escritor Émile Zola, salvó a un hombre inocente, así como el honor de todo Francia frente a una acusación falsa, formułada por el statu quode depravados acólitos del chovinismo, el militarismo, el antisemitismo… el estatus de una élite enfundada en uniformes militares y elegantes trajes de la clase dirigente: la élite francesa.

Recuperamos hoy la memoria de Jefferson y Zola, reafirmados por la importancia de la prensa independiente en los escándalos de los Papeles del Pentágono y el Watergate. Incidimos en ello, pues tenemos la sensación de que los valores entonces amenazados y defendidos, vuelven a ser objeto de una agresión por parte de los sectores populistas, chovinistas e intolerantes de la ultraderecha, cuya fuerza no hace sino aumentar. Vuelven así los demonios de las ideologías totalitarias, con su desprecio al pluralismo, al Estado de derecho, a la igualdad de los ciudadanos, el diálogo y el compromiso. Vuelve el desprecio al Otro, a la persona de otra religión, nacionalidad o color de la piel. En nuestro mundo vemos cada vez más xenofobia y homofobia, mientras que en otros lares crece el fundamentalismo islámico, el cual suele empuñar el arma criminal del terrorismo.

La prensa independiente, cercenada en Turquía y Rusia, y liquidada en Budapest, además de en otros países de Europa central, resulta ser el último baluarte en defensa de la constitución y del orden democrático.

El populismo de la ultraderecha —como sucede también con la izquierda radical— manifiesta su desprecio por el sistema de valores cristiano y por la razón ilustrada; suplantar los argumentos con invenciones no es sino eliminar el respeto a la verdad, aparte de igualar esta con la mentira. Y es que la verdad y la mentira no son dos puntos de vista diferentes. Al igual que el negro y el blanco no son dos tipos de blanco. La mentira y las fake news no son más que veneno al servicio de la estupidez más intransigente, que considera a la libertad como su mortal enemigo.

John Milton preguntó en Areopagítica (1644): “Y aunque todos los vientos de la doctrina huvieran de desatarse para azotar la tierra (…) ¿acaso se ha visto alguna vez que la Verdad sea derrotada en una confrontación franca y leal?”. John Stuart Mill añadió que ello significa la necesidad de “una búsqueda de la verdad concienzuda y consciente”. Y precisó: “Debido a la condición imperfecta de la mente humana, el interés en la verdad exige la diversidad de opiniones”.

Es precisamente esta diversidad la que ataca el populismo de la ultraderecha —o de la izquierda radical— cuando se erige en el dueño y señor de la Verdad única y definitiva. De esta forma, consciente o inconscientemente reproduce las ideas totalitarias de los años 30, tristemente famosas, cuando los nazis y los bolcheviques proclamaron la muerte de la democracia liberal. Aquello fue entonces —al igual que hoy— un campo abonado para la dictadura de la mentira en la vida pública.

El gran escritor francés Michel de Montaigne era de la opinión de que la mentira es “la mayor ofensa que se nos puede infligir con la palabra” y añadió: “¡el vicio de mentir es algo que repugna! Hubo un autor clásico que lo describió de forma sumamente ofensiva, diciendo que ello implica “dar testimonio de que se tiene a Dios por menos que nada, al tiempo que se teme a los demás”. “Resulta increíble alabar una y otra vez la repugnancia de semejante vileza:¿qué cabría imaginar más repulsivo que ser cobarde con los demás, y osado con Dios? Al realizarse nuestro entendimiento únicamente por la palabra, aquel que la falsea traiciona la relación pública. Es la única herramienta que aúna voluntades e ideas, pues viene a ser el traductor de nuestra alma. Si llega a faltarnos [la verdad] dejamos de sostenernos, dejamos de reconocernos mutuamente. Si nos engaña, rompe nuestro trato disolviendo todos los lazos de nuestra sociedad”.

Estas palabras del sabio francés tienen hoy un gran peso, cuando la mentira prolifera en Internet, y la cacofonía omnipresente ha liquidado el antiguo fantasma de la censura. Internet —ese gran descubrimiento de nuestros tiempos— amplía el espectro de libertad, pero este mismo Internet abre de par en par las puertas a la mentira, el odio y la manipulación. Cuando la razón se anestesia y se despiertan los fantasmas, el debate político suele convertirse en puro espectáculo.

Internet es el nuevo campo de batalla de las belicosas formaciones populistas y totalitarias, enemigas del sistema democrático constitucional. La libertad de prensa es condición indispensable para la existencia de una democracia constitucional. Si los medios de comunicación mueren, la democracia constitucional se queda indefensa. Cuando se infringe la constitución, se está condenando a la prensa libre a la pena de muerte.

