El «zasca» de Pérez-Reverte a nuestra clase política a cuenta de la república romana

«Busquen ustedes entre nuestros políticos, por favor, un presidente de república sereno, culto, prestigioso, honrado, ecuánime y decente. ¿A que no salen nombres?» escribe el autor en «Civis romanus sum», su columna de este domingo en la revista del XL Semanal

Arturo Pérez-Reverte durante una conferencia

Confiesa Arturo Pérez-Reverte, en su columna publicada este domingo en la revista XL Semanal, que a veces no es sincero cuando le piden etiquetas políticas que le definan. En ocasiones, «lo que digo es que me gustaría ser jacobino con guillotina incorporada. Chas, chas, chas. Pero la mayor parte de las veces suelo decir la verdad. Que soy republicano, pero con un matiz importante: republicano de la república romana. No confundamos las cosas».

El autor de «Falcó» reconoce que su idílico modelo no encaja en la España actual: «¿imaginan ustedes una república cuya autoridad máxima pasara cada cuatro años de mano en mano entre individuos como Aznar, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Casado, Abascal, Rivera, Torra, Echenique o Iglesias?… Busquen ustedes entre nuestra clase política, por favor, un presidente de república sereno, culto, prestigioso, honrado, ecuánime y decente. ¿A que no salen nombres? Por eso, como he dicho alguna vez, soy republicano de razón y monárquico por necesidad. Felipe VI me parece una buena persona, muy bien formada e inteligente, que conoce perfectamente su papel y lo ejecuta de modo impecable».

El escritor relata después los beneficios que podría reportar a nuestra clase política el conocimiento de república del siglo II antes de Cristo «sería menos analfabeta, menos estúpida y más honorable en actitudes y discurso».

Lean la columna completa pinchando en este enlace y descubran el resto de lecciones que podrían aprender nuestros políticos «si tuvieran decencia y leyeran, o si adquiriesen alguna decencia leyendo».

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La felicidad del pulpo de mar

Miquel Barceló es también una creación que parece haber sido diseñada por el artista con sus propias manos

Miquel Barceló, en una imagen de archivo.
Miquel Barceló, en una imagen de archivo. JORDI SOCÍAS EL PAÍS

 

Visto de cerca, Miquel Barceló tiene un físico neo-expresionista, hasta el punto de que él mismo por fuera también parece un barceló, rudo y sofisticado, culto y asilvestrado. Bien mirado Miquel Barceló, con la cresta de pelo soplada hacia arriba, la mirada de garduño, las cejas convergentes en el ceño y la tensión del rostro hacia la boca sellada con una sonrisa socarrona es también una creación, que parece haber sido diseñada por el artista con sus propias manos. Solo le falta meterse en el horno para cocerse como una terracota, obra única, que si saliera a subasta en Sotheby´s puede que algún coleccionista pujara muy fuerte para llevársela a casa como adorno del jardín.

Barceló habla poco y lo poco que habla apenas se le entiende, porque lo hace como un rezo entre dientes, pero se intuye que detrás de sus palabras apenas masticadas alienta la vieja sabiduría mediterránea. Su creatividad se ha alimentado de las sensaciones convulsas y primigenias de una isla y de un mar habitados por corsarios y mercaderes, que son gentes que acostumbran a pensar con las manos. Cuando el pintor alemán Anselm Kiefer, impulsor del neo-expresionismo, comenzó a servirse de una gama negra para expresar con grandes paredones chamuscados, con barracones de exterminio humeantes entre alambradas la presencia del mal que aflige a la humanidad, en esa época Miquel Barceló estudiaba Bellas Artes en Barcelona; para sobrevivir vendía camisetas serigrafiadas; a veces tenía que comer gratis en los establecimientos de caridad, pero de regreso en verano a su pueblo de Mallorca, llevaba una vida muy feliz: no sólo buceaba en el mar hasta la cueva del mero, sino también en tierra bajaba hasta el corazón de los tomates y cebollas. Llegada su hora, Barceló tomó del maestro alemán la expresividad de la materia, pero en lugar de crear ruinas y despojos, usó la misma técnica para pintar primero paellas con arroz bomba, llenas de gambas y a continuación trató de convertir cada cuadro en una fiesta donde los pulpos podían fumarse las colillas que el pintor pegaba en el óleo.

