El mapa napoleónico de España que dinamitó las nacionalidades históricas

Iñaki Berazaluce

El mapa napoleónico de España que dinamitó las nacionalidades históricas

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Cuando Napoleón Bonaparte invadió España se encontró un país que seguía viviendo bajo el yugo oscurantista de la Iglesia y la Corona en su peor versión:Fernando VII, un rey ultramontano que llegó a reinstaurar la Inquisición en tiempos en Inglaterra ya estaba poniendo en marcha la Revolución Industrial.

Napoleón colocó a su hermano José Bonaparte en el trono español y envió al exilio al Borbón. Bonaparte, que pasaría a la historia como “Pepe Botella” por motivos equívocos, pudo haber sido el mejor monarca de España, si no fuera porque el país se negó a salir de su ancestral atraso.

Uno de los proyectos de José I fue racionalizar la distribución territorial de España, que hacia 1809 era un auténtico caos, que giraba en un “sinfín de enclaves y exclaves de los reinos, señoríos y realengos del Antiguo Régimen”, tal y como describe el compañero Mohorte en un imprescindible artículo en Magnet.

El mapa napoleónico de España que dinamitó las nacionalidades históricas

José Bonaparte, fatal de pelo.

Tal día como hoy hace 209 años, el 17 de abril de 1810, entró en vigor la nueva división administrativa de España, que dividía al país en 38 prefecturas y se pasaba por el arco del triunfo cualquier vestigio histórico, optando por la elegancia de la línea recta y primando las divisiones geográficas frente a los nacionalidades históricas. Además, repartía el territorio equitativamente entre las prefecturas, excepción hecha de Madrid (Distrito Federal) que quedaba jibarizada. Un auténtico sindiós para los nacionalistas:

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–Navarra se convirtió de un plumazo en Bidasoa, tenía la capital en Pamplona y subprefecturas en Pamplona, San Sebastián y Olite, mientras la que queda del País Vasco recibe el nombre de Cabo Machichaco (¡!), con capital en Vitoria.

-La actual Comunidad Valenciana quedaba dividida, aproximadamente, en dos: Cabo de la Nao (con capital en Alicante) y Guadalaviar Bajo (Valencia, con subprefecturas en Segorbe y Castellón de la Plana).

–Galicia queda bastante reconocible, si bien las actuales provincias quedan rebautizadas como Tambre (Coruña), Miño Bajo (Pontevedra, con capital en Vigo, como es razonable), Miño Alto (Lugo) y Sil (Orense).

–La Rioja desaparece -en realidad nunca existió como tal hasta 1982– y su territorio se integra en Burgos… bueno, mejor dicho en “Arlazón”.

-El otrora glorioso reino de León se convierte en Esla y pierde incluso la capitalidad, que se traslada a la muy noble ciudad de Astorga.

-Del mismo modo, Mérida le roba la cartera a Badajoz como capital de Guadiana y Guadajira, mientras al norte Cáceres hace de capital de Tajo y Alagón, en una prefectura que absorbe incluso a Talavera de la Reina (enclavada en Toledo actualmente).

–Cádiz también pierde su actual capitalidad a manos de Jerez en la prefectura llamada Guadalete, y Huelva se funde en una gran unidad de destino con Sevilla, dentro del llamado Guadalquivir Bajo.

[El listado completo de prefecturas puedes verlo en Wikipedia].

Por descontado, la división territorial napoleónica no gustó a nadie y nunca llegó a ser efectiva. No solo porque José Bonaparte duró en el trono lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, sino porque su propio hermano le saboteó a la primera de cambio: “En pleno proceso de implantación de su corona, su hermano Napoleón decidió anexionarse todos los territorios al norte del Ebro. Así, mientras los terrenos del sur sí conocerían levemente a las prefecturas, Cataluña y Aragón se convertirían en departamentos”.

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Tudmur@tudmur

17 de abril de 1810. En virtud de un Decreto de este día, José María de Lanz establece la división de España en 38 prefecturas durante el gobierno bonapartista. La Prefectura de Murcia se dividiría en las subprefecturas de Albacete, Cartagena y Huéscar. 

Visto en el Twitter de . Con información de Magnet y WikipediaMapa: Wikicommons.
https://blogs.publico.es/strambotic

Concha Espina, la mujer que nació poeta

Una obra recoge por primera vez todos los versos, algunos de ellos inéditos, de la gran escritora española, condenada al olvido por su ideología más conservadora

Concha Espina, en una imagen de 1920
Concha Espina, en una imagen de 1920 – ABC

Es cierto que en los últimos años, y gracias al esfuerzo de pequeñas editoriales e investigadores infatigables, hemos recuperado las voces literariasde numerosas mujeres que, por su género, habían sido olvidadas o relegadas a un papel menor que el que realmente tuvieron en nuestra Historia. Valgan, a modo de ejemplo, libros como «Las sinsombrero» (Espasa, 2016), de Tània Balló, o la labor que, desde la Universidad de Exeter (Reino Unido), está llevando a cabo Nuria Capdevila-Argüelles, responsable de que hayamos vuelto a leer a Elena Fortún, redescubierta como mucho más que la creadora de Celia.

Pero no es menos verdad que en ese camino de reparación de nuestra memoria nos hemos dejado a uno de los nombres más importantes y singulares de la literatura española: Concha Espina (1869-1955). Y el pecado parece aún mayor, porque todo apunta a que el hecho de que nadie haya reparado en que mañana se cumple el 150 aniversario de su nacimiento se debe a la etiqueta de «mujer conservadora» que se le colgó tiempo ha y que nadie se ha preocupado de revisar o, incluso, ignorar, pues con la grandeza de su literaturadebería bastar. Pero, ay, las poses, cómo pesan.