Cabe resaltar, sin embargo, que los enemigos a la libertad no son hoy el filósofo del derecho alemán Schmitt ni tampoco Vladímir Lenin, sino sus caricaturas, los demagogos Marine Le Pen, Trump, Orbán o Kaczyński, y sobre todo Vladímir Putin. Su misión es la destrucción del imperio de la democracia, sembrar la confusión y el caos. Tras la organización de los troles internautas a cargo de Putin se oculta siempre el mismo denominador común: apoyar al populismo y las tendencias antidemocráticas más radicales de la Unión Europea y EE. UU. Un camino que destruye la confianza en las instituciones del Estado democrático de Derecho, vistas como un hatajo de corruptos. De esta forma, se destruye a los referentes, tildadas élites mentirosas, granujas y ladrones, además de agentes extranjeros. En Rusia se ha presentado bajo esta luz a los galardonados con el Premio Nobel Pasternak y Solzhenitsyn, Sájarov y Brodsky. En Polonia, por su parte, a Miłosz y a Szymborska, a Andrzej Wajda y Bronisław Geremek. A estas autoridades de la vida pública se les ha embarrado y tratado exactamente igual que antaño a los “apátridas cosmopolitas” o representantes del “arte degenerado”. Los motivos para indignarse y mantenerse alerta son evidentes. Las formaciones chovinistas y xenófobas acrecientan su empuje. El estancamiento puede paralizar al mundo democrático, lo que favorecerá a las fuerzas autoritarias, si no sabemos defender nuestro mundo frente a sus agresores, disfrazados con la máscara del nacionalismo y del fanatismo religioso. Por eso merece la pena recordarnos a nosotros, los periodistas, aquellas palabras pronunciadas en las postrimerías de la Segunda Guerra mundial por el extraordinario escritor y periodista polaco Ksawery Pruszyński. Pruszyński escribió:

“Siempre debemos hacer lo que hay que hacer, independientemente de que nuestra acción pueda tener efectos seguros o aunque solo podamos tener probabilidades de conseguir efectos e, incluso, aunque tengamos el temor de que no los conseguiremos, por mucho que alguien nos garantice que sí. La tarea del comentarista no es, pues, tocar un interminable sztajerek [una polca briosa] para satisfacer el gusto del público. La tarea del comentarista es explicar lo que ha entendido con su mente, independientemente de que el razonamiento en cuestión guste o no guste al poder, a la Iglesia, a las masas, a la sociedad, al pueblo, a la opinión pública. Siempre defender la convicción de que los consejos que da o las advertencias que hace son justos, aunque no gusten. La tarea del comentarista es también defender sus opiniones hasta el fin, a pesar de otros e, incluso, en contra de otros. Como dicen los anglosajones, again and again. Y el escritor tiene que defenderse solamente en el búnker de su propia conciencia ante los reproches de que no gusta, que no cumple las esperanzas depositadas en él o, lo que es aún peor, que se está quemando, que está acabado. Tiene que saber decir lo que debe cumplir, tiene que repetirlo hasta el fin, aunque todo sea cada vez peor, y, en particular, cuando todo es peor, o cuando nadie le haga caso; especialmente cuando no le hacen caso”. Ksawery Pruszyński se mantuvo además fiel a esta declaración de principios.

Un gran maestro de nuestra profesión, un hombre de un inconformismo total y absoluto y de una honradez sin par fue Georges Orwell

En 1944 escribió Orwell a sus colegas periodistas: “No vayan a creerse que durante años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro cualquiera y después pueden volver repentinamente a la honestidad intelectual. Basta con que una vez te prostituyas, para que te conviertes en una puta”.

Estas recetas son de incalculable valor para nosotros, redactores y periodistas, en nuestros tiempos nada fáciles y teñidos de negro.

Adam Michnik es el director de Gazeta Wyborcza.

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Baudelaire en el siglo XXI

Es muy extraña la pervivencia de la gran poesía: tiene mayor capacidad de resistencia y de visión que cualquier otra disciplina. Mantiene el lenguaje en alerta y es siempre uno de los últimos refugios del pensamiento

Baudelaire en el siglo XXI
EDUARDO ESTRADA

 

El 31 de agosto de 1867, hace ciento cincuenta años, murió en París Charles Baudelaire. Desde que se había caído en la iglesia de Saint-Loup de Namur, en la Bélgica que tanto detestó, no había recuperado el habla y tan sólo acertaba a decir “¡Non, crénom!”, una contracción de “Sacré nom de Dieu” (“sagrado nombre de Dios”). No era casual, en quien había vivido su catolicismo con tanta seriedad, que su última vinculación con el lenguaje fuera una blasfemia, un residuo de lo sagrado escupido a la muerte como última negación. En el hospital religioso de Bruselas donde se le habían tratado los primeros síntomas de afasia y hemiplejia, las monjas agustinas, cuando el poeta por fin se marchó, exorcizaron la habitación que había ocupado, escandalizadas por su comportamiento. Su madre se lo llevó entonces a París, donde lo ingresó en la clínica hidroterapéutica del doctor Émile Duval. Allí le visitaron unos pocos amigos como Sainte-Beuve o el fotógrafo Nadar y las esposas del novelista Paul Meurice y del pintor Manet acudieron a tocarle al piano fragmentos de Tannhäuser. Cuando murió estaba en brazos de su madre, que contó cómo había sonreído a sus caricias. La imagen es una pietà moderna, casi inverosímil de tan perfecta.

