El poder de la lengua

La genómica revela que las tres familias lingüísticas de Greenberg corresponden a las tres migraciones de pueblos eurasiáticos que descubrieron América

JAVIER SAMPEDRO

Placa del Mesón del Champiñón en Madrid.
Placa del Mesón del Champiñón en Madrid. GORKA LEJARCEGI

Qué harto estoy de tener razón!, diría el lingüista neoyorquino Joseph Greenberg si levantara la cabeza. Murió en 2001 sin saber que la tenía, y eso suele resultar muy molesto para los intelectuales adelantados a su tiempo, aquellos que ven más allá que la inmensa mayoría de sus colegas, y que por tanto reciben la del pulpo cada vez que abren la boca. Greenberg investigó en los años cincuenta y sesenta los lenguajes africanos, y los clasificó en solo cuatro familias, lo que resultó un escándalo para los antropólogos con tendencias más exuberantes y complicadas. Luego hizo lo mismo con las mil lenguas nativas americanas, y reeditó el escándalo. Allí donde su colega Lyle Campbell vio más de 200 familias lingüísticas, Greenberg las redujo a solo tres: la amerindia, de la que vienen casi todos los idiomas nativos del nuevo continente, y otras dos restringidas al norte de Norteamérica, la esquimo-aleutiana y la na-dené. Aquella unificación volvió a levantar ampollas que aún perduran en el mundo académico.

El enfrentamiento entre Campbell y Greenberg me trae de inmediato a la memoria uno de mis debates favoritos de la biología, el que sostuvieron en 1830, bajo los auspicios de la Académie des Sciences francesa, los dos grandes naturalistas de la época, Georges Cuvier y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire. Cuvier pensaba que la estructura de un animal respondía exclusivamente a las necesidades de su entorno, mientras que Geoffroy creía que todos los animales eran variantes de un mismo plan de diseño universal. Cuando se produjo el debate, Darwin ni se había embarcado aún en el Beagle, pero aquellas ideas unificadoras de Geoffroy fueron un precedente obvio de la teoría de la evolución. Todos los animales tenemos, en efecto, un origen común, un organismo que vivió hace 600 millones de años y del que hemos heredado nuestro plan arquitectónico. Las adaptaciones al entorno consisten en modulaciones finas de ese diseño general.

Del mismo modo, sabemos ahora que Greenberg, el Geoffroy de la lingüística moderna, también tenía razón. Como demuestra David Reich en su recién publicado Quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí (Antoni Bosch editor), la genómica revela que las tres familias lingüísticas de Greenberg corresponden a las tres migraciones de pueblos eurasiáticos que descubrieronAmérica por el puente de tierra (actual estrecho) de Bering, un proceso que comenzó hace 15.000 años, tan pronto como el fin de la glaciación lo permitió. En particular, el lingüista neoyorquino tenía razón en que la gran mayoría de las lenguas nativas americanas pertenecen a la misma familia, por muy distintas que puedan parecer. La genómica ha confirmado a la lingüística.

Quizá Greenberg era el más genético de sus colegas. La lingüística convencional acepta la evolución de los lenguajes, por supuesto, pero calcula que la señal de un origen común se pierde en unos pocos miles de años. La técnica de Greenberg consistía en centrarse en unos pocos cientos de palabras del núcleo duro de las lenguas, como verbos auxiliares, negaciones, marcadores interrogativos y los nombres de los objetos más comunes. Es un enfoque muy de genetista, y cuyas propuestas van mucho más allá de las lenguas americanas.

En África central, el número uno se dice tok, tek o dik. Muchas lenguas asiáticas (y sí, también americanas) utilizan tik para el dedo índice. Y en el indoeuropeo ancestral, deik significaba señalar con el dedo (de ahí daktulos, digitus, doigt o dedo). Seguramente un testimonio de nuestro origen común. Es el poder de la lengua.

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Este sistema solar fue bordado a mano por una mestra del siglo XIX para sus clases

Este sistema solar fue bordado a mano por una mestra del siglo XIX para sus clases

SERGIO PARRA

Ellen Harding Baker fue una profesora que, para impartir sus clases y conferencias sobre astronomía, bordó el quilt que encabeza esta entrada y que representa el Sistema Solar.

Tras siete años de trabajo, Barker terminó de confeccionar esta colcha en 1876. Tiene 2,25 por 2,69 metros, que muestra planetas, satélites y estrellas ‘cercanos’ a nuestro Sol.

Ellen Harding Baker

El quilt consta de una superficie base de lana, adornada con sobrepuestos de tela de lana, trenzas de lana y bordados de lana y seda. El forro es un tejido rojo de algodón y lana y el relleno es de fibra de algodón.

El quilt presenta el Sol en el centro, los ocho planetas de nuestro Sistema Solar (Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) orbitando alrededor del astro rey y el cinturón de asteroides. También hay un gran cometa en la esquina superior izquierda; tal vez se trate el cometa Halley, que se había visto por última vez en 1835.

Solar System Quilt Ellen Harding Baker 3

Sarah Ellen Harding nació en Cincinnati, Ohio, el 8 de junio de 1847, y se casó con Marion Baker, del Condado de Cedar, Iowa, el 10 de octubre de 1867. Vivieron en el Condado de Cedar hasta 1878 y luego se mudaron al Condado de Johnson, donde Marion tenía un negocio de mercancía general en Lone Tree. Ellen tuvo siete hijos antes de morir de tuberculosis el 30 de marzo de 1886.

Ellen usó el edredón como ayuda visual para las conferencias que dio sobre astronomía en las ciudades de West Branch, Moscow y Lone Tree, Iowa.

El Quilt del sistema solar está bajo el resguardo del Museo Smithsoniano de Arte Americano, pues no está en exhibición.

Solar System Quilt Ellen Harding Baker 4

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SABEN LEER PERO NO ENTIENDEN LO QUE LEEN: UNA NUEVA GENERACIÓN DE ANALFABETOS

SABEN LEER PERO NO ENTIENDEN LO QUE LEEN: UNA NUEVA GENERACIÓN DE ANALFABETOS

Se ha generado una nueva generación de analfabetos, porque aparentemente les gusta leer pero no entienden ni una palabra..

Seguro que alguna vez has leído un texto pero no entiendes lo que dice, te regresas y vuelves a leer varias veces pero te distraes y nada de lo que lees te queda, no te preocupes esto le pasa a muchas personas.

El internet ha creado algo que se conoce como analfabetismo funcional, lo que hace que las personas lean pero que no son capaces de mantener su atención en la lectura para comprender las ideas que allí se plasman.

No se logra retener ideas ni recrear los efectos emocionales de las obras que se leen, en otros tiempos leer y retener era más fácil ya que había más silencio, ahora después de tantos años el ruido presente en las ciudades y todos los lugares hace que nos concentremos menos.

Además el uso de las redes sociales y la cantidad de signos y símbolos hacen que nuestra mente se desvíe de lo que queremos leer, ya no se pasan de forma simple las páginas de un libro y la imaginación vuela.

Leer y comprender  – Una nueva generación de analfabetos

analfabetos

La lectura es una parte importante en la vida de las personas, desde hace siglos se ha considerado el leer como una forma de conocimiento que queda fuera de la memoria, la escritura y la lectura son considerados decisivos en la historia de la humanidad.

Por medio de ellas hemos podido descifrar muchas cosas que datan de la antigüedad, por medio de la lectura podemos transmitir las posiciones de cada quien, y entender de forma más amplia lo que otras personas desean expresar.

Lamentablemente en nuestros tiempos se ha afectado de forma notable el entendimiento de la lectura, el estar 24/7 pegados al internet ha dormido nuestra capacidad de entendimiento, nos hemos dedicado a olvidar y a no pensar, somos robots.

Pero aún estamos a tiempo de reaccionar y volver a tomar un libro, lo extraño de todo esto es que aunque se le llame la era de la información, estamos viviendo en un mundo lleno de ignorancia, prejuicios y mentiras que del que pocos podemos escapar.

Esperamos que puedas entender este artículo y que pronto volvamos a saborear las páginas de un libro, no hay nada más placentero que esto.

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Dicen

Cuentos familiares, fotografías, rumores, verdades a medias y esos silencios tan cargados de significado: todo es indispensable para conocer el pasado

EDURNE PORTELA

Memoria histórica
Entrega de restos de víctimas del franquismo a sus familiares, en Cambados (Pontevedra) en 2010.CARLOS PUGA

Nuestro conocimiento del pasado está configurado por una amalgama de saberes. Estudiamos historia en los colegios y en las universidades, leemos novelas y libros históricos, vemos películas y documentales, observamos fotografías que nos ayudan a visualizar aquello que ya no existe o que se ha transformado con el paso del tiempo, a través del arte entendemos sensibilidades pasadas. También, con suerte, nuestros mayores comparten sus experiencias de vida con nosotros. El pasado es una fuente inagotable de conocimiento: reconstruirlo en su totalidad es una labor imposible e infinita, su interpretación varía según pasa el tiempo y se encuentran nuevos datos, se aplican nuevas teorías. Además, el pasado no es sólo historia, es también memoria. Y la memoria no remite únicamente al dato o al detalle histórico. La memoria aporta una interpretación afectiva e íntima del pasado que no por ser subjetiva es menos valiosa. La memoria que el archivo histórico no recoge nos abre la puerta a un tipo de conocimiento necesario, nos invita a entrar en espacios donde a la historia no le gusta tanto transitar. Reflexiono sobre todo esto después de leer Dicen, de Susana Sánchez Arins (editorial De Conatus).

Dicen recorre la cartografía de la represión falangista en los pueblos gallegos en torno a las Rías Baixas durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo. En el centro del horror de las vejaciones y palizas, los paseos y desapariciones, está el tío abuelo de la autora, “manuel de portarís” (no son erratas, en el texto no hay mayúsculas). Sánchez Arins se enfrenta a la figura de su tío a través de un discurso que imita la oralidad (de ahí el título Dicen) y que reproduce los silencios, las verdades susurradas, las elipsis y el miedo a contar, tanto de la propia familia de la autora como de sus vecinos. La voz narrativa de Dicen está llena de lirismo y aúna magistralmente la belleza y el horror.

En su búsqueda por rellenar los silencios heredados, por dar cuerpo a los rumores de la infancia, en su afán por recuperar la memoria truncada por el trauma de la violencia, la autora se documenta, investiga, recurre a los archivos. Y ahí es donde la memoria se encuentra con las limitaciones de la historia. No hay mención de las actuaciones de su tío porque “los fondos de falange están higienizados (…) quien no quiso figurar en ellos tuvo tiempo de borrar sus huellas”. Así, el archivo se vuelve cómplice de la impunidad y del silencio, de la mentira por omisión de la verdad. Se critica la memoria por su subjetividad, pero, como señala la autora, a menudo “la verdad no sale al encuentro en los fondos archivísticos”. La verdad, en ocasiones, se descubre a través de los restos de las víctimas, como ese “ramillete de huesos” que recibe la hermana de Castor Cordal (quizás una de las víctimas de “manuel de portarís”) después de siete décadas de su desaparición. El correlato de su verdugo, sin embargo, reside únicamente en la memoria de los que sufrieron su crueldad y en los herederos de esa memoria.

La disciplina histórica, con su metodología y su rigor, es indispensable para el conocimiento del pasado. Pero también lo es el archivo de memoria en el que se incluyen narraciones orales, cuentos familiares, fotografías, rumores, verdades a medias y esos silencios tan cargados de significado. Dicen es un intento de reconstruir, a través de todos estos ingredientes y la imaginación literaria, un pasado irresuelto que nos interpela, especialmente ahora que los que cantan loas al franquismo han entrado en las instituciones.

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La diversidad que une en Nueva York

En el Metro de Nueva York (mayo de 2019). Foto: Lucila Rodríguez-Alarcón.
En el Metro de Nueva York (mayo de 2019). Foto: Lucila Rodríguez-Alarcón.

Nueva York es la ciudad más poblada de Estados Unidos (más de 8,3 millones de habitantes). También es una de las ciudades más retratadas de la historia del cine, el viajero que visita la ciudad tiene la impresión permanente de reconocer edificios y rincones que vio en una serie de televisión o en una película. Según se pone el pie en ella, se nota el aire pesado por la humedad del río y ese olor peculiar a mar diluido que invade la ciudad. Lo siguiente que cualquier persona viajera notará es que Nueva York está llena de personas únicas. Las personas que habitan en Nueva York son iguales en su diversidad, lo que confiere a los individuos una libertad inigualable. 

Según los datos demográficos, en Nueva York se hablan más de 200 lenguas. En un maravilloso artículo de la periodista Mónica Parga para Univisión se puede ver un espectacular mapa interactivo que muestra la ciudad como un absoluto mosaico de cultura lingüística. Nueva York es uno de los pocos sitios del mundo donde se habla el Hawaiano.

La diversidad que une en Nueva York

La integración de las distintas culturas en Nueva York no ha sido fácil. Se trata de muchos años de conflictos y esfuerzos que hoy en día la han convertido en un espacio único, en el que ser diferente es una virtud. Para los puertorriqueños que inspiraron West Side Story habría sido impensable creer que sus nietos serían ante todo neoyorquinos, por encima de cualquier otra cosa. Hay que resaltar que Nueva York es la ciudad del planeta con mayor número de puertorriqueños (!!). Y su historia nos recuerda que el mestizaje cultural se crea con el tiempo y muchas veces implica choques y sufrimiento. Pero el resultado en este caso es la conformación de una de las ciudades más auténticas y potentes del mundo, madre de productos culturales tan contundentes como el rap, que se creó en el Bronx como resultado del brutal mestizaje del barrio. 

Y, es sin duda debido a toda esa mezcla y toda esa diversidad, que Nueva York es una ciudad amable, por lo menos en los tiempos actuales. Hay que reconocer que tuvo sus momentos, sobre todo en la época de los grandes conflictos étnicos antes del I Love NYC de los ochenta y después del 11-S. Pero, en general, es una ciudad en la que la gente te cuenta su vida en cuanto le tiendes la mano. Las personas se sienten neoyorquinas pero también se sienten extranjeras. Son de Nueva York y de su país de origen o del de sus padres o del de sus abuelos. Es un sentimiento de orgullo mestizo del que hay mucho que aprender. Así me lo explicaba Georgia, una greco-chipriota que trabaja en una cafetería típica de la zona de alta de Manhattan.

Georgia huyó de su ciudad porque fue tomada por los turcos durante algún momento del conflicto que afecta profundamente a este país europeo. Y fue acogida en Nueva York por el dueño de esta cafetería, que tiene a su cargo a más de 15 personas, todas ellas griegas y todas ellas neoyorquinas. Me explicaba este empresario, G.M., que todos los que trabajaban en su cafetería tenían estudios superiores. Gracias a esos estudios eran personas cultas y que sabían lo que querían, lo que les había permitido crear un buen negocio, medrar en una ciudad que ahora era su hogar y buscar para sus hijos un futuro adecuado. También eran esos conocimientos lo que les permitía elegir y ser críticos. “Por eso- me dijo- voté a De Blasio en las elecciones anteriores. Y por esa misma razón no pienso apoyarle a en las presidenciales, me ha decepcionado”. De Blasio, alcalde de ciudad, ha sido uno de lo grandes defensores de los derechos de las personas extranjeras en Estados Unidos, haciendo de Nueva York una de las llamadas “ciudades santuario” en las que la ciudad emplea sus propios recursos para enfrentarse a la las reglas racistas y xenófobas del gobierno central, protegiendo a todos los habitantes por igual. Sin embargo, hace unas semanas, a la vez que anunciaba su candidatura a la carrera presidencial también anunciaba un endurecimiento de las condiciones de colaboraboración entre el gobierno de la ciudad y los servicios migratorios centrales. El mensaje es claro: se puede ser pro-miragranción en Nueva York, pero no tanto en Estados Unidos. 

En definitiva, las ciudades son el espacio donde todo es posible gracias a que las personas no son números sino vecinos con los que, como en West Side Story, nos acabamos queriendo casar. La riqueza étnica y cultural a medio plazo solo aportan fuerza y belleza a las ciudades, creando espacios de una diversidad única y que permiten imaginar un futuro en el que todas las personas podemos ser cada vez más parecidas a los que queramos. Nueva York es uno de los futuros que podemos imaginar para nuestros hijos e hijas, que, recordemos, no sabemos de qué color serán ni en qué lugar nacerán. 

Lucila Rodríguez-Alarcón

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Diez poemas de Roberto Bolaño

Diez poemas de Roberto Bolaño

A continuación os dejamos con una decena de las obras poéticas de Roberto Bolaño, que nos hablan de temas tan diversos como el amor, la poesía o la muerte, desde un punto de vista a veces trágico.

1. Los perros románticos

En aquel tiempo yo tenía veinte años y estaba loco. Había perdido un país pero había ganado un sueño. Y si tenía ese sueño lo demás no importaba. Ni trabajar ni rezar, ni estudiar en la madrugada junto a los perros románticos. Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.

Una habitación de madera, en penumbras, en uno de los pulmones del trópico. Y a veces me volvía dentro de mí y visitaba el sueño: estatua eternizada en pensamientos líquidos, un gusano blanco retorciéndose en el amor.

Un amor desbocado. Un sueño dentro de otro sueño. Y la pesadilla me decía: crecerás. Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto y olvidarás. Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen. Estoy aquí, dije, con los perros románticos y aquí me voy a quedar.

Este poema, publicado en el libro del mismo nombre, nos habla de la juventud y de la locura y el descontrol de las pasiones con las que se suele asociar. Asimismo vemos una posible referencia a la caída de Chile en manos de Pinochet y de su emigración a México.

2. Musa

Era más hermosa que el sol y yo aún no tenía dieciséis años. Veinticuatro han pasado y sigue a mi lado. A veces la veo caminar sobre las montañas: es el ángel guardián de nuestras plegarias. Es el sueño que regresa con la promesa y el silbido.El silbido que nos llama y que nos pierde. En sus ojos veo los rostros de todos mis amores perdidos.

Ah, Musa, protégeme, le digo, en los días terribles de la aventura incesante. Nunca te separes de mí. Cuida mis pasos y los pasos de mi hijo Lautaro. Déjame sentir la punta de tus dedos otra vez sobre mi espalda, empujándome, cuando todo esté oscuro, cuando todo esté perdido.Déjame oír nuevamente el silbido.

Soy tu fiel amante aunque a veces el sueño me separe de ti. También tú eres la reina de los sueños. Mi amistad la tienes cada día y algún día tu amistad me recogerá del erial del olvido. Pues aunque tú vengas cuando yo vaya en el fondo somos amigos inseparables.

Musa, a donde quiera que yo vaya tú vas. Te vi en los hospitales y en la fila de los presos políticos. Te vi en los ojos terribles de Edna Lieberman y en los callejones de los pistoleros. ¡Y siempre me protegiste! En la derrota y en la rayadura.

En las relaciones enfermizas y en la crueldad, siempre estuviste conmigo. Y aunque pasen los años y el Roberto Bolaño de la Alameda y la Librería de Cristal se transforme, se paralice, se haga más tonto y más viejo tú permanecerás igual de hermosa. Más que el sol y que las estrellas.

Musa, a donde quiera que tú vayas yo voy. Sigo tu estela radiante a través de la larga noche. Sin importarme los años o la enfermedad. Sin importarme el dolor o el esfuerzo que he de hacer para seguirte. Porque contigo puedo atravesar los grandes espacios desolados y siempre encontraré la puerta que me devuelva a la Quimera, porque tú estás conmigo, Musa, más hermosa que el sol y más hermosa que las estrellas.

El autor nos habla en este poema de su inspiración poética, su musa, viéndola en diversos ámbitos y contextos.

3. Lluvia

Llueve y tú dices es como si las nubes lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras el paso. ¿Como si esas nubes escuálidas lloraran? Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia, esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo?

La Naturaleza oculta algunos de sus procedimientos en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde que consideras similar a una tarde del fin del mundo más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida en la memoria: el espejo de la Naturaleza.

O bien la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos que resuenan en el camino del acantilado importan;Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.

Esta poesía refleja una sensación de extrañeza, tristeza, miedo y desamparo derivada de la observación de la lluvia, la cual también simboliza el dolor y las lágrimas. Esta es un elemento de aparición frecuente en la obra del autor que además suele usar como punto de unión entre lo real y lo irreal.

4. Extraño maniquí

Extraño maniquí de una tienda del Metro, qué manera de observarme y presentirme más allá de todo puente, mirando el océano o un lago enorme, como si de él esperara aventura y amor.Y puede un grito de muchacha en plena noche convencerme de la utilidad de mi rostro o se velan los instantes, placas de cobre al rojo vivo la memoria del amor negándose tres veces en aras de otra especie de amor. Y así nos endurecemos sin abandonar la pajarera, desvalorizándonos, o bien volvemos a una casa pequeñísima donde nos espera sentada en la cocina una mujer.

Extraño maniquí de una tienda del Metro, qué manera de comunicarte conmigo, soltero y violento, y presentirme más allá de todo. Solamente me ofreces nalgas y senos, estrellas platinadas y sexos espumosos. No me hagas llorar en el tren naranja, ni en las escaleras eléctricas, ni saliendo repentinamente a marzo, ni cuando imagines, si imaginas, mis pasos de veterano absoluto nuevamente bailando por los desfiladeros.

Extraño maniquí de una tienda del Metro, así como se inclina el sol y las sombras de los rascacielos, irás inclinando tus manos; así como se apagan los colores y las luces de colores, se apagarán tus ojos. ¿Quién te mudará de vestido entonces? Yo sé quién te mudará de vestido entonces.

Este poema, en que el autor dialoga con un maniquí de una tienda del metro, nos habla de una sensación de vacío y soledad, de la búsqueda del placer sexual como vía de escape y del progresivo apagarse de la ilusión.

Roberto Bolaño
El gran Roberto Bolaño, en su despacho.

5. El fantasma de Edna Lieberman

Te visitan en la hora más oscura todos tus amores perdidos. El camino de tierra que conducía al manicomio se despliega otra vez como los ojos de Edna Lieberman, como sólo podían sus ojos elevarse por encima de las ciudades y brillar.

Y brillan nuevamente para ti los ojos de Edna detrás del aro de fuego que antes era el camino de tierra, la senda que recorriste de noche, ida y vuelta, una y otra vez, buscándola o acaso buscando tu sombra.

Y despiertas silenciosamente y los ojos de Edna están allí. Entre la luna y el aro de fuego, leyendo a sus poetas mexicanos favoritos. ¿Y a Gilberto Owen, lo has leído?, dicen tus labios sin sonido, dice tu respiración y tu sangre que circula como la luz de un faro.

Pero son sus ojos el faro que atraviesa tu silencio. Sus ojos que son como el libro de geografía ideal: los mapas de la pesadilla pura. Y tu sangre ilumina los estantes con libros, las sillas con libros, el suelo lleno de libros apilados.

Pero los ojos de Edna sólo te buscan a ti. Sus ojos son el libro más buscado. Demasiado tarde lo has entendido, pero no importa. En el sueño vuelves a estrechar sus manos, y ya no pides nada.

Este poema nos habla de Edna Lieberman, una mujer de quien el autor estuvo profundamente enamorado pero cuya relación se rompió pronto. Pese a ello, la recordaría a menudo, apareciendo en una gran cantidad de obras del autor.

6. Godzilla en México

Atiende esto, hijo mío: las bombas caían sobre la Ciudad de México pero nadie se daba cuenta. El aire llevó el veneno a través de las calles y las ventanas abiertas. Tú acababas de comer y veías en la tele los dibujos animados. Yo leía en la habitación de al lado cuando supe que íbamos a morir.

Pese al mareo y las náuseas me arrastré hasta el comedor y te encontré en el suelo.

Nos abrazamos. Me preguntaste qué pasaba y yo no dije que estábamos en el programa de la muerte sino que íbamos a iniciar un viaje, uno más, juntos, y que no tuvieras miedo. Al marcharse, la muerte ni siquiera nos cerró los ojos. ¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después, ¿hormigas, abejas, cifras equivocadas en la gran sopa podrida del azar? Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros, héroes públicos y secretos.

Este breve problema refleja de manera bastante clara como el autor trabaja el tema de la muerte y el pavor y el miedo a está (en el contexto de un bombardeo), así como la facilidad con la que puede llegarnos. También nos hace una breve reflexión sobre el tema de la identidad, el quién somos en una sociedad cada vez más individualista pero en el que a la vez la persona es menos considerada como tal.

7. Enseñame a bailar

Enséñame a bailar, a mover mis manos entre el algodón de las nubes, a estirar mis piernas atrapadas por tus piernas, a conducir una moto por la arena, a pedalear en una bicicleta bajo alamedas de imaginación, a quedarme quieta como estatua de bronce, a quedarme inmóvil fumando Delicados en ntra. esquina.

Los reflectores azules del salón van a mostrar mi rostro, goteado de rimmel y arañazos, ustedes van a ver una constelación de lágrimas en mis mejillas, voy a salir corriendo.

Enséñame a pegar mi cuerpo a tus heridas, enséñame a sostener tu corazón un ratito en mi mano, a abrir mis piernas como se abren las flores para el viento para sí mismas, para el rocío de la tarde. Enséñame a bailar, esta noche quiero seguirte el compás, abrirte las puertas de la azotea, llorar en tu soledad mientras desde tan arriba miramos automóviles, camiones, autopistas llenas de policías y máquinas ardiendo.

Enséñame a abrir las piernas y métemelo, contén mi histeria dentro de tus ojos. Acaricia mis cabellos y mi miedo con tus labios que tanta maldición han pronunciado, tanta sombra sostenido. Enséñame a dormir, esto es el fin.

Este poema es la petición de alguien aterrorizado, que tiene miedo pero quiere vivir libre, y que le pide a su acompañante que le enseñe a vivir libremente, que la libere y que le haga el amor con el fin de encontrar la paz.

8. Amanecer

Créeme, estoy en el centro de mi habitación esperando que llueva. Estoy solo. No me importa terminar o no mi poema. Espero la lluvia, tomando café y mirando por la ventana un bello paisaje de patios interiores, con ropas colgadas y quietas, silenciosas ropas de mármol en la ciudad, donde no existe el viento y a lo lejos sólo se escucha el zumbido de una televisión en colores, observada por una familia que también, a esta hora, toma café reunida alrededor de una mesa.

Créeme: las mesas de plástico amarillo se desdoblan hasta la línea del horizonte y más allá: hacia los suburbios donde construyen edificios de departamentos, y un muchacho de 16 sentado sobre ladrillos rojos contempla el movimiento de las máquinas.

El cielo en la hora del muchacho es un enorme tornillo hueco con el que la brisa juega. Y el muchacho juega con ideas. Con ideas y escenas detenidas. La inmovilidad es una neblina transparente y dura que sale de sus ojos.

Créeme: no es el amor el que va a venir,

sino la belleza con su estola de albas muertas.

Este poema hace una referencia a la llegada de la luz del Sol en el amanecer, la quietud el despertar de las ideas, si bien también hace referencia a la previsión de que algo malo pueda llegar después.

9. Palingenesia

Estaba conversando con Archibald MacLeish en el bar «Los Marinos» de la Barceloneta cuando la vi aparecer, una estatua de yeso caminando penosamente sobre los adoquines. Mi interlocutor también la vio y envió a un mozo a buscarla. Durante los primeros minutos ella no dijo una palabra. MacLeish pidió consomé y tapas de Mariscos, pan de payés con tomate y aceite, y cerveza San Miguel.

Yo me conformé con una infusión de manzanilla y rodajas de pan integral. Debía cuidarme, dije. Entonces ella se decidió a hablar: los bárbaros avanzan, susurró melodiosamente, una masa disforme, grávida de aullidos y juramentos, una larga noche manteada para iluminar el matrimonio de los músculos y la grasa.

Luego su voz se apagó y dedicose a ingerir las viandas. Una mujer hambrienta y hermosa, dijo MacLeish, una tentación irresistible para dos poetas, si bien de diferentes lenguas, del mismo indómito Nuevo Mundo. Le di la razón sin entender del todos sus palabras y cerré los ojos. Cuando desperté MacLeish se había ido. La estatua estaba allí, en la calle, sus restos esparcidos entre la irregular acera y los viejos adoquines. El cielo, horas antes azul, se había vuelto negro como un rencor insuperable.

Va a llover, dijo un niño descalzo, temblando sin motivo aparente. Nos miramos un rato: con el dedo indicó los trozos de yeso en el suelo. Nieve, dijo. No tiembles, respondí, no ocurrirá nada, la pesadilla, aunque cercana, ha pasado sin apenas tocamos.

Este poema, cuyo título hace referencia a la propiedad de regenerarse o renacer una vez aparentemente muerto, nos muestra cómo el poeta sueña con el avance de la barbarie y de la intolerancia, que terminan por destrozar la belleza en unos tiempos convulsos.

10. La esperanza

Las nubes se bifurcan. Lo oscuro se abre, surco pálido en el cielo. Eso que viene desde el fondo es el sol. El interior de las nubes, antes absoluto, brilla como un muchacho cristalizado. Carreteras cubiertas de ramas, hojas mojadas, huellas.

He permanecido quieto durante el temporal y ahora la realidad se abre. El viento arrastra grupos de nubes en distintas direcciones. Doy gracias al cielo por haber hecho el amor con las mujeres que he querido. Desde lo oscuro, surco pálido, vienen

los días como muchachos caminantes.

Este poema da cuenta de la esperanza, de ser capaz de resistir y superar la adversidad para llegar a ver de nuevo la luz.

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Relatos

Merece la pena volver a la grandeza, nosotros que vivimos una época infantil

FÉLIX DE AZÚA

Relatos
‘La libertad guiando al pueblo’, de Delacroix, en el Louvre. PHILIPPE HUGUEN (AFP)

Las épocas suelen definirse, por lo menos en Europa, con un relato conmovedor y grandioso. El cristianismo, primera página de nuestra civilización, tuvo como aventura colosal las cruzadas y la toma de Jerusalén. Fue una aventura heroica e inútil, pero continúa siendo el momento épico del medioevo. Sobre él escribió Runciman la historia más apasionante que conozco. El Renacimiento tiene su culminación con la invención de América y el sinfín de episodios a que dio lugar. Era tiempo de poemas épicos, hoy olvidados, La Araucana, Os Lusiadas, pero sobre todo de la heroica crónica de Bernal Díez del Castillo.

La era moderna se abre con otro suceso titánico de índole por completo distinta. Una guerra civil no puede inspirar un poema épico en ningún caso, pero la Revolución Francesa fue algo más que eso, fue el anuncio de que el mundo iba a cambiar de arriba abajo. Mejor dicho, de abajo arriba. Cientos de escritores han tratado aquella lucha inmisericorde y mortífera, Hugo, Michelet, Balzac, Dickens, imaginaron novelas inmensas, pero fue un historiador, Simon Schama, quien comprendió que solo un relato histórico podía dar cuenta de asunto tan tremendo. Su formidable estudio, titulado Ciudadanos (Debate), es, como las cruzadas de Runciman, un relato que compite con todas las novelas. Como Schama dice en su prólogo, la influencia positivista, marxista y estructuralista han producido una historia de toneladas de trigo, demografía y aranceles, borrando las colosales figuras individuales de la revolución. Él las recupera porque, como afirma, “la creación del mundo moderno coincide con el nacimiento de la novela moderna”. Merece la pena volver a la grandeza, nosotros que vivimos una época infantil y sin relato alguno.

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‘Vuelo 19’: el misterio que dio origen al Triángulo de las Bermudas

El periodista José Antonio Ponseti debuta como novelista con una reconstrucción de aquel fatídico vuelo que engulló misteriosamente a seis aviones con sus 27 tripulantes el 5 de diciembre de 1945.

Portada de 'Vuelo 19', a cargo de José Antonio Ponseti.- SUMA DE LETRAS
Portada de ‘Vuelo 19’, a cargo de José Antonio Ponseti.- SUMA DE LETRAS

El 5 de diciembre de 1945, una sencilla misión de entrenamiento derivó en tragedia (desaparecieron 6 aviones y sus 27 tripulantes) y se convirtió en un misterio que continúa sin resolver, contribuyendo a cimentar la leyenda de lo que unos años después empezaría a ser llamado Triángulo de las Bermudas.

Una de las voces más reconocidas de la SER, José Antonio Ponseti, debuta como novelista con una reconstrucción de aquellos hechos, descubriendo aspectos y detalles poco conocidos, intentando encontrar las respuestas que, todavía hoy en día, la Marina de EEUU afirma no poder dar por falta de datos.

Todo empezó con un escueto telegrama: «Te han informado mal sobre mí. Estoy muy vivo». El 26 de diciembre de 1945, el cabo de los marines Joseph Paonessa recibe dicha misiva firmada por un tal «Georgie», apelativo con el que su madre, solo ella, llamaba a su hermano George, sargento de marines.

Pues bien, Georgie «desapareció del mapa, se esfumó, se lo tragó la tierra o el mar» veintiún días antes de que Joseph recibiera aquella misiva. Lo hizo cuando participaba como operador de radio en el ya en ese momento tristemente conocido Vuelo 19, un viaje que pasó a la historia por el misterio que engulló a ventisiete personas y seis aeroplanos cuando sobrevolaban el Atlántico.

José Antonio Ponseti reconstruye el infausto vuelo, así como el enorme despliegue llevado a cabo para encontrar los aparatos y, sobre todo, los tripulantes desaparecidos, con enormes verosimilitud y viveza, rellenando los agujeros de una historia que nunca se ha podido contar completa por razones obvias.

Un cúmulo de circunstancias adversas y fatalidades de diverso signo (humanas, mecánicas y climatológicas) convirtió un mero ejercicio de rutina en una catástrofe que ha provocado especulaciones de todo tipo e incluso ha inspirado a cineastas como Steven Spielberg.

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El arte de posar para una foto

Hacia el fondo de la noche, Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores

MANUEL VICENT

Los cantantes Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat.
Los cantantes Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. JORDI SOCIAS

Un día de primavera, por los montes de Navas del Marqués, más allá de El Escorial, por una carretera perdida que solo llevaba a un cercado donde pastaban unas vacas rubias, apareció un Cadillac 1953 Eldorado, descapotable, de color rojo, largo, muy largo, con Serrat y Sabina a bordo, unidos por la misma marca Stetson del sombrero y la gorra. Aparte de estos dos pájaros que cantan en los escenarios había otros que en ese momento cantaban en las ramas de los pinos, robles y carrascas.

Contemplar a Sabina respirando un aire extremadamente puro con olor a lavanda era en este caso el espectáculo. Se podía temer que lo matara aquella descarga de oxígeno con su punta afilada de navaja, pero se comportó como un valiente. Por su parte Serrat, que es más de mar y montaña, respiraba a pleno pulmón sin temer peligro alguno. Por allí andaban sus mujeres, Candela y Jimena, que ejercen con ellos de compañeras, amantes, enfermeras y asistentas sociales.

Decía Sabina: “Yo con el martirio de los autógrafos y los selfis ya no puedo salir de casa. Algunos amigos tienen la llave. Saben que allí hay camas”. Ahora en esta tierra alta, de místicos y jabalíes, Sabina se sentía a salvo, a menos que una vaca se acercara a abrazarle. En cambio, Serrat suele aceptar la gloria como un pan tierno de cada día que le manda la vida y sonríe como la cosa más natural cuando un matrimonio de cierta edad, después de felicitarle, le confiesa que ha engendrado a sus hijos escuchándole cantar y hasta ahora nadie le ha pedido daños y perjuicios.

Serrat y Sabina volverán en otoño a unir de nuevo sus voces en el Cono Sur de Latinoamérica donde son dioses, cada uno en su nube de algodón, entre la lírica y el desgarro, ambos con su endiablado talento. Un día Rafael Azcona les dijo: “Lo habéis conseguido todo, venga, dejadlo ya”. Cómo lo va dejar Sabina si sigue imbatido después de haber meado sobre el limón espumoso de miles de urinarios en bares de madrugada; si Joan Manuel Serrat ha sobrevivido al Mediterráneo y conserva intacta la rebeldía moral, comprometida de unos tiempos difíciles, pero siempre envuelta en el aura de una dicha de vivir y en la melancolía de aquellos tranvías que transportaban hacia las playas los domingos a gente vencida y devolvían a la ciudad solo derrotada por el sol, con los labios salados y la piel quemada.

Y entre tantas palabras de amor de Serrat, los gritos afónicos de Sabina, ambos fundidos, y aunque los dos crucen sus canciones, uno con la guitarra se rascará el corazón y otro el hígado sobrevivirán hasta el último día y ni un minuto más. Durante sus conciertos de nuevo se llenará el aire de nuevas pálidas princesas, de versos incólumes de poetas, de borrachos, macarras y prostitutas, de aquellos bares que ahora son bancos hipotecarios y otras ternuras, pero estos dos pájaros volarán juntos, con las alas cruzadas como sus letras y melodías hacia el fondo de la noche y Sabina se pondrá suave y Serrat hará de canalla y no cesarán de volar hasta encontrar el corazón dulce de los caballos en cada uno de los espectadores. Cantando la moral de la derrota o la gloria de estar vivo, de ser un héroe cotidiano o un superviviente de la propia guerra, los dos han sido elegidos por los dioses, uno con la voz rota, otro modulando un temblor también desgañitado.

Estar siempre de parte de los que pierden, apuntarse a las derrotas, convertir cualquier caída en una rima dura y cantarla como quien grita a la vida, ese es el asunto de Sabina cuyo primer objetivo es que todo el mundo sea feliz, que los reaccionarios dejen libres las nubes y los jergones para que los hijos del cielo puedan volar. Si hubiera sido misionero habría bautizado con whisky a los apaches. Y mientras ese milagro suceda Serrat enamorará a las madres y a las hijas. Acosados por una estampida de admiradores en España y Latinoamérica, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina se han apropiado de los jóvenes más insomnes, de los más cabreados, de todas esas chicas, que si bien pueden ser princesas, tienen el corazón suburbano.

Volarán juntos otra vez, ahora con las canciones trabadas, como el fuego cruzado de una guerra conjunta contra los bárbaros de cada esquina, a favor de la felicidad de cuantos esperan que un asa llegue por el aire a rescatarlos para volar a la misma altura, con estos dos pájaros, Serrat y Sabina.

Después de contemplarlos entre el humo de los aplausos recibir exhaustos y sudorosos los abrazos de los admiradores en los abarrotados camerinos era cosa de verlos ahora en la altura mística de los montes de Ávila entre flores silvestres y vacas rubias y de ojos azules bajo el canto de los mirlos y de los jilgueros. Pese a todo, estos dos pájaros en este vuelo han podido comprobar que las flores de jara son blancas y amarillas las de la retama. ¿Qué hacían allí? Posar para una foto. Lo mismo que hacía aquel tigre en la cumbre nevada del Kilimanjaro.

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