Hay una palabra para todos esos libros que has comprado pero no has leído

Hay una palabra para todos esos libros que has comprado pero no has leído

CreditLinda Huang

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Tengo muchos más libros de los que podría leer durante el resto de mi vida. Sin embargo, cada mes agrego decenas más a mis estantes. Durante años, me sentí culpable de esta situación, hasta que leí un artículo de Jessica Stillman en el sitio web de la revista Inc. titulado “Why You Should Surround Yourself With More Books Than You’ll Ever Have Time to Read” (Por qué debes rodearte de más libros de los que tengas tiempo para leer). Stillman argumenta que una biblioteca personal demasiado grande como para leerla en una vida “no es una señal de fracaso ni ignorancia”, sino más bien “una medalla de honor”. Su argumento era una variación del tema que propuso Nassim Nicholas Taleb en su exitoso libro The Black Swan (2007), acerca del impacto desmesurado de los sucesos importantes e impredecibles en nuestras vidas. Básicamente, Taleb afirma que aunque solemos valorar más las cosas conocidas que las desconocidas, lo que ignoramos y, por lo tanto, no podemos ver venir, tiende a transformar nuestro mundo de manera más drástica.

La biblioteca de una persona a menudo es una representación simbólica de su mente. Alguien que ha dejado de expandir su biblioteca personal podría llegar a creer que sabe todo lo necesario y que las cosas que no conoce no pueden lastimarlo. No desea seguir creciendo intelectualmente. Quien siempre está expandiendo su biblioteca entiende la importancia de seguir sintiendo curiosidad y de estar abierto a voces e ideas nuevas.

Taleb argumenta que una biblioteca personal “debe tener tanta información desconocida como lo permitan tus finanzas, las tasas hipotecarias y el actual estado tan limitado del mercado de bienes raíces. Acumularás más conocimiento y más libros conforme envejezcas y, desde los estantes, el número creciente de libros que no has leído te parecerá amenazador. En efecto, cuanto más sepas, más grandes serán las filas de libros no abiertos. Digamos que esa colección de libros sin leer es una antibiblioteca”.

No me encanta ese último término que usa Taleb. Una biblioteca es una colección de libros, muchos de los cuales permanecen sin leerse durante largos periodos. No veo por qué eso es algo distinto de una antibiblioteca. Una mejor palabra para definirlo podría ser tsundoku, que en japonés significa “pila de libros que has comprado pero todavía no has leído”. Casi el diez por ciento de mi biblioteca personal se compone de libros que he leído; el otro noventa por ciento es tsundoku. Quizá tengo cerca de tres mil libros, pero muchos son antologías o compilaciones que contienen varias obras. Tengo muchos volúmenes de Library of America, una serie que publica en un solo tomo las novelas completas de autores como Dashiell Hammett y Nathanael West. Cuando termino un libro, a menudo lo regalo o lo intercambio en una tienda de libros usados. Como resultado, mi tsundoku siempre se está expandiendo mientras el número de libros que he leído sigue constante, de unos cuantos cientos.

Sin embargo, a decir verdad, tsundoku no puede describir gran parte de mi biblioteca. Tengo muchas colecciones de cuentos, antologías de poemas y libros de ensayos que compré sabiendo que quizá no leería todas las páginas. Autores como Taleb, Stillman y quien haya acuñado la palabra tsundoku parecen reconocer solo dos categorías de libros: los leídos y los no leídos. No obstante, todos los amantes de los libros saben que hay una tercera categoría que está en algún punto medio: los libros parcialmente leídos. Casi todos los títulos de la sección de Referencia que hay en los estantes de los amantes de los libros, por ejemplo, entra en esta categoría. Nadie lee el American Heritage Dictionary ni el Tesauro de Roget de cabo a rabo.

Uno de mis libros favoritos es The Stanford Companion to Victorian Fiction de John Sutherland. Se trata de un análisis fascinante, sesudo, ingenioso y muy obstinado de las novelas y los novelistas de la Inglaterra victoriana, desde los famosos (Dickens, Trollope, Thackeray) hasta los justificablemente olvidados (Sutherland describe las novelas de Tom Gallon como “ficción subdickensiana sobre los sentimientos y la chusma en Londres, generalmente escrita de manera elíptica y sin gracia”). He tenido el libro durante veinte años y me ha dado mucho placer, pero dudo que logre leer todas las palabras que contienen ese o decenas de otros libros de referencia en mis estantes.

Generalmente tampoco leo las biografías completas, porque los biógrafos suelen incluir toda la información que puedan en sus libros. En realidad, no me importan las cifras que obtuvo Ogden Nash en su boleta de calificaciones del tercer grado ni cuántos baúles llenos de ropa hizo transportar Edith Wharton a través del Atlántico cuando se mudó a Francia. Quizá hay cientos de biografías en mi biblioteca personal. He leído partes de la mayoría, pero muy pocas por completo. Lo mismo sucede con las colecciones de cartas. Cuando termino de leer una obra de ficción de Willa Cather, digamos, quizá me sienta inspirado a sacar el enorme tomo de Las cartas selectas de Willa Cather e intentar saber cómo era la autora cuando “no estaba trabajando”.

Esos no pueden contarse como libros que he leído, y tampoco pueden etiquetarse como tsundoku. Al igual que gran parte de mi biblioteca, viven en la zona intermedia de los parcialmente leídos. Taleb argumenta que “los libros leídos son mucho menos valiosos que los no leídos” porque los que no has leído pueden enseñarte cosas que aún no sabes. En realidad no estoy de acuerdo con él. Creo que es buena idea que en tus estantes haya libros leídos y no leídos, pero es igual de importante esa tercera categoría de libros: los que no has leído por completo y quizá jamás termines.