En sus escasos cuarenta y seis años de vida, Baudelaire se expuso a todos los males de su tiempo, se dejó llevar por el alcohol y las drogas, contrajo la sífilis, experimentó toda la sordidez imaginable en su relación con Jeanne Duval –la actriz mulata y probablemente lesbiana, reverso de la Beatriz de Dante– y bordeó la indigencia, pero a todo ello le opuso siempre una terrible lucidez, tanto en verso como en prosa, observándose a sí mismo, diseccionando cada una de sus emociones y sin dejarse llevar nunca por el desvarío, hasta que en enero de 1862 anotó en su diario que por primera vez había sentido pasar a su lado “el aleteo de la locura”. Apenas setenta años antes, Hölderlin había podido escribir todavía que los poetas, con la cabeza descubierta, recibían el rayo del dios como niños, con corazones puros y manos inocentes. El Baudelaire que murió en brazos de su madre era todavía ese niño, pero el rayo que le había fulminado ya no venía de lo alto. Como observó Walter Benjamin, el crítico que en las primeras décadas del siglo XX sacó a Baudelaire del panteón de los clásicos y lo puso a trabajar para entender las claves de la vanguardia y del mundo contemporáneo, en Las flores del mal el cielo está vacío, apagado por el resplandor de la ciudad.

Es muy extraña la pervivencia de la gran poesía. A casi nadie parece importarle y casi nunca produce actualidad literaria, pero en cambio tiene mayor capacidad de resistencia y de visión que cualquier otra disciplina. Mantiene el lenguaje en alerta y es siempre, sobre todo en tiempos de penuria, uno de los últimos refugios del pensamiento. Baudelaire es ya un tópico de la cultura europea y, como tal, ha vivido cientos de vidas, desde su consagración póstuma hasta su metamorfosis en distintas lenguas a lo largo del siglo pasado. T. S. Eliot dijo que la inmensa deuda que había contraído con él podía resumirse en dos versos: “fourmillante cité, cité pleine de rêves / Ou le spectre en plein jour raccroche le passant” (“hormigueante ciudad, ciudad llena de sueños / donde a pleno día el espectro agarra al transeúnte”), con lo que venía a decir que Baudelaire había sido el primero en cartografiar poéticamente esa nueva naturaleza que es la ciudad. Toda la literatura urbana es inevitablemente baudeleriana, hasta tal punto que nuestra lectura de muchos poemas de Las flores del mal está distorsionada por el influjo que ejercieron, convirtiendo en copia al original. Pero volver a su obra, ahora que ya estamos en el siglo XXI y podemos vislumbrar cuál va a ser nuestro horror, es un ejercicio de preparación imprescindible. Del mismo modo que Shakespeare desapareció tras su muerte para volver en el siglo XVIII y entrenarnos para la crisis del romanticismo, Baudelaire, cerrado el paréntesis ilusorio que se abrió tras la segunda guerra mundial, regresa para abrirnos los ojos al abismo de nuestro tiempo.

Todo lo que vio constituye para nosotros un origen, puesto que desde su muerte no ha dejado de crecer y extenderse. Internet ha transformado a todo el orbe en una urbe, en un inmenso pasaje, unos grandes almacenes cuyo flâneur –convertido, como profetizó Benjamin, en hombre anuncio– es hoy el internauta, mercancía de sí mismo en los mares de la publicidad. Las ciudades son ahora nuestras verdaderas naciones y la multitud que describió Baudelaire es el precedente de las masas que fluyen entre ellas para ser vendidas o masacradas. Cuando ensalzó a un pintor menor como Constantin Guys –en detrimento de Manet– estaba en realidad detectando la nueva velocidad de la calle, presagio de la actual metástasis de la imagen y de la progresiva ceguera que conlleva. Aun más que en sus versos, en la prosa desnuda de El Spleen de París puso en tela de juicio los nuevos mitos surgidos de la revolución de 1789, como la igualdad, modelo de la dictadura de lo políticamente correcto. Y seguramente fue uno de los primeros en darse cuenta de que la ley moderna sólo puede ser apariencia de ley y por tanto inevitablemente arbitraria y lábil.

Como poeta, Baudelaire se atrevió a violar la melodía del alejandrino francés con todo el ruido del París del Segundo Imperio, preparando a la poesía para su destierro agónico en el ámbito de la prostitución, la publicidad y el periodismo. En uno de sus mejores poemas en prosa, identificó a un viejo saltimbanqui, solo a las puertas de su barraca, contemplando con mirada profunda e inolvidable a la multitud que a su alrededor se divierte, con “el viejo poeta sin amigos, sin familia, sin hijos, degradado por la miseria y por la ingratitud pública”. Y en un párrafo estremecedor de sus diarios se preguntó: “¿Qué tiene que hacer el mundo de aquí en adelante bajo el cielo? La mecánica nos habrá americanizado de tal modo, el progreso habrá atrofiado tanto en nosotros toda la parte espiritual, que nada, entre las fantasías sanguinarias, sacrílegas o antinaturales de los utopistas, podrá compararse a sus resultados positivos”. Un siglo y medio después de su muerte ya sabemos cuáles fueron esos resultados, algo que de ningún modo debe impedirnos mantener viva la petición que hizo a continuación: “pido a todo hombre que piensa que me muestre lo que subsiste de la vida”. Ese sigue siendo, hoy incluso más que ayer, el cometido de la literatura arriesgada.