La clamorosa ausencia de reediciones de su obra confiere aún más importancia al libro que, en unos días, llegará a las librerías españolas y que recoge, por primera vez, toda su poesía. Publicada porTorremozas, editorial a la que tanto debemos por su trabajo de «arqueología poética», la obra recoge los tres poemarios de la escritora cántabra («Mis flores», de 1904, «Entre la noche y el mar», de 1933, y «La segunda mies», de 1943), así como todos sus versos aparecidos en prensa (varios en ABC y la revista «Blanco y Negro»), los poemas que incluyó en sus novelas más conocidas y dos inéditosque Concha Espina dedicó a sus nietas.

Homenaje

Se trata, además, de una suerte de homenaje a la autora, que siempre consideró la poesía como eje vertebrador de su obra, pese a que logró la fama, y con ella la subsistencia de su familia, gracias a sus novelasy artículos periodísticos. Así lo reconocía la propia Concha Espinaen el poema rescatado de «La esfinge maragata» (1914), en el que asegura: «Yo soy una mujer: nací poeta, / y por blasón me dieron / la dulcísima carga dolorosa / de un corazón inmenso». También, en la introducción que escribió para «La segunda mies», donde sostiene que «muchos de mis amigos, tal vez los mejores, ignoran que yo haga versos y se sorprenden cuando traslucen, como algo insospechado, esta otra debilidad de mi vocación literaria (…) pero sucede que yo nací bajo el signo cándido y loco de la rima, y que rimé en la imaginación esos renglones incautos antes de saber escribirlos, es decir, desde el alba de mi estrella».

«Para nosotros era un deber recuperar toda su poesía, una faceta suya tan olvidada», explica Fran Garcerá, responsable de la edición de la obra y experto en las poetas españolas de la Edad de Plata (1900-1936), a la que perteneció Concha Espina. Una vez tomada la decisión, Marta Porpetta, directora de Torremozas, y él se pusieron manos a la obra, con la premura de intentar llegar a tiempo para el aniversario de su nacimiento, inadvertido para casi todo el mundo. Recopilaron los tres poemarios antes mencionados y se pusieron en contacto con los descendientes de la escritora, que fueron «maravillosos» y se mostraron «entusiastas con la recuperación de su legado», según reconoce Garcerá. De su archivo rescataron todas las fotografías que incluye la obra, en muchas de las cuales se advierte un aire moderno y vanguardista muy alejado de la idea de escritora antigua o tradicional que tenemos de Concha Espina.

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«Fue una mujer moderna y pionera -asegura Porpetta-. Queríamos darle ese tono de mujer mucho más sofisticada que la idea que tenemos de ella. Hay que quitarle esa pátina antigua». A juicio de la editora, a la autora de «La niña de Luzmela» (1909) «se le puso la etiqueta de conservadora y con ella sigue, no hay manera de quitársela, por eso se la deja de lado, pero eso es un error tremendo. Hay que entender sus circunstancias, el momento que le tocó vivir… Si es un poquito más conservadora, ya no la leemos, y eso no puede ser. Parece que es mucho más simpático reivindicar a otras autoras. Concha Espina forma parte de la Edad de Plata, pero se la tiene como si fuera de otra época, y eso es por el desconocimiento y por la etiqueta que tiene colocada».

[«La niña de Luzmela»; por Juan Manuel de Prada]

Lo cierto es que Concha Espina, como advierte Garcerá, «debió traspasar las mismas fronteras que el resto de mujeres de su época y, en su caso, además, tuvo que sacar adelante a su familia». Muy equivocada no estaba cuando, unos días después de casarse, bien jovencita, en Santander, con Ramón de la Serna y Cueto, reconoció que aquel matrimonio había sido fruto de una decisión precipitada. Con su marido puso rumbo a Chile -allí a Concha Espina le recomendaron que, si quería vivir de la literatura, se olvidara de los versos que desde niña llevaba escribiendo y se centrara en la prosa- en 1893, para que Ramón administrara los negocios de su familia, y con él regresó a España en 1898, año desastroso donde los haya, arruinada por la mala cabeza de su santo esposo y los dispendios que hizo al otro lado del charco.

Aquello debió provocar una crisis tremenda en la pareja y un enfado mayúsculo en Concha Espina, que cuando en 1908 se instaló con sus hijos en Madrid lo hizo ya sin su marido. Desde ese momento, los únicos ingresos de la familia fueron los que ella aportó como escritora. Encargos no le faltaron, entre ellos los de este mismo periódico, con el que mantuvo una estrecha colaboración.

Volviendo a su obra poética, Garcerá reconoce que «Mis flores», su primer poemario, «es ingenuo». Lleno de imágenes de carácter religioso, la mayoría de los poemas están dedicados al ámbito familiar y, aunque «con la distancia de los años ella llegó a juzgar con mucha dureza aquella obra», el investigador defiende «la importancia de rescatarla, porque de un poemario a otro podemos ver su evolución literaria y también en su concepción como autora». El segundo, «Entre la noche y el mar», publicado treinta años después, es un poemario mucho más maduro, en el que da cuenta de sus múltiples viajes, a través de los cuales refleja los temas universales: el temor, el miedo, el amor… Y el último, «La segunda mies», está compuesto por poemas que Concha Espina escribió durante la Guerra Civil. «No tienen una gran fuerza testimonial, pero se ve la circunstancia vital por la que atravesaba y ella quería que salieran a la luz, por eso los fechó», confirma Garcerá.

Aristas

Autora de múltiples aristas, Concha Espina pasó de apoyar la Segunda República a, desencantada con lo que de aquella aventura resultó, identificarse más con el bando sublevado durante la contienda española. «Eso enriquece su figura», argumenta el investigador, aunque reconoce que «la apropiación que se hizo de su figura durante el periodo dictatorial ha jugado en su contra y oscurece su literatura».

Antes de todo aquello, Concha Espina tuvo tiempo de ser rechazada por la Real Academia Española (RAE) y hasta de ser nominada alpremio Nobel de Literatura (1926), que terminó por no llevarse debido a un único voto, que se atribuye a la propia RAE. Así lo recoge, al menos, la crónica que apareció publicada en ABC el 20 de mayo de 1955, un día después de su muerte, y que sostiene que fue «presentada (al Nobel) por el hispanista académico profesor Wulff, con votos de la Academia francesa, y sin el apoyo de las Academias españolas».

