Tras la pista de ‘Los detectives salvajes’ y otros libros que hablan sobre Ciudad de México

Te presentamos 16 títulos que te darán una nueva visión de las calles de esta gran ciudad

DARINKA RODRÍGUEZ 

Ciudad de México es un lugar lleno de historias. Es la metrópoli más antigua de América y sus 8,9 millones de habitantes transitan por más de 25.000 calles y avenidas. Es un centro económico, político, financiero y cultural y es el escenario de diversos relatos literarios.

Sus barrios son icónicos: desde Lindavista hasta Coyoacán, pasando por las calles del centro, la Condesa, la colonia Roma y por supuesto, el llamado barrio bravo de Tepito. Cada autor tiene su propia visión de las calles de la capital. En Verne hemos consultado con los escritores Fernando Rivera Calderón y Alberto Chimal para conocer la visión de cada autor.

1. Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Tiene como protagonistas a tres jóvenes poetas que emprenden una aventura sin rumbo. Bolaño describe en esta obra maestra las zonas de Ciudad Universitaria y el Café Toscano de la plaza Río de Janeiro, por mencionar algunos.

2. Chin Chin el teporocho, de Armando Ramírez. Una crónica de la vida en el barrio bravo de Tepito que inicia con el asesinato de un joven en un parque. Rogelio, un joven de 22 años narra su historia en torno a vendedores de droga, prostitutas y asesinos.

3. La ciudad oculta, de Héctor de Mauleón. Se trata de dos tomos donde el periodista recorre la capital con una visión histórica: los 500 años de la llegada de los españoles a nuestro país.

Tras la pista de ‘Los detectives salvajes’ y otros libros que hablan sobre Ciudad de México

4. El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata. Una polémica obra publicada por primera vez en los años setenta. Adonis García, el sobrenombre de un homosexual que ejerce la prostitución, cuenta su historia a un narrador ficticio.

5. No tengo tiempo, de Arturo Vallejo. Ubicada en un restaurante de comida rápida en Coapa donde trabaja La Chaparra, la protagonista. Esta chica de veinte años buscará ser la empleada del mes mientras cuenta sus amistades y problemas con otros jóvenes.

6. Uncle Bill, de Bernardo Fernández, BEF. Una novela gráfica sobre la vida del escritor estadounidense William S. Burroughs, quien en 1949 llegó a vivir a Ciudad de México.

Tras la pista de ‘Los detectives salvajes’ y otros libros que hablan sobre Ciudad de México

7. Inventando que sueño, de José Agustín. Una serie de cuentos cortos ambientados en varios lugares de la capital. Uno de ellos, Cuál es la onda, se desarrolla en la colonia Narvarte.

8. Los mariachis callaron, de Fernando Rivera Calderón. Una novela ambientada en la ciudad en 2026, donde su protagonista regresa al país para encontrarla hecha un caos. Describe, entre otros lugares, la plaza de Garibaldi.

9. Tiempo transcurrido, de Juan Villoro. Es una serie de dieciocho crónicas literarias que retratan alguna época del país. Uno de ellos, Toño, Nabor y Alvarito, narra la vida de tres jóvenes en la colonia Lindavista.  

Tras la pista de ‘Los detectives salvajes’ y otros libros que hablan sobre Ciudad de México

10La familia vino del norte, de Silvia Molina. Cuenta la historia de una mujer que busca conocer más de la historia de su familia, que la lleva a conocer historias situadas en el periodo de la Revolución.

11. Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. Carlos, el protagonista de ocho años, vive en la colonia Roma. En ella, Pacheco da detalles de la ciudad de los años cincuenta y su contexto económico, político y social.

12. Aura, de Carlos Fuentes. Una de las novelas clásicas de Fuentes, que se vive de cerca en las calles de Donceles, en la colonia Centro, en el año de 1962.

Tras la pista de ‘Los detectives salvajes’ y otros libros que hablan sobre Ciudad de México

13. Ojos llenos de sombra, de Raquel Castro. Una historia sobre Atari, una chica que estudia música y es tecladista en una banda de dark. El tianguis del Chopo es uno de los escenarios de esta historia.

14. No te mueras, Eli, de Lorena Amkie. Cuenta la historia de un chico de 17 años con una enfermedad terminal. Para vencer a la muerte, busca convertirse en un vampiro.

15. La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. Narra la historia del historiador y periodista Carlos García Vigil luego de 1968 en el centro de Ciudad de México.

16. Novia que te vea, de Rosa Nissan. Cuenta la historia de una joven judía en la colonia Condesa. Educada para casarse, cuando cumple quince años descubre que quiere seguir estudiando.

Tras la pista de ‘Los detectives salvajes’ y otros libros que hablan sobre Ciudad de México

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Mario Vargas Llosa: “Hay una rama del feminismo que se ha convertido en algo absolutamente intolerante y eso debe ser combatido”

Mario Vargas Llosa: “Hay una rama del feminismo que se ha convertido en algo absolutamente intolerante y eso debe ser combatido”

“Estuve en una polémica en España porque una feminista de esta corriente estaba contra Nabokov por Lolita, que era un pedófilo por este personaje que viola a una niña, pero con ese criterio la literatura desaparecería”, aseguró el Nobel peruano en la presentación de su último libro.

El Nobel de Literatura lanzó en la Universidad Diego Portales su autobiografía intelectual El llamado de la tribu (Alfaguara), una cartografía de los pensadores liberales que lo ayudaron a desarrollar un nuevo cuerpo de ideas después de lo que Vargas Llosa llama “el gran trauma ideológico” que supusieron el desencanto con la Revolución Cubana y el distanciamiento de las ideas de Jean-Paul Sartre, el autor que más lo había inspirado en su juventud.

En el volumen —ya en librerías chilenas—, Vargas Llosa examina a autores como Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-Fraçois Revel, quienes le fueron de enorme ayuda durante aquellos años de desazón.

En la presentación, a cargo del rector de la UDP, el abogado Carlos Peña, Vargas Llosa aseguró que cree “que el feminismo esencialmente tiene razón, hay una injusticia que tiene muchos siglos detrás en la que la mujer ha sido un ciudadano de segunda clase, que ha sido discriminada, que todavía en las sociedades más avanzadas a igual trabajo una mujer no gana lo mismo que un hombre, en fin, creo que hoy en día hay muchísimas razones para apoyar el feminismo”.

“Ahora, desgraciadamente con el feminismo ocurre que hay una rama, un sector que defendiendo ideales justos se ha convertido en una dogmática, en algo absolutamente intolerante, en algo autoritario, y creo que eso debe ser combatido, sin complejo de inferioridad”, aseguró el autor de Conversación en La Catedral.

“Recientemente, estuve en una polémica en España porque una feminista de esta corriente estaba contra (el escritor de origen ruso) Nabokov por Lolita, que era un pedófilo por este personaje que viola a una niña, pero con ese criterio la literatura desaparecería”, dijo Vargas Llosa.

Luego siguió: “Era resucitar una inquisición más feroz que la histórica, tratando de introducir la corrección política en un género, en un quehacer que es la incorrección no solo política sino que también social, filosófica, sexual, encarnada. Es una especie de contracorriente que se enfrenta a lo establecido, que resucita todos los demonios que queremos enterrar en la vida para hacer la sociedad posible”.

Según el Premio Nobel de Literatura 2010, “si quiere que haya literatura tiene que aceptar enfrentarse a esos demonios que la literatura resucita y las feministas tienen que entenderlo a no ser que quieran que la literatura desaparezca”.

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Cultura lunar: así impactó el Apolo 11 en el imaginario colectivo

Que la llegada a la Luna es un hito histórico no hay quien lo discuta. ¿Pero cómo ha influido en la cultura popular? Un repaso nos revela las numerosas huellas que dejó, desde la música al cine, pasando por el baile, el arte, la filatelia y la numismática.

La estatuilla de los premios MTV Video Music Awards, instituidos en 1984 para los mejores videoclips del año, es un astronauta plantando una bandera.
La estatuilla de los premios MTV Video Music Awards, instituidos en 1984 para los mejores videoclips del año, es un astronauta plantando una bandera.

Para quienes el 21 de julio de 1969 alzaron la vista hacia la Luna y se estremecieron pensando que en ese momento allí había seres humanos caminando, fue una sensación irrepetible. Irrepetible porque en los años siguientes, la exploración del cosmos fue perdiendo magnetismo.

A ello contribuyó que ninguna misión tripulada regresara al satélite desde la partida del Apolo 17, en diciembre de 1972. Tampoco mejoró las cosas la promesa de un pronto retorno, formulada en 2004 por George Bush Jr., que nada hizo por cumplirla. La humanidad se ensimismó en su planeta natal mientras la radiación solar y el frío nocturno blanqueaban las seis banderas dejadas por los astronautas en la superficie selenita.