Andreu Jaume es editor y crítico literario.

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Analfabetos

Grandes las palabras de Jesús Quintero

Jesús Quintero: "Nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida".

Posted by Spanish Revolution on Monday, April 16, 2018

Gloriana

Buena parte del populismo analfabeto sigue creyendo que la ópera es cosa de pijos

Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci) en la opera Gloriana.
Reina Elisabeth I (Ana Caterina Antonacci) en la opera Gloriana. ©JAVIER DEL REAL

 

La ópera fue, como la revolución, la fiesta favorita de la burguesía europea. Lo seguiría siendo durante décadas hasta que la destrucción de la cultura popular la empujó al rincón de la élite, es decir, se la devolvió a la aristocracia. Buena parte del populismo analfabeto sigue creyendo que la ópera es cosa de pijos. En lugar de impulsar su difusión, la revientan.

Así, por ejemplo, la gran Gloriana, ópera de Britten que se está produciendo en el Real de Madrid. Creada para la coronación de la joven reina Isabel en 1953, sufrió el ataque de lo peor del establishment británico. A su estreno acudieron embajadores romos, arrogantes jefes del régimen, ministros tontainas, parásitos de la corte, en fin, esa tropa que en la actualidad ha promovido el Brexit: puro populismo. Britten los calificó con sencillez clásica de “cerdos”. Su libretista se refirió a “un público viscoso”. El caso es que se cargaron la ópera y no volvió a la escena hasta medio siglo más tarde. ¡Y esto es lo que los actuales cabecillas del pueblo consideran “elitista”!

El boicot es fácil de explicar. Britten eligió para su ópera una historia regiamente escrita por Lytton Strachey, Elizabeth and Essex, que narra la caduca atadura amorosa de Isabel I, una anciana de más de sesenta años, con el joven conde de Essex, militar altanero y cabeza loca. Cuando Essex fracasó en su intento de dominación irlandesa, incapaz de admitir la derrota conspiró contra la reina. Isabel no dudó ni un momento en condenarle a muerte. La ópera de Britten es una defensa de la nación contra los intereses egoístas de los políticos. Un Lucio Junio Bruto femenino.

La admirable creación del Real debería ser vista por todo ese populismo que desprecia cuanto ignora. Y por los demás, claro.

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La inmortalidad a la vuelta de la esquina

Se cumple el décimo aniversario de la muerte del guionista Rafael Azcona, que se despidió de la vida con estas dos palabras: “Ya está”

Rafael Azcona, retratado en Madrid en 2006.
Rafael Azcona, retratado en Madrid en 2006.RICARDO GUTIÉRREZ

 

La Pascua cayó en pleno equinoccio de primavera en 2008. Ese año los cristianos celebraron la Resurrección el 23 de marzo y a la mañana siguiente de gloria, entre aleluyas y campanas, también pasó a la inmortalidad Rafael Azcona. Los amigos lo supimos unos días después porque había dejado escrito que no se diera a nadie la noticia de su muerte hasta que su cuerpo hubiera sido incinerado. Fue una elegante manera de esfumarse de este mundo por la puerta de atrás, ya que nos ahorró contemplar destruido aquel rostro, que tantas carcajadas albergó. Cuando Azcona supo que su enfermedad era un morlaco imposible de lidiar, dejó de ver a los amigos y solo atendía por teléfono o email con el humor y la generosidad de siempre. Su retiro de preparación para abordar la barca de Caronte duró un año. Estuvo bien, sin sufrir demasiado, revisando sus primeras novelas, escribiendo algunos guiones. “Le sobraron solo ocho días”, me dijo su médico. Se despidió de la vida con estas dos palabras, las últimas, bien sencillas. “Ya está”, dijo y a continuación se largó sin más.

Han pasado diez años de su muerte. La Academia de Cine acaba de celebrar un homenaje en memoria de este guionista genial y en el acto han hablado los amigos, sus compañeros de oficio, sus admiradores. Durante un tiempo en los almuerzos los amigos inclinábamos su silla contra la mesa para tenerle presente. Solo faltaba ponerle plato, cubierto, servilleta y llenarle el vaso de vino. Lo hacíamos a veces. Con ocasión del décimo aniversario de su muerte la editorial Pepitas de Calabaza ha publicado una recopilación de sus primeros escritos (1952-1959), dispersos en varios diarios y revistas, Viaje a una sala de fiestas, que contienen todas las semillas del genio de este escritor, el humor ácido, el ingenio irónico, la percepción lúcida, la literatura pegada a la vida de los seres subalternos que se mueven en la parte sumergida de la historia. Es un Azcona puro con el oído ya desarrollado para captar el sonido auténtico de las palabras.