Ver un libro que ya leíste puede recordarte las muchas cosas que has aprendido. Ver un libro que no has leído puede recordarte que hay muchas cosas que aún debes aprender. Por último, ver un libro parcialmente leído puede recordarte que leer es una actividad que esperas que nunca termine.

Quizá hay una palabra en japonés para describir eso.

EL INSOMNIO DE BACH

EL INSOMNIO DE BACH

 No quiero dormir, la noche se acaba, el silencio no espera, que no llegue el sueño, que no aparezca. Música para alejarse del sitio inasible de la inconsciencia, ¿por qué debemos dormir? ¿En qué lugar está el sueño, a dónde se va cuando termina? No quiero dormir. Bach compone unas variaciones, ejercicios, tal vez inspirados en las pesadillas de Domenico Scarlatti, Essercizi de 1738, estudios, repeticiones delirantes que destrozan el sueño. La inspiración no son los ejercicios, es  el insomnio, el silencio. El Conde Keyserlingk abducido por el insomnio le entrega sus noches, Bach le hace un regalo, le compone un motivo para no dormir, las Variaciones para clavecín, fingir que un hechizo lo exilia del descanso, y seducido por el desvelo, dejarse abrazar por un amante, rendirse, escuchar. En su habitación, la voz ansiosa del Conde pide con sed y miente, música, música, la acompañante de un apetito que nunca será satisfecho. Bach tampoco duerme, el insomne alarga la vida, destierra la inerte entrega a las alucinaciones que se evaporan, atrayendo los augurios de un oráculo no convocado. 

EL INSOMNIO DE BACH

 En el mismo orden detallado de los ejercicios delirantes de Sacrlatti están escritas las Variaciones Goldberg, y el joven organista sale de su cama, se viste con una bata de terciopelo, habita en una pequeña cámara al lado de las habitaciones de Conde, es una caja de música viva, esclavo virtuoso, adicto a la repetición, a la trampa de la interpretación, presintiendo el momento en que pedirá de nuevo el Aria. El palacio del Conde se trasformaba en las Carceri d’invenzione de Piranesi, en esas escaleras sin destino, celdas sin puertas, dentro del cráneo, sarcófago sordo, que se cierra por dentro, que permite que la música resuene y se concentre en un laberinto de memorias. “La tenebrosa guerra, que con negros vapores le intimaba” Sor Juana tampoco duerme, escribe para ahuyentar el sueño, los que no descansan leen y escuchan, para que los párpados no oscurezcan el camino y mantenerse alerta de que la vida no se evada. 

EL INSOMNIO DE BACH

 El clavecinista, Gottlieb Goldberg alumno de Bach, aprendió a no dormir, esperar el silencio absoluto de la noche y abrir el espacio para que la música inunde el tiempo, ama al Conde, le agradece su vicio, lo cuida en esclavitud gozosa, y con cada interpretación es más virtuoso, y en cada acorde alcanza el éxtasis que nos multiplica el presente, la única vida. Las ejecutaba a los 14 años y murió a los 29, en esa cámara, con su clavecín y la voz del Conde, “al reposo de los miembros, convidaba, el silencio intimando a los vivientes, uno y otro sellando el labio oscuro, con indicante dedo, Harpócrates la noche silenciosa”. El silencio, deidad musical, filosófica y poética, Harpócrates bendiciendo a  Bach con noches largas, a su altar infinito y efímero le ofrendó las Variaciones, perdurar en cada instante quieto, puro, limpio, “los átomos no mueve, con el susurro hacer temiendo leve, aunque sacrílego ruido, violador del silencio sosegado”, la música es para el silencio, persecución banal, reciprocidad amatoria que se extravía, condicionada, se finiquita, el Conde la consagraba en sus conciertos, memorizar las Variaciones,  esperar los sonidos, la lealtad de su respuesta, y en el abrazo, huir, “acosado de la luz que el alcance le seguía”. 

EL INSOMNIO DE BACHEL INSOMNIO DE BACH
EL INSOMNIO DE BACH
EL INSOMNIO DE BACH
EL INSOMNIO DE BACHEL INSOMNIO DE BACH

PUBLICADO POR AVELINA LÉSPER 

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Paralelos

Con odio, mentiras e ignorancia, así se borró una cultura. Hoy también

Paralelos

 

“Los destructores surgieron del desierto” es la primera frase del escalofriante estudio de Catherine Nixey sobre la aniquilación del mundo antiguo por obra de los cristianos, los cuales, en el siglo IV, habían pasado de acosados a acosadores (La edad de la penumbra,Taurus). Es una historia terrible, pero que tiende a repetirse. Aquellos que sufrieron la persecución, la prisión y el martirio, imitan luego a sus verdugos en cuanto tienen poder para hacerlo. Nosotros vivimos, a escala mucho más modesta, algo similar.

Los cientos de miles de estatuas desnudas, una vez la figura perdía su simbolismo y ya no representaba más que un cuerpo, eran insoportables para aquellas gentes crecidas en el campo y la ignorancia. El cuerpo era el gran enemigo del cristiano, pero también la sabiduría: la reunida en la biblioteca de Alejandría era un ataque contra la fe. El fanático creía que la ignorancia y la mentira llevaban a la salvación. En cien años había desaparecido todo vestigio de la inmensa civilización clásica. Con odio, mentiras e ignorancia, así se borró una cultura. Hoy también.

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Leonard Cohen y el aberrante Kanye West

Un poema póstumo coloca al canadiense en medio de las guerras del rap

Leonard Cohen, durante un concierto, en agosto de 2012, y Kanye West, en un momento de su encuentro en la Casa Blanca con el presidente Donald Trump, el pasado 11 de octubre.
Leonard Cohen, durante un concierto, en agosto de 2012, y Kanye West, en un momento de su encuentro en la Casa Blanca con el presidente Donald Trump, el pasado 11 de octubre. NICOLAS MAETERLINCK / KEVIN LAMARQUE GETTY / REUTERS

Ya sabrán de la polémica que enfrenta al difunto Leonard Cohen con el rapero Kanye West. El nuevo libro de Cohen, The Flame, que Salamandra editará en noviembre, contiene unos versos burlones titulados Kanye West is not Picasso.Con la mentalidad contemporánea, el poema ha sido interpretado como un diss,esa tradición del hip-hop que consiste en atacar a un colega, quizás con la esperanza de que aquello ascienda a beef, una bronca prolongada, tan del gusto del morboso público (reconozco que yo también disfruto esas peleas, siempre que no superen lo verbal).