En todos esos años, Concha Espina nunca abandonó la poesía y, pese a la severa ceguera que padecía desde 1934 (murió privada de la vista), siguió escribiendo hasta el final. De hecho, tras su muerte, su hija, Josefina de la Serna, encontró en el armario de sus documentos su último soneto, dado a conocer por Torcuato Luca de Tena en el emotivo artículo que le dedicó en las páginas de este diario con motivo de su fallecimiento, y que también recoge la obra de Torremozas:

 

«Hay una sepultura de ladrillo

que me espera en el suelo arrodillada,

rojo lecho en tierra calcinada,

cuerpo estéril de gélido mantillo.

En ella ha de torcer un sordo anillo

mi pálida ceniza sosegada

bajo el silencio adusto de la nada

que resucite su mortal cuchillo.

Pero sobre la muerte se deshoja

la eterna luz del cielo soberano

y sobre la dureza de una losa

que abrigue la negrura de un arcano,

habrá el roce amoroso de una mano

que derrame el perfume de una rosa».

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Los gallegos y sus 70 palabras para designar la lluvia

 

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Dice la -en este caso- equivocada cultura popular que un ejemplo de la adaptación de la lengua al medio en el que vive es que los esquimales tienen multitud de palabras para designar la nieve. El origen de este error se sitúa en el antropólogo Frank Boas, que en 1911, explicaba esto con cuatro palabras de diferente lexema para otros tantos tipos de nieve.

Aunque, como señala el programa de conservación de lenguas Sorosoro, el propio Boas explicaba que lo que sería expresado por una sola palabra en inuktitut puede serlo por un grupo de palabras en otra lengua, el daño estaba hecho y diferentes publicaciones científicas espolvorearon esta idea por el saber popular aumentado de manera exponencial el número de palabras que los esquimales utilizaban.

Pero que no cunda el pánico. Hay una muestra con más palabras y mucho más cercana: El idioma gallego contempla más de 70 vocablos para su nieve particular: la lluvia.

Elvira Fidalgo, profesora de Filología Románica en la Universidad de Santiago, hizo su tesis sobre la formación de las palabras gallegas para lluvia. “Los términos de Galicia”, explica, “como en la mayor parte de las lenguas romances, parten del pluvia latino, que era el elemento específico que caía cuando llovía”. Está acción, la del “agua de lluvia que cae”, era inver, de donde deriva el nombre de la estación más fría del año. Los hablantes de las lenguas románicas fueron poco a poco inventando nuevos nombres para el mismo concepto y variaciones del mismo, “entrando en cuestión cosas como el aspecto del día, el ruido que hace el agua al caer o las metáforas”.

Un ejemplo de esta variación metafórica en gallego sería el froallo, que según la Real Academia Galega es “una lluvia muy pequeña”. El término nace del latín floccum, que significaba una brizna de lana. Cuando antes se esquilaba a las ovejas y se aireaba la lana, esta soltaba un polvillo que se mecía blanco entre la brisa. “Esa imagen del polvo moviéndose”, dice Fidalgo, “ se trasladó a una lluvia que se pone a caer cuando hay rayos de sol y parece medio blanca”.

El origen onomatopéyico se ve en el lexema bab-, origen en palabras como babuña (“lluvia débil”) y que “refleja el sonido que hacen los bebes cuando todavía no hablan y por la baba en sí”, que se traslada a “una lluvia muy finita, pegajosa pero no desagradable”. Otros ejemplos serían patiñeira o lapiñeira, en las que pat- y lap- imitan el sonido al caminar entre charcos.

Pero la forma más común para la formación de palabras en las lenguas latinas es la derivación. Así, tanto barrallo y barrufa como zarzalo y zarracina vienen respectivamente de boreas y circius, palabra griega y latina para nombrar el viento del norte que traía las nubes de lluvia débil. Más ejemplos serían ballón (“Golpe de lluvia fuerte, abundante y de corta duración que se repite a lo largo de varios días) y su sinónimo lucense balloada, pero que en su caso están derivadas del bullar latino (ebullición) y relacionadas con el también latino battuere, de la que nace batega, (“lluvia intensa y de corta duración”).

Un lector avispado se habrá fijado en que la mayoría de los vocablos referidos hablan de lluvias débiles. Desde Meteogalicia explican que “aunque en Galicia hay todos los tipos de lluvia, los más comunes son los persistentes y de carácter débil”. La gran cantidad de precipitaciones en Galicia es debida a su situación como primer frente de defensa contra las borrascas que llegan del océano Atlántico cargadas de humedad y que la van perdiendo por la Comunidad Autónoma debido a la orografía. La pendiente que hay desde el océano a las montañas hace que las masas de aire asciendan, ayudando a formar las nubes de lluvia. La filóloga Fidalgo ve esta explicación razonable, pero también supone un componente afectivo al razonar que “con la lluvia débil es mucho más fácil convivir que con la fuerte”.

Pero la lluvia con más carga también tiene su sitio en el gallego. Así, arroiada, bátega, chaparrada, cebrina o cifra, entre otras, son precipitaciones con fuerza. Treboada, troboada, torbón y trebón hablan de rayos y truenos. Cuando la nieve y el hielo acompañan se da el auganeve, cebrina, escarabana, nevarada o la sarabiada. Si la neblina está presente, aparecen la borraxeira, brétema, cegoña, fuscallo y la néboa… Por fortuna, el gallego también contempla amizar, delampar, escambrar o estear. Son para cuando escampa.