En las vacaciones de pascua del año anterior a su muerte, cuando todo Madrid huía hacia las playas, le pregunté: “Rafael, ¿tú no sales?”. Me respondió: “Yo ya salí de Logroño”. En efecto, un amor contrariado y el sueño de ser escritor lo trajeron a Madrid en 1950. Después de realizar la visita obligatoria al café Gijón y calentar el peluche sin más esperanza de gloria que soñar con un imposible pepito de ternera, se empleó de contable en una carbonería, luego fue recepcionista en un hotel de mala muerte, y vivió en una pensión de la plaza del Carmen especializada en opositores a Correos de donde sacó su novela Los Ilusos, una obra maestra del realismo social. Su padre era azconiano, sastre y cojo, cantaba fragmentos de zarzuela en el taller y las oficialas hacían los coros, había fundado una cuadrilla de toreros, afición heredada por su hijo, que un día soñó con ser novillero con más miedo que arte. El amor contrariado que había dejado en Logroño le propició los primeros versos en las justas poéticas del café Varela a cambio de que no le obligaran a consumir ni un café con leche y le dieran el agua gratis. De esa bohemia lo A Rafael Azcona lo definían sus zapatos, resistentes, cómodos, apropiados para el barro,  preparados para no pisar ninguna mierda ni tener que meterse en charcos innecesarios

Yo admiraba mucho los artículos y dibujos de Azcona de esa revista de humor, que siendo adolescente recibíamos en casa. Uno de mis propósitos al llegar a Madrid era conocer a este personaje. Alguien en el café Gijón me dijo que solía andar por el Comercial. Empecé a merodear por allí hasta que un día después de comer descubrí que en el local casi vacío un tipo repantigado en uno de los peluches dormía la siesta con la cara cubierta con una servilleta blanca. Le pregunté a un camarero si por allí caía alguna vez el famoso humorista y dibujante Rafael Azcona. El camarero me dijo: “Es ese señor que está debajo de la servilleta”. No me atreví a despertarlo, pero después de varias consumiciones, viendo que no arriaba el paño para mostrar su rostro, abandoné el establecimiento. Me consolé pensando que, al menos había visto qué jersey y pantalones vestía, qué zapatos calzaba de mi héroe. Como a muchos hombres enteros, a Rafael Azcona lo definían sus zapatos. Usaba un calzado resistente, cómodo y apropiado para el barro, aunque los zapatos de Azcona eran de una marca especial: habían salido de fábrica preparados para no pisar ninguna mierda ni tener que meterse en charcos innecesarios. Siempre miraba dónde ponía el pie. Tal vez esa lección la había aprendido una noche oscura en aquella Ibiza prehippy cuando volvía a casa en bicicleta después de una fiesta y llevado por la emoción poética le dio por levantar los ojos hacia las estrellas y se dio un batacazo. Una y no más. Había que dejar las constelaciones en su sitio allá arriba y poner la metafísica al nivel de las hormigas. Puede que el mundo de Azcona haya pasado, pero su genio seguirá siempre en pie.

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Responden al misterio de la enigmática sonrisa de la Mona Lisa

Según un estudio de la Universidad de California, el significado de su gesto depende de nuestro estado de ánimo, que altera nuestra percepción de las obras de arte

Responden al misterio de la enigmática sonrisa de la Mona Lisa

Detrás de la enigmática sonrisa de la Mona Lisa estamos nosotros, mirando la pintura como una suerte de espejo. ¿Está feliz? ¿Se muestra seria? ¿O tan solo finge una sonrisa mientras disfruta del goce de la ironía? Según un estudio de la Universidad de California, depende de nuestro estado de ánimo, que altera nuestra percepción de las obras de arte.

 «Si ves la Mona Lisa después de tener una pelea a gritos con tu marido vas a verla de manera diferente», explicó Erika Siegel, una de las autoras del estudio, al «Daily Mail». «Pero si estás pasando el mejor momento de tu vida en el Louvre, vas a apreciar su enigmática sonrisa».
 El experimento de Siegel reunió a 43 participantes, a los que se les mostraban diferentes fotografías en cada ojo. Según indica en su publicación, cada individuo tiene un ojo dominante, y que es el que registra la imagen de una manera más directa: la del otro ojo solo se «registra» de forma subconsciente.
 Las fotografías mostradas al ojo dominante eran todas de una expresión neutra, mientras que las otras variaban entre la sonrisa, el enfado o la duda. Así, cuando la investigadora preguntaba a los participantes qué expresión tenía el individuo de la fotografía: las respuestas siempre tenían que ver con la expresión de la otra fotografía vista por el ojo no dominante.
 Así, Siegel compara este «registro subconsciente» de «imágenes emocionales» con el efecto que nuestro propio estado emocional tiene sobre nuestras percepciones. Es decir: no solo influye en nuestra percepción lo que vemos, sino también lo que sentimos. Y esto se vuelve mucho más evidente cuando tenemos que valorar un «rostro neutro». La Mona Lisa sonreirá más, pues, si la vemos en uno de nuestros días buenos.
 La misteriosa sonrisa de la Gioconda

Esta no es la primera vez que se estudia la sonrisa de la Mona Lisa, que no ha dejado de interesar a los investigadores con el paso del tiempo. En 2005, un grupo de investigadores holandeses utilizaron un software de reconocimiento de emociones para determinar que su expresión era un 83% feliz , un 9% disgustada, un 6% temerosa y un 2% enojada.

 En 2015, una serie de académicos británicos estudiaron las técnicas pictóricas con las que Leonardo Da Vinci había creado la sonrisa a partir del «sfumato», algo que ya se había expuesto desde la historia del arte.