El poema
El poema ‘Kanye West is not Picasso’, de Leonard Cohen.

Tal vez esa fuera la secreta intención del zascandil de Montreal, que seleccionó Kanye West no es Picassopara su inclusión en La llama. O puede que simplemente ironizara sobre la hiperbólica tendencia de críticos y fans a comparar figuras actuales con gigantes del pasado. Aunque Kanye West no necesita alabanzas ajenas: ya jugó con el símil en su disco de 2016, The Life of Pablo. Cierto que ese título también podía referirse a Pablo Escobar o Pablo Neruda pero, años antes, durante un concierto, había proclamado “Soy Picasso, soy Miguel Ángel, soy Basquiat, soy Walt Disney, soy Steve Jobs”… basta, basta: ya lo hemos pillado.

Clarividente Leonard: cuando escribió esos versos, a principios de 2015, nadie podía imaginar que alguien tan creativo como Kanye se convertiría en un hincha de Donald Trump. O que, revelando su ignorancia de la historia de las rebeliones, proclamara que los siglos de esclavitud solo fueron posibles por la aquiescencia de los afroamericanos. Resumiendo: semejante megalómano es un blanco fácil. Pero Cohen también arremete contra la simplona equiparación de Jay-Z con Bob Dylan.

Portada del libro de Cohen.
Portada del libro de Cohen.

Lo interesante ha sido la reacción de algunos belicosos seguidores de West, que han decidido que Cohen era un carca que lamentaba el imperio del rap. Lo cual supone desconocer las abundantes declaraciones del canadiense donde reconocía la relevancia del hip-hop, más allá del tópico de si es o no poesía; en alguna ocasión Cohen mencionaba específicamente a Jay-Z y Kanye West. Obviamente, tampoco entienden su particular sentido del humor.

La poesía, vamos a recordarlo, trafica en ambigüedades, que son anatema en el planeta Twitter. Dudo que los hatershayan advertido la elegancia del final, con ese verso que dice I don’t get around much anymore, a la vez un reconocimiento de los condicionantes de la edad —“ya no salgo mucho”— como un saludo a la gran música negra, personificada en la balada homónima de Duke Ellington y Bob Russell. ¿Y saben lo mejor? Con ese soniquete a base de reiteraciones, Kanye West is not Picassopodría reciclarse perfectamente en rap.

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Literatura de penalidades o de naderías

Echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso y procuraban mostrar las ambigüedades de la vida

OTRA VEZ NO, ¿cuándo va a cesar esta moda?”, pensé al leer sobre el penúltimo fenómeno de las letras estadounidenses: una joven autora que relata las penalidades que pasó de niña en su familia de mormones. Ni médicos, ni lavarse, ni mundo exterior, un hermano mayor violento consentido por los padres… Una de las razones por las que leo tan pocos libros contemporáneos (y quien dice leer libros dice también ver películas) es, me doy cuenta, que demasiados autores han optado por eso, por contar sus penalidades, a veces en forma de ficción mal disimulada, las más en forma de autobiografía, memorias, “testimonio” o simplemente “denuncia”. La de denuncia suele ser espantosa literatura, por buenas que sean sus intenciones.

En esta época de narcisismo, no es raro que esta patología haya invadido todas las esferas. Hay pocos a quienes les haya ocurrido una desgracia que no la cuenten en un volumen. El uno ha perdido a una hija, el otro a su mujer o a su marido, el de más allá a sus padres. Todas cosas muy tristes y aun insoportables (sobre todo la primera), pero que por desgracia les han sucedido y suceden a numerosísimas personas, nada poseen de extraordinario. Otro describe su sufrimiento por haber sido gay desde pequeño, otra cómo su padre o su tío (o ambos) abusaron de ella en su infancia, otro cuánto padeció tras meterse en una secta (los de este género dan menos pena, por idiotas), otro sus cuitas en África y cómo debía recorrer kilómetros a pie para ir a la escuela, otro las asfixias que sintió en su país islámico. También los hay no tan dramáticos: mis padres eran unos hippies descerebrados y nómadas que no paraban de drogarse; mi progenitor era borracho y violento; yo nací en una cuenca minera con gentes bestiales y primitivas que no comprendían, y zaherían, a alguien sensible como yo; mi padre era un mujeriego y mi madre tomaba píldoras sin parar hasta que una noche se pasó con la dosis; me encerraron en reformatorios y después en la cárcel, por cuatro chorradas. Etc, etc.

Sí, todas son historias tristes o terribles, a menudo indignantes. Millares de individuos las han padecido (en el pasado, mucho peores) desde que el mundo es mundo. Yo comprendo que algunos de estos sufridores necesiten poner por escrito sus experiencias, para objetivarlas y asimilarlas, para desahogarse. Lo que ya entiendo menos es que ansíen publicarlas sin falta, que los editores se las acepten y aun las busquen, que los lectores las pidan y aun las devoren. Quien más quien menos las conoce por la prensa, por reportajes y documentales. A mí, lo confieso, en principio me aburren soberanamente, con alguna excepción si la calidad literaria es sobresaliente (Thomas Bernhard). Que la vida está llena de penalidades ya lo sé. No preciso que cada cual me narre las suyas pormenorizadamente. Soy un caso raro, porque no se escribirían tantos libros así si no hubiera demanda. Creo que ello es debido a la necesidad imperiosa y constante de muchos contemporáneos —una adicción en regla— de “sentirse bien” consigo mismos, de apiadarse en abstracto, de leer injusticias y agravios y pensar del autor o narrador: “Pobrecillo o pobrecilla, cuánta empatía siento, porque yo soy muy buena persona”; y de quienes les arruinaron la infancia o la existencia: “Qué crueles y qué cerdos”.