Actualización:

Condensación de Auga:

– Borraxeira, Borraxoia, Brétema, Cegoña, Fuscallo, Néboa, Neboeiro, Nebra, Zarrazina…

Chuvia Feble:

– Babuña, Babuxa, Barbaña, Barbuza, Barrallo, Barrufa, Barruñeira, Barruzo, Borralla, Breca, Chuvisca, Chuviscada, Chuviñada, Froallo, Lapiñeira, Marmaña, Orballo, Parruma, Parrumada, Patiñeira, Patumeira, Poalla, Poallada, Poalleira, Poallo, Zarzallo…

Chuvia Forte:

– Arroiada, Ballón, Basto, Bátega, Bategada, Cebra, Cebrina, Chaparrada, Chuvascada, Chuvasco, Chuvieira, Cifra, Ciobra, Dioivo, Treixada, Xistra, Zarracina…

Con raios e tronos:

– Treboada, Torboada, Torbón, Trebón…

Con Neve e Xeo:

– Auganeve, Cebrina, Cebrisca, Escarabana, Nevada, Nevarada, Nevareira, Nevarío, Nevisca, Nevarisca, Pedrazo, Salabreada, Sarabiada, Torba…

E logo, cando remata, está a:

– Amizar, Delampar, Escambrar, Escampar, Estear, Estiñar, Estrelampar…

Foto: Galipedia

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La caída

Por muy seguro que uno se sienta siempre hay un punto débil e imprevisto por donde llega alguien y te la clava

El asalto final tras el sitio de Constantinopla.
El asalto final tras el sitio de Constantinopla. MANSELL/THE LIFE PICTURE COLLECTION/GETTY IMAGES

 

Así cayó Constantinopla en 1453, por un simple descuido. La triple muralla levantada por el emperador Teodosio se mostraba inexpugnable ante el asedio del ejército otomano, pero un día unos soldados jenízaros trataron de comprobar las fisuras que en el muro exterior habían producido los impactos de los cañones y se encontraron con que alguien imprevisiblemente había dejado abierta la kerkaporta, un paso peatonal solo utilizado por los que regresaban tarde a la ciudad en tiempos de paz. El ejército otomano se coló con sigilo en el recinto por esa pequeña puerta, pasó a cuchillo a la población y en pocas horas acabó con el último reducto del Imperio Bizantino junto con la cultura romana de Oriente. La trágica lección de Constantinopla sigue vigente. La herencia de Grecia, de Roma, del Renacimiento y del humanismo; la conquista de los derechos políticos basados en la Revolución Francesa; todo el edificio democrático que se construyó en Occidente después de dos guerras mundiales con decenas de millones de muertos; el gran pacto entre el capitalismo y el socialismo de los años cincuenta del pasado siglo que promovió el mejor reparto de la riqueza, todo ese caudal de la historia en que se funda Europa parecía estar protegido hasta ahora por las sólidas murallas del racionalismo republicano, pero, como sucedió en Constantinopla, también en la fortaleza europea por un exceso de confianza la kerkaporta ha quedado abierta a merced del enemigo. Hoy los jenízaros más peligrosos, que pueden penetrar por ella, no son los inmigrantes ni el terrorismo yihadista, sino las huestes del populismo de extrema derecha, que ya están dentro pudriendo las raíces de la democracia. La lección de la caída de Constantinopla también te la puedes aplicar a ti mismo. Por muy seguro que uno se sienta siempre hay un punto débil e imprevisto por donde llega alguien y te la clava.

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Caperucita Roja y el lobo tóxico

Los censores actuales se parecen a los de todas las épocas. Siempre preocupados por la influencia de los malos libros en las mentes frágiles de las mujeres y los niños

Escribir la gran novela americana está al alcance de cualquiera, inventar Caperucita Roja es otra cosa.
Escribir la gran novela americana está al alcance de cualquiera, inventar Caperucita Roja es otra cosa. DE AGOSTINI PICTURE LIBRARY / GETTY

 

Una escuela pública de Barcelona ha decidido retirar 200 títulos del catálogo de su biblioteca que considera “tóxicos” porque reproducen patrones sexistas. Entre los textos, un 30% del total, se encuentran cuentos como La bella durmiente o Caperucita Roja. La decisión produce la paradoja melancólica que generan a menudo los censores. Por un lado admira su confianza en el poder de la palabra, en el hechizo de la literatura. Por otro, apena su incapacidad para comprender en qué consiste la lectura y deprime su mentalidad mecanicista, roma y literal. Les fascina el objeto y son incapaces de entenderlo.

La literatura vive de reinterpretaciones, parodias y revisiones. Busca la exactitud en la expresión y la ambigüedad en el significado. Los clásicos (y los cuentos infantiles lo son) son libros que uno no termina nunca de leer, como decía Calvino; son ellos los que nos leen a nosotros. Los cuentos de hadas han inspirado obras maestras de Angela Carter y Cristina Grande, y variaciones de docentes y estudiantes. Esas revisiones operan con los mismos instrumentos —la imaginación, la intuición, el juego— que los cuentos, y emplean como herramienta la estructura, los significados y el carácter totémico de los relatos.

Una sociedad distinta produce imaginarios diferentes. Pero no conviene despreciar esos cuentos. Escribir la gran novela americana está al alcance de cualquiera que no tenga nada mejor que hacer; inventar Caperucita Roja es otra cosa. Puede que su supervivencia, en variantes, a través de siglos y culturas, se deba a azares e injusticias, pero quizá tenga que ver también con que esos relatos cuentan algo del ser humano. Tienen componentes más profundos que una ortodoxia pedagógica tan intransigente como voluble.

Un niño tiene mecanismos de identificación y comprensión más sofisticados de lo que pensamos cuando nos posee el entusiasmo ideológico, un estado equivalente a mirar por el ojo de la cerradura y creer que lo que vemos es el mundo entero. Los niños que ven dibujos animados no esperan que los animales del parque les hablen. Los censores actuales, tan modernos y críticos con los patrones de dominación, se parecen a los de todas las épocas. Bienintencionados y paternalistas, recuerdan a esos autores del Siglo de Oro que describe Donatella Gagliardi, siempre preocupados por la influencia de los malos libros en las mentes frágiles de las mujeres y los niños.@gascondaniel

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¿20.000 dólares por cien palabras? Este es el premio literario mejor dotado del mundo

El ganador de esta edición ha sido el estadounidense Devlin Elliott, productor teatral. Otros tres finalistas recibirán 2.000 dólares cada uno

Devlin Elliot, escritor, productor teatral neoyorquino y ganador del certamen Museo de la Palabra.
Devlin Elliot, escritor, productor teatral neoyorquino y ganador del certamen Museo de la Palabra.