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Literatura y nación

Hoy, ningún escritor civilizado quiere ver su nombre al lado de ninguna clase de nacionalismo identitario. El apátrida más fascinante fue Kafka

El escritor Juan Goytisolo, en 1976.
El escritor Juan Goytisolo, en 1976. ANTONIO GABRIEL

 

Fue en el siglo XIX cuando la literatura descubrió su poder para la representación social del presente y lo hizo a través de la novela. Esas sociedades de las que se hablaba en las novelas tenían nombre: Francia, Rusia, Inglaterra, España. El XIX fue el siglo del nacionalismo y lo fue también de las ficciones de largo aliento, que se convirtieron en el espejo de las identidades colectivas. Ya no hacía falta la fuerza bruta de un ejército, o la solemnidad de un Estado, o la efigie de un rey para contemplar una nación: la novela era un reflejo más moderno, más sofisticado, más universal. La novela componía naciones: la Inglaterra de Dickens, la Francia de Balzac, la Rusia de Tolstói o la España de Galdós. Los novelistas triunfaron, pero también cargaron en sus hombros con los recién estrenados fantasmas de las naciones. La modernidad aceptaba el pacto de novela y nación a cambio de que el reflejo de las sociedades fuese crítico. Pero el maridaje entre escritor y país ya estaba formulado. Ese maridaje, en el siglo XX, acabó teniendo toda clase de desencuentros. Thomas Bernhard murió odiando un país entero: Austria. Vladímir Nabokov abandonó la lengua rusa y a partir de 1938 escribió en inglés. Tras la Segunda Guerra Mundial, los escritores huyeron del nacionalismo como de la peste, pero eran conscientes de que iban a ser adjetivados en función de su origen nacional. Nadie escapaba a su país, de modo que el Premio Nobel a Albert Camus fue el Premio Nobel a un escritor francés. O el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez, un poeta en el exilio, fue el Nobel a un escritor español. La nacionalidad adjetiva siempre a la literatura.

Tal vez el primer apátrida de la modernidad fuese Lord Byron, el primero que experimentó la desavenencia con su identidad nacional como un logro ético y estético. Byron insultó a Inglaterra, pero Inglaterra no se sintió insultada por él. Todo lo contrario, acabó integrando el insulto byroniano como una nueva forma de ser inglés. Byron fue el apátrida errante. La vida errante se instituía en las letras occidentales como una forma hermosa de desafección patriótica y perfilaba el mito de lo que luego se llamó cosmopolitismo, que fue una gran invención tras la que se podían disimular orígenes nacionales exóticos, y estoy pensando en Rubén Darío. Del cosmopolitismo, que fue una utopía parisiense, se pasó a “mi patria es mi lengua”, una solución que evitaba al escritor tener que sufrir la toxicidad de los Estados y zanjar el oscuro asunto de la patria. Aun hubo un remedio casi enternecedor en aquellos escritores que usaban y usan el “mi patria es mi infancia”, que fue un hallazgo de Rilke.

Por mucho que Oscar Wilde maldijera Inglaterra, su destino es estar en el cuadro de honor de la literatura de lengua inglesa. Hasta la poesía irreductible de Rimbaud sabía que su destino era Francia. Estados Unidos sigue siendo feudo de Walt Whitman. Y España pertenece a Antonio Machado. La identidad nacional necesita escritores para existir. Pero los lectores también consiguen articular su identidad personal cuando ven su país representado literariamente, incluso cuando su ciudad es satirizada, caso de Dublín en el Ulises de Joyce. La representación negativa de un país, si tiene fuerza artística, es válida. De la representación realista de las sociedades crecidas bajo el nacionalismo decimonónico, la literatura, ya en el siglo XX, sondeó zonas simbólicas y resbaladizas, como ocurre en Pedro Páramo, de Juan Rulfo, novela que presenta un retrato distorsionado de un ente fantasmal llamado México. Luces de Bohemia, de Valle-Inclán, contribuyó a la construcción del mito literario de España, que pasó de la literatura a la política, y que, lo estamos viendo hoy, aún perdura. Insistiendo en esa idea, y ya casi a título de perversa ironía, si España perdiera su identidad histórica, obras muy críticas con esa identidad, como la de Luis Cernuda o Juan Goytisolo, se volverían incomprensibles. Estoy pensando en que un libro como Coto vedado será comprensible para un lector futuro en tanto en cuanto siga existiendo España.

Es muy difícil que un escritor no lleve la sociedad y el país que le ha tocado en suerte a las páginas de sus libros. Cien años de soledad consagraba una épica fantasiosa de un país que parecía de ficción, pero que acabó siendo Colombia. Muy sabedor de esto fue el propio García Márquez cuando eligió como vestimenta de gala en la recepción del Premio Nobel de 1982 el liquilique que ahora se expone en el Museo Nacional de Colombia. Hoy día la incomodidad persiste, y ningún escritor civilizado quiere ver su nombre al lado de ninguna clase de nacionalismo identitario. El apátrida más fascinante fue Franz Kafka. La nacionalidad de Kafka es un vacío. Nadie podría decir de él que fuese alemán, ni checo, ni judío. Cuando Roberto Bolaño escribió Los detectives salvajes formuló una idea del poeta latinoamericano como apátrida y pobre. El vagabundeo byroniano se encarnaba, en versión low cost, en los personajes de la novela de Bolaño, quien en su propia vida también alcanzó un alto grado de escritor sin patria, o escritor con tres patrias: Chile, México y España. Los poetas mendigos de Bolaño son una buena metáfora de la desafección de la literatura hacia la patria.