Pero la tendencia se ha extendido. Quienes no acumulan aberraciones han decidido que pueden contar sin más su biografía, porque, como es la suya, es importante. La crítica internacional elogió sin mesura los seis volúmenes del noruego Knausgård. Como ya conté, leí las primeras trescientas páginas, y me pareció todo tan insulso y plano, y contado con tan mortecino detalle, que tuve que abandonar pese a mi sentido de la autodisciplina. “No puedo dedicar mi tiempo a tres mil páginas de probables naderías, con estilo desmayado”, me dije. A partir de este éxito, cualquiera se siente impelido a relatar sus andanzas en el colegio, o en la mili si la hizo, sus anodinos matrimonios y sus cansinos divorcios, sus dificultades como padre o madre o hijo, sus depresiones e inseguridades. Por supuesto sus encuentros con gente famosa, aunque esta modalidad es antiquísima, no todo lo ha propulsado Knausgård. Cada una de estas obras, las de penalidades y las de naderías, suelen ser alabadas por los críticos y por los colegas escritores, que han hecho una regresión monumental y ya sólo se fijan en lo que antes se llamaba “el contenido”. Si esta novela o estas memorias denuncian injusticias, ya son buenas. Si relatan atrocidades, aún mejores. Si dan a conocer lo mal que lo pasan muchos niños, gays, mujeres o discapacitados, entonces son obras maestras. Puede que en algún caso así sea. Pero cada vez que leo sobre la aparición de una nueva maravilla “disfuncional” o de las características descritas, echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso, no pedante ni lacrimógeno, y además no procuraban dar lástima, sino mostrar las ambigüedades y complejidades de la vida y de las personas: a Conrad, a Faulkner, a Dinesen, a Nabokov, a Flaubert, a Brontë, a Pushkin, a Melville. Y hasta a Shakespeare y a Cervantes, por lejos que vayan quedando. 

Javier Marías

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Renau, Sert y el ‘Guernica’, una vez más

El mural de Picasso es una fuente imaginaria que nunca dejará de manar

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El ‘Guernica’, de Picasso, colocado en una urna de cristal en el Casón del Buen Retiro, de Madrid, en septiembre de 1981. MARISA FLÓREZ

Durante la Guerra Civil, el pintor y cartelista Josep Renau, que en ese momento era director general de Bellas Artes, fue a París en viaje oficial para pedir a los artistas españoles que colaborasen con la causa de la República mandando algunas obras al pabellón español de la Exposición Universal de 1937. Durante ese viaje, Renau conoció a Picasso. No fue, como se ha dicho, a contratar el cuadro que luego sería el Guernica, sino a realizar una labor exploratoria. En París, se presentó primero ante el embajador Luis Araquistáin, quien le dijo que para ser director general iba muy mal vestido y que su obligación era equiparlo según el protocolo de su categoría para presentarse en regla en el estudio del pintor. “Allí en la Embajada —me contó un día Renau— me vistieron con un pantalón de rayadillo, guantes amarillos de cabritilla, cuello de pajarita, corbata de plastrón, bombín, zapatos de media caña de paño con botones y un bastón corto, como de bailarín de claqué. Al mirarme en el espejo estuve a punto de desmayarme”.

Con esa indumentaria, muy avergonzado, Renau se echó a la calle. Era diciembre, había anochecido y estaba lloviendo. En la Embajada le habían dado la dirección de Picasso en la Rue de Boétie, pero al llegar vio con sorpresa que el número que llevaba en el papel correspondía a un bistró por cuya ventana se vislumbraba dentro a unos tipos que bebían y jugaban a las cartas bajo una pantalla verde. No sabía qué hacer, vestido como un payaso mojándose en la acera. Dice Renau: “Desde un tabac llamé a la Embajada. Se puso Buñuel, que se había enchufado de funcionario para huir de la guerra, quien me confirmó que esas eran las señas exactas que les había dado el pintor. Entonces tiré el bombín, la pajarita, el paño de los zapatos y la bengala de bailarín en un cubo de basura que había junto al portal y me quedé en gabardina y con la bufanda enrollada como si estuviera resfriado”. Al atravesar la penumbra del bistró alguien le dio unos toques en la espalda y le preguntó: ”¿Es usted Renau? Yo soy Picasso. Venga. Que quiero presentarle a dos paisanos suyos. Tómese un pernod con nosotros”.

Jugando a las cartas con Picasso estaban dos tipos de Corbera de Alcira, valencianos, asentadores de frutas en el mercado de Les Halles. Parecían tres apaches. “Picasso era un currutaco —me decía Renau—, más bajito incluso que yo, con ojos de brasa. Se pasó todo el rato contando animaladas y chistes verdes. Max Aub me dijo después que Picasso me había citado en aquella taberna con los dos valencianos de Alcira para hacerme un honor”. Según la leyenda, en aquel bistró se formalizó el encargo de la República en una servilleta de papel.

Un día, bajo la cúpula del hotel Palace, el arquitecto Josep Lluís Sert, quien junto con Luis Lacasa creó el pabellón de la Exposición Internacional, me dijo que en aquel tiempo de París veía a Picasso casi todas las noches en el Café de Flore y que allí se forjaron las ideas y los planes del Guernica. Picasso no solo aceptó con gusto el encargo de la República, sino que se puso al frente y tomó la iniciativa. “Tuvimos la suerte de contar en nuestro pabellón tan pequeño con los mejores artistas del momento. Picasso, Miró, Alberto, Julio González y Calder. Terminada la exposición, todas las obras se devolvieron a Valencia, donde estaba el Gobierno, excepto el Guernica, que reclamó Picasso para custodiarlo unos años. Hemingway compró La masía, de Miró. A Picasso se le pagaron, como a todos los demás, solo los colores, las telas, los bastidores, los marcos, el transporte, cantidades mínimas”.

Según contaba el arquitecto Sert, el trabajo fue un regalo, que hizo como un donativo cada artista, porque todos se habían ofrecido a colaborar con la República. “Hay una carta de Max Aub muy clarificadora en este sentido. No existen recibos. Solo está la factura de las fotografías que Dora Maar, amiga de Picasso, iba haciendo del cuadro y que pasaba al cobro. Y allí pone tantas fotos a tantos francos cada una, suma 250 francos. Hubo nueve pagos por estos trabajos. Es lo único que consta como prueba. Nunca hubo contrato. Renau era director general de Bellas Artes y lo veías con un mono de mecánico dibujando carteles, escribiendo los textos que luego los mejores literatos, Aragon, Éluard y Tristan Tzara, rivalizaban en corregir”.

El arquitecto Sert añadió, con cierta sorna, durante la entrevista en el Palace: “Si en el Café de Flore, en París, en plena guerra, nos hubieran dicho que el Guernicavolvería a España con un Borbón en el trono, con un presidente del Gobierno que se llamaría Calvo Sotelo, con un cura, el padre Sopeña, como director del Museo del Prado, con la Guardia Civil custodiando el cuadro y con Dolores Ibárruri presente en los actos de la inauguración, hubiéramos creído que se trataba de otra broma surrealista de Luis Buñuel”. Y es que el Guernica de Picasso es una fuente imaginaria que nunca dejará de manar.

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Colón creía que en el Nuevo Mundo encontraría blemios y esciápodos en vez de personas

«En estas islas no he hallado ningún hombre monstruoso, como muchos pensaban», escribió el descubridor en su informe oficial

Xilografía de Sebastian Münster de 1544 que representa, de izquierda a derecha, un esciápodo, un cíclope, unos siameses, un blemio y un cinocéfalo

Xilografía de Sebastian Münster de 1544 que representa, de izquierda a derecha, un esciápodo, un cíclope, unos siameses, un blemio y un cinocéfalo – Wikimedia Commons

 

En 1492, cuando Cristóbal Colón cruzó el océano Atlántico en busca de una ruta rápida hacia el este de Asia y el sudoeste del Pacífico, desembarcó en un lugar que le era desconocido. Allí encontró árboles extraordinarios, pájaros y oro. Pero Colón esperaba encontrar otra cosa y no fue así.

A su regreso, Colón escribió en su informe oficial que había «hallado muchas islas pobladas por un sinnúmero de personas». Elogió las riquezas naturales de las islas, pero añadió: «En estas islas no he hallado ningún hombre monstruoso, como muchos pensaban».

Y uno podría preguntarse: ¿por qué esperaba encontrar monstruos?Mi investigación y las de otros historiadores revelan que las ideas de Colón estaban lejos de ser anormales. Durante siglos, los intelectuales europeos habían imaginado un mundo más allá de sus fronteras habitado por «razas monstruosas».

Las «razas monstruosas» existen

Uno de los primeros relatos sobre estos seres no humanos lo escribió el historiador natural romano Plinio el Viejo en el año 77 d. C. En un gran tratado escribió sobre personas con cabeza de perro, conocidas como cinocéfalos, y sobre los «astoni», criaturas sin boca que no necesitaban comer.

Los relatos sobre criaturas maravillosas e inhumanas, como cíclopes, blemios —criaturas con la cara en el pecho— y esciápodos —que tenían una sola pierna con un pie gigante— circulaban por toda la Europa medieval en manuscritos copiados a mano por escribas que a menudo adornaban los tratados con ilustraciones de esas criaturas fantásticas.

Aunque siempre hubo algunos escépticos, la mayoría de europeos creía que las tierras lejanas estarían pobladas por estos monstruos, y las historias sobre monstruos viajaron mucho más allá de las exclusivas y elitistas bibliotecas.

Por ejemplo, los feligreses de Fréjus, una antigua ciudad de comerciantes del sur de Francia, podían deambular por el claustro de la catedral de Saint-Léonce y analizar los monstruos en los más de 1.200 paneles de madera pintados en el techo. Algunos paneles representaban escenas de la vida diaria: monjes del lugar, un hombre montado en un cerdo o acróbatas retorcidos. Muchos otros describían híbridos monstruosos: personas con cabeza de perro, blemios y otros desgraciados aterradores.

Quizás nadie hizo tanto por difundir la noticia de la existencia de monstruos que un caballero inglés del siglo XIV llamado John Mandeville, quien, en un relato sobre sus viajes a tierras lejanas, afirmó haber visto personas con orejas de elefante, un grupo de criaturas que tenían la cara plana con dos agujeros y otra que tenía la cabeza de un hombre y el cuerpo de una cabra.

El techo de la Catedral de San Leónce, en Fréjus, alberga un conjunto de criaturas monstruosas
El techo de la Catedral de San Leónce, en Fréjus, alberga un conjunto de criaturas monstruosas – Peter C. Mancall

 

Los académicos debaten si Mandeville podría haberse aventurado lo suficiente como para ver los lugares que describió, e incluso si fue una persona real. Pero su libro fue copiado una y otra vez y probablemente se tradujo a todos los idiomas europeos conocidos. Leonardo da Vinci tenía una copia y Colón también.

Las viejas creencias son difíciles de erradicar

Aunque Colón no vio monstruos, su informe no fue suficiente para desechar las ideas prevalecientes sobre las criaturas que los europeos esperaban encontrar en aquellos lugares desconocidos. En 1493, en torno a la época en que comenzó a circular el primer informe de Colón, los impresores de las Crónicas de Núremberg, un gran volumen sobre historia, incluyeron imágenes y descripciones de los monstruos.