Pareciera que aquellos formidables logros no tuvieron el menor efecto en la vida cotidiana. Los políticos siguen prometiendo la luna, los enamorados continúan besándose bajo el plenilunio, los fotógrafos persisten en retratar su disco de plata, los astrónomos aficionados no se cansan de apuntar sus telescopios contra su cara visible. Nada cambió, aparentemente.

Y, sin embargo, a poco que rasquemos en la cultura popular encontraremos la impronta de la carrera lunar. Su impacto es visible en la estética cinematográfica, la imaginación futurista y la conciencia ecológica, así como en los universos hedonistas del pop, el turismo y la moda. Lejos de haber sido borrado del mapa, el alunizaje se ha incrustado en la memoria colectiva como un recuerdo disponible a ser utilizado cuando convenga.

Alunizajes de cine

El primer impacto fílmico del desembarco en el Mar de la Tranquilidad se anticipó quince meses a su consumación: 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick.

Como parte de la trama se desarrollaba en la superficie lunar, era crucial ganar de mano a la retransmisión televisiva dispuesta por la NASA. De ahí que Kubrick cuidara al mínimo detalle el realismo de los aspectos técnicos mediante una revolución en los efectos especiales.

Después vinieron películas como Capricorn One (EE UU, P. Hyams, 1976), Apollo XIII (EE UU, R. Howard, 1975), Transformers: Dark of the Moon (EE UU, M. Bay, 2011) y el biopic First Man (EE UU, D. Chazelle, 2018), la animación española Atrapa la bandera(Enrique Gato, 2015), cuyo héroe pretende recuperar la enseña dejada en la Luna por el Apolo XI; y el recientemente estrenado documental Apollo XI (EE UU, T. D. Miller, 2019).

Ninguna igualó al filme de Kubrick en cuanto a influencia en el público, en la ciencia ficción y en el modo de visualizar el futuro.

Pintores lunáticos

Antes del alunizaje, la exploración espacial solo cautivó el ojo de los ilustradores de las revistas de ciencia ficción, semanarios de actualidad y folletos de la NASA. La proeza de julio de 1969 atrajo el interés de dos artistas plásticos que, no casualmente, militaban en el arte pop, siendo como tales muy receptivos a los iconos de la cultura de masas.

Uno era Robert Rauschenberg, que inmortalizó la saga del Apolo 11 en una serie de 33 litografías tituladas The Stoned moon series.

En 1987, el inefable Andy Warhol hizo lo propio con la que sería una de sus últimas obras: Moonwalk Portfolio, una serigrafía con una combinación de la archiconocida imagen de Buzz Aldrin en traje de astronauta y del selfie que se sacó Neil Armstrong, bandera incluida.

Moonwalk, Andy Warhol, 1987.

Moonwalk, Andy Warhol, 1987.

Rock espacial

La música es uno de los ámbitos de la cultura popular que más acusó el impacto de la Era Espacial. Con el instinto comercial que le caracterizaba, David Bowie lanzó su canción Space Oddity al mismo tiempo que el alunizaje. Y se marcó otro tanto cuando la BBC la eligió como banda sonora de su cobertura de la hazaña (a pesar de que su letra habla de un astronauta víctima de un desastre mortal).

El 20 de julio de 1969, Pink Floyd tomó el testigo en la jam session organizada por la misma cadena para celebrar el gran evento, con un tema de cinco minutos de duración, Moonhead, melodía atmosférica que transmite una sensación de ingravidez y desconexión de la Tierra. Después vino el álbum Dark Side of the Moon, cuya relación con el alunizaje no es tan directa.

También Elton John se subió al tren o, mejor dicho, a la cosmonave, con su canción Rocketman (1972), donde las rutinas y miserias de un astronauta reflejan la pérdida de glamur de este endiosado oficio. La lista no puede obviar el hit de The Police, Walking on the Moon (1979), con la caminata lunar como metáfora del sentimiento amoroso, o Whitney in the moon (2003), en la que Scott Heron contrasta la hazaña tecnológica y la miseria de los barrios negros contando que a su hermana la mordió una rata mientras Whitney paseaba por la Luna.

Por último, destacar los premios MTV Video Music Awards, instituidos en 1984 por la MTV para los mejores videoclips del año y representados por la estatuilla de un astronauta plantando una bandera.

El malestar de los poetas

La carrera a la Luna no pasó desapercibida a la gente de letras. Norman Mailer, el gran escritor estadounidense, se marcó un largo reportaje que publicaría en formato libresco con el nombre Un fuego en la luna (1971). Esta joyita recrea el “verano de locura lunar” desde la óptica de un periodista acreditado en Cabo Cañaveral.

En el terreno de la ficción, el alunizaje serviría de telón de fondo a El palacio de la luna de Paul Auster (1989), o de tema de los cuentos melancólicos y desencantados de Memories of the Space Age (1988), la recopilación hecha por J. G. Ballard.

Si los narradores se mostraban ambivalentes en su valoración del evento, los poetas no vacilaron en poner el grito en la luna al ver invadido su tradicional dominio. Allen Ginsberg se quejó en su poema What Comedy’s this Epic del contraste entre la parafernalia tecnológica y la hambruna en Biafra y la matanza en Vietnam; y W. H. Auden arremetió en su pieza Moon Landing contra lo que tachaba de “triunfo fálico”.

En sus Scritti corsari, Pier Paolo Pasolini exclamaba horrorizado: “¡La Luna ha sido consumida!”, porque a sus ojos la NASA y su circo mediático habían cometido un crimen de lesa poesía.

Publicidad selenita

Los Mad Men de la época no perdieron un nanosegundo en sacar partido del “gran salto de la humanidad”. Que el Omega Speedmaster Professional se tornara el primer reloj de pulsera en marcar el tiempo lunar dio pie a memorables anuncios.
Otro tanto ocurrió con la marca Tang, los zumos de papeleta cuyas ventas despegaron tras ser incorporados a la dieta astronauta por la facilidad con la que se mezclaban con el agua disponible a bordo.

La prueba de que el alunizaje no desapareció del radar de los creativos la pone el anuncio de los bolsos Louis Vuitton de 2009. En esa ocasión Annie Leibowitz fotografió a Sally Ride, la primera astronauta estadounidense en el espacio, junto con Aldrin y Jim Lovell, el comandante del Apolo 13, contemplando la luna con nostalgia desde un descapotable.

Cierto, todavía los publicitarios no alcanzaron su ambición máxima: colocar gigantescos carteles de neón en la superficie lunar visibles desde la Tierra con prismáticos. Todo se andará.

Pasarela lunar

Los trajes espaciales se tornaron chic cuando el modista André Courreges presentó a principios de los años ‘60 varias colecciones inspiradas en la astronáutica. Después del alunizaje llegaron las botas para la nieve de Giancarlo Zanatta, elaboradas con fibra de nylon e inspiradas en el calzado de los astronautas. En 1992, Ralph Lauren lanzó la chaqueta Spaceman: de inmaculado blanco, lleva una capucha que imita el casco espacial y en la manga tiene cosida la bandera estadounidense.

Nike se sumó con su zapatilla Air Max L Lunar 90 “Moon landing, cuyo color plateado evoca la luna. Y en ocasión del 40º aniversario del alunizaje, Louis Vuitton diseñó un baúl de viaje espacial, Malle Mars. Ovoidal y con varias compuertas, sus compartimentos son ideales para los artículos esenciales para un viaje a Marte, silla plegable incluida.

Ningún dibujo superó a Tintin

Al escenificar con años de anticipación las primeras andanzas de los terrícolas en su satélite, los álbumes de Tintin Objectif Lune (1953) y On a marché sur la Lune (1954) pusieron el listón muy alto y no hubo historieta que los superase.

En este páramo solo destacan un episodio de Futurama (The Series had landed) y ¡En la Luna!, aventura de Mortadelo y Filemón publicada en coincidencia con el 40º aniversario del alunizaje, donde los personajes de Ibáñez llegan más alto que nunca con un objetivo muy acorde a los tiempos que corren: recoger evidencias con las que tapar la boca a quienes se obstinan en negar que el hombre estuvo allí en 1969.

Futurama.

Futurama.

Monedas de plata

La primera nación en acuñar una moneda conmemorativa del alunizaje fue la madre del invento, Estados Unidos. En 1971, emitió un dólar de plata que rendía un doble homenaje: en la cara figuraba la efigie del expresidente Dwight Eisenhower, y en el reverso el águila imperial descendiendo sobre la superficie lunar con una rama de olivo en sus garras.

Este año, la numismática se enriquecerá con emisiones conmemorativas por parte de diversos países, todas ellas en plata como corresponde a la temática lunar: una moneda de un dólar australiano; una de 20 euros en Austria, una de un dólar en Estados Unidos; de 5 euros en Italia; otra de similar valor en Grecia; y una de 20 francos suizos en Suiza, por citar algunos casos.