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ESTE PÁRRAFO DE ‘UN MUNDO FELIZ’ EXPLICA LA TRAGEDIA MODERNA (O CÓMO CANJEAMOS LA VERDAD Y LA BELLEZA POR LA COMODIDAD Y EL PLACER)

HUXLEY COMPRENDIÓ QUE PARA QUE LA MÁQUINA DE LA PRODUCCIÓN MASIVA PUDIERA SEGUIR RODANDO, SE DEBÍA PROVEER A LOS INDIVIDUOS DE CONSTANTES GRATIFICACIONES (LA ILUSIÓN DE LA FELICIDAD). EL PROBLEMA ES QUE LA FELICIDAD HEDONISTA SIGNIFICA UN PACTO FÁUSTICO EN EL QUE SE SACRIFICA LA BELLEZA Y LA VERDAD

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La novela Un mundo feliz es, sin duda, una de las visiones literarias que con mayor claridad se anticiparon a los acontecimientos que estamos viviendo. Existe una bizantina disputa sobre si estamos viviendo el mundo que imaginó Orwell o el mundo que imaginó Huxley (y aunque hay claroscuros, parece que Huxley fue más preclaro). El analista de medios Neil Postman distinguió la visión distópica de Huxley de la de Orwell. La del primero estaba basada en el deseo y la segunda en el miedo; de manera quizá un poco más sofisticada, Huxley entendió que en el “futuro” íbamos a ser controlados no a través de la fuerza, la represión violenta o la supresión de la información, sino sobre todo, a través de la distracción y el entretenimiento. El siguiente párrafo se lee de manera ominosa, si bien ya en 1932, cuando se publicó por vez primera la novela, había visos de que la producción serial -el fordismo- requería del ser humano una constante atención hacia los productos y, por lo tanto, una asociación de la felicidad con el consumo. Asimismo, Huxley ya vislumbraba que las personas estaban dispuestas a sacrificar su libertad en niveles alarmantes a cambio de seguridad, especialmente después de haber vivido una guerra. Esto se pudo comprobar con el movimiento nazi. 

Nuestro Ford hizo por su propia cuenta una enormidad para modificar el énfasis de la verdad y la belleza hacia la comodidad y la felicidad. La producción masiva exigía ese cambio. La felicidad universal mantiene las ruedas girando constantemente; la belleza y la verdad no pueden. Y, por supuesto, cuando llegó a ocurrir que las masas tomaban poder político, entonces era la felicidad lo que contaba y no lo la belleza y la verdad. Sin embargo, pese a todo, la investigación científica aún era permitida. Las personas aún seguían hablando de la belleza y la verdad como si fueran bienes soberanos. Hasta el tiempo de la guerra de los 9 años. Eso hizo que cambiaran de tono completamente. ¿De que sirven la belleza o la verdad o el conocimiento cuando las bombas de ántrax están brotando por todas partes? En ese momento la ciencia empezó a ser controlada por primera vez… Las personas estaban listas hasta para que les controlaran sus apetitos. Todo por una vida tranquila. Hemos seguido controlando las cosas desde entonces. No fue muy bueno para la verdad, por supuesto. Pero ha sido muy bueno para la felicidad. Uno no puede tener algo gratis. La felicidad se debe pagar. 

La producción masiva, el capitalismo, la deificación del dinero, la tecnología y la materia, etc., requieren de una cierta pasividad, de un cierto estado de consumidor, de renunciar a la agencia, de que los individuos se vean parte de una gran máquina de la cual sólo son piezas y ante la cual no pueden hacer nada. Para que el individuo renovara su deseo y pudiera seguir consumiendo y alimentando el sistema que hoy se conoce como economía de crecimiento infinito, la felicidad debió asociarse con la participación en los bienes de consumo que produce el sistema. Huxley lleva esto a una especie de hipérbole, considerando que es como el consumo de una droga (y así, ¿es la dopamina digital una versión del soma de Huxley?), que mantiene a los individuos felices y, en consecuencia, inofensivos para el sistema. Como dice la canción de Radiohead: “happy, more productive“. La depresión, la melancolía y la tristeza se convierten en anatema, en estados que deben ser rápidamente curados y eliminados. Al eliminarse, se elimina una dimensión de profundidad de la existencia; sólo queda la verticalidad: tratar de escalar socioeconómicamente, de obtener más. Se pierde también la dimensión estética, ya que ésta requiere de integrar y considerar seriamente todo tipo de sensaciones buenas y malas -el amor y la muerte en el mismo vaso-, de la introspección, de descender a la propia alma y demás cosas que el aséptico neoliberalismo moderno no consiente. De aquí esta fórmula de que cambiamos la belleza y la verdad a favor de la felicidad o el placer (hedonista y narcisista). Preferimos vivir cómodos y seguros a enfrentarnos a lo desconocido, al mysterium tremendum, lo numinoso. La sociedad se convierte en un organismo funcional, eficiente, predecible, pero sin alma, y en una perenne crisis existencial que es suprimida por paliativos. Crisis existencial que es rápidamente atacada por el entretenimiento, por la manipulación del deseo (por la manufactura de deseos), y ahora, por la captación de la atención de la tecnología digital. Se trata de que el hombre no se enfrente a la oscuridad de su propia mente, ya que si lo hace se dará cuenta de que está sumido en una profunda crisis y que la vida que vive no tiene profundidad, es similar a la de una máquina. Un hombre realmente no puede tolerar esto mucho tiempo; si lo hace, se enfrentará con la necesidad de una profunda transformación. Es por ello que es mejor distraerse. Huxley lo vio de manera genial; el monstruo de la indolencia ya estaba latente y hoy se ha expandido como una red global de comunicación que nos dice que estamos perpetuamente conectados. Estamos conectados pero a la vez cada vez más desligados de nosotros mismos y de aquellas cosas que históricamente le dieron sentido al hombre. Dostoyevski creía que el ser humano no podía vivir sin belleza; belleza también en el sentido platónico: el esplendor de la verdad, el símbolo del espíritu. 