Poco después del regreso del descubridor, un poeta italiano realizó una traducción en verso que describía el viaje de Colón, cuyo impresor ilustró con monstruos, entre ellos un esciápodo y un blemio. De hecho, la creencia de que los monstruos vivían en los confines de la Tierra pervivió durante generaciones.

En la década de 1590, el explorador inglés Sir Walter Raleigh escribió a los lectores sobre los monstruos americanos de los que había oído hablar en sus viajes a la Guayana. Algunos de ellos tenían «los ojos en los hombros, la boca en medio del pecho y les crecía un gran mechón de pelo hacia atrás entre los hombros».

Poco después, el historiador natural inglés Edward Topsell tradujo un tratado de mediados del siglo XVI sobre los diferentes animales del mundo, un libro que se publicó en Londres en 1607, el mismo año en que los colonos fundaron una pequeña comunidad en Jamestown, Virginia. Topsell estaba ansioso por incorporar descripciones de los animales americanos en su libro. Pero junto a los capítulos sobre caballos, cerdos y castores del Viejo Mundo, los lectores conocieron al «monstruo noruego» y a una «bestia muy deformada» que los americanos llamaban «haut». Otro era conocido como «su», era «muy deforme», tenía «una presencia horrenda» y era «despiadado, indomable, impaciente, violento [y] salvaje».

Por supuesto, en el Nuevo Mundo las ganancias de los europeos tuvieron un coste espantoso para los nativos americanos: los recién llegados les robaron su tierra y sus tesoros, les esclavizaron, introdujeron enfermedades del Viejo Mundo y produjeron cambios medioambientales a largo plazo.

En definitiva, quizás eran estos indígenas americanos los que veían a los invasores de sus tierras como una «raza monstruosa»: criaturas que desestabilizaron sus comunidades, les robaron sus propiedades y amenazaron sus vidas.

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La deuda de España con América es la verdad

La deuda de España con América es la verdad

Una mujer ondea las banderas de España y Cataluña durante la celebración del Día de la Hispanidad en 2017 en Barcelona. CreditSanti Palacios/Associated Press

MADRID — Un gran desfile militar sirve para que España celebre cada 12 de octubre su fiesta nacional y el ideal de una gran comunidad hispana que se extiende desde la Patagonia a Murcia y donde el aniversario de la llegada de Cristóbal Colón a América se conmemora con orgullo. La festividad tiene, en sus pretensiones de “proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”, un inconveniente: los españoles la celebramos en soledad.

Lo que en España conocemos como el Día de la Hispanidad, en Argentina es el Día del Respeto a la Diversidad Cultural, en Colombia y México el Día de la Raza, en Uruguay el Día de las Américas y en Venezuela el Día de la Resistencia Indígena. Españoles y latinoamericanos hablamos el mismo idioma, pero lo utilizamos para contar versiones opuestas de nuestra historia común.

Las escuelas españolas enseñan que los conquistadores fueron aventureros que llegaron a América tras grandes odiseas, civilizaron el Nuevo Mundo y sirvieron con honor a sus reyes, que los premiaron con oro y propiedades. Rara vez dejamos que las sombras de aquella gesta, con sus expolios y abusos sobre las poblaciones nativas de todo un continente, estropeen el relato.

Para que el 12 de octubre sea una verdadera celebración de la hispanidad, España debería ofrecer la reparación de la verdad y empezar por recordar también a las víctimas de la Conquista, no solo a sus héroes. Instituciones, universidades y administraciones podrían erradicar el chauvinismo imperante en los estudios sobre la época. Organismos oficiales, medios de comunicación y ciudadanos haríamos bien en deslegitimar a los historiadores, académicos o dirigentes públicos que se niegan incluso a definir como colonialismo la presencia española en América.

Aunque no tiene sentido juzgar la historia bajo los códigos morales de la actualidad, la Conquista fue un acto de violencia sostenido durante tres siglos que provocó la desaparición de comunidades enteras y tuvo como principal motivación el expolio de las riquezas del continente. El mundo era entonces un lugar donde los fuertes invadían a los débiles —todavía lo hacen, pero menos—, las naciones no dirimían sus diferencias en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y al término genocidio le quedaban cuatro siglos para ser acuñado por Raphael Lemkin. Y, sin embargo, el contexto histórico no debería ser una excusa para ocultar los hechos, sino una oportunidad para aceptarlos sin que suponga transmitir la culpa a las generaciones actuales, que nada tuvieron que ver con ellos.

El conquistador de Perú, Francisco Pizarro, fue un buen ejemplo de las contradicciones de la colonización española. Sus cartas, documentos y diarios, reunidos por el historiador Guillermo Lohmann Villena, muestran a un militar implacable que trató de gobernar con eficacia, a un buen estadista que tenía más empatía por los indígenas que muchos de sus correligionarios. Si la mayoría de las más de cien biografías que existen de Pizarro lo describen como un “genocida” no es porque tuviera un plan deliberado de exterminar a los locales, sino porque ese fue uno de los efectos de la dominación del continente. Para 1590, seis décadas después de la llegada de Pizarro, la población del imperio inca se había reducido en más de un 80 por ciento, en gran parte por los estragos provocados por las enfermedades traídas por los europeos.

Que las víctimas de la Conquista no merezcan ningún protagonismo en la Casa Museo de Pizarro, en su ciudad natal de Trujillo, indica lo lejos que España está aún de asumir el lado más oscuro de su etapa colonial. Los guías turísticos de la localidad extremeña prefieren centrarse en la victoria del guerrero español sobre 40.000 incas con tan solo doscientos soldados de su lado o su determinación para emprender las misiones más valientes. El recibidor del museo está adornado por un gran mural donde dos indígenas están rodeados de abundancia gracias al intercambio de productos entre América y Europa. “A consecuencia del Descubrimiento y Colonización”, se puede leer en un texto junto a la lista de veintinueve frutas que los peruanos disfrutan hoy gracias a los españoles.

Ni siquiera el invencible Pizarro, vaciado en bronce sobre su caballo, ha resistido en los últimos años las discrepancias históricas. Dos estatuas idénticas del conquistador fueron esculpidas por el artista estadounidense Charles Cary Rumsey y enviadas a principios del siglo pasado a Trujillo y a Lima, la ciudad fundada por Pizarro en 1535. La primera de ellas sigue presidiendo la Plaza Mayor de la localidad española. La otra ha sido reubicada de un sitio a otro, cada vez menos visible, de la capital peruana; la última en 2003.

La deuda de España con América es la verdad

El rey Felipe VI de España frente a banderas de los países de América Latina en Madrid, el 17 de julio de 2018CreditBallesteros/EPA, vía Shutterstock

Aún no estamos de acuerdo en cómo catalogar a los protagonistas de la Conquista, si como héroes o como villanos, en si los españoles descubrimos o invadimos América o en si el 12 de octubre debería llamarse el Día de la Hispanidad o de la Resistencia Indígena. Pero sí podríamos estar de acuerdo en resignificar la jornada. Esto sería posible si España ofrece a sus excolonias una compensación asequible: una mayor honestidad histórica. Solo así la fecha podría ser una verdadera celebración del mundo hispano y de una lengua compartida y los vínculos culturales comunes a ambas orillas del Atlántico.

Las mutilaciones intencionadas de la historia en museos, libros o escuelas no ayudan y tienen el agravio adicional de ser completamente innecesarias. Medio milenio parece suficiente tiempo para que los españoles podamos afrontar los excesos de aquellos días sin sentirnos heridos en nuestro orgullo patriótico. Y, de la misma forma, los países de América llevan suficiente tiempo emancipados como para resistir la tentación de caer en el confortable victimismo de los colonizados.

Una de las veces que en Lima se discutía qué hacer con la estatua de Pizarro, el historiador peruano José Antonio del Busto, fallecido en 2006, explicó los matices. No se refirió al conquistador como héroe, pero sí como un personaje que ayudó crear las bases del Perú moderno: el inicio del mestizaje, la implantación del cristianismo, la fundación de sus principales ciudades y la enseñanza de una lengua común. “Nosotros somos descendientes de los vencidos y de los vencedores. Pero no somos ni vencedores ni vencidos”, escribió Del Busto. “Somos el resultado de ese encuentro”.

Han pasado demasiados siglos para que tengan sentido las comisiones de la verdad, las reparaciones materiales e incluso las disculpas. Bastaría con la construcción de un relato que, sin dejar de contar la importancia del Imperio español, reflejara las profundas heridas que dejó en el continente americano.

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

Ad Absurdum

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

Hay quien piensa que la actual bandera de España la bajó del cielo Moisés junto a las Tablas de Ley y la Constitución de 1978, o que ya estaba aquí desde tiempos antediluvianos, pero la realidad es que no hay que remontarse hasta acontecimientos bíblicos, sino hasta el siglo XVIII, para conocer el origen de «la Rojigualda».

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

Cuelga tu bandera donde quieras pero, por favor… PLÁNCHALA.

Hay gente a la que le gusta retrotraerse a tiempos de los visigodos, de los romanos e incluso de íberos, celtas y celtíberos para hablar del glorioso nacimiento de la nación española (ya puesto, ¿por qué no hasta el Paleolítico? Algunas de las más célebres obras de arte de nuestro gran país son de esa época, así que ¿por qué, no?). El caso es que también hay quien gusta de pensar que los símbolos del Estado para unos, de la Nación para otros, y de una Nación de Naciones para Pedro Sánchez, también tienen esa antigüedad. Pero obviamente no es así.

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

Imagen de la gualda, planta de donde viene lo del color “gualda” como sinónimo de amarillo.

En efecto la nación viene antes que sus símbolos, pero también es cierto que es muy difícil determinar el nacimiento justo de una nación y menos una tan plural y casa-de-putas (históricamente hablando) como España. Pero venga, de acuerdo, pongamos un punto de inicio para repasar la historia del nacimiento de su principal logo corporativo. Seamos un poco conservadores y digamos que ok, que con los Reyes Catolicos “empieza” esto que llamamos “España” (esto no nos lo creemos ni nosotros, pero bueno).

Dejémoslo en que más que nacer se pone la semillita de España, la primera piedra de un gran Metropolitano nacional. Pero… ¿“teníamos” ahí la bandera rojigualda? Sorpresa: NO. Tenían sus estandartes con los símbolos y escudos de sus reinos, ya “unidos”, todos juntitos, pero eso aún no era una bandera al uso como la entendemos y ni mucho menos algo relacionado con la actual. Así que… NEXT.

¿Quizá con la Monarquía Hispánica de los Austrias? Pues oye, aquí se empieza a generalizar como enseña imperial la Cruz de Borgoña, una cruz de San Andrés (en forma de aspa) roja sobre fondo blanco (o con fondo amarillo con Felipe II, que aparte de caprichoso parecía ser un poco hortera). Pero esto, salvando la coincidencia de colores de la época de Felipe palo-palo, tampoco es la rojigualda actual y también seguía sin tener una identificación como símbolo del Estado más allá del uso militar y naval, sino que seguía siendo un símbolo de la dinastía reinante.

Tenemos que llegar hasta el luminoso siglo XVIII para que el ya Borbón Carlos III decidiese hacer unos cambios. La Cruz de Borgoña no le salía de los huevos utilizarla, pues la desterró su papá Felipe V al ganar la Guerra de Sucesión a los Austrias, de los cuales era su símbolo familiar, así que ni locos iban a enarbolar el trapo de sus enemigos. Así que decidieron utilizar un puñetero paño blanco, color de los Borbones, más soso que un huevo sin sal.

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

Austrias, Borbones, todos quieren ser los campeones.
“Batalla de Almansa”, pintura de Ricardo Balaca

Pero ¿por qué no se quedó España con esa “bandera”? Básicamente porque en esta época los Borbones reinaban en media Europa y todos habían realizado el mismo derroche de originalidad e iban precisamente de blanco. Justo por esta similitud con la del resto de Estados merengues de Europa, así como con otras de otros países, Carlos III decretó en 1785 la realización de (ojo al solemne nacimiento de la bandera) un concurso para adoptar un nuevo pabellón de la Marina. Pero lo mejor de todo es la premisa principal a tener en cuenta para realizar los diseños:la bandera debía ser de colores y formas fácilmente distinguibles por los barcos a bastante distancia. Lógico por un lado, pero muy poco romántico por otro.

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

Imagen de las 12 propuestas para el concurso

Finalmente, de entre las doce propuestas finalistas, se decantó por un diseño lo más parecido a un chaleco reflectante tanto por su funcionalidad como por la distribución de sus franjas. En la ordenanza que se promulgó para dar a conocer la bandera elegida se disponía:

«Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa Mi Armada Naval y demás Embarcaciones Españolas, equivocándose a largas distancias ó con vientos calmosos con la de otras Naciones, he resuelto que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las cuales la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de enmedio, amarilla».

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

Imagen de la elección final de banderas (nótese que al principio [¡y hasta 1927!] la utilizada en embarcaciones civiles es la extraña de la derecha)

Los colores rojo y amarillo cierto es que son tradicionales y denominador común en las armas de Castilla, Aragón y Navarra, pero aún así, se la sacaron de la manga de una forma descarada rompiéndole toda la magia a los antiguos símbolos utilizados. Aún así, hubo que esperar hasta el siglo siguiente, hasta 1843 y el Real Decreto de 13 de octubre de la Reina Isabel II, para que esa fosforita bandera de guerra se estableciera como bandera oficial de España o más bien de las unidades militares españolas.

La bandera de España: un chaleco reflectante atado a un mástil

A ese barco le falta por ley una bandera.

Y hubo que esperar hasta nada más y nada menos que hasta 1908 para que fuese obligatorio que ondeara la bandera en todos los edificios públicos. Para esa época conforme pusieron la bandera seguro que ya había alguno dispuesto a arrancarla, pero bueno, es una tradición que hay que mantener para que la bandera no se extinga.

Bibliografía:

AD ABSURDUM (2017): Historia absurda de España, ed. La Esfera de los Libros.

https://blogs.publico.es/strambotic/

¿Quién es realmente Banksy?

La última gamberrada del artista reanima las especulaciones sobre su identidad

¿Quién es realmente Banksy?
FOTO: Una de las obras de Banksy, aparecida en el Chinatown de Boston en 2010. / VÍDEO: La destrucción de un obra de Banksy, el pasado viernes, tras ser subastada.

La última gamberrada de Banksy le ha devuelto a la primera plana de la actualidad. Cuando el pasado viernes una de sus obras se autodestruyó justo después de haber sido vendida por 1,2 millones de euros en una subasta en Sotheby’s para regocijo del propio Banksy la pregunta volvió a ser la misma ¿Quién está detrás del artista más nombrado del mundo?

Las distintas especulaciones siempre han tenido un candidato principal: Robert del Naja, fundador y líder del colectivo musical Massive Attack. Una investigación del periodista Craig Williams aseguraba que, al menos una decena de veces, los grafitis de Banksy coincidieron con una gira de Massive Attack. Melbourne (2003) -donde por ejemplo aparecieron sus obras un mes después de un concierto-, San Francisco (2010), Nueva Orleans (2008), Toronto (2010) o Boston (2010) son algunos de los lugares señalados.

Una de las obras de Banksy aparecidas en París en junio.
Una de las obras de Banksy aparecidas en París en junio.

Del Naja, apodado 3D, comenzó como grafitero en los años ochenta antes de formar la banda de trip-hop, y en diversas ocasiones ha afirmado que es amigo de Banksy, ya que tanto la banda como el artista nacieron en Bristol, pero siempre ha negado que fuera él quien estuviera detrás.

Oro y provocaciones

El otro gran sospechoso es un artista de Bristol de 44 años llamado Robin Gunningham, famoso, entre otras cosas, por su dentadura de oro. Hay diversas teorías que apuntan hacia él desde 2008, pero fue un estudio de la Universidad Queen Mary de Londres la que trató de estrechar el cerco. Así, los científicos crearon un mapa con “puntos calientes” o lugares por los que Banksy se mueve de forma recurrente. Al comparar los datos obtenidos en ese “perfil geográfico” con la información pública disponible, comprobaron que varias direcciones relacionadas con Gunningham se repetían mucho, entre ellas un pub, un parque o un apartamento en Bristol.

Una mujer observa el grafiti de Banksy que apareció en enero frente a la embajada francesa en Londres.
Una mujer observa el grafiti de Banksy que apareció en enero frente a la embajada francesa en Londres.

El diario británico Daily Mail aseguró en su momento que se había encontrado al Gunningham trabajando en Dismaland, el parque temático temporal que abrió el artista anónimo en Weston-super-Mare en lo que nunca se llegó a aclarar si era una broma de Bansky, de Gunningham o de los dos. Los representantes de Gunningham han negado siempre que sea Banksy.

La última teoría asegura que las dos anteriores son maniobras de distracción perfectamente orquestadas por un colectivo que es quien está verdaderamente detrás de los grafitis, instalaciones y espectáculos artísticos creados bajo el nombre de Banksy.

https://elpais.com/cultura/