Las monedas han sido ilustradas con representaciones del módulo Eagle, la estación de seguimiento espacial de Australia y la pisada lunar de un astronauta, entre otros motivos alusivos.

La dimensión internacional de las celebraciones corrobora que el alunizaje no es visto como el patrimonio exclusivo de una nación sino como un éxito de la especie humana, a la altura del vuelo de los hermanos Wright o el descubrimiento de América.

Astrofilatelia

La astronomía, los cohetes, la exploración espacial sirvieron de motivo a un conjunto de sellos que los coleccionistas bautizaron “Astrofilatelia”. Previsiblemente, en esas emisiones las dedicadas al alunizaje ocupan un lugar destacado. Arrancan con el sello de 10 centavos de dólar emitido el mismo 1969 en Estados Unidos, conocido como First man in the Moon, que muestra a un astronauta bajando de la escalerilla del Eagle.

En ocasión del 20º aniversario, se añadió un sello de 2,40 dólares con dos astronautas plantando la bandera de la barra y las estrellas. Y cuando llegó el 30 aniversario se emitió el sello Man Walks on the Moon, con la pisada de un astronauta en la superficie lunar.

Recientemente, el US Postal Service anunció dos sellos conmemorativos, First Moon Landing Forever. Uno reproduce la célebre fotografía de Aldrin posando para su colega Armstrong; el segundo, una vista de la Luna desde Estados Unidos con un punto amarillo marcando el sitio donde se posó el Eagle.

Coreografía lunar

Se hablaba de las misiones Apolo como de una perfecta coreografía entre vehículos espaciales. Pues bien, también existe una coreografía real e individual que alude al alunizaje: el paso de baile llamado Moonwalk. Deslizando un pie sobre el otro sin levantarlo del suelo se produce el efecto óptico de un movimiento hacia adelante mientras en realidad el bailarín retrocede, un desplazamiento aparentemente aberrante que de inmediato fue asociado a la caminata lunar.

Aunque su creación se atribuye al grupo The Electric Boogaloos, quien lo popularizó fue Michael Jackson en 1983 mientras interpretaba el tema Billy Jean. Gracias al rey del pop, este paso de baile es mucho más conocido por los jóvenes que los andares de Armstrong y sus colegas.

Tierra naciente

La famosísima foto de la Tierra sacada en la Nochebuena de 1968 desde el Apolo 8 fue catalogada por la revista Life entre las 100 fotografías que cambiaron el mundo. Titulada Earthrise (Tierra naciente o Salida de la Tierra), animaba a ver nuestro planeta como un globo pequeño y frágil de recursos limitados y suspendido en el vacío cósmico.

Para ser exactos, la primera vista desde la Luna había sido obtenida dos años antes por la sonda Lunar Orbiter 1. Por otra parte, los siguientes vuelos tripulados y no tripulados enviaron imágenes más nítidas y estéticas, pero ninguna tuvo el impacto de Earthrise. Para muchos, esta postal del espacio funcionaba como un espejo en el que la humanidad podía mirarse desde un punto de vista antes restringido a Dios. Con esta imagen como bandera, el activista John McConnell promovió el establecimiento del Día de la Tierra, una fecha de concienciación ecológica.

Vacaciones lunares

El veraneo en la Luna ha sido un tema recurrente en las portadas de las revistas de ciencia ficción y los folletos propagandísticos de la NASA. Ahora ha vuelto a resurgir, si bien de una forma más modesta.

La compañía Space X del empresario Elon Musk ha anunciado su intención de llevar a un millonario japonés a circunvolar la luna en 2023. El billete de ida y vuelta, que costará cientos de millones de dólares, incluye meses de entrenamiento. Sin alunizaje, en resumidas cuentas, y nada que ver con las estancias en bases permanentes soñadas en los días álgidos de la carrera espacial.

El anuncio ha motivado que la NASA, temiendo perderse el negocio, anunciase su decisión de abrir al turismo la Estación Espacial Internacional. Quizás estas iniciativas vuelvan a poner la luna de moda, pero difícilmente despertarán un entusiasmo masivo con un cariz tan elitista.

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El gen Matusalén es el escudo protector del paso del tiempo

Los afortunados que tienen este gen disfrutan de una protección añadida frente a las dolencias propias de la vejez

El gen Matusalén es el escudo protector del paso del tiempo

Pedro Gargantilla

A pesar de que no hay pruebas que lo corroboren, se cuenta que un sexagenario Juan Ponce de León (1460-1521) llegó, a comienzos de abril de 1513, a las costas de Florida en pos de la fuente de la juventud.

La leyenda nos dice que perseguía una cuestión atávica, descubrir el manantial salutífero que «tornaba jóvenes a los añosos».

Nuestro organismo tiene aproximadamente cincuenta billones de células, en cada una de las cuales hay cuarenta y seis cromosomas -formados por ADN y proteínas- que están agrupados en veintitrés parejas.

La excepción son las células sexuales (óvulos y espermatozoides) que cuentan con tan sólo veintitrés cromosomas –uno de cada par-. En los cromosomas se encuentra toda la información genética perfectamente almacenada y organizada.

Cada uno de ellos tiene en sus extremos una serie de secuencias repetitivas llamada telómeros. Metafóricamente, podríamos decir que representan la capucha de plástico de los cordones de los zapatos.

El papel de la telomerasa es clave

A medida que las células se dividen los telómeros se van acortando y, de esta forma, perturban el correcto funcionamiento celular, lo cual conduce inexorablemente al envejecimiento de nuestras células.

Los telémeros no se conforman con eso, sino que como si de un reloj biológico se tratase, cuando su tamaño se reduce a un cierto límite desencadenan las reacciones bioquímicas que acaban en la muerte celular.

Afortunadamente nuestras células tienen un relojero –una enzima- que puede «“retrasar» el tiempo: la telomerasa. De haber existido la fuente de la eterna juventud estaría colmada de ejércitos de telomerasas.

Los genes de la eterna juventud

De todos los genes implicados en el retraso del envejecimiento, el que más titulares de prensa acapara es, sin duda, el «gen Matusalén», un insólito ensamblaje del ADN situado en el cromosoma 2.

Desgraciadamente, este gen no está al alcance de cualquiera, se calcula que tan sólo una de cada diez mil personas lo tiene integrado en su genoma.

Los afortunados son menos susceptibles a padecer diabetes, dolencias cardiacas y disfrutan de una coraza protectora no solo frente al envejecimiento, sino también contra los efectos deletéreos del tabaco o de los alimentos procesados.

Otro de los implicados es el gen MC1R, es trascendental para la fabricación de melanina, el pigmento que protege nuestra piel de los efectos de la radiación ultravioleta. Diversos estudios han apuntado que algunas variantes de este gen hacen que las personas permanezcan dos años más jóvenes, en promedio, que aquellas que no lo poseen.

El llamado NDT80 es otro gen que parece ser clave para el rejuvenecimiento. Cuando se ha activado en células en las que estaba silente se ha conseguido que vivieran el doble del tiempo normal. Parece ser que su importancia radica en fabricar una proteína cuya misión es capaz de activar otros genes.

A la larga caterva de genes antienvejecimiento un grupo de científicos alemanes añadió el gen FOXO3A. Estos investigadores comprobaron que era uno de los responsables de llegar sanos a la décima década de la vida.

Volviendo al vallisoletano Ponce de León, falleció a la edad 62 a consecuencia de las heridas provocadas por unas flechas envenenadas. Vamos que si descubrió la fuente de la eterna juventud, ni bebió de sus aguas, ni se bañó en ellas y si lo hizo, de poco le sirvió.

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Arte y cultura: El rito de la sangre y el dolor prevalece sobre el raciocinio

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Jose Pellón

Ni el más cobarde de los corredores siente ni por asomo algo parecido al pánico y el desconcierto de estos hermosos animales que hacía unas horas pastaban tranquilos en una dehesa a cientos de kilometros de la turba y la barbarie ignorando lo que les aguardaba. Sus pezuñas nacidas para pisar tierra resbalan sobre una superficie pétrea húmeda de escupitajos, vino y vomitadas, caen una y otra vez siempre juntos, pues ellos sí que son una manada, pero se levantan al instante porque el terror y el instinto de supervivencia les impulsan a seguir corriendo hacia delante tal vez creyendo que, al final de la calle atestada de humanos ebrios que tienen por delante, les espera el sosiego del campo en el que nacieron, y esos minutos horribles sólo fueron una pesadilla. Pero lo que ignoran es que su pesadilla no ha hecho sino comenzar, no saben que la calle termina en una encerrona denominada “encierro” donde serán silbados por borrachos, acosados, vejados, pateados y finalmente apaleados por “pastores” que los empujarán a varazo limpio hasta unos cuartos oscuros que huelen a miedo donde esperarán su martirio, que será a las cinco de la tarde, cuando suene el clarín. Luego, tras mucho sufrimiento, con sus tersas pieles desgarradas a lanzazos y casi sin sangre en las venas, perderán lo único que les queda a esas horas, que es la vida, a manos de otros animales ataviados con ricos bordados y lentejuelas, en desigual lid. Algunos, los que aún conserven algo de fuerza pese a estar moribundos, retarán a sus verdugos puestos valerosamente en pie sobre sus patas temblorosas y acalambradas, pero será su última expresión de raza, nobleza y bravura, porque entonces aparecerá un matarife brillante que les infligirá el descabello de gracia para ir aligerando ya que el espectáculo debe continuar. Si tienen suerte y es certero, sólo necesitarán uno. En caso contrario seguirá y seguirá destrozándoles la médula y parte del tronco encefálico mientras mugen despavoridos y ya sin poder defenderse, si es que alguna vez pudieron.

Estamos en el siglo XXI, las naves van a Marte, pero la mitad de la población aún no se ha enterado. El rito de la sangre y el dolor prevalece sobre el raciocinio. Arte y cultura.

Marca España.

Jose Pellón

Populismo autoritario VS Ilustración: el gran problema del siglo XXI

Populismo autoritario VS Ilustración: el gran problema del siglo XXI

SERGIO PARRA

La Ilustración fue un movimiento impreciso y jalonado de matices que, sin embargo, tenía una dirección más o menos definida hacia un objeto: reducir ciertos elementos de la naturaleza humana que han sido siempre un lastre para su progreso: el tribalismo, el autoriatarismo, la demonización, el pensamiento de suma cero o prestar más atención a los datos y las pruebas que a las opiniones.

Los pensadores de la Ilustración sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor. Propició la Revolución Industrial y una serie de instituciones que nos catapultarían como especie al mayor progreso jamás producido en la historia. Su mayor enemigo, sin embargo, asoma ahora el hocico, sobre todo en el siglo XXI, y no es otro que el populismo autoritario.

Caracteristicas del populismo

En la segunda mitad del siglo XVIII, pese a que más del 70 % de los europeos eran analfabetos, la intelectualidad y los grupos sociales más relevantes descubrieron el papel que podría desempeñar la razón, íntimamente unida a las leyes sencillas y naturales, en la transformación y mejora de todos los aspectos de la vida humana. Por ello la élite de esta época sentía enormes deseos de aprender y de enseñar lo aprendido, siendo fundamental la labor desarrollada por Diderot y D’Alembert cuando publicaron la Encyclopédie raisonée des Sciences et des Arts entre 1751 y 1765.

Los ilustrados exaltaron la capacidad de la razón laica para descubrir las leyes naturales y la tomaron como guía en sus análisis e investigaciones científicas. Con el advenimiento del mayo del 68 y otros movimientos sociales producto de las dos guerras mundiales, sin embargo, se institó la idea de que el progreso no era tan bueno como se prometía, y se volvió la vista hacia atrás, naciendo así el posmodernismo.

El populismo es uno de los hijos de este posmodernismo. En síntesis, el populismo tiene los siguientes rasgos, extraidos del libro En defensa de la Ilustración, de Steven Pinker:

  • Se centra más en la tribu que en el individuo, por eso desatiende a determinadas minorías (no a las minorías que se han señalado como tales, sino a las que no se consideran como tal).
  • Se denigra a las élites y a los expertos, porque no reconoce que el conocimiento es la clave para gestionar el mercado de las ideas, garantizar la libertad de expresión, la diversidad de opiniones y la verificación de los datos de las afirmaciones interesadas. De hecho, ni siquiera reconoce que exista un conocimiento más valioso (por contrastado) que otro, sino que todas las opiniones sin igualmente válidas.
  • Valora un líder fuerte, así que ignora las limitaciones de la naturaleza humana y desdeña las instituciones regidas por normas y los controles institucionales que limitan el poder de los imperfectos actores humanos.
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Retrato de cuerpo entero de Jovellanos, pintado por Francisco de Goya y Lucientes en 1798, considerado uno de los más emblemáticos personajes de la Ilustración española.

Al leer esta lista de corrido probablemente estáis pensando en algún partido político. Algunos de derechas, otros de izquierdas. Pero no importa hacia donde se escore vuestra ideología: el populismo se presenta en versiones de izquierdas y de derechas. Según Pinker, ambos bandos:

Comparten una teoría popular de la economía como competición de suma cero: entre clases económicas en el caso de la izquierda, entre naciones y grupos étnicos en el caso de la derecha. Los problemas no se ven como retos que resultan inevitables en un universo indiferente, sino como los propósitos malévolos de élites, minorías o extranjeros insidiosos. En cuanto al progreso, olvidémonos de él: el populismo mira hacia atrás a una época en la que la nación era étnicamente homogénea, prevalecían los valores culturales y religiosos ortodoxos, y las economías eran impulsadas por la agricultura y las manufacturas, que producían bienes tangibles para el consumo local y para la exportación.

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Tocados por los vicios modernos

Cuando Ceesepe exploraba el lado salvaje

JOSÉ ANDRÉS ROJO

El Tacón Cubano en 'María', una historieta publicada en 'El Víbora' en 1980.
El Tacón Cubano en ‘María’, una historieta publicada en ‘El Víbora’ en 1980.

Hacia finales de los setenta, cuando la dictadura de Franco se estaba yendo a pique y el tirano ya se había muerto, cuando las cosas empezaban a ser distintas, entonces alguien dibujó una viñeta y en la viñeta se veía simplemente un brazo e inyectada en el brazo la aguja de una jeringuilla. Alguien se estaba poniendo un chute. El mundo seguía su curso, pero ahí dentro, en las venas, circulaba ya el caballo, primero al trote y luego ya más rápido hasta irse diluyendo al fondo, como una neblina. En La Casa Encendida de Madrid pueden verse estos días algunos de los trabajos que hizo Ceesepe durante aquella temporada enloquecida. Terminaba una época, se estaba desmoronando, y un montón de jóvenes se afanaban en tensar la vida hasta sus últimas consecuencias, todos los excesos estaban permitidos.

La llamada movida madrileña ha quedado ya reducida a un cliché, a un montón de lugares comunes, y lo mismo pasa con lo que sucedió un poco antes en Barcelona, toda esa explosión de creatividad, de descaro, de desafío radical a lo establecido. Más allá de los tópicos, sin embargo, hay algo que sigue escapándose. Un sumario de la revista Star era lo suficientemente elocuente para definir la temperatura de lo que ocurría: “Exije (sic) la pureza del L.S.D. o pasa de todo, baby”. De eso se trataba en algunos círculos, de pisar el acelerador a fondo.

Era una época, la de los setenta y primeros ochenta, marcada en España sobre todo por la política. Había un montón de gente que venía de la lucha contra la dictadura y sus historias tenían que ver con la militancia y las batallas contra los grises y con el proyecto de conquistar esa democracia largamente postergada. La influencia marxista era potente (estaba en todas partes) y la hipótesis de un tiempo lineal se daba por sentada: con un poco de fe se veía en el horizonte la radiante sociedad socialista desembarcando en los puertos del Mediterráneo e imponiéndose con facilidad sobre una sociedad embrutecida por la beatería que imponía el nacionalcatolicismo.

En esas circunstancias hubo unos cuantos que aborrecían también la dictadura pero que tiraron por otros derroteros. No sabían gran cosa de los conceptos elementales del materialismo histórico, bebían de otra tradición: la de la contracultura que llegaba de Estados Unidos con toda su batería de provocaciones y hallazgos. Carlos Sánchez Pérez, Ceesepe (1958-2018), tenía 19 años cuando dibujó en uno de sus cuadernos “un montón de chorraditas”, entre las que “incluyó un coche descapotable, unas palmeras, porros y ácidos, un sol brillante, varias lunas, dos estrellas de cinco y seis puntas, una serpiente, un puñal y un pez”, cuenta Elsa Fernández-Santos, comisaria de Vicios modernos. Ceesepe 1973-1983, en el catálogo de la exposición de La Casa Encendida. Efectivamente, estaban en otra cosa.

Otra cosa: otra luz y otras oscuridades. Las de las experiencias con el ácido lisérgico, pero también los viajes a lomos del caballo. Sexo, drogas, rock’n roll. Se inventaron un nuevo rostro con el que dinamitar la triste grisura de la dictadura, violentaron todas las reglas, tomaron el mando de un enloquecido cacharro que los condujo por el lado salvaje a trompicones. El tiempo se ha mofado a veces de aquellos afanes y los ha empujado a un lado como cosa de diletantes y caprichosos, y pocos han querido ver la condición trágica de los que forzaron los límites para asomarse al abismo. Ceesepe lo hizo con una extraña ternura: detrás del brillo de los personajes que dibujó asoma una profunda tristeza.

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Un mundo, dos visiones

Cada teoría es ‘cierta’ en su ámbito, pero incompatible con la otra. No diferente, sino incompatible en un sentido fundamental

JAVIER SAMPEDRO

Freeman Dyson, profesor emérito de Física en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princenton.
Freeman Dyson, profesor emérito de Física en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princenton.

Si el mundo es uno, ¿cómo pueden coexistir dos visiones incompatibles sobre él? No digo distintas, sino incompatibles, irreconciliables, mutuamente impermeables. Si el mundo es uno, pensará el racionalista, solo debería admitir una explicación correcta, una que lo abarque todo en su interminable variedad individual, pero tan sólida y brillante como para carecer de contradicciones internas. La política, sin embargo, nos recuerda a diario, y de forma machacona, que esa teoría abarcadora no tiene por qué existir. No es que las derechas y las izquierdas muestren desacuerdos metodológicos. Es que tienen dos modelos del mundo genuinamente incompatibles. No discrepan sobre cómo hacer feliz a la gente, sino sobre a qué gente hacer feliz. Un mundo, dos visiones. Mal arreglo.

Entre la gente racional se encuentran los científicos, naturalmente. Y tiene gracia que no lo estén haciendo mucho mejor. Tomemos la física, la madre de todas las ciencias. La clave de su progreso ha sido siempre la unificación, es decir, el descubrimiento de teorías abarcadoras que expliquen de una atacada las dos visiones que hasta entonces parecían incompatibles. El mismo origen de la ciencia moderna, la gravedad de Newton, es su primera gran unificación: una fuerza que explica de un plumazo brillante las órbitas de los planetas alrededor del Sol, la rotación de la Luna sobre la Tierra y la caída de las manzanas al suelo.

La electricidad y el magnetismo eran conocidos por los griegos clásicos, y quién sabe desde cuánto antes. Pero pasaron milenios sin servir de gran cosa hasta que los físicos decimonónicos, en particular Faraday y Maxwell, percibieron que esas dos fuerzas hasta entonces incompatibles no eran más que dos manifestaciones de una fuerza fundamental única, el electromagnetismo. Fue esa teoría abarcadora de Faraday y Maxwell —y no los posteriores excesos de Tesla— la que cambió el mundo con la revolución de la energía eléctrica y de las comunicaciones. Un solo mundo exige una explicación única y abarcadora, y las recompensas tecnológicas siempre son enormes para la ciencia básica que entienda los engranajes más íntimos de la realidad. El motor del progreso no es la ambición de unos pocos, sino el entendimiento de todavía menos.

Los fundamentos de la física de nuestro mundo son dos teorías inmensamente abarcadoras, intelectualmente formidables y capaces de predecir la realidad con un montón de decimales. Se trata de la relatividad de Einstein, que rige el mundo de lo grande y lo muy grande, y la mecánica cuántica, que impera en los dominios paradójicos de lo pequeño y muy pequeño. Cada teoría es cierta en su ámbito, pero incompatible con la otra. No diferente, sino incompatible en un sentido fundamental.

Los físicos teóricos consideran esa paradoja un estímulo poderoso para buscar una nueva idea que acoja la relatividad y la mecánica cuántica, en un marco más abarcador que resuelva las contradicciones entre las dos. Pero hay una excepción a esta regla, que resultaría irrelevante de no tratarse de Freeman Dyson, uno de los más brillantes físicos teóricos de nuestro tiempo, y de otros tiempos. Dyson ha diseñado un experimento mental que revela una posibilidad alternativa a esa hipotética unificación que persiguen todos sus colegas. Tal vez no exista esa teoría abarcadora, nos previene Dyson, sino que el mundo einsteniano y el cuántico sean a la vez incompatibles y verdaderos. “Ambas imágenes del universo podrían ser ciertas”, dice Dyson, “y la esperanza de una teoría unificada sería una ilusión”. Ya te lo dije: mal arreglo.

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Fidel Castro alguna vez pensó en una Cuba libre e independiente

Fidel Castro en 1956 en Ciudad de México, detenido en una oficina migratoria por entrenar a tropas rebeldes.
Fidel Castro en 1956 en Ciudad de México, detenido en una oficina migratoria por entrenar a tropas rebeldes. créditoBettmann Archive vía Getty Images

El líder cubano libró una revolución para defender los ideales democráticos que después su gobierno suspendió. Estudiar la vida y las pretensiones políticas del joven Fidel Castro pueden ayudar a resolver las diferencias entre la isla y Estados Unidos.

 JONATHAN M. HANSEN 

Fidel Castro alguna vez pensó en una Cuba libre e independiente

Este es un ensayo de Revolución 60, una serie que examina las seis décadas de la Revolución cubana. La sección reúne a escritores, intelectuales, artistas, protagonistas, disidentes y partidarios de la Revolución para discutir su papel en el desarrollo histórico de América Latina y sus relaciones con Estados Unidos en los últimos sesenta años.

Antes de su muerte en 2016, Fidel Castro pidió que no se erigieran estatuas ni monumentos en su honor. Su tumba en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba solo consta de una sencilla roca de granito marcada con una pequeña placa estampada con una palabra solitaria: FIDEL.

La generación de mi padre, que llegó a la mayoría de edad durante la Guerra Fría, pensaba que Castro era un demente autoritario como otros líderes comunistas de mediados del siglo XX. Pero ¿quién era Castro en realidad y a qué era fiel?

En la primavera de 2004, hice mi primer viaje académico a Cuba. Estuve ahí para asistir a un taller sobre el ejército cubano y esperaba encontrar contactos que fueran de ayuda mientras escribía un libro sobre la historia de la base naval de Estados Unidos en la bahía de Guantánamo. Los académicos cubanos que conocí fueron amables y me dieron la bienvenida a pesar de la hostilidad declarada entre nuestros dos gobiernos. Regresé a casa con pistas frescas y promesas de ayuda futura.

El espíritu de la buena fe se evaporó dos años después, cuando el gobierno de George W. Bush recibió con euforia la noticia de la enfermedad y el traspaso del poder de Fidel Castro y se dedicaron a hacer predicciones sobre el inminente colapso del comunismo cubano. Durante los años siguientes, Cuba se mantuvo prácticamente cerrada para los académicos estadounidenses, lo que obligó a recurrir a otras fuentes para terminar los libros que habíamos iniciado.

Toqué las puertas de los archivos de Cuba de nuevo en 2013. En esta ocasión, tenía en mente escribir una biografía del joven Castro. Había visto indicios en mis investigaciones anteriores de que Castro era un hombre complejo al que lo inspiraba la idea de una Cuba libre e independiente de gobiernos extranjeros y que estaba decidido a buscar vías para garantizar el bien común del pueblo. Quería explorar esos indicios a la luz de las fuerzas internas y externas que lo habían formado. No sabía lo que iba a encontrar, pero presentía que podría ser revelador.

Fidel Castro alguna vez pensó en una Cuba libre e independiente
Fidel Castro es rodeado por un grupo de personas en 1959, durante su marcha victoriosa hacia La Habana.CreditGrey Villet/The LIFE Picture Collection vía Getty Images

Obtuve acceso a los documentos de Castro en La Habana, pude entrevistar a excolegas y familiares y logré visitar sitios históricos de su juventud en 2014, mientras la isla experimentaba con una economía del sector privado limitada, y los mismos cubanos estaban revaluando la Revolución y reimaginando en lo que podría derivar. Si había más sobre Castro de lo que se veía a simple vista, los cubanos mismos parecían ansiosos por verlo.

El Castro que descubrí no coincide con la visión de él de ninguna de las autoridades a ambos lados del estrecho de Florida. Castro comenzó su carrera política como un crítico de la corrupción política y del dominio extranjero que erosionó a Cuba desde su fundación en 1902. En las décadas de los cuarenta y cincuenta, durante las campañas políticas en contra de los gobiernos de Ramón Grau y Carlos Prío y, en última instancia, de la dictadura de Fulgencio Batista, ejerció presión y defendió las mismas libertades civiles y políticas que su gobierno revolucionario suspendería después.

En esa época, su compromiso con la libertad individual estaba equilibrado con una plataforma de libertades sociales derivadas en parte del Nuevo Acuerdo de Franklin D. Roosevelt, que incluían el acceso universal a la educación, a los servicios médicos, el derecho a un empleo seguro y un nivel de vida digno (se atribuye a su Revolución ser pionera en el logro de los primeros dos rubros de la lista). También lo impulsaba el deseo de terminar con la subordinación de Cuba a Estados Unidos y de desarrollar mercados locales, nacionales e internacionales. Todo esto conduce a lo que podría describirse como un nacionalismo liberal.

Castro distaba por mucho de ser el único que buscaba la reforma social y política en la Cuba de mediados del siglo XX, pero él no se detendría ante nada para lograrlo, lo cual lo puso en una trayectoria de colisión con los políticos de la clase dominante, con los intereses económicos y estratégicos de Estados Unidos y, a la larga, con Batista, cuyo golpe de Estado de marzo de 1952 derrocó al entonces presidente Prío Socarrás y llevó al país en una dictadura militar.

Los cubanos recibieron el golpe de Estado de Batista con una indiferencia colectiva, pero Castro llevó a Batista a los tribunales con el argumento de que el golpe violaba la constitución de 1940. Su demanda fue desestimada. El gobierno de Batista terminó por suspender de manera intermitente las garantías constitucionales en los años siguientes e impuso una estricta censura. A medida que el gobierno de Batista tomaba medidas enérgicas contra la protesta civil, la violencia aumentó. Abatido por lo que Castro veía como la indiferencia de los cubanos ante la dictadura de Batista, encabezó a un grupo de jóvenes en un ataque fallido contra un cuartel importante del ejército en julio de 1953 y fue arrestado.

En su juicio, Castro hizo una defensa vehemente del orden constitucional y de los derechos individuales. Las leyes cubanas prohíben la dictadura militar, argumentó. Ante una dictadura, la constitución provee a los ciudadanos de un bote salvavidas: el derecho a resistir la tiranía. Estuvo en prisión los siguientes veinte meses, en los que se ponía al día sobre la guerra de guerrillas y afinaba su plataforma política.

Cuando Castro fue liberado en mayo de 1955, se exilió en México y a finales del año siguiente se embarcó de regreso a Cuba junto con 82 rebeldes cubanos. Granma, su embarcación, encalló en la costa suroeste de Cuba, pero el grupo fue emboscado por el ejército de Batista. Castro fue uno de los doce que lograron sobrevivir al desembarco.

Fidel Castro alguna vez pensó en una Cuba libre e independiente
Fidel Castro y algunos guerrilleros en la sierra Maestra en 1958 CreditUllstein Bild vía Getty Images

En otro giro improbable, Castro combatió al ejército cubano, que estaba respaldado por Estados Unidos, hasta paralizarlo —utilizó la crueldad y la incompetencia de los comandantes de Batista para erosionar la lealtad de sus soldados—. Para diciembre de 1958, los guerrilleros de Castro estaban tocando la puerta de Santiago de Cuba, con los segundos cuarteles militares más grandes de la nación a punto de caer en manos rebeldes.

Para evitar un mayor derramamiento de sangre, Castro y su contraparte en el ejército de Batista, el general Eulogio Cantillo, acordaron dejar de pelear, unir fuerzas y ocupar las provincias orientales. Cantillo se apresuró a La Habana a arrestar a Batista y a sus aliados. Al llegar a la capital, incumplió el acuerdo: se confabuló con la embajada de Estados Unidos para dejar que Batista y su círculo cercano huyeran del país con cientos de millones de pesos en su posesión.

“Esto nos va a costar caro”, predijo Castro, pues los fugitivos “lanzarán propaganda en contra de la Revolución y se profundizarán los problemas en el futuro cercano”. El sabotaje y el terrorismo contra la Revolución comenzaron esa misma semana, justo cuando el nuevo ejército cubano, con Raúl Castro al mando, comenzaba la ejecución sumaria de los presuntos criminales de guerra.

Analizando en retrospectiva estos eventos, unos cuantos días antes de la invasión de playa Girón en abril de 1961, un informe del gobierno estadounidense afirmó que la gestión de Dwight D. Eisenhower había apoyado la guerra contra Batista y aceptado la plataforma de reforma social y económica de la Revolución. Sin embargo, mucho antes de que Castro llevara a sus guerrilleros a La Habana en enero de 1959, Estados Unidos concluyó que había que detener la Revolución.

Fidel Castro alguna vez pensó en una Cuba libre e independiente
Fidel Castro habla en 1963 con los familiares de algunos ciudadanos estadounidenses que fueron capturados durante la invasión de playa Girón. CreditKeystone/Getty Images

Reescribir esta historia les permitió a los funcionarios estadounidenses afirmar que Castro traicionó al pueblo cubano y que siempre tuvo la intención de aliarse con los soviéticos. Sin embargo, Castro no se comprometió ni comprometió a Cuba con el comunismo sino hasta después del triunfo de la Revolución, cuando, a falta de una base política a la par de su ejército guerrillero, recurrió al Partido Comunista (y después a la Unión Soviética) para proteger a la Revolución de la oposición interna y externa.

Una vez hecha, la acusación de traición cobró vida propia: logró transformar a un nacionalista liberal acorralado por la lógica maniquea de la Guerra Fría en el dictador diabólico que nuestros padres describían. La idea de la traición vive hasta hoy; el gobierno de Donald Trump y sus aliados en Miami lo ha mantenido vigente al aprovechar la evidencia del apoyo de la isla al presidente venezolano Nicolás Maduro con el objetivo de que Cuba pague por el pecado original de Fidel Castro. Sin embargo, esta historia, que nos permite ver los orígenes del enfrentamiento como algo menos unilateral —e incluso trágico—, puede darnos una vía para que los cubanos a ambos lados del estrecho de Florida zanjen esta división y tal vez sienten las bases de la reconciliación.

Fidel Castro alguna vez pensó en una Cuba libre e independiente
Un retrato de Castro en un local habanero CreditTomas Munita para The New York Times

Mientras tanto, Cuba sigue adelante, descorazonada pero no derrotada por el reciente endurecimiento del embargo en Estados Unidos. Hasta ahora, las políticas del gobierno de Trump no parecen haber erosionado el espíritu de compañerismo y colaboración que se infundió en los archivos cubanos durante el acercamiento diplomático del expresidente estadounidense Barack Obama. Pero la política tan severa de Trump amenaza con socavar algo todavía más importante: el experimento de los cubanos con las empresas privadas, el avance más significativo en la isla en una generación.

Una percepción sin prejuicios del joven Fidel Castro y sus aspiraciones socialdemócratas para Cuba les darían un nuevo impulso tanto a la privatización parcial de la economía de la isla como al proceso de estudiar la Revolución mientras que relegan una caricatura de la Guerra Fría al cajón del olvido donde pertenece.

Jonathan M. Hansen es historiador y autor de “Young Castro: The Making of a Revolutionary”, que saldrá este mes con el sello editorial de Simon & Schuster.

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Extracciones: Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento) [Macarena Araya Lira]

Extracciones: Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento) [Macarena Araya Lira]

Lanzado recientemente, Paisajes… de Macarena Araya es el título que inaugura el catálogo de la flamante editorial Noctámbula, sello que tiene a la cabeza a los narradores Mónica Drouilly y Eduardo Plaza.

Los nueve relatos que componen este volumen tienen la particularidad de que se pueden leer ya sea como cuentos o como una secuencia de episodios cuyas recurrencias dan forma a una suerte de novela.

SANTIAGO
(SACA LA HUEÁ TE VOY A DESTRUIR ESTA CHATARRA DE MIERDA LOCA RECULIÁ)

Ella tenía un auto chino, vivía en el centro de Santiago y trabajaba haciendo clases en un instituto profesional en Puente Alto. Su auto había sido elegido el más inseguro a la venta en Chile.

Se levantaba a las seis de la mañana para salir a las siete y llegar a las ocho al instituto. Tenía clases diurnas y vespertinas. Terminaba de trabajar a las once de la noche. En las ventanas corregía trabajos, fumaba, leía o iba a comer comida china a la esquina. La comida china era su principal fuente de alimentación. El menú costaba 3.500 pesos e incluía Coca-Cola y wantán. Llegaba a su casa cerca de las doce de la noche. Le dolían las piernas y la espalda por estar tanto tiempo de pie. Para verse más adulta, usaba ropa de su mamá. Creía que así infundiría más respeto. Sus alumnos estudiaban Contabilidad, Ingeniería en Informática, Gastronomía y Administración de Empresas. Los de la noche eran casi todos mayores que ella. Los de la mañana acababan de salir del colegio. Una chica había estado en un programa de baile en la televisión y todos los muchachos estaban enamorados de ella. Siempre le pedían suspender clases cuando la selección de fútbol jugaba un partido. La comida china era triste. Los días, aunque soleados, tenían poca luz.

Ella y Gonzalo fumaban en el balcón que había a la salida de la sala de profesores. Gonzalo era profesor de Filosofía e impartía el mismo ramo que ella. Compartían un horario similar, se habían hecho amigos. Gonzalo tocaba el ukelele y cantaba en las micros. Es lo único que me hace feliz, decía. Fumaban cigarros, a veces llovía, a veces era tarde y a veces corría un viento cordillerano que congelaba hasta los ojos. Hablaban de comidas que les gustaría comer o viajes que les gustaría hacer, pero después llegaba la hora de volver a clases y se separaban. A veces las clases eran buenas. A veces no. A veces algunos alumnos le pedían más información sobre algo y ella pensaba que las clases eran buenas, como esa vez que leyeron un cuento de Salinger y se quedaron hablando incluso en el recreo. Pero casi nunca pasaba eso. A veces terminaba la clase un poco antes y pasaba por fuera de la sala de Gonzalo y lo veía tocando el ukelele y a sus alumnos haciendo cualquier cosa y pensaba que le gustaría atreverse a hacer algo así, pero sabía que no se atrevería nunca.

Las salas no tenían paredes de concreto. Todo era de vidrio. Los estudiantes parecían estar dentro de una pecera. Así se controla mejor lo que pasa, le había dicho el encargado de seguridad del instituto. Una vez, un muchacho que estudiaba contabilidad le había pegado a un profesor de inglés.

Ella veía su reflejo en el vidrio; vestía ropa que no le pertenecía y se veía extraña. ¿Quién es esa que está ahí?, se preguntaba a veces.

Algunos días llovía fuerte y el auto se empañaba y no se podía ver bien el camino. Lo bueno era que ya había memorizado casi todos los hoyos de Vicuña Mackenna y podía evadirlos para no reventar uno de los pequeños neumáticos. Había leído que la venta de ese auto estaba prohibida en Europa y en algunos países de Latinoamérica.

No tenía estacionamiento en su edificio y dejaba el auto en un pasaje donde vivían pacos activos y retirados. Todas las mañanas tenía una notita amenazante puesta en el vidrio: “No vuelvas a estacionar el auto aquí o te vamos a romper los vidrios”. O también: “No sabes leer conchatumadre aquí no se puede estacionar”. Una vez se encontró con una que solo tenía escrita: “Maraca”. Pero en ninguna parte decía no estacionar y ese era el único lugar disponible a las doce de la noche.

Todas las mañanas, cuando iba a buscar el auto, pensaba que lo encontraría con los vidrios rotos o, peor aún, que no lo encontraría, pero eso nunca pasaba. Quizás es alguien que disfruta amenazando, se decía. Mientras manejaba esquivando los hoyos del camino se preguntaba a qué hora dejarían el papel, cuántas personas eran, si era uno de los pacos retirados, si algún día se conocerían.

Un par de días a la semana se quedaba a dormir en la casa de su mamá y aprovechaba de comer mejor, porque en ese refrigerador, a diferencia del suyo, abundaba la comida. Además su mamá empezaba un proceso de quimioterapia. Dormían juntas en la misma cama, como cuando ella era chica y su mamá aún no estaba enferma.

Para ir de la casa de su madre al instituto debía tomar la autopista en Vespucio. En la autopista se leía “A Punta Arenas” y ella se imaginaba que seguía de largo y llegaba hasta la ciudad magallánica y besaba el dedo del pie del indio patagón. Pero, por supuesto, no lo hacía. Y cuando le tocaba su salida, ponía el señalizador y doblaba. Tomaba Froilán Roa, atravesaba La Florida. Llegaba.

Antes de cada clase tenía que pasar el libro de asistencia por una maquinita parecida a las que sirven para consultar los precios en el supermercado. Los colegas de Inglés siempre eran los que más se quejaban de la falta de tiempo y de lo bajos que eran los sueldos.

A veces, después del trabajo, llevaba a Gonzalo hasta su casa en el barrio Yungay. Él iba tocando en el ukelele canciones que inventaba, ella improvisaba la letra de las canciones y las canciones eran cursis y se reían. Gonzalo le contaba sobre sus problemas maritales y sobre el romance que estaba teniendo con la profesora de Inglés. Fumaban en el auto. Su ropa apestaba a tabaco.

Un jueves hubo un taco en la autopista por un accidente entre un camión y una moto. Cuando logró avanzar, vio un cuerpo cubierto con una sábana azul al costado del camino. Pensó que le daba miedo morir y decidió que apenas pudiera cambiaría el auto. Llegó tarde a clases. El encargado académico le dijo que no podía llegar a esa hora, que si eso se repetía tendrían que descontarle parte del sueldo. No le respondió nada, pero tuvo ganas de pegarle o tirarle un escupo. Se acordó de las manifestaciones estudiantiles y de cuando corría esquivando el agua tóxica del guanaco y quiso retroceder el tiempo, pero no pudo. Fue al balcón de la sala de profesores y volvió a fumar. Y cuando llegó la hora volvió a hacer clases. Y en las ventanas corrigió trabajos según las normas APA.

El martes era el día en que salía más temprano y cuando llegó a su casa, a las seis de la tarde, se acostó y se durmió, pero a las nueve de la noche la despertó el timbre. El conserje le dijo que la buscaban dos carabineros. Le pareció extraño. Bajó. Tenía el maquillaje corrido. En la entrada la estaban esperando una pareja de cabos jóvenes. Le preguntaron si conocía a Jorge Mendoza. Ella respondió que no. Escribieron eso en un cuaderno. La carabinera le preguntó hacía cuánto tiempo vivía ahí. Ella le respondió que llevaba un año y preguntó qué estaba pasando. El carabinero le dijo que había aparecido un cargamento de armas en La Pintana y que estas estaban vinculadas a la dirección de su casa. ¿Cómo tienen la dirección de mi casa?, les preguntó. No podemos revelar esa información, respondieron. Ella dijo que no sabía nada y que cómo era posible. Y la joven carabinera que no sonreía le dijo: “Es posible”. Le volvieron a preguntar por Jorge Mendoza. Nunca he escuchado ese nombre, respondió. Le pidieron sus datos, ella se los dio y la pareja se fue.

Llamó a su hermano. Tenía la costumbre de llamar a su madre o a su hermano cuando estaba nerviosa, cuando sentía que algo no andaba bien. Le preguntó cómo estaba, el hermano le contó cosas sobre el trabajo, le dijo que existía la posibilidad de irse un año al extranjero por un proyecto, quedaron de juntarse ese fin de semana y comer tacos. No le dijo nada sobre lo que acababa de ocurrir.

Se puso a buscar en internet sobre cargamentos de armas en La Pintana y encontró varias noticias, pero ninguna reciente. Escribió “Jorge Mendoza”. Descubrió que compartían ese nombre un jugador de fútbol, un profesor de química ariqueño, un joven argentino que había muerto en una riña. Encontró a varios Jorge Mendoza, pero nada relacionado con armas o tráfico.

Entonces pensó en su padre. Su padre había sido comunista y los había abandonado a fines de los años 90. ¿Lo que estaba pasando se relacionaba con él? Quiso llamar a su mamá y preguntarle si conocía a alguien llamado Jorge Mendoza. Pero prefirió no hacerlo. Su madre le preguntaría por qué, ella le contaría, le hablaría de su padre y la mamá cambiaría de tema. No la llamó.

Puso una silla en el balcón y se sentó a fumar. Desde el piso seis en el que vivía, alcanzaba a ver su auto estacionado. Quería descubrir quién era la persona que le dejaba notitas amenazantes. ¿Y si era Jorge Mendoza?, ¿y si las armas que habían aparecido en La Pintana eran una mentira para asustarla? Quizás Jorge Mendoza fuese un carabinero retirado que había mandado a la pareja de pacos nuevos a asustarla. Se fumó una cajetilla completa. No se movió del balcón.

A eso de las cinco de la mañana vio encenderse la luz en una casa del pasaje donde estaba estacionado el auto. Salió un hombre vestido con una bata. No lo veía muy bien, pero sí pudo notar una guata enorme. El tipo fue hasta su auto y pegó un papel en el limpiaparabrisas. Sintió que el corazón se le detenía. Jorge Mendoza, dijo en voz alta. Buscó un cigarro, pero la cajetilla estaba vacía.

A las siete de la mañana llamó al instituto y les dijo que no podría ir a trabajar porque estaba enferma. Nunca antes había faltado, había hecho clases con fiebre, había tomado pruebas con influenza. La mujer que la atendió le advirtió que tendría que recuperar las horas y ella respondió que ya lo sabía.

Tenía llamadas perdidas de Gonzalo. Seguro quería que lo pasara a buscar. Le daba lo mismo. No le importaban el instituto ni Gonzalo ni su aventura con la profesora de Inglés ni el sueldo que dejaría de recibir ni la comida china que no comería ni los alumnos indiferentes que le pedirían terminar antes la clase. Solo le importaba una cosa: entender qué estaba pasando, unir los puntos de la historia.

Manejaba tres teorías.

Primera teoría: el hombre de las notitas amenazantes había inventado lo de las armas. El tipo de la bata era efectivamente Jorge Mendoza, aunque probablemente ese no fuese su nombre real, sino un alias, una chapa. Seguramente era un expaco y había hecho todo el montaje con los pacos jóvenes que habían aparecido en el edificio para que ella se asustara y dejara de estacionar el auto frente a su casa.

Segunda teoría: todo esto se conectaba con su padre comunista, el que los había abandonado a su mamá, a su hermano y a ella en los 90. Quizás Jorge Mendoza había sido su compañero en el partido y se había enterado de que ella era su hija y le estaba tratando de dar un mensaje. Un mensaje en clave. Las armas serían la clave. Lo que había que descubrir ahora era el mensaje. En esta teoría el hombre de las notitas no tenía nada que ver, esa era otra historia.

Tercera teoría: Jorge Mendoza estaba involucrado con crímenes de la dictadura, podía tratarse de un exagente de la CNI. Esa era una idea que comúnmente le daba vueltas en la cabeza. Que había agentes de la CNI o la DINA que todavía estaban activos. Que se reunían y llevaban a cabo pequeñas misiones, pequeñas venganzas en contra de personas de izquierda. En esta teoría el hombre de las notitas era un exagente, los pacos jóvenes recibían sus instrucciones, ellos sabían que su padre había militado en el PC. Si esta teoría era efectiva, tenía que averiguar cómo habían logrado dar con su papá.

Apagó su último cigarro y bajó a la calle con decisión. En la cara se le notaba la falta de sueño. Fue hasta su auto y tomó el papel. Lo leyó. “Esta es la última vez”. Llevaba en la mano todas las otras notas amenazantes. Tocó el timbre de la casa del supuesto Jorge Mendoza, el paco retirado amedrentador, el de la primera teoría. El hombre abrió. Ya no estaba en bata, ahora vestía blue jeans y bajo una chaqueta de cuero llevaba una polera que decía Miami entremedio de dos palmeras. Ella saludó y sonrió y le dijo mucho gusto soy la dueña del auto. El tipo se puso rojo. Mucho gusto no puede estacionar el auto aquí, respondió. En ninguna parte dice no estacionar y no hay ninguna línea amarilla. No sé nada yo a su auto le puede pasar cualquier cosa si lo sigue dejando en el pasaje. Ella le mostró los papeles. ¿No le parece un poco matonesca su forma de actuar? Él subió el tono. Yo puedo hacer lo que me dé la gana así que tenga cuidado. Entonces ella le preguntó quién era Jorge Mendoza. El viejo gordo guardó silencio un par de segundos. No tengo idea de qué me está hablando. Mira viejo ceneta yo no te conozco y a mi papá no lo veo hace años así que no me metas en estas cosas. El paco retirado le gritó. Déjate de hablar hueás loca culiá. Él dio un portazo y ella se fue, pero no movió el auto.

Guardó las notas amenazantes en su chaqueta y caminó hasta un quiosco y compró cigarros. Se fumó dos al hilo y, ahora sí, llamó a su mamá. Ella la notó nerviosa y le preguntó si estaba todo bien. Le respondió que sí, que estaba resfriada y que se había quedado en casa. La madre le contó sobre sus clases de cerámica y sobre el cenicero que le había hecho. Le dijo, además, que la quimioterapia estaba resultando. Ella se alegró y después le preguntó si conocía a Jorge Mendoza. La madre repitió el nombre tres veces. Jorge Mendoza, Jorge Mendoza, Jorge Mendoza. No, no me suena para nada, le contestó. Preguntó por qué. Pensé que era conocido del papá, respondió. Y en dos segundos la madre le contó que tenía hora al médico y que se tenía que ir y le colgó. La palabra papá era una palabra prohibida.

Cuando volvió al departamento le preguntó al conserje, que era un hombre viejo y había trabajado varios años en ese edificio, si en su departamento había vivido alguien llamado Jorge Mendoza. El hombre respondió que no, pero que de todas maneras averiguaría. Ella le preguntó si estaba seguro. Y el hombre dijo que estaba seguro y agregó que tenía una memoria privilegiada y que recordaba toda la tabla periódica. Le recitó una parte y ella lo escuchó. Cuando terminó no le dijo nada, aunque era evidente que el hombre esperaba una felicitación. El conserje le preguntó si estaba todo bien y ella asintió con la cabeza y subió.

En su celular tenía más llamadas perdidas de Gonzalo. También de su hermano. No le respondió a nadie. Comió un yogur y volvió a sentarse en el balcón junto a sus cigarros.

¿Cuándo había dormido por última vez?

Recordó la cara de su padre. El recuerdo era difuso. El recuerdo se mezcló con la falta de sueño. Había una playa. Los dos caminaban de la mano y veían a las gaviotas, pero las gaviotas no sonaban como ellas, cantaban canciones italianas y otras sonaban como el agua hirviendo en la tetera.

Pasaron algunas horas y ella seguía sentada en el mismo lugar. Hacía frío y tiritaba. Sentía el peso de sus ojeras. Miró las hojas de los árboles, que se veían anaranjadas por la luz de los faroles. Tres muchachos que caminaban bebiendo cerveza se detuvieron a rayar un muro con sus firmas. Imaginó que su padre era uno de esos muchachos que se reían y la hizo feliz pensar en su papá sonriendo, tan distinto a toda la pena que ella recordaba.

Su teoría ahora era solo una: Jorge Mendoza, excarabinero, había estado involucrado en crímenes de lesa humanidad y se había cambiado el nombre. Seguía teniendo contacto con antiguos miembros de la CNI y carabineros retirados que se dedicaban a atormentar a gente de izquierda. Para su mala fortuna, ella estacionaba el auto frente a su casa. Y él la había investigado. Cuando supo que era hija de un exmilitante comunista, había empezado el acoso. Sí, esa era su teoría. Sí, ese era Mendoza. Los pacos jóvenes eran parte de una nueva generación de fascistas que buscaban imponer una tiranía en el país. Lo harían de a poco. El fascismo estaba reapareciendo en forma de pequeños actos violentos. Lo había descifrado, todo estaba relacionado, todo pasaba por algo. Ahora ella no se quedaría tranquila, los quería desenmascarar, iba a revelar lo que estaba sucediendo.

¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir?

¡Jorge Mendoza!, gritó desde el balcón. El hombre gordo, que iba saliendo de su casa, se dio vuelta y la vio. Ella lo apuntaba con su encendedor, la ceniza se acumulaba en el cigarro que tenía en la boca. Voy a hacer justicia, dijo en voz alta.

Se puso zapatillas y bajó rápidamente. Quería tomar el auto y estrellarlo en la casa de Mendoza. ¡Señorita! Ya sé quién es la persona que anda buscando, dijo el conserje. Ella se detuvo. El hombre le explicó que habían vuelto los carabineros para decir que Jorge Mendoza era parte de una banda que se dedicaba al narcotráfico y que su hijo había vivido en el departamento que ahora ella arrendaba, que por eso había aparecido esa dirección. Padre e hijo compartían el nombre y el oficio. Parece que lo andan buscando al hijo, le dijo el conserje. ¿Estás seguro?, preguntó. El viejo conserje asintió. Tiene que estar tranquila, fue un malentendido, no va a pasar nada.

No se movió durante un buen rato. El conserje le preguntó si estaba bien. Subió por las escaleras. Abrió la puerta de su departamento: montañas de loza acumulada, ropa en el suelo, platos con colillas, la cama revuelta.

Ella quería que las armas de La Pintana las hubiese escondido su papá y que de alguna manera estuviese apareciendo otra vez. Ahora había una historia, sí, pero no era la historia que ella quería.

Al día siguiente fue al auto. Había, como era de esperar, un nuevo recadito en el parabrisas. “Saca la hueá te voy a destruir esta chatarra de mierda loca reculiá”. Le dio lo mismo. Lo metió en su bolsillo.

Manejó por Vicuña Mackenna y los hoyos seguían ahí. Los esquivó y llegó hasta el instituto. Tomó el libro de clases y lo pasó por la maquinita para registrar su llegada. Vio a Gonzalo conversando con la profesora de Inglés y le hizo un gesto de saludo y él se lo respondió. Les dijo a los alumnos que tenían que hacer un trabajo con nota para la próxima semana y los alumnos alegaron. Fue a almorzar comida china y volvió a leer la notita. Intentó hacer un barquito de papel, pero no le resultó. En la tarde, manejó de regreso a su casa y esquivó los hoyos; uno de los neumáticos del auto más inseguro del país se podía reventar.

Portada Paisajes
Macarena Araya Lira, Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento). Noctámbula, 2019.

Foto Macarena Araya

MACARENA ARAYA LIRA (Santiago, 1985). Estudió Teatro en la Universidad Diego Portales y es máster en Guión de Cine y Televisión de la Universidad de Barcelona. El año 2017 fue ganadora del concurso de cuentos Paula y el mismo año obtuvo el primer lugar del certamen de cuentos breves Santiago en 100 palabras.

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