Quizás la gran ilusión moderna tiene que ver con la idea de que el ser humano existe para su propia felicidad. Una felicidad que no es ciertamente la felicidad eudaimónica de Aristóteles; se trata más bien de la felicidad individualista de suprimir todas las amenazas, todo el dolor, todo el miedo, toda la oscuridad, y de abrirse el terreno hacia la máxima comodidad y hacia el más alto diseño del placer. Esta es la promesa de la tecnoutopía: una existencia descorporalizada en la que se puedan crear paraísos hedonistas sintéticos. Solzhenitsyn veía las cosas de manera distinta:

Si, como sostiene el humanismo, el hombre naciera sólo para ser feliz, no nacería para morir. Ya que su cuerpo está condenado a la muerte, su tarea evidentemente debe ser más espiritual: no el grosso involucramiento en la vida cotidiana, no la búsqueda de mejores formas para obtener bienes materiales  y su consumo libre de preocupaciones. Debe ser el cumplimiento de un deber sincero y permanente, de tal manera que el viaje de la vida se convierta en una experiencia de crecimiento moral: dejar la vida siendo un mejor ser humano del que uno era cuando llegó.

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Foto: Kalosy

Descubren más de medio centenar de geoglifos en el desierto de Nazca en Perú

Las nuevas líneas habrían sido trazadas antes de las famosas líneas de Nazca, según los investigadores

Nazca
Algunas de las nuevas figuras descubiertas. MINISTERIO DE CULTURA DE PERÚ.

 

Provistos de drones y apoyados en imágenes de satélite, arqueólogos peruanos han anunciado el descubrimiento de más de medio centenar de misteriosas líneas y geoglifos sobre el desierto de Nazca, Perú, con una antigüedad mayor a 2.000 años.

“Hemos identificado nuevos geoglifos, en total estamos hablando de unos 15 a 20 grupos de figuras que si identificamos individualmente estamos hablando de entre 50 a 60 figuras nuevas”, dijo a AFP el arqueólogo Johny Isla, corresponsable del hallazgo junto con su colega Luis Jaime Castillo.

Las nuevas líneas habrían sido trazadas antes de las famosas líneas de Nazca y están ubicadas en las laderas de las colinas que circundan los valles de Palpa, lejos de donde se localizan las de Nazca, aunque en la misma región costera de Ica, al sur de Perú.

Guerreros, aves y felinos

El descubrimiento comprende figuras humanas, aves y felinos, que con el paso del tiempo y los vientos en la zona se tornaron imperceptibles para el ojo humano al nivel de la superficie. “Estos geoglifos son más antiguos que aquellos de la cultura Nazca. Pertenecen a la cultura Paracas y Topará, que se desconoce mucho”, sostiene Isla. El hallazgo ha sido publicado en la última edición de la revista National Geographic.

“La mayoría de estas figuras son guerreros”, afirmó Castillo, un fervoroso partidario del uso de drones para tareas arqueológicas, citado en la revista. “Estos podían ser vistos desde cierta distancia, pero con el tiempo quedaron completamente borrados”, añadió.

Según los investigadores peruanos, que contaron con el apoyo de colegas estadounidenses del proyecto GlobalXplorer, algunas de las imágenes descubiertas podrían remontarse a un período que abarca entre los años 500 a 200 antes de la era cristiana.

Las famosas líneas de Nazca, reconocidas como Patrimonio de la Humanidad, son geoglifos de más de 2.000 años de antigüedad con figuras geométricas y de animales, que solo pueden ser apreciadas desde el cielo. Su significado real es un enigma: algunos investigadores las consideran un observatorio astronómico, otros un calendario, aunque un estudio de 2016 asegura que son parte de un sofisticado sistema de riego. La cultura Nazca ocupó la zona desde el año 200 hasta el 700 de la era cristiana.

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