 

¿Y si le dijeran que puede ganar 20.000 dólares (17.734,80 euros) por escribir menos de cien palabras? Este es el beneficio altruista que concede la Fundación César Egido Serrano, un proyecto privado que pertenece al filántropo español que da nombre a la institución, constituida el 25 de marzo de 2009, y que se encuentra en Quero, Toledo. Es el premio de un certamen internacional de microrrelatos (pueden enviarse en español, inglés, árabe y hebreo) bautizado como Museo de la Palabra, que lleva cinco ediciones batiendo todas las marcas conocidas. La que le ha hecho aparecer en el Libro Guinness de los récords es, precisamente, el convertirse en el concurso literario mejor dotado económicamente por palabra del mundo desde su primera edición. “Entonces fuimos a buscar a la ganadora a la selva de Brasil. Había escrito 18 palabras que todavía recuerdo”, expresa el octogenario presidente, quien recita, con voz renovada: “Llueve a cántaros y el gato se ha comido el último brillo que nos mantenía despiertos“. Menos de 20 vocablos que tocan a más de 1.100 dólares por palabra, si se hace la división. 

‘REFLECTIONS’

DEVLIN ELLIOTT

Estaba volviendo a casa cuando vi mi reflejo en la ventana de un bar concurrido; mi silueta se impuso sobre la de una mujer seductora canturreando sobre el micrófono, en el interior. Nunca me sentí tan solo mientras mi mirada retrocedía desde la cantante hasta mi rostro, mirándome de vuelta en la ventana. “¡Perdón!”, dijo un grupo de amigos mientras intentaban pasarme de largo. Sobresaltado, me giré para verles y les hice una seña: “Lo siento mucho, perdonadme”, mientras emprendí el camino en silencio. Momentos después, uno de ellos me tocó el hombro con una sonrisa e hizo un gesto: “¿Te vienes?”.

Traducción del relato original, en inglés.

Pero no es el dinero lo que le interesa a su fundador, quien mantiene: “el prestigio nos importa muy poco; a mí me gusta pensar que no toda esa gente se ha presentado por el dinero, sino por darle un homenaje a la solidaridad y por connivencia con nuestro mensaje”. La sede de la fundación está en el Museo de la Palabra, una casa palacio de corte cervantino, patrimonio afecto de aquellas personas que han hecho de la palabra su vida. “No es un sitio para visitar, porque la palabra no se puede visitar. No se visita como no se visita Google o Internet; uno entra. Es un espacio para hablar y escucharnos desde distintas ideologías”. Allí ha visto, “con alegría”, al embajador de Egipto y al de Israel sentados juntos a la mesa, dialogando sobre la palabra en términos pacíficos. En ocasiones, confiesa Egido Serrano, se pregunta si lo suyo es “una cosa meramente especulativa, de un buenismo extraño, o si sirve verdaderamente para algo”. “Yo creo que sí”, se autocontesta, “que medio mundo no pude haber escrito solo por el dinero”. Cada año, el tema de los relatos debe ir acorde con la línea de la fundación. En esta edición, la premisa fue “la palabra como herramienta de convivencia”.

De entre los 43.185 trabajos enviados desde 172 países repartidos por todos los continentes, solo uno ha resultado ganador: el microrrelato Reflections (un juego entre la reflexión y el reflejo) del estadounidense Devlin Elliott. Elliott es un escritor y productor teatral neoyorquino, cuyo trabajo fue nominado a los premios Tony por Ragtime, entre otras obras representadas en Broadway o Londres. Como escritor ha sido coautor de los libros infantiles Naughty Mabeljunto a su marido, el actor Nathan Lane (Modern Family). “Mi relato trata sobre la incomunicación humana. El protagonista de la historia está desesperado por ser parte de algo, por poder comunicarse a través del cristal”, explica. “Todos somos seres humanos divididos por líneas imaginarias entre continentes, pero unidos por una humanidad inherente a todos”. Sus relatos infantiles versan, a menudo, sobre esta falta de comunicación y, de hecho, algunos de sus personajes son niños con sordera. “Escribo porque en este mundo, y más en el momento convulso que atravesamos, es necesario dialogar”, explica, y prosigue: “La misión de César Egido es extraordinaria. Construye puentes que unen izquierda con derecha, positivo con negativo, creyentes con agnósticos, a través del poder y la magia de las palabras”.

De izquierda a derecha, las finalistas Noam Shalit y Tere de las Casas Mariaca, el presidente César Egido Serrano, el finalista Mohamed Haadash y el ganador Devlin Elliott.
De izquierda a derecha, las finalistas Noam Shalit y Tere de las Casas Mariaca, el presidente César Egido Serrano, el finalista Mohamed Haadash y el ganador Devlin Elliott.

Además del ganador, tres finalistas son premiados con accésits de 2.000 dólares (1.773,48 euros). Entre ellos destaca Tere de las Casas Mariaca, primera ciudadana mexicana en ganar este certamen con su relato en español El paso. De las Casas es escritora y cuentacuentos. No esperaba ganar después de haber comprobado que la pasada edición se habían presentado 35.609 relatos. Menos, cuando se anunció que este año habían recibido más de 40.000. “Doy gracias a Facebook porque me ayudo a resumir”, ríe. “Yo escribía relatos largos que publicaba en la red social y que luego relataba en centros de educación primaria; pero me di cuenta de que las personas le daban like (me gusta) sin leer el contenido, así que me lancé al formato micro”.

El jurado está formado por 23 catedráticos que seleccionan a los cuatro finalistas. En una segunda fase, 19 embajadores de diversos países ligados a la fundación eligen al ganador. El país del que más relatos se recibieron fue Argentina, con alrededor de 8.000 relatos, seguido de España y Estados Unidos. Por detrás se sitúan Venezuela, Egipto, México, Colombia, Nigeria, Australia y Brasil, aunque también ha habido gran participación de otros países como el Reino Unido, Canadá, la India, Marruecos, Chile, Perú, Sudáfrica, Cuba, Argelia, Israel, Ecuador, Uruguay, Irak, Siria, Alemania, Yemen, Arabia Saudí o Rusia.

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Córdoba

‘La cervatilla’ es una pieza tan singular, dada la iconoclastia islámica, que lleva consigo la leyenda de una maldición

Galerías porticadas del Patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral de Córdoba.
Galerías porticadas del Patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral de Córdoba. PACO PUENTES

 

De ella solía decirse con cierto empaque lo de “lejana y sola” por una canción de García Lorca en la que un jinete adivina que la muerte le espera en las torres cordobesas. Asunto muy oriental este de viajar hacia el lugar elegido por la parca para ampararse de su víctima. Pero, en la actualidad, ni lejana ni sola. De lejana, nada: hora y media de Madrid por tren. Lo de sola aún menos: siendo estas fechas de abril, la ciudad está crecida de turistas.

Me acerqué a Córdoba para hablar de un libro y la ciudad, florida, limpia, insinuante, me acogió como un Romero de Torres. Hacía 15 años que no la pisaba y ha mejorado todo menos el Museo Arqueológico al que le han amputado la cervatilla. Se la han llevado a Medina Azahara, que no está fácil de alcanzar. Presa en aquel paraje desolado, a la cervatilla bien se le puede aplicar lo de “lejana y sola”. Es su lugar de origen, me dicen, pero llevaba siglos acomodada a Córdoba. Si hubiera que devolver cada pieza a su cuna, nos quedábamos en cueros. La cervatilla es un bronce decorado con “finos roleos de ataurique”, según el lenguaje municipal, quizás usada como embocadura de un chorrillo. Una pieza preciosa de largo cuello y patas cortas inventada durante el califato Omeya por encargo de Abderramán III para lucir en la fuente principal palaciega junto a tres hermanas. Una de ellas está ahora en Qatar. Otra, dudosa, en Madrid.

Es una pieza tan singular, dada la iconoclastia islámica, que lleva consigo la leyenda de una maldición según la cual las cervatillas traerán la destrucción a toda ciudad que las acoja. Fue cierto de Medina Azahara, menos cierto de Córdoba, y esperemos que no traiga la destrucción a Qatar, aunque su historia con el Barça tiene toda la pinta de una maldición sarracena.

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Por qué creemos que nuestro partido siempre tiene razón y los demás están equivocados

El sesgo de confirmación explica por qué nos cuesta cambiar de opinión, por qué seguimos teniendo prejuicios y por qué nos creemos muchas noticias falsasCompartir en Facebook

El sesgo de confirmación es universal y casi inevitable
El sesgo de confirmación es universal y casi inevitable. Jrcasas / Getty Images

(Con este artículo iniciamos una serie de textos sobre cómo nuestro voto no es tan racional como creemos: nos influyen sesgos y efectos cognitivos).

Es muy probable que creamos ser personas absolutamente racionales, y más cuando se trata de votar. Es común pensar que evaluamos las propuestas de los diferentes partidos y que, tras un análisis racional, decidimos cuál es la opción más adecuada y en la que confiamos para solucionar los problemas de nuestro país.

Pero no es del todo cierto. No evaluamos la información por sí sola, sino que lo hacemos teniendo en cuenta nuestras ideas, creencias y preferencias previas. De hecho, los argumentos que damos en defensa de una elección vienen casi siempre después de haber tomado la decisión de modo instintivo, y no antes.

Somos víctimas del sesgo de confirmación, es decir, la tendencia a buscar y encontrar pruebas que apoyan las creencias que ya tenemos e ignorar o reinterpretar las pruebas que no se ajustan a estas creencias. Este sesgo, como explica María Puy Pérez Echeverría, profesora de psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, está patente en muchos ámbitos de nuestra vida, aunque por lo general no seamos conscientes.

Muchas emociones, pocas razones y algo de dopamina

En su libro The Believing Brain (El cerebro que cree), Michael Shermer habla de un experimento de la Universidad de Emory, en Estados Unidos, en el que se ponía a prueba este sesgo, usando además resonancias magnéticas. En 2004 y antes de las elecciones presidenciales estadounidenses, los experimentadores mostraron a votantes demócratas y republicanos declaraciones en las que tanto John Kerry como George W. Bush se contradecían a sí mismos. Tal y como se preveía, los demócratas excusaron a Kerry y los republicanos hicieron lo mismo con Bush.

Lo novedoso del estudio vino con la resonancia magnética: esta prueba puso de manifiesto que las partes más activas del cerebro mientras se intentaba justificar al político preferido eran las relacionadas con las emociones y con la resolución de conflictos. En cambio, las asociadas con el razonamiento apenas registraban actividad. No solo eso: una vez se llegaba a una conclusión satisfactoria, se activaba la parte del cerebro asociada con las recompensas.

“En otras palabras -escribe Shermer-, en lugar de evaluar de modo racional las posiciones de un candidato en esta u otra cuestión, o de analizar los puntos del programa de cada candidato, tenemos una reacción emocional a datos conflictivos. Racionalizamos y apartamos lo que no encaja en nuestras creencias previas sobre un candidato y después recibimos una recompensa en la forma de un chute neuroquímico, probablemente dopamina”.

Estereotipos y noticias falsas

En muchos casos, la misma información provoca respuestas opuestas. Tenemos un ejemplo en la declaración del major Josep Lluís Trapero en el juicio del procés. Según muchos tuiteros y medios próximos al independentismo, se trató de una declaración que dinamitaba a la Fiscalía. Para tuiteros y medios unionistas, las palabras del exresponsable de los Mossos habían hundido a la defensa. Es evidente que ambas cosas a la vez son imposibles.

Por qué creemos que nuestro partido siempre tiene razón y los demás están equivocados
Trapero, durante su declaración en el Supremo. EFE

Como escribe Jonathan Haidt en La mente de los justos, hay estudios que muestran que tendemos a enrocarnos aún más en nuestras posiciones cuando recibimos información que contradice nuestras creencias: “Progresistas y conservadores se apartan aún más cuando leen investigaciones sobre si la pena de muerte frena la delincuencia o cuando evalúan la calidad de los argumentos de los candidatos en un debate presidencial”, por ejemplo.

Y no solo eso: siempre vemos al otro lado como más sesgado. Si somos de izquierdas, los medios de derechas nos parecen mucho más tendenciosos y viceversa.

Por eso, por ejemplo, también es más fácil picar con las noticias falsas que encajan con nuestra forma de ver el mundo, mientras que somos habilísimos detectando los bulos opuestos. Si somos de izquierdas, no nos cuesta creer cualquier barbaridad sobre inmigración que haya podido decir algún cargo público del PP. Y, al revés, si somos de derechas, es fácil (o, al menos, tentador) picar con un bulo que afecta a Pedro Sánchez. Simplemente porque estas historias encajan en nuestros esquemas mentales.

El sesgo también está relacionado con los estereotipos y los prejuicios, como recuerda Pérez. Si pensamos que todos los irlandeses son pelirrojos (por poner un prejuicio inofensivo como ejemplo), los irlandeses morenos o rubios serán solo excepciones que confirman la regla.

Esta tendencia no es disparatada, a pesar de sus evidentes desventajas: “Nuestras teorías nos proporcionan estabilidad en la forma de percibir el mundo”, recuerda Pérez. Este sesgo tampoco significa que no podamos cambiar de idea nunca, sino que “los cambios son progresivos”.

Un sesgo universal y casi inevitable

A estas alturas es posible que el lector esté resoplando con condescendencia: “Sí, seguro que eso pasa, pero no a mí. Yo soy un tipo informado, leo todos los periódicos de España y alguno del extranjero, tengo nueve carreras, hablo setenta y cuatro idiomas, he escrito varios libros de psicología…”. La mala noticia es que nadie es inmune a este sesgo. De hecho, y como recuerda Pérez, lo más frecuente es que ni siquiera seamos conscientes de él, salvo en situaciones muy concretas.

La profesora de la UAM apunta que nos podemos esforzar por aprender a pensar de forma crítica y a poner en duda más a menudo nuestras creencias, pero añade que se trata de una estrategia “costosa y difícil a largo plazo”. No es algo que se pueda automatizar.

Los neurocientíficos Hugo Mercier y Dan Sperber apuntan en su libro The Enigma of Reason que este sesgo no se ve ni siquiera mitigado por factores como el mayor conocimiento, la capacidad de concentración o la inteligencia.

Estos autores recuerdan un experimento en el que se propusieron temas a dos grupos, uno con muchos conocimientos de temas políticos y otro con menos, con el objetivo de que propusieran argumentos a favor y en contra. “El grupo con pocos conocimientos mostró un sesgo de confirmación sólido: citó el doble de ideas en apoyo de su opinión que de la contraria”. Pero los participantes con amplios conocimientos políticos se veían aún más afectados por este efecto: “Encontraron tantas ideas en apoyo de su posición favorita que no llegaron a ofrecer ninguna en contra”.

También es más fácil encontrar razones para apoyar nuestras ideas porque hoy en día es muy fácil buscarlas. Como escribe Haidt, si quieres creer algo, por disparatado que sea, simplemente búscalo en Google: “Encontrarás páginas web partidistas resumiendo y a veces distorsionando estudios científicos relevantes”. Si queremos encontrar argumentos para defender que la Tierra es plana o que Barack Obama en realidad es un reptiliano procedente de la constelación Draco, solo tenemos que abrir otra pestaña y prepararnos para recibir una pequeña y placentera dosis de dopamina.

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Picasso y su relación con la guerra, a debate en París

El Museo de los Inválidos presenta una gran exposición que ofrece, quizá por vez primera, una visión global de las relaciones del genio malagueño y la tragedia saturnal de la historia

Pablo Picasso, vestido de soldado en una fotografía que le hizo George Braque
Pablo Picasso, vestido de soldado en una fotografía que le hizo George Braque – ABC

Pablo Picasso fue contemporáneo de los conflictos más devastadores de la Historia de nuestra civilización. Pero, con la excepción crucial del«Guernica», la guerra «sólo» fue para él un motivo «estético», muy alejado y distante de los campos de batalla y las carnicerías que tuvieron un puesto tan central en la obra y la vida de muchos otros grandes maestros y escuelas artísticas.

El Musée de l’Armée (Museo de los Inválidos) presenta, hasta el 28 de julio, una gran exposición, «Picasso y la guerra», comisariada por Laëtitia Desserrières, que reúne medio millar de obras que ofrecen, quizá por vez primera, una visión global de las relaciones del genio malagueño y la tragedia saturnal de la historia. Imposible presentar el«Guernica», obra emblemática, si las hay, están presentes otras obras famosas, como la «Masacre en Corea» de 1951 y el «Rapto de las Sabinas» de 1962. Con muy buen juicio, la exposición presenta una visión cronológica, iluminando el vacío y silencio abismal de Picassoante los cataclismos militares que se sucedieron ante él, durante más de medio siglo, insensible a tan inmensas catástrofes.

Picasso nació en 1881. Tenía 17 años cuando estalló la gran crisis del 98, en Cuba. Dos años antes pintó un episodio imaginario de la guerra de los españoles contra los ejércitos de Napoleón. Sintomático. Pero quizá insuficiente. Ya instalado en París, desde años atrás, Picasso«contempló» a distancia la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Existe una foto bella y divertida de Picasso fotografiado por George Braque vistiendo una traje de soldado prestado por su amigo y no menos patriarca del cubismo.

