La revolución domesticada

CIUDAD DE MÉXICO — En México, la Revolución de octubre fue devorada por la Revolución mexicana. Pese a las resistencias del Partido Comunista Mexicano, la inocente ideología nacionalista y social de la Revolución mexicana ganó la partida a todo intento de marxismo-leninismo autóctono. En México, Lenin y Trotsky nunca pudieron competir contra Villa y Zapata.

La Revolución mexicana antecedió a la rusa por seis años. Estalló como un levantamiento contra la dictadura de Porfirio Díaz, instauró un régimen democrático que culminó en 1913 con el asesinato del presidente Francisco I. Madero, tras el cual se desató una guerra civil entre las facciones que seguían a los caudillos populares Villa y Zapata y a los ejércitos Constitucionalistas de Obregón y Carranza, que resultaron triunfantes. En febrero de 1917, mientras se instauraba en Rusia el fugaz gobierno provisional y el zar estaba a unos día de dimitir, la fracción victoriosa redactó una nueva Constitución cuyos principales artículos se apartaban del liberalismo clásico, fortalecían al Estado y al poder ejecutivo, y recogían importantes banderas sociales, algunas de sus adversarios: reforma agraria, legislación obrera, nacionalización de los recursos naturales, educación universal. Cuando en octubre de ese año estalló la Revolución rusa, los revolucionarios mexicanos permanecieron tranquilos. Con plena convicción y sinceridad podrían presentar a la Revolución mexicana como amiga y hasta precursora del movimiento bolchevique.

Aunque el Partido Comunista Mexicano fue fundado tempranamente en 1919 a las órdenes de la Internacional Comunista, pocos países tuvieron tanto éxito en neutralizar a la Revolución rusa como México. La razón es sencilla: México avanzaba con su propia revolución.

En el ámbito cultural y educativo, por ejemplo, el renacimiento de la pintura y las artes y la cruzada alfabetizadora de José Vasconcelos en los años veinte no palidecían frente al modernismo ruso y el plan educativo de Lunacharski. De hecho, México fue el primer país en establecer relaciones diplomáticas con la URSS, cuya primera embajadora —Alexandra Kolontái, famosa impulsora del amor libre— fue recibida con honores. Este acercamiento entre las dos revoluciones provocó la histeria del embajador americano Sheffield y halló eco en las empresas petroleras que temían una inminente expropiación. La prensa de Hearst habló del “Soviet Mexico” y, en un episodio poco conocido de la historia diplomática, en junio de 1927 el presidente Coolidge consideró seriamente la opción militar contra su vecino revolucionario. Gracias a la intervención del senador Fiorello La Guardia, el tema se resolvió con un inteligente cambio de embajador: el banquero Dwight Morrow llegó a México, ayudó a reestructurar la deuda y las finanzas públicas, se hizo consejero de políticos y tuvo el instinto genial de hacerse amigo y mecenas de artistas que, tras la crisis de Wall Street en 1929, estaban seguros de que el futuro pertenecía a la Unión Soviética y al comunismo. Los más famosos, por supuesto, fueron Diego Rivera y Frida Kahlo, pero muchos escritores jóvenes —entre ellos el combativo Octavio Paz y su amigo José Revueltas— comulgarían por décadas con esa creencia: la URSS era “la tierra del porvenir”.

Declarado ilegal en 1929, reprimidos, encarcelados y asesinados muchos de sus miembros, el Partido Comunista Mexicano retomó cierta fuerza en el sexenio de Lázaro Cárdenas entre 1934 y 1940, pero sobre él volvió a obrar el efecto domesticador. Era imposible competir desde la izquierda con un gobierno tan claramente revolucionario como el de Cárdenas, que repartió 17 millones de hectáreas, expropió a las empresas petroleras en 1938, y contó con el apoyo del movimiento obrero organizado en una central única: la Confederación de Trabajadores de México, cuyo líder, el intelectual Vicente Lombardo Toledano (admirador de la URSS y viajero frecuente a Moscú), fue la representación misma de esa convivencia funcional y pacífica entre las dos revoluciones. En los años treinta, a los ojos de Moscú, el gobierno de Cárdenas era la versión mexicana del frente popular antifascista. Por esa razón, los comunistas mexicanos fueron obligados a entregar los sindicatos que controlaban al partido oficial, el Partido de la Revolución Mexicana, que en 1946 adoptó el oxímoron definitivo de Partido Revolucionario Institucional.

Acaso la prueba mayor de autonomía mexicana con respecto de la Revolución soviética sobrevino en 1937, con el asilo que —a petición de Diego Rivera— otorgó Cárdenas a Trotsky. La negativa del PCM a participar en el asesinato del jefe del Ejército Rojo, lo que ocurrió finalmente en 1940, selló su destino como partido: al llegar la Guerra Fría, mientras el PRI podía ostentarse ya abiertamente como una alternativa nacionalista y progresista frente al comunismo, el PCM se encontraba al borde de la extinción, y, en esa marginalidad, que fue acentuada por su falta de registro oficial, siguió hasta los años sesenta, acompañado solo por sindicalistas ferroviarios y magisteriales y algunos artistas famosos.

 
León Trotsky y su esposa, a bordo del barco que los trajo de Noruega, son recibidos en México por Frida Kahlo y Max Schachtman, jefe del Comité Comunista en los Estados Unidos. CreditTimes Wide World Photos

Al morir Frida Kahlo en 1954, recibió el primer homenaje rendido a un artista en el Palacio de Bellas Artes: su féretro cubierto por la bandera de la hoz y el martillo. El funcionario que permitió esa intromisión simbólica fue despedido, pero el acto fue emblemático de una nueva vigencia del comunismo en México, no a través del PCM sino de los ámbitos artísticos, académicos y literarios donde el marxismo comenzaba a tomar nuevos bríos gracias a la influencia de las obras de Jean Paul Sartre. Con todo, en la arena política, el PRI reinaba sin disputa. Al menos hasta el movimiento estudiantil de 1968, cuando empezó a resquebrajarse su dominio sobre las nuevas clases medias, el partido oficial era una alianza todopoderosa donde, excluyendo los extremos, cabía desde la derecha hasta la izquierda.

Ni siquiera la Revolución cubana modificó el estado de cosas. Hábilmente, al abstenerse de condenar a Castro y expulsar a Cuba de la OEA en 1962, el régimen del PRI se convirtió en el mediador tácito entre Estados Unidos y la Revolución cubana, el gobierno “tapón” que protegería a toda Norteamérica del comunismo, a cambio de sostener una retórica nacionalista. El compromiso con La Habana fue claro: México —de cuyas costas había salido la expedición castrista del Granma en 1956— defendería diplomáticamente, en la medida de lo posible, a Cuba de Estados Unidos, a cambio de que no hubiese guerrilla en México. Si bien la hubo en los años setenta, alcanzó una dimensión e impacto considerablemente menores que en el resto de América Latina.

Aunque el régimen de Castro pactó con el gobierno de la Revolución mexicana, lo cierto es que entre las generaciones jóvenes el prestigio de la Revolución cubana opacó a la mexicana, a la que veían como anticuada, rígida y falsa. En los años setenta —y por tres décadas más— el marxismo en todas sus variantes se convirtió en la vulgata de las universidades públicas mexicanas. Sin embargo, los gobiernos del PRI no se inmutaron mayormente ya que el PCM, legalizado en 1978, obtuvo apenas el 5 por ciento de los votos en las elecciones de 1979. De poco valió el esfuerzo de modernización de los comunistas mexicanos para tomar distancia del bloque soviético e ir más allá de los votantes universitarios.

En 1981, el PCM llegó al extremo de autodisolverse, con la esperanza de tender puentes con otras formaciones de izquierda, ligadas a las universidades públicas. El PRI, se decía en broma en aquellos años, no necesitaba formar a sus jóvenes militantes, pues para ello estaba el Partido Comunista, del cual salían algunos de los cuadros que renovaban a una élite gobernante donde ser socio de Washington, estalinista convencido y vociferante antiimperialista no era una contradicción.

La Revolución mexicana, con su ecléctico nacionalismo, absorbió y domesticó a la Revolución rusa, logrando que México fuese, a mediados de los años ochenta, uno de los pocos países del mundo donde los trotskistas tenían presencia oficial en el congreso. Una política internacional amiga del Pacto de Varsovia (y de su marioneta, el Movimiento de los No Alineados), le permitía al PRI ejercer la mano dura contra la izquierda mexicana, como ocurrió en 1968 o durante los años setenta, cuando guerrillas urbanas de inspiración maoísta o guevarista fueron cruentamente reprimidas ante la indiferencia de La Habana y Moscú. Cuando a los guerrilleros mexicanos se les ocurría secuestrar aviones rumbo a Cuba, el régimen de Castro los repatriaba de inmediato o los recluía bajo condiciones penosas.

El cuadro comenzó a cambiar en 1988, cuando el ala izquierda del PRI, inspirada en el sexenio de Lázaro Cárdenas y encabezada por su hijo, Cuauhtémoc Cárdenas, abandonó el partido. Los partidos de la vieja izquierda alojaron a estos disidentes del PRI en su sede, les cedieron su registro y postularon a Cárdenas a la presidencia. Solo un fraude electoral impidió su triunfo, pero en vez de tomar las armas, en 1989 Cárdenas discurrió un cambio que ni siquiera su padre había podido vislumbrar: la unión de toda la izquierda (comunista, trostskista, guevarista, nacionalista, socialista) en un partido, el Partido de la Revolución Democrática. Aunque derrotado en 1994 y 2000, el PRD entró al nuevo siglo como una institución consolidada con fuerte presencia en las legislaturas y gobiernos de los estados, municipios, y en el enclave decisivo de la ciudad de México, cuyo gobierno recayó en un popular líder de origen priista, cercano a Cárdenas pero que muy pronto tomaría vuelos propios e insospechados: Andrés Manuel López Obrador.

Desde el año 2000, tras el desvanecimiento del Subcomandante Marcos, un guerrillero inspirado en el Che Guevara que trocó la bandera marxista por un ideario indigenista, López Obrador se convirtió no solo en el líder sino en el caudillo populista de la izquierda mexicana. En 2006 contendió a la presidencia, estuvo a unas décimas de ganar el poder y acusó al gobierno de haberlo defraudado. Significativamente, en su cuarto de guerra no quedaba ningún comunista y sí muchos priistas de los años setenta, ochenta y noventa. Una vez más, la Revolución mexicana había devorado a la Revolución rusa.

 

Cómo deshacer cosas con palabras

Si la mentira es un juego de lenguaje que debemos aprender, como defendía Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas, es porque el lenguaje mismo es una forma de encubrimiento, un maquillaje social, un sistema de evasiones y disimulos. La sinceridad es solo un planeta deshabitado y gaseoso, algo que se presupone en la comunicación, pero que solo es percibido como un ideal. Acaso no existe escritor que no haya observado esa materia contradictoria con la que debe edificar su casa. Vista así, la literatura es siempre, como comprendió Kertész, una confiada negación de sí misma, una celebración de su propia incompetencia, una imposibilidad que sonríe.
Escribimos contra el lenguaje y contra nosotros, o no escribimos. Esos engaños hacen de la memoria un pasaporte falsificado: inventamos cuando creemos recordar. Cada biografía es  una reunión de fantasmas.  La teoría de los “actos de habla” de J. L. Austin proponía una perspectiva distante, casi glaciar: había que acabar con las oposiciones de lo verdadero y lo falso, y hablar de actos desafortunados o no. Para Austin la insinceridad era un abuso, pero también un presupuesto conversacional. No existe en su teoría una mentira pura y abstracta, sino la mentira como recurso: el que miente lo hace para obtener cierto beneficio. La mentira que se da en la conversación cotidiana trama una realidad, eleva una estrategia y espera engañar al interlocutor. El arte, sin embargo, nos rescata de ese juego. 

En el poema, en la fotografía o en la danza no hay verdad, no en el sentido en que utilizamos la palabra verdad en una conversación. Lo que vemos es juego y representación, y se nos muestra como tal. Todo encuadre es ficción, todo punto de vista del narrador también. 

El arte es una fábula dentro de la fábula de la realidad, pero no pretende engañarte, no quiere que creas en nada, no te dice lo que debes pensar. Es apariencia, y en su apariencia, en su mentira esencial, es verdad. Acaso la única verdad que podemos rozar. La literatura es inútil porque no da respuesta, porque su función es no dar respuestas, y esa capacidad para contradecirse y para cuestionarlo todo es una de las pocas vías que nos quedan para socavar los relatos de la verdad.

La literatura debe atravesar la realidad y ser parte de la vida, pero debe conseguirlo sin caer en sus trampas. Por eso necesita la escritura defenderse de sí misma, evitar los automatismos del lenguaje, deshacerse de cuanto la empuja hacia la exhibición, la autodefensa y la tesis, que son los motivos habituales de su hundimiento.No, la literatura no es constructiva. La literatura solo aspira a deshacer cosas con palabras (por hacer un juego con el título del libro inevitable de Austin, How to do things with words). Es como un niño que se ha propuesto desmontar el mecanismo y descomponerse a sí mismo, un niño insoportable e irreverente tal vez, habitualmente equivocado, pero también medicinal. 

Escribimos para deshacer cosas con palabras. Cuando nadie se proponga esa labor será cuando el engaño, el encubrimiento del lenguaje, ese que usamos cada día para inventarnos, haya ganado la batalla y ya no sea posible jugar.

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¿Existe todavía la España de Zuloaga?

Un público compuesto en su mayoría por personas de edad consolidada y de diseño antiguo admiran la obra del pintor vasco

Exposición de Ignacio Zuloaga en la Fundación Mapfre, en Madrid.
Exposición de Ignacio Zuloaga en la Fundación Mapfre, en Madrid. B.P.

 

Cuando un artista es muy poderoso, acaba siempre por crear un público a su propia imagen y semejanza. En la muestra del pintor Ignacio Zuloaga, que se celebra en la sala Mapfre de Madrid, se puede comprobar una vez más esta relación mágica. Consiste en que la mayoría de espectadores de la obra de un gran artista suele tener un diseño físico muy parecido a las figuras de los cuadros. Esta misteriosa atracción mutua se da a menudo en los grandes eventos artísticos en galerías y museos. El arte joven produce espectadores jóvenes, la pintura abstracta atrae a espectadores desinhibidos, la estética pop se ve rodeada de espectadores alegres y desenfadados, el realismo social engendra espectadores serios y comprometidos, el informalismo genera estetas informales, las instalaciones, performances y happenings disparatados acumulan siempre gente loca alrededor, que juega a convertirse ella misma en obras de arte. En este caso al mundo recio y oscuro de Ignacio Zuloaga, compuesto de damas de negro, caballeros severos, toreros y manolas, retratos adustos con galgos puntiagudos, castillos y paisajes bajo nubarrones morados, que se corresponde con un público compuesto en su mayoría por personas de edad consolidada, hombres y mujeres de diseño antiguo, que contemplan los cuadros como quien se mira en un espejo de luna del armario con una actitud reverente y educada. Parecen ser españoles muy españoles los que deambulan en silencio por el aire denso y penumbroso de la sala, admirados por la maestría del pintor que, en su momento, pese a ser vasco, encarnó el espíritu nacional castellano.

Esta mutua atracción como fenómeno estético se manifestó públicamente por primera vez en la exposición que en 1964 Andy Warhol realizó en Filadelfia. Por un percance del transporte los cuadros no llegaron a tiempo a la galería; no obstante, la inauguración se celebró con las paredes vacías. Warhol desde un altillo descubrió que la sala se parecía a una pecera llena de crustáceos que se movían, excitados unos por otros, como única fuente de energía. A nadie le importaba que no hubiera cuadros. Estaban allí solo para mirarse en el espejo del artista como única forma de existir. En ese momento, Warhol tuvo la revelación de que aquellas criaturas que llenaban la sala eran su obra de arte. Si un bote de sopa Campbell es un icono americano, ¿por qué no podemos serlo yo ─se dijo el artista─ y cada uno de los espectadores? Su verdadera creación eran aquellos extraños seres que había conseguido reunir entre cuatro paredes blancas y que no se parecían en nada al resto de los habitantes de Nueva York, sino solo a sí mismos como tribu, el rostro blanco con polvos de arroz, adornada la cresta roja con plumas de marabú y el cuerpo anoréxico alicatado con cristales de colores.

Esta relación mágica no solo se produce en las galerías y en los museos; se expresa también en la historia de un país y conforma la imagen de una sociedad. Ignacio Zuloaga, nacido en Eibar en 1870, es el pintor coetáneo de la Generación del 98 y asume plásticamente la estética de la España Negra, con el derrotismo de una literatura amarga, que trata de revivir el espíritu castellano como símbolo de lo español. Pese a que se formó en París en 1890, donde pudo absorber todo el aire de la modernidad y las alegres vivencias del arte como una fiesta feliz, de regreso al país, adherido a un clasicismo pictórico, frente a la España luminosa de Sorolla adoptó el aire conservador, tradicionalista e incluso reaccionario. Su talento y poder como artista está fuera de discusión, pero Zuloaga tiene una dimensión política, puesto que puso su arte al servicio de una opción ideológica franquista hasta el punto de pintar al propio dictador como figura histórica y al general manco Millán Astray como modelo de heroísmo. Si Pablo Picasso con el Guernica produjo un grito mundial contra la violencia fascista, Zuloaga trató de plasmar como réplica el asedio del Alcázar de Toledo en 1936 por las fuerzas republicanas. El contenido nacionalista de su obra está aliado a la celebración de tradiciones populares, escenas de labriegos segovianos a la sombra de su boina, de señoras con mantilla negra, de poblachos con campanarios envueltos en nubes atormentadas. Más allá de esta plástica potente, pero estéticamente rancia y tenebrosa, la pregunta que uno se formula ante la exposición de Zuloaga es si la España de este pintor existe todavía, si esos espectadores de aspecto grave que deambulan por la sala son figuras escapadas de los cuadros en busca del autor. Junto a la muestra de Zuloaga, en la sala contigua se exhiben unas pinturas de Joan Miró. La sala estaba deshabitada y llena de luz. Solo una joven, abanicándose con un catálogo, contemplaba un óleo surrealista lleno de estrellas. Esta única espectadora, de belleza transparente, era también una criatura de Miró.

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Un relato de España

El sí a la independencia supone rechazar el vínculo entre los pueblos de España, que tienen mucho que ofrecer en el concierto mundial desde una articulación de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar

Un relato de España
NICOLÁS AZNÁREZ

 

En 1937 se publicó Viento del pueblo,el poemario del alicantino Miguel Hernández, que cuenta entre sus poesías con la que da título al libro. “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta” es el célebre comienzo de un texto empeñado en mostrar que no es ése un pueblo de bueyes, dispuestos a doblar la cerviz, sino ansioso de libertad y señorío. ¿Quiénes componen el pueblo? Miguel Hernández va desgranando los nombres de todos los pueblos de España y caracteriza a cada uno de ellos con un rasgo alentador. “Asturianos de braveza, vascos de piedra blindada…” y así hasta haber nombrado a todos los que componen el conjunto de esa España, en que, según él, nunca medraron los bueyes.

Hace algunos días, en las páginas de este diario, José Juan Toharia lamentaba que en el conflicto territorial que estamos viviendo en nuestro país sólo los independentistas hayan contado un relato, que se ha ido imponiendo por sintonizar con los sentimientos de una parte de la población, y sobre todo por falta de alternativa. No parecen existir otras narraciones, capaces de ilusionar a las gentes en otro sentido, y eso favorece la causa independentista.

Y es verdad que las personas interpretamos los hechos desde los relatos que se han ido inscribiendo en nuestro cerebro desde la infancia y que se encuentran muy próximos a las emociones. Es verdad que las narraciones son indispensables para llegar al sentimiento, por eso todas las culturas educan a sus miembros contando cuentos y parábolas, que hunden sus raíces en el pasado y proyectan el futuro. Pero también es cierto que, como decía Lakoff, las historias para ser fecundas, no sólo tienen que ser atractivas, sino sobre todo tienen que ser verdaderas. Tienen que unir —añadiría yo— sentimientos y razón, convencer con argumentos, y no sólo persuadir con recursos emotivos, porque deben llegar a la razón de las personas concretas, que es una razón cordial. Y no es de recibo distorsionar los hechos para acoplarlos a una historia que puede ser eficaz en movilizar sentimientos, pero falsa. La posverdad es sencillamente mentira, y rompe el vínculo humano de la comunicación en provecho de quien la cuenta, se mida ese provecho en votos o en dinero.

El relato de España en que creímos muchos de nosotros es el de Miguel Hernández, el de un conjunto de pueblos a los que la historia, con sus avances y retrocesos, ha ido uniendo, y que pueden aportar cada uno mucho de positivo al acervo común; una aportación que, afortunadamente, no siempre se mide en dinero, como querría una sociedad mercantilizada.

Creímos en un conjunto de pueblos, con sus peculiares historias y tradiciones, pero con una historia y una lengua compartidas, que nos ligaba a nuestra América, situada al otro lado del Océano Atlántico, y entre los que podía existir el proyecto compartido de organizar una sociedad más justa, tanto en la propia casa, como en el concierto de los países. Podíamos hacerlo precisamente porque había un vínculo cultural y a la vez peculiaridades diversas, pero además porque existían diferencias económicas entre las regiones, y la solidaridad entre ellas podía propiciar esa reducción de las desigualdades entre los ciudadanos que es la marca de cualquier proyecto progresista. Tal vez los términos “izquierda” y “derecha” oscurecen la realidad más que iluminarla, y habría que sustituirlos por “progreso” y “regreso”, denunciando por regresivo cualquier intento de quebrar una unidad en lo diverso que ya existe.

Sin embargo, en el actual debate sobre la organización territorial de España se ha producido un inmisericorde empobrecimiento de aquella perspectiva amplia. El número de protagonistas del relato parece haberse reducido a dos: el Gobierno de Mariano Rajoy en el marco del Estado y la Generalitat de Cataluña y quienes salen a las calles pidiendo la independencia. Han desaparecido del horizonte los “extremeños de centeno, aragoneses de casta” y cuantos intervenían en nuestra historia común, junto a los “catalanes de firmeza”, y ha quedado en la desoladora escena un enfrentamiento entre una entelequia llamada “Madrid” y otra, igual de difusa, llamada “Cataluña”. Ninguna de ellas corresponde a una realidad social de carne y hueso, ninguna de ellas tiene verdadera encarnadura social.

Y no sólo porque la mayoría de los catalanes no son independentistas, y habría que decir en el mejor de los casos “una parte de los catalanes”, sino porque apostar por la independencia de Cataluña no es decir no a Rajoy y a un “Madrid” inventado. Tampoco es decir no al Partido Popular. El  a la independencia supone rechazar el vínculo con las gentes de esos pueblos de España, que tal vez no sean tan bravíos como los soñaba Miguel Hernández, pero tienen mucho que ofrecer en el concierto mundial desde esa articulación de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar con tanto respeto, si es que hablamos de cultura, tradiciones o lengua. Baste comprobar la diferencia con otros países, por otra parte espléndidos como Alemania o Francia, bastante menos sensibles al cuidado de lo diverso. Si en nuestro caso hablamos de desigualdad económica, no de diversidad cultural, entonces entramos en la discusión sobre la justicia distributiva y la solidaridad, no sobre cuestiones de identidad.

Sin embargo, como los relatos arrancan del pasado y sobre todo han de proyectarse al futuro, a las altura del siglo XXI, en el horizonte de un mundo global, no creo que haya proyecto más ilusionante y atractivo que el que esbozaron los ilustrados en el siglo XVIII, haciendo pie en el estoicismo y el cristianismo: el de construir una sociedad cosmopolita, en que sea posible erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, conseguir que ningún ser humano se vea obligado a emigrar, porque todos son ciudadanos de ese mundo. La globalización ha traído recursos que nunca pudimos soñar para ir adensando el grado de democratización de los distintos países, reforzando los vínculos legales y éticos con otras comunidades, que hoy en día ya comparten soberanía gracias a las uniones supranacionales, como la Unión Europea, y a la multiplicación de entidades internacionales, que podrían ser el germen de una gobernanza mundial. Es sin duda un proyecto y un relato que une los sentimientos a la razón.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Directora de la Fundación ÉTNOR.

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En compañía de tontos

Patente de corso de Arturo Pérez-Reverte

Puestos a ser justos, no sólo es España. Gracias a Dios. Las habas de la estupidez y la mala fe se cuecen en todas partes; y si eso no consuela demasiado, al menos lo hace más llevadero. Saber, por ejemplo, que la estatua de Colón en Barcelona no es la única que tiene la piqueta de demolición en el cogote, consuela un poco. Nada hay más tranquilizador que la estupidez compartida, global, en un mundo donde, ya desde la más remota antigüedad –y ahí seguimos–, juntas a un fanático o un malvado con 1.000 tontos y, matemáticamente, obtienes 1.001 hijos de la gran puta.

La tendencia actual de borrar la parte oscura del pasado y reinventar éste con la parte buena, o la que cada uno considera como tal, está sumiendo el mundo en un caos cultural ajeno a los hechos y razones que lo definen. Ignoramos que la historia no es buena ni mala, sino sólo historia, y borrándola creemos corregirla o librarnos de ella, cuando el resultado es justo lo contrario. Sin memoria, sin las claves que nos explican, somos monigotes en manos de oportunistas y sinvergüenzas, o rehenes de los estúpidos apóstoles de lo políticamente correcto. Y más cuando éstos se empeñan en que miremos el pasado, tan diferente en espíritu y maneras, con ojos del presente. Exigiéndole, por ejemplo, a una banda de aventureros hambrientos, duros, ambiciosos y desesperados que se comportaran en el siglo XV con los criterios morales de una oenegé del siglo XXI. Así nunca pueden salir las cuentas. Todos tuvimos bisabuelos que lucharon en guerras, invasiones, conquistas y reconquistas. Que mataron y murieron por un plato de comida, por una ambición, por una mala suerte, por una idea. Ocultarlos es amputarnos a nosotros mismos. Olvidar que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos.

Al pobre Colón, como digo, lleva tiempo cayéndole la del pulpo. Él sólo quería descubrir un mundo nuevo al otro lado del Atlántico, y se jugó el tipo para conseguirlo, gracias al apoyo que le dieron los reyes de España –ese país ahora de pronto inexistente– allá por el año 1492. Pero ya ven. Ha acabado comiéndose un marrón genocida como el sombrero de un picador: Cristina Kirchner le demolió la estatua en Buenos Aires, Ada Colau y la CUP quieren demolérsela en Barcelona, e innumerables cantamañanas de toda condición y pelaje andan buscándole las vueltas a don Cristóbal. Jugándole la del chino.

La última que yo sepa, se la han montado en Los Ángeles, California, ciudad hispana por excelencia empezando por el nombre (Nuestra Señora Reina de los Ángeles) y por quienes la fundaron. Pues bueno. Allí, con el silencio cuando no el aplauso de la abrumadoramente mayoritaria comunidad hispana, o sea, gente que se apellida Sánchez y Martínez, han suprimido el Columbus Day o Día de Colón –con el único voto en contra de un concejal de origen italiano, para más guasa–, y colocado en su lugar el Día de los Pueblos Indígenas. Lo cual estaría muy bien en muchos sitios, sobre todo de México para abajo; pero en Estados Unidos suena a sarcasmo guarro, porque allí precisamente, en la pulcra América anglosajona, y a diferencia de la sucia y grasienta América hispana, los pueblos indígenas fueron sistemáticamente exterminados, y los escasos supervivientes confinados en infames reservas. Y así, el gran John Ford pudo decirle a Peter Bogdanovich en una entrevista: «Los indios son un pueblo digno incluso en la derrota, pero eso no está bien visto en los Estados Unidos. Al público le gusta ver cómo matan a los indios. No los consideran seres humanos».

Así que, en fin. Qué quieren que les diga. Estos días va a estrenarse una película dirigida por Agustín Díaz Yanes, Oro, basada en un relato del arriba firmante, donde se cuenta mi manera de ver lo que fue la conquista de América: una sucesión de episodios fascinantes, terribles, épicos a veces y, desde luego, crueles y poco simpáticos. Pero asumiendo cuanto de terrible haya que asumir de la Historia, del horror y de la vida, que en el caso de la Conquista es mucho, el hecho cierto es que los indios de la América hispana siguen ahí, vivitos y coleando, compartiendo una lengua formidable entre quinientos millones de personas. Y muchos, por simple justicia histórica, han venido a vivir a España; mientras en los Estados Unidos ni están ni se les espera, entre otras cosas porque allí, con la Biblia y la cochina supremacía blanca por delante, se los cargaron a todos. Así que, por mí, como hispano que soy, como español que asume sin complejos su pasado en lo bueno y lo malo, la municipalidad de Los Ángeles puede irse a hacer puñetas. A excepción del concejal de origen italiano, claro. Ese tío cachondo.

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Entre flores

Aquel espejo de felicidad evanescente saltó en pedazos y pocas semanas después aquella gente cortés y pacífica de Baden Baden estaba ebria de sangre

Sarajevo: asesinato del archiduque Franz Ferdinand, heredero del trono austríaco, y su esposa.
Sarajevo: asesinato del archiduque Franz Ferdinand, heredero del trono austríaco, y su esposa. ACHILLE BELTRAME (ILUSTRADOR). GETTYIMAGES

 

Había amanecido un sol radiante aquel 28 de junio de 1914 en Baden Baden, según cuenta Stefan Zweig. Era la víspera de San Pedro y San Pablo y muchos burgueses austriacos, alegres y confiados, habían decidido pasar el día de fiesta en ese balneario, que parecía haber sido levantado solo para el placer del espíritu. Una orquesta de violines y pistones hacía sonar un vals bajo los perfumados tilos del parque; algunos veraneantes apostaban en la ruleta del casino y otros ataviados con pamelas y sombreros blancos, seguidos de niñas vestidas con colores claros, cruzaban los puentecillos de hierro colado que unen los jardines a uno y otro lado del río Oos. En medio de esta perfecta armonía, de repente, la orquesta dejó de sonar. Algunos oyentes rodearon a un guardia que en ese momento estaba fijando en un tablón visible un cartel con la noticia de que el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio austro- húngaro, y su mujer habían sido asesinados en Sarajevo a manos de Gravilo Princip, un nacionalista serbio que luchaba por la independencia de su país frente a Austria. Nadie dio demasiada importancia a ese hecho, de modo que el vals comenzó a sonar de nuevo desde el mismo compás interrumpido y aquellos felices burgueses siguieron ejerciendo su exquisita cortesía en los sillones. Nadie supo explicar cómo sobrevino la guerra, pero de pronto aquel espejo de felicidad evanescente saltó en pedazos y pocas semanas después aquella gente cortés y pacífica de Baden Baden estaba ebria de sangre; era imposible mantener una conversación sensata con los viejos amigos, que se habían convertido en patriotas ciegos, en unionistas o independentistas fanáticos. “Quien no es capaz de odiar, tampoco lo es de amar de verdad”, decían algunos. Aquella guerra que nadie quería produjo una espantosa carnicería con millones de muertos.

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La rocambolesca historia del último Da Vinci

El redescubrimiento del ‘Salvator Mundi’ de Leonardo tiene tintes novelescos. Adornó las estancias de la reina Enriqueta y desapareció durante siglos para resurgir a precio de saldo. A 500 años de su creación, se subasta por 85 millones de euros

 
 El 'Salvator Mundi' de Leonardo

El ‘Salvator Mundi’ de Leonardo

 
Cinco siglos contemplan el Salvator Mundi de Leonardo. Un periplo histórico tan fascinante que no es descartable su incursión a modo de trama en uno de esos thrillers superventas aún por escribir. Sumen la que podría ser una de las más icónicas figuras de la historia del arte —un Cristo salvador provisto de oráculo— al pincel del que se considera el artista más importante de la historia y ya lo tienen.

La subasta corre a cargo de Christie’s y el precio de salida, sobra decir, resulta descabellado. Hablamos de la friolera de 85 millones de euros por un cuadro que algún afortunado compró por 50 euros cuando todavía se consideraba obra de uno de sus discípulos o imitadores. Ocurrió en 2005 en una pequeña subasta regional estadounidense y el revuelo no se hizo esperar. Se habló del mayor descubrimiento artístico del siglo XXI, los más eufóricos se remontaron incluso a 1909, fecha en que se autentificó La Madonna de Benois, el último Leonardo conocido hasta la fecha.

Y de ese “último” en lugar de “único” se infiere que podría haber nuevos descubrimientos. Nadie pone la mano en el fuego, pese a que si bien Leonardo (1452-1519) dejó cientos de dibujos y manuscritos, no pintó más de una veintena de obras. Se entiende, por tanto, el entusiasmo mostrado por Dianne Dwyer Modestini, la conservadora estadounidense que, en 2007, y tras los primeros trabajos de restauración llegó a la conclusión que estaba ante los trazos del maestro. “Mis manos temblaban”, llegó a decir. “Cuando llegué a casa, no estaba del todo segura si había perdido la cabeza”.

Varios fueron los indicios que llevaron a refrendar la autoria del maestro italiano. Las pinceladas son propias de un zurdo, los pigmentos de cuarzo a los que recurría el pintor, la posición de las manos de Cristo que el autor fue modificando a la par que pintaba (algo propio de Da Vinci) y, lo que es más importante, el oráculo que sostiene en su mano izquierda, cuya factura técnica a principios del 1500 solo estaba al alcance del genio renacentista.

Mucho menos científico, pero igualmente útil según los expertos, es ese misterio cautivador que rezuma el lienzo, una especie de “profundidad psicológica, pero también de misterio, de algo que no termina de conocerse. Algo a lo que el pintor te expone sin ofrecer respuestas… Esa extrañeza propia de las últimas pinturas de Leonardo”, como explicaba en su día el profesor de Historiador del Arte de la Universidad de Oxford Martin Kemp.

 
'Salvator Mundi'

 

‘Salvator Mundi’

Un peregrinaje histórico

El Salvator Mundi se registró por primera vez en la colección del rey Carlos I de Inglaterra (1600-1649) y se cree que permaneció expuesto en el palacio de su esposa Enriqueta María de Francia en la localidad inglesa de Greenwich. Se mantuvo entre las colecciones reales hasta 1763, fecha en que el cuadro fue vendido por Charles Herbert Sheffield, hijo ilegítimo del rey Carlos II. Azarosa casualidad sobre todo si tenemos en cuenta que el propio Leonardo era hijo ilegítimo de un notario de la época.

Su rastro se pierde hasta que en 1900 reaparece pero ya sin los créditos reales que lo identificaban como obra del maestro florentino. Fue entonces adquirido por Sir Charles Robinson, una figura clave del arte victoriano, grabador aficionado y erudito en arte, quien lo adquirió pensando que era de un discípulo del maestro llamado Bernardino Luini. El rastro se pierde de nuevo hasta 1958, cuando salió a subasta por el módico precio de unos 50 euros volviendo a la clandestinidad hasta 2005.

Pero no termina aquí la aventura del lienzo. Ocho años después, y tras ser autentificado como obra del genio, fue adquirido por el magnate ruso Dmitry Rybolovlev por 107 millones de euros, pasando así a formar parte de una de las colecciones de arte privadas más importantes del mundo. Tuvo que ser su divorcio —el más caro de la historia— el que pusiera el Salvator Mundi de nuevo en el candelero. En concreto los 564 millones de euros que el multimillonario tendrá pagar a su ex mujer Elena Rybolovleva. Una cantidad a la que Dmitry pretende hacer frente con la venta de un Cristo que vagó por la clandestinidad del arte durante siglos. 

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Odio al toro

Las tradiciones sociales en muchas ocasiones son traiciones a la inteligencia. El toro, la obsesión por usarlo como objetivo de la crueldad de una tradición, es una conducta que une a España. En casi todas las regiones hay una forma distinta de torturarlo, y en cada una reclaman su derecho a hacerlo como parte de su identidad. ¿La crueldad es identitaria? ¿El abuso impulsa la unión comunitaria? Mientras defienden sus diferencias culturales para rescatar su identidad, como la lengua y memoria histórica, hasta la independencia que reclaman en varias regiones, en el momento de asesinar por diversión a un toro todos son iguales, llevan la misma sangre, hablan la misma lengua y saludan a una bandera: la crueldad. Los gobiernos esgrimen su obligación en la preservación de las tradiciones, como si la reiteración de un crimen lo convirtiera en tradicional, sumándose como parte de la cultura. El valor de la vida de un toro no significa nada contra la popularidad y los votos, la cordura de acabar con algo que únicamente impulsa a la violencia como diversión socialmente aceptada se rinde bajo el peso de la turba. Es una aberración la idea de que el toro existe para exhibir su sacrificio como una diversión social, ningún animal, ningún ser vivo existe para este fin, que los seres humanos matemos y torturemos a los animales por placer es una patología de nuestra especie, no una tradición. Es  vergonzoso saber que como es una “actividad cultural” reciben apoyo económico del Estado y que hasta la familia Real se fotografié en las corridas, relacionando su propia decadencia con esa costumbre.

En México crece la desaprobación de las corridas y las fiestas en las que se asesinan animales y aun así los aficionados a la crueldad esgrimen su “derecho” a divertirse con sus instintos. El gobierno que lo prohíbe encuentra a la oposición oportunista en la facción contraria que lo usa para ganar populismo. La falsa idea de que en eso hay  “arte” es una excusa insostenible, los aficionados que están lanceando, persiguiendo, torturando a un toro no lo hacen porque sean cultos, al contrario, es la mayoría lo que subsiste es una gran ignorancia humanista y una negación de los valores éticos. Los artistas que hicieron obras sobre los toros, muy pocos crearon algo digno, y Goya hace una crítica, no una apología, muestra la locura y la muerte. La Tauromaquia de Picasso más que arte es una manifestación folclórica de una resolución elemental, un cliché que se convirtió en un canon turístico, cuando dibuja y pinta al toro sin la fiesta es una obra mucho más compleja y con osadía cubista, o sus Minotauros que alcanzan la belleza del mito.

El espectáculo es tan inhumano que el público está esperando la muerte del toro o la de un hombre, van a eso, en los encierros, en las corridas, todas las “fiestas” se tratan de ver morir a alguien. La tradición cultural es la cobardía que tenemos ante nuestras propias patologías, porque creemos que lo peor representa lo más “autentico” de nosotros. La diferencia es que el humano que muere en una fiesta folclórica fue al encuentro de la barbarie, la provocó y la practicó, la consecuencia es parte de su deshumanización, de su nula conciencia del respeto a la vida. El toro fue llevado a un sacrificio al que es obligado en completa desventaja. 

PUBLICADO POR AVELINA LÉSPER 

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El cambio climático que acabó con el imperio romano

Las malas cosechas y la hambruna fueron factores determinantes de las invasiones bárbaras

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 PEDRO GARGANTILLA 

 

El clima y las civilizaciones siempre han ido de la mano. De una forma u otra las condiciones climatológicas han condicionado nuestra forma de vida. Por ejemplo, fue un estrés climático lo que estimuló las innovaciones y facilitó la transición de la prehistoria a la historia. La revolución neolítica, el inicio de la agricultura, tan sólo fue posible con el paso de un ambiente frío y seco a un ambiente cálido y húmedo.

De forma paralela, el declive de las grandes civilizaciones ha estado vinculado en muchas ocasiones a cambios climáticos extremos, desde sequías hasta glaciaciones, pasando por inesperadas inundaciones o erupciones volcánicas. Todos estos desastres naturales afectan al abastecimiento del agua y a la economía, lo cual se traduce en inestabilidad social y política.

 
 La expansión del imperio romano, desde el 100 a.C hasta el 200 d.C, coincidió con una estabilidad climática y un nivel bajo de actividad volcánica. Los estudios indican que bajo el mandato del emperador Augusto las temperaturas estivales medias eran, al menos, un grado superior a la media climática actual.
 

Los veranos cálidos y húmedos, seguidos de inviernos templados, caracterizados por una escasa variabilidad en las condiciones meteorológicas, fortalecieron la economía y permitieron la prosperidad del comercio. Durante esta época el cultivo de la vid se extendió a gran parte de Alemania e, incluso, de Inglaterra. La bonanza climática se tradujo en abundantes y regulares cosechas de cereales en los “graneros imperiales” (Hispania, Egipto), lo cual favoreció la expansión del Imperio.

Los científicos son capaces de reconstruir el clima del Viejo Continente durante los dos últimos milenios gracias a la información que obtienen tras analizar los movimientos glaciales en los Alpes, los registros de sedimentos en lagos de Asia y Europa, ciertos minerales en cuevas de Austria y Turquía… Además, los dendroclimatólogos analizando los patrones de crecimiento de los anillos de los árboles son capaces de inferir la temperatura de un momento determinado, con un error de unos diez años. Las malas condiciones climáticas se traducen árboles con estrechos anillos de crecimiento.

La conspiración del clima

En el siglo III el clima cambió, se produjeron grandes sequías, descensos bruscos de la temperatura y precipitaciones intensas en periodos más irregulares. A esto hay que añadir que entre los años 235 y 285 hubo hasta cinco erupciones volcánicas. El clima se hizo más frío y seco, empeoró la producción de alimentos, lo cual propició que los tributos e impuestos destinados a Roma se fueran menguando progresivamente. El cambio climático puso en jaque la economía imperial y el Imperio se fue debilitando lentamente.

Los inviernos se hicieron especialmente más rigurosos en las zonas del norte de Europa y las malas cosechas espolearon a los bárbaros a atravesar los ríos Rhin y Danubio e internarse en las zonas del sur de Europa, en donde las condiciones climáticas eran más favorables. Los pueblos del norte presionaron también las fronteras de los imperios sasánida y gupta.

Fue imposible contener, ni mediante la fuerza ni con la diplomacia, las masivas migraciones de los pueblos germanos. Los galos llegaran a Hispania en el 260 y tres años después los godos tomaron Efeso, en la actual Turquía; en el 410 los visigodos, comandados por Alarico I, saquearon por vez primera Roma. A partir de entonces nada volvería a ser igual, la civilización romana estaba herida de muerte.

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Aparece el primer cuento de Hemingway, escrito a los 10 años

El paso del huracán Irma por Florida descubre un cuaderno con un relato en forma de diario fechado en 1909

EL CULTURAL 


Cuaderno que contiene el primer relato conocido de Hemingway, escrito a los 10 años. Foto: Sandra Spanier

El paso del huracán Irma por Key West (Florida) ha deparado una de las sorpresas literarias de la temporada: el hallazgo del primer cuento de Ernest Hemingway, escrito a los diez años. Según informa The New York Times, el relato permanecía en los archivos de la familia Bruce, viejos amigos de los Hemingway, cuya propiedad acabó malparada tras el paso de Irma. Pese a los numerosos daños sufridos, el viejo cuaderno manchado en el que se encontraba el cuento apareció sin un rasguño, dentro de una bolsa para alimentos congelados, con la fecha “8 de septiembre de 1909” escrita con rotulador negro.

¿Pero cómo acabó ese cuaderno de la casa familiar de Hemingway en Oak Park, Illinois, en Key West? Resulta que Hemingway fue el mejor cronista de su propia vida, así que atesoraba todo lo que tenía que ver con él: fotografías y cartas, recibos, boletos, radiografías dentales, tareas escolares, revistas españolas sobre tauromaquia y otros materiales impresos. Para cuando Hemingway murió en 1961, dejó cientos de objetos repartidos en lugares como Key West, Oak Park, Cuba y su casa en Ketchum, Idaho.

La cuarta esposa del autor, Mary Welsh Hemingway, pasó años reuniendo cartas, cuadernos y los manuscritos incompletos de Hemingway, entre ellos unas memorias de sus años en París, A Moveable Feast (París era una fiesta). En el invierno de 1962, viajó a Key West (también conocido como Cayo Hueso, en español) para visitar a Betty y Telly Otto “Toby” Bruce, quien sacó una pila de cajas que estaban en un almacén. Bruce era un antiguo confidente que había trabajado como mecánico, e incluso, a veces, chófer de Hemingway.

Mary se llevó lo que consideró importante de regreso a Nueva York y le dio el resto a los Bruce. Con la excepción de algunas exposiciones locales y colaboraciones académicas, el archivo ha permanecido en manos de la familia, bajo el control del hijo de Bruce.

La colección también incluye otros objetos poco conocidos como fotos, cartas, un mechón del cabello del autor y 46 copias de fotografías, un regalo del famoso fotógrafo Walker Evans. Apenas en los últimos 15 años han comenzado a catalogarlos como se debe, en gran medida gracias a los esfuerzos de Brewster Chamberlin, quien escribió The Hemingway Log, una crónica de la vida y la carrera del autor.

Es fácil comprender por qué Mary pudo haber ignorado ese cuaderno con manchas de humedad. Solo queda un pedazo de la cubierta, en el que el joven Hemingway dibujó un mapa de la región central del norte de Estados Unidos. La historia sin título abarca cerca de catorce páginas del cuaderno, que también incluye fragmentos de poemas y notas sobre gramática, entre ellas reglas de puntuación y del uso de mayúsculas.

El cuaderno de viaje de Hemingway a través de Irlanda y Escocia fue escrito a manera de cartas a sus padres y lo que parecen ser entradas de diario, así que no pareció importante. Sin embargo, cuando Sandra Spanier (editora del Hemingway Letters Project) visitó a Chamberlin en mayo comprendieron que Hemingway jamás hizo ese viaje, ni de niño ni de adulto. Y entonces se percataron de la relevancia del descubrimiento. “Por Dios, pensé, esto es muy importante. Esta es la primera vez que Hemingway intentó escribir ficción”, recordó haber pensado Chamberlin.

En una sección del cuaderno, el joven Hemingway cuenta la historia de un hombre muerto que regresa una vez al año para reconstruir Ross Castle en Irlanda, y organiza un festín nocturno. “Cuando amanece, el castillo vuelve a transformarse en ruinas y O’Donahue regresa a su tumba”, escribió Hemingway con unos intrincados garabatos.

Aunque la caligrafía de Hemingway no mejoraría mucho, su forma de escribir sí lo haría. La historia presagia al escritor en el que se convertiría, no solo en cuanto al minimalismo del lenguaje de Hemingway y su uso de los paisajes, sino también en su mezcla del estilo periodístico y la ficción. Esta es una técnica que Hemingway empleó a lo largo de su carrera para inyectarle realismo a sus historias, para anclarlas mediante la seriedad de los hechos y la experiencia.

“Creí que esto era de verdad maravilloso; un texto realmente emblemático”, dijo Spanier. “Es la primera vez que tenemos pruebas de la escritura persistente e imaginativa de Hemingway”.

A continuación, el joven Hemingway describe un recorrido en el Castillo Blarney y la pobreza de Irlanda. Escribe acerca de visitar una casa de roca con un techo de paja que “es muy oscura adentro” y acerca de un cerdo que “corre bajo la mesa” y “la gente lo llama ‘El amiguito que paga la renta’”.

No hay una calificación en el texto, así que no está claro si era el borrador de una tarea de literatura o si Hemingway lo estaba escribiendo para entretenerse. Su intención pudo haber sido enviarlo a la revista St. Nicholas Magazine, dijo Spanier. La revista para niños tenía un concurso literario mensual en el que había participado su hermana mayor Marcelline.

“Quizá la idea de ser un autor publicado a los diez años lo inspiró para escribir su narrativa ficticia, bastante culta y literaria“, sugirió Spanier.

En cuanto a la familia Bruce, está considerando vender el archivo, para que pueda encontrar un nuevo hogar dentro o fuera de Florida, ya que, dicen, “merece estar en algún lugar donde pueda estudiarse”. 

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