Contra la desolación de Kiefer, tuvo el arrojo de dotar a esa materia de todo el placer que puede dar la vida dentro del caos mediterráneo y frente a Joan Miróque pintaba el sexo femenino como si fuera una estrella más del firmamento, Barceló lo expresaba con tomates, calabazas y sandías abiertas. En sus cuadros se sucedía una orgía de bulbos de ajos que se alternaban con librerías derruidas y cabezas de griegos rodeadas de algas, los peces plateados saltaban como en una almadraba y el artista se comportaba como un boxeador luchando contra la materia para dotarla de felicidad a puñetazos. Barceló ha intentado algunas veces servir de molde para una cerámica introduciendo su cabeza en el barro; se ha hecho autorretratos en forma de pulpo, ha encharcado su cuerpo de forma que era imposible separarlo del lienzo.

Este exceso forma parte de su personalidad, como el trueno sigue al relámpago. El canónigo de la catedral de Palma no fue consciente del peligro que corría al encargarle a este salvaje una obra para la capilla del Santísimo y encima, a la hora de cerrar el trato, concederle libertad absoluta. Se trataba de realizar una alegoría del milagro del pan y los peces. Miquel Barceló se limitó a abrir las puertas de la catedral para dejar que una tromba de mar llegara hasta el pie del sagrario arrastrando algas, atunes, ánforas y dejar que en medio de este vómito del inconsciente mediterráneo se vislumbrara la figura de un resucitado que sale de un sepulcro repleto de frutas. Si los capiteles y la crestería de las catedrales están llenos de serpientes y de gárgolas nacidas del vientre de una oscura mitología, sin duda era más puro llevar los salmonetes y cebollas, calabazas y pulpos al pie del altar como una ofrenda de la madre naturaleza.

Sucedió lo mismo con la cúpula de las Naciones Unidas de Ginebra. El salón de los Derechos Humanos lo convirtió Barceló en una gruta de estalactitas y lo que la naturaleza tardó millones de años en crear Barceló lo resolvió con un cañón que vomitaba todo el mediterráneo hasta dejarlo pegado en el techo boca abajo con grumos de 15 kilos de peso sobre la cabeza de los funcionarios. Conceder toda la libertad a un artista genial tiene sus riesgos.

Para elevar a un pintor a la cima del coleccionismo internacional, una cumbre siempre borrascosa por la fuerza con que a esa altura sopla el viento del dinero, se necesita que una estrategia muy sutil de intereses se concite con el extraordinario talento del artista. Barceló tiene estudios en París y en Nueva York. Es un nómada. Un día se fue a Malí para recuperar la virginidad en la mirada y retomar una nueva relación con las personas y cosas, pero ya no volverá a Malí porque allí —según ha dicho— la carne blanca se ha puesto muy cara. Si eres europeo y te secuestran, saben que van a sacar una buena tajada. De momento, Barceló ha regresado al caótico mar de su isla donde los pulpos ya han aprendido a bailar. 

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Antonio López, doméstico

El taller del pintor es una prolongación natural del propio hogar en el que la obra y la vida forman una sola sustancia

Antonio López, en enero de 2019 en su casa de Madrid.
Antonio López, en enero de 2019 en su casa de Madrid. JORDI SOCIAS

El pintor abre la puerta del jardín como un afable menestral. Lleva colgado del cuello un mandil manchado de pintura que le llega hasta la pantorrilla, atado sobre la tripa con doble lazada. En la entrada del jardín hay unas esculturas de escayola, un serón con membrillos y manzanas, algunas macetas con plantas entre bártulos arrumbados en aparente desorden, pero tratándose del pintor Antonio López sería un error no dar importancia a cualquiera de estos cacharros, que han pasado por sus manos. Detrás de unos tableros apoyados contra la pared se puede leer: el rey y la reina.