Picasso se salvó por razones médicas del cumplimiento de ningún tipo de servicio militar. Y siguió la primera gran guerra civil de los pueblos europeos consagrado a sus investigaciones pictóricas (cubismo, etcétera), cuando toda la obra de los grandes maestros del arte alemán de su tiempo está «ocupada» por los atroces rastros de la guerra.

El París ocupado

En París, siempre, cuando estalló la Segunda Guerra MundialPicassosiguió trabajando, sin moverse del taller donde pintó el «Guernica» y recibía visitas amistosas de grandes artistas franceses y algunos oficiales del ejército de ocupación nazi. Sin duda, el «Guernica» es una de las obras cruciales que tratan el tema de la guerra, indisociable de la Guerra Civil española y la guerra civil entre los pueblos europeos. Ese testimonio no le impidió a Picasso vivir muy libremente en el París ocupado por Hitler.

Con la posguerra comenzó una de las épocas menos gloriosas de la obra creativa de Picasso: su condición de propagandista y compañero de viaje del PCF y la URSS de Stalin, a quien el genio malagueño consagró un legendario retrato, publicado en la revista «Les Lettres françaises», dirigida por Louis Aragon, con motivo de la muerte del tirano comunista. Picasso se dejó llevar de un largo rosario de «debilidades», realizando muchas obras menos de propaganda pura: tanques soviéticos decorados con palomas de la paz.

El retrato que Picasso hizo de Stalin tras la muerte del tirano comunista y que fue publicado en retrato en la revista «Les Lettres françaises»
El retrato que Picasso hizo de Stalin tras la muerte del tirano comunista y que fue publicado en retrato en la revista «Les Lettres françaises» – ABC

Aquella penosa aventura tuvo su prolongación con obras de «combate» destinadas a denunciar la intervención militar norteamericana en el sureste asiático, con unos legendarios fusilamientos, en Corea. Copia olvidable de los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 inmortalizados por Goya. Siguieron otras guerras e intervenciones militares (Vietnam, Hungría, etcétera). Pero, púdico, por una vez en su vida,Picasso se olvidó para siempre de los temas militares, para consagrarse a la glorificación del cuerpo de la mujer desnuda. A caballo entre ambos temas, «El Rapto de las Sabinas», de 1962. Picasso se sirve del antecedente clásico de Nicolas Poussin para prolongar, sin fin, su diálogo personal con el panteón de los grandes maestros. Con un éxito a geometría variable, por momentos.

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EL SER HUMANO ES POLÍGAMO BIOLÓGICA Y PSICOLÓGICAMENTE, CONFIRMAN HISTORIADORES

LA EVOLUCIÓN DE LA POLIGAMIA A LA MONOGAMIA SE REALIZÓ POR CUESTIONES SOCIALES, DEJANDO AL CUERPO ADAPTARSE BIOLÓGICA Y PSICOLÓGICAMENTE A LO LARGO DE LOS ÚLTIMOS SIGLOS
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Se dice que la monogamia nació en el momento en que apareció la noción de la propiedad, como parte de una estructura social regulada por señores feudales, aristócratas y líderes del cristianismo, pues antes de la implementación de este sistema, según el historiador Christopher Ryan, “nuestros ancestros eran promiscuos, hipersexuales y desvergonzados al respecto”. Sin embargo, ¿qué sucedió que resultara en la evolución psicológica de la poligamia a la monogamia, convirtiendo a esta última en un estado natural de la sociedad? 

Por un lado, Ryan señala que la propiedad y la civilización provocaron la monogamia. En su libro Sex at Dawn, el autor describe el efecto de la agricultura en la naturaleza sexual:

La tierra podría a partir de ese momento ser poseída y heredada a siguientes generaciones. La comida, cultivada y reunida, ahora sería cosechada, guardada, defendida y vendida. Los muros, vallas y los sistemas de irrigación no sólo se construyeron, también se reforzaron; las armadas de defensa crecieron y aprendieron a controlar. La propiedad privada forjó, por primera vez en la historia de nuestras especies, que la paternidad fuera una preocupación crucial.

Por otro lado, Desmond Morris, historiador, comprende que el modelo estándar de las relaciones a largo plazo entre los Homo sapiens fue una evolución principalmente social –mas no biológica o psicológica, es decir que conforme nuestros ancestros evolucionaron a ser cazadores se aseguró tanto la cooperación masculina como los derechos reproductivos dentro de cada tribu:

Si los hombres más débiles hubieran ido de caza, eso significaría que hubiesen requerido mayores derechos reproductivos. Las mujeres hubieran tenido que compartir más, haciendo la organización sexual más democrática y menos tiránica. Cada hombre también hubiera necesitado una tendencia de apareo fuerte. Además, los hombres, ahora armados con herramientas peligrosas y rivalidades sexuales, serían mucho más peligrosos: de nuevo, una buena razón para que cada hombre esté satisfecho con cada mujer.

Ambos casos consideran que la evolución de la poligamia a la monogamia se realizó por cuestiones sociales, dejando al cuerpo adaptarse biológica y psicológicamente a lo largo de los últimos siglos. Por esta razón, dicen los historiadores, hay tendencias a la promiscuidad en numerosas personas: “Quizá esta es la causa de invertir tanto tiempo como dinero anualmente en terapias de pareja para mantener el ideal de la monogamia, en libros sobre relaciones, en pornografía y en el Viagra”. ¿Será que el cuerpo y la psique no están preparados, tras milenios de su conversión, para ser monógamos?

Sea cual sea la respuesta, la diversidad sexual es amplia, por lo que la poligamia y la monogamia, la exclusividad emocional y el poliamor forman parte de ella y de la condición humana. Lo importante es que si se planea vivir en poligamia y en pareja, es importante hablarlo y llegar a acuerdos en función de ello.

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