Dentro de casa los muebles son sencillos, fatigados por el uso, una mesa, un armario, algunas sillas, una estantería y también adornos domésticos que uno puede imaginar en cualquier hogar aseado de clase media. Por la ventana se ve un membrillero desnudo del jardín. Sentado a la mesa del comedor en la que hay sobre el tapete unos limones, una granada y media zanahoria, el pintor Antonio Lópezofrece una infusión de tila con tomillo y mientras se dirige a la cocina, abre la nevera y saca la jarra, podría considerarse un privilegio entrar en su cuarto de baño solo para ver la pasta y el cepillo de dientes en un vaso sobre la repisa del lavabo, el espejo, las toallas, la ducha, la taza del retrete. El pintor sirve la infusión y se explaya explicando sus propiedades contra el insomnio.

La conversación rueda acerca de la salud, los quebrantos de la edad, el trabajo que lleva entre manos, comentarios tan de uso común como lo son los enseres de alrededor que la luz de este mediodía de enero envuelve en un aura dorada. Aunque tiene la risa franca, suele hablar siempre en serio, con los ojos afilados, lo mismo si se trata de Velázquez o de Tiziano que del zumo de limón que toma lo primero cuando se levanta de la cama.

Y no obstante, pese la realidad insoslayable de las horas y los días, hay un halo de platonismo inefable en la casa, porque esa jarra y ese vaso en el que bebes, la silla en la que te sientas, la lámpara que te ilumina, la percha en la que has colgado la chupa, la nevera que ves en la cocina, el membrillo y la media zanahoria que manoseas mientras le escuchas, constituyen la materia de los sueños que Antonio López ha recreado en sus cuadros y son venerados en los museos, admirados en salas de exposiciones, codiciados en subastas internacionales, objetos de deseo irrefrenable de coleccionistas, elevados a arquetipos del realismo por los más solventes críticos de arte. Antes de que se exprima en zumo, ese limón era de Zurbarán, antes de que convierta en potaje un cardo como ese lo pintó Sánchez Cotán. El taller del pintor es una prolongación natural del propio hogar en el que la obra y la vida forman una sola sustancia. Pasar de la cocina al taller, del taller al comedor, del comedor al cuarto de baño y del cuarto de baño al taller es como traspasar la barrera de los sueños.

El realismo de Antonio López constituye una paradoja estética: con el pincel se adentra en la intimidad de la materia hasta allí donde la luz se teje y desteje en una fuga siempre inalcanzable. Detenerla en el lienzo es una tarea imposible, pero este pintor ha convertido su propia impotencia en una obra de arte. Antonio López es uno de los pocos en el mundo que ha expuesto en vida cuadros inacabados, como el héroe que ha sido vencido en una batalla.

Plantar el caballete en medio de la Gran Vía de Madrid, o ante un membrillero del jardín o frente a la familia real, esperar siempre de pie, como un Fray Angélico, a que llegue el grado exacto de luz que deseas, dar unas cuantas pinceladas, recoger los bártulos, volver al día siguiente para comprobar si la naturaleza coincide con tu espíritu, añadir unos brochazos por si la luz obedece y se detiene, dejar que pase un año, otro año, muchos años más sobre ese lienzo inacabado y cuando ya parece que la neurosis analítica ha sido vencida, se ha echado encima otro invierno, los membrillos se han podrido y en medio del paisaje de la ciudad ha brotado un rascacielos que rompe la composición del cuadro y el rostro del monarca, como el de Dorian Gray, se ha erosionado. La silla, el aparador, el lavabo desportillado, el frutero, el racimo de uva, la nevera, la taza del retrete, todos los enseres familiares que Antonio López tiene a su alcance por el hecho de pintarlos se transforman en categorías de la mente. Bajo esa luz doméstica el genio del pintor los eleva a un valor universal.

Si lo sorprendes por la calle puede que lleve en el zurrón de pastorcillo un pan de higo, frutos secos y un tarro de miel. Aunque en apariencia tiene por la edad un cuerpo quebradizo, se le adivina una férrea estructura interior, una resistencia y entereza extrema. Cada duda la tiene aliada con la ley de la gravedad. Todas caen por su propio peso.

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CARTOGRAFÍA PARA NAVEGAR A TRAVÉS DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO

La filosofía no es una labor completamente solitaria: se piensa junto a los otros y desde los otros, como demuestra este mapa filosófico…

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Cada viajero necesita, además de un punto de partida, un mapa para poder llegar a donde se dirige. El viaje del pensamiento, sin embargo, no se recorre a solas: otros viajeros han recorrido caminos similares, y se han alejado en direcciones opuestas. En los ires y venires de la filosofía es sencillo perderse, vagar, y, también, encontrarse en caminos que nunca pensamos recorrer.

Esta es la idea que dio vida a un mapa de la filosofía ideado y construido, en gran parte, por el diseñador Deniz Cem Önduygu.

Desde Tales de Mileto y Anaximandro, hasta Richard Dawkins y Daniel Dennet, la cartografía filosófica de Cem tiene la intención de poner en evidencia todas las redes posibles de una ocupación que, históricamente, ha sido vista como solitaria.

Pero el filósofo no trabaja en soledad aunque efectivamente esté a solas: lo acompañan otros viajeros, otros pensadores, otros fantasmas.

Para aquellos que deseen navegar a lo largo y ancho del pensamiento filosófico occidental, el mapa de Cem puede servir como un mapa de ruta hacia sus diferentes corrientes de pensamiento, discursos y autores. Este plano no solamente funciona en orden cronológico sino que, por su naturaleza interactiva, permite a quien lo recorre relacionar ideas de un mismo discurso a través del tiempo.

Sin embargo, como bien señala este amante de la filosofía, su obra no está ni puede estar acabada, sino que depende de la construcción colectiva, es decir, que se encuentra permanentemente suceptible al cambio.

Este trabajo pone en evidencia que ni el pensamiento ni los espacios educativos son posibles si se enfocan en un solo lugar, y tampoco corresponden solamente a unas cuantas personas ni permanecen estáticos, sino que se encuentran siempre en movimiento, viajan y cambian incesantemente.

 

Imagen: Dominio público

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De Magallanes a Google Earth

Mientras España se prepara para conmemorar este año el quinto centenario de la primera vuelta al mundo, merece la pena preguntarse cómo ha cambiado en todo este tiempo lo que entendemos —precisamente— por “mundo”.

Porque en realidad cuando Fernando de Magallanes convenció a Carlos I, a la banca judía y a más de doscientos hombres para encontrar una nueva ruta por el oeste entre Europa y las islas de las Especias, pese a las aventuras de Colón durante las dos décadas anteriores, era imposible entender el concepto “planeta Tierra”. Su itinerario se dio entre grandes masas de agua: fue una línea incapaz de entender que a su alrededor se erigía una esfera.

De Magallanes a Google Earth

CreditEditorial Planeta

Cuenta Laurence Bergreen en el prólogo de su didáctica biografía Magallanes. Hasta los confines de la tierra que el proyecto se le ocurrió en la NASA, mientras trabajaba en un libro anterior sobre exploración espacial: “Oía comentarios sobre Magallanes, que hacían referencia tanto al nombre de la nave espacial lanzada a Marte por la NASA en 1989 como al explorador del Renacimiento”.

El viejo soldado que, tras ser despreciado por el rey Manuel, robó secretos de estado en Portugal y consiguió que la Corona española financiara su expedición incierta; el experimentado marino que consiguió sobrevivir a varios motines, encontró un estrecho en el fin del mundo y murió absurdamente a manos de indígenas asiáticos, sigue siendo —por tanto— el modelo del viajero que descubre nuevas realidades.

Aunque en verdad fuera Elcano quien logró cerrar el círculo y que un barco maltrecho regresara a Sevilla para dar la buena nueva. Y aunque quien seguramente dio la primera y dichosa vuelta sea el esclavo filipino de Magallanes, Enrique de Malaca, cuando la expedición lo llevó de vuelta a casa tras demasiados años al servicio del navegante.

A excepción de Francis Drake y de los nativos, por el estrecho de Magallanes no volvió a pasar nadie durante siglos, hasta que la Ilustración se propuso mapear el globo y las primeras comunidades de emigrantes europeos del sur de Argentina y de Chile aseguraron las provisiones. Antoine de Saint-Exupéry —uno de los primeros escritores globales— convirtió su experiencia como pionero de la aviación postal en el fin del mundo en una novela precisa y preciosa: Vuelo nocturno.

Las redes de comunicación, para entonces, ya eran una membrana que envolvía nuestro planeta con densidad creciente. Es imposible fijar el inicio de la globalización, pero ocurrió entre el viaje que lideró Magallanes en 1518 y el día en que alguien en Buenos Aires levantó el auricular y telefoneó a alguien en Sídney, para conversar sobre algo que acababa de ocurrir en París o en Tokio.

Por ejemplo, a finales de enero de 1860, cuando en la reunión anual de la Cámara de Comercio de Mánchester se constató la existencia de “una red global integrada por una concatenada secuencia de procesos de producción agrícolas, comerciales e industriales”, que partía de la compra “por todo el mundo de algodón en rama” y su transporte a factorías británicas, donde se transformaba en madejas de hilo y en telas, que “eran finalmente enviadas por los distribuidores a los distintos mercados mundiales”.

De Magallanes a Google Earth

CreditEditorial Crítica

Así comienza El imperio del algodón. Una historia global, un apasionante ensayo del historiador Sven Beckert que deconstruye el mito de la Revolución Industrial como obra del progreso, rastreando las rutas que unían las plantaciones de algodón con las fábricas inglesas, el tráfico de esclavos con la explotación del proletariado, en el marco de una construcción ideológica y práctica que tanto se puede llamar imperialismo como capitalismo.

También es deslumbrante Las especias. Historia de una tentación, de Jack Turner, que nos conduce desde la Ruta de la Seda hasta el siglo XVIII, a través de las islas Molucas, Magallanes o la presencia de los condimentos en la literatura, para que entendamos cómo durante siglos las especias movieron el comercio mundial.

El algodón, las especias, el bacalao: en los estudios globales algunos de los productos más codiciados por el ser humano facilitan la escritura de una historia cultural que, inevitablemente, se puede leer como arqueología de la globalización.

No es casual que los estudios globales no se consolidaran hace setenta años, con la ONU, sino en este cambio de siglo, con internet. No solamente por las mutaciones que provocó en la comunicación académica y en la búsqueda en bancos de datos, sino por el propio modelo conceptual: de pronto la red de redes no solo era una idea, también era una realidad.

Fueron hombres como Magallanes quienes impulsaron el paso del teocentrismo al antropocentrismo: del cosmos explicado según la escala de Dios al universo como sucesión de pasos y metros y millas, horizontes humanos. Nuestra época protagoniza una tercera transición: hacia el codigocentrismo.

Aunque Google Maps y Google Earth simulen poner a nuestro alcance hasta el último rincón del globo, lo que hacen en realidad es almacenar todos y cada uno de los metros cúbicos de la realidad en sus bancos de datos, para un procesamiento de la geografía que escapa de las capacidades de ningún científico de carne y hueso.

Cuando Magallanes escapó con información clasificada, con mapas secretos de la Corona de Portugal, la cartografía era parcial, incompleta y estaba equivocada. Ahora cada uno de nosotros lleva un mapamundi en la cabeza y accede, en segundos, a un plano milimétrico de cualquier metrópolis de la Tierra a través de nuestras prótesis tecnológicas.

De Magallanes a Google Earth

CreditGuntsoophack Yuktahnon/Getty Images

Los científicos de la NASA se sienten inspirados por el explorador portugués, pero lo cierto es que en estos cinco siglos hemos avanzando poquísimo en los viajes espaciales en comparación con lo que lo hicieron en poco más de una generación Colón, Vasco da Gama y compañía en la exploración planetaria.

Cada uno de nosotros lleva un mapamundi en la cabeza y accede, en segundos, a un plano milimétrico de cualquier metrópolis de la Tierra a través de nuestras prótesis tecnológicas.

La investigación biológica, genética y neurológica, por un lado; y la informática y algorítmica, por el otro, han centrado nuestros esfuerzos colectivos. Tras cartografiar el mundo entero descubrimos que había otro mundo en nuestro interior e inventamos una membrana de crecimiento exponencial para que lo recubriera todo. Si ya no quedaban terras incognitas en la dimensión física de lo real, tendríamos que generarlas matemáticamente, porque no sabemos vivir sin límites que superar.

Las inteligencias artificiales son sin duda magallánicas: nos roban secretos para seguir aprendiendo y conquistando. Pero por suerte también hay, en el interior del cerebro de cada hombre y de cada mujer contemporáneos, un pequeño y testarudo Fernando de Magallanes que, con una esfera de luz en las manos, nos ilumina para ir más lejos: al fondo de lo ignoto, para encontrar lo nuevo.

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MARÍA MOLINER, LA MUJER QUE ESCRIBIÓ SOLA Y A LÁPIZ, UN DICCIONARIO DOS VECES MÁS LARGO QUE EL DE LA RAE

Gabriel García Márquez, Miguel Delibes o Paco Umbral siempre mostraron gran admiración hacia esta bibliotecaria inusual. María Moliner empleó 15 años de su vida en escribir un diccionario, sola y a lápiz, dos veces más largo que el de la RAE. 190.000 definiciones claras y sin pretensiones que pasaron a la historia hace medio siglo.

Lo hizo en los años siguientes a la depuración a la que la sometió el franquismo, bajándola 18 niveles en el escalafón. En plena posguerra, la filóloga y lexicógrafa aragonesa comenzó a trabajar en su diccionario. Ya se han cumplido 50 años de su primera edición.

 

Maria Moliner diccionario María Moliner, la intelectual que escribió a lápiz en 15 años un diccionario inmortal dos veces más largo que el de la RAE

 

María Moliner (Paniza, 1900-Madrid, 1981) se formó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón. Fue una bibliotecaria comprometida con su profesión e impulsó la creación de una red de bibliotecas rurales. Hacia 1950 inició la que sería su obra magna, el ‘Diccionario de uso del español’, con el objetivo de crear “un instrumento para guiar en el uso del español tanto a los que lo tienen como idioma propio como a aquellos que lo aprenden”.

 

Maria Moliner diccionario 3María Moliner trabajando en el Diccionario en su casa, con su gesto característico de determinación

 

María Moliner empleó 15 años de su vida en escribir un diccionario, sola y a lápiz, dos veces más largo que el de la RAE. 190.000 definiciones claras y sin pretensiones que pasaron a la historia hace medio siglo. “María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana, dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y –a mi juicio- más de dos veces mejor”, escribió el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez  del diccionario que escribió la filóloga.

La autora describió en una entrevista cómo había sido el comienzo de esta obra: “Estando yo solita en casa una tarde cogí un lápiz, una cuartilla y empecé a esbozar un diccionario que yo proyectaba breve, unos seis meses de trabajo, y la cosa se ha convertido en quince años”.

La obra de María Moliner presentaba como principal atributo el empleo de un “sistema de sinónimos, palabras afines y referencias que constituye una clave superpuesta al diccionario de definiciones para conducir al lector desde la palabra que conoce al modo de decir que desconoce”, tal y como recoge la propia autora en el prólogo de la primera versión del diccionario.

 

Maria Moliner diccionario 2

Maria Moliner: bibliotecaria, filóloga y lexicógrafa

 

Este particular sistema de definiciones estaba acompañado de indicaciones gramaticales, ejemplos de uso y etimologías. María Moliner explica que las definiciones de su diccionario, frente al de la RAE, están “vertidas a una forma más actual, más concisa, despojada de retoricismo y, en suma, más ágil y más apta para la función práctica asignada al diccionario”.

“Era una mujer menudita, muy poca cosa; muy ordenada y muy práctica”, indica la documentalista Vicky Calavia, quien añade: “le gustaba pasear y mientras caminaba unía en su cabeza las palabras; ordenaba sus ideas”.

La primera edición del diccionario de María Moliner ronda las 80.000 entradas, cifra que ha ido incrementándose hasta las 92.700 de la cuarta; sin embargo, solo la primera tiene el visto bueno de sus herederos.

via lainformacion

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Diez citas inolvidables de Edgar Allan Poe

En el 207 aniversario de su nacimiento recopilamos diez frases que recogen la esencia del escritor de Boston.

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

El 3 de octubre de 1849, Joseph W. Walker, un joven periodista, encontró a Poe en una cuneta de Baltimore tirado medio inconsciente y con la ropa de otra persona. El escritor, que cinco días antes salió de Richmond camino a Philadelphia, nunca llegó a explicar cómo había acabado allí tirado, por lo que se desconoce si alguien le tendió una trampa o simplemente fue un accidente.

Existen numerosas teorías sobre su muerte. Algunos aseguran que se trató de un asesinato, otros culpan al alcohol y los hay incluso que afirman que contrajo la rabia. Aún así, pese a las múltiples suposiciones, parece que su muerte será un misterio eternamente, algo totalmente apropiado para un enamorado de las oscuras historias detectivescas como él.

En el 207º aniversario de su nacimiento, recopilamos 10 de sus grandes frases:

La locura

“Más cuerdo es, el que acepta su propia locura”

La vida

“Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño”

La vejez

“Los cabellos grises son los archivos del pasado”

Los sueños

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche”

La muerte

“A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”

La evolución

“No tengo fe en la perfección humana. El hombre es ahora más activo, no más feliz, ni más inteligente, de lo que lo fuera hace 6000 años”

La belleza

“La muerte de una mujer hermosa es, sin duda, el tema más poético del mundo”

Ciencia y felicidad 

“La felicidad no está en la ciencia, sino en la adquisición de la ciencia”

La libertad

“El único medio de conservar el hombre su libertad es estar siempre dispuesto a morir por ella”

El terror

“Para nada me asusta el peligro, pero si la consecuencia última: el terror”

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Orgullo cultural

Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, durante un acto de homenaje. Foto: Marvin Lynchard / Gobierno de Canadá.
Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, durante un acto de homenaje. Foto: Marvin Lynchard / Gobierno de Canadá.

 

Últimamente está muy presente en ciertos discursos la defensa de los valores culturales. La argumentación en estos casos se estructura sobre el miedo atávico del ser humano a perder sus bases identitarias. El concepto de identidad cultural se asocia al término nacional e individual, a los que se contraponen el multiculturalismo, la globalización y lo colectivo. 

Ante estos argumentos siempre surgen dudas, incluso en las personas más convencidas de que los derechos son de todos. El miedo a que una nueva cultura que viene de fuera se imponga a la ‘nuestra’ está presente en muchos marcos, desde el religioso al culinario. Aquí cabría preguntarse por qué existe tanto miedo de perder algo que se supone que es bueno. Si entendemos que las personas tenemos una capacidad de elección inteligente y que de forma natural siempre intentaremos encontrar lo mejor para nosotras, ¿por qué tenemos miedo de que algo que consideramos ‘peor’ se imponga de forma natural?

En cualquier caso resulta impensable que la identidad cultural sea algo inerte, invariable e inamovible. La identidad cultural es, como todas las cosas humanas, algo que evoluciona, y menos mal que es así. Construimos sobre bases que se van enriqueciendo. Si esa construcción es pacífica, cabe esperar que ese enriquecimiento se haga a costa de ir descartando lo menos conveniente e integrando novedades que se mantendrán si se perciben como mejoras. 

Y en este marco, siempre desde la confianza en su identidad cultural de origen, están surgiendo modelos de construcción de identidades nacionales basadas en la diversidad. El ejemplo más claro es el de Canadá. En un discurso reciente, el primer ministro Justin Trudeau afirmaba que Canadá es un país que se construyó gracias a la inmigración. “Oleadas de personas fueron bienvenidas por las que llevaban aquí miles de años y construyeron esta sociedad. Estas personas llegaron a Canadá queriendo construir una vida mejor de la que tenían en sus países de origen. Y vengan de donde vengan y sean cuales sean sus condiciones, estas personas quieren todas lo mismo: vivir en paz y crear un futuro mejor para ellas y sus comunidades. Y eso es lo que generación tras generación han hecho estas personas en Canadá, y esto es lo que ha creado esta sociedad diversa y extraordinaria que tenemos”. El orgullo de ser una sociedad diversa en Canadá no priva a este país de tener una potentísima identidad cultural nacional. 

Video insertado

Pero hay fantásticos casos también en espacios regionales o locales. Por ejemplo, Los Angeles es una ciudad santuario orgullosa de sus diversidades, donde sus habitante se consideran angelenos pero pueden no ser, ni considerarse, estadounidenses. Y en esta línea están también las ciudades refugio como Madrid. con su enorme cartel de ‘Refugees Welcome’, o su concepto de Ciudad del abrazo. Y por poner un ejemplo más reciente, la Junta de Extremadura acaba de sacar una maravillosa campaña en este sentido, enorgulleciéndose de ser una región de frontera donde todas las diversidades tienen cabida y están seguras.

Lucila Rodríguez-Alarcón

https://blogs.publico.es/conmde

Juan Cueto, el intérprete del progresismo

El fallecido periodista descifraba el significado de los mitos sociales del momento y los mensajes subliminales del consumo

El periodista y escritor Juan Cueto, en 2011.
El periodista y escritor Juan Cueto, en 2011. SAMUEL SÁNCHEZ

 

Allá por los años ochenta del siglo pasado, cuando la historia de España trepidaba junto a las barras de los bares de Malasaña, escribí de Juan Cueto como puedo hacerlo ahora que ha muerto. Fue el intérprete más verídico de la neurosis de una generación que dijo llamarse progresista, la que en este país estrenó la modernidad. He aquí la clave: lo mejor era estar loco, pero sobre todo ser íntimo del farmacéutico. Cueto descifraba el significado de los mitos sociales del momento, los mensajes subliminales del consumo, el susurro de los dioses detergentes con el bisturí frío, con el mismo que machacaba los hielos del gin tonic. Se abría paso entre el calmante y el estimulante hacia los últimos hilos del cerebro, que ya lindaban con su cogote cubierto con una melena que se peinaba con los dedos, y de allí sacaba una respuesta rápida, imaginativa, sorprendente para todo. Lo que escribí de Juan Cueto entonces, podría rubricarlo ahora que se ha ido a ocupar un sillón preferente en la historia del periodismo. Entre toda aquella camada era el que tenía el revólver más presto para disparar siempre que la bala fuera de plata y valiera la pena usarla, pero nunca para herir de forma ingenua, frívola y gratuita. Pasaba una cosa rara: decías una frase ocurrente y a partir de ella Cueto comenzaba a navegar, la sobrepasaba por la izquierda, la recreaba, la reordenaba, la rompía, le sacaba el excipiente y finalmente la despeñaba en el absurdo. Como vaquero de la modernidad era, sin duda, el más rápido en desenfundar, con un pie en el estribo en la barra de Boccaccio, el caballo atado en la puerta relinchando por las ganas de compartir el gin tonic de la hora séptima. Ese caballo era una moto de gran cilindrada, en cuyos plateados tubos de escape se pintaban los labios negros las punkis de rodillas en el asfalto.

Fue un intelectual fino sin ahorrarse cierto salvajismo del norte, entre la seducción y el sarcasmo, de vuelta de todos los universos. He aquí la cuestión, dijo Hamlet: no sé si suicidarme o tomarme una coca-cola. Este es para mí Juan Cueto, con su bigote a lo Nietzsche, el de las antiguas carcajadas ante el esperpento español, el que todo lo vio venir el primero, el que enseñó a una generación a chascar los dedos para burlarse de Kant o llamar al camarero.

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Origen de la palabra ´huachicolero´

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No somos dos, ni tres los que estamos al pendiente de lo que escribe Juan Villoro. Su magnética pluma atrae a miles. Por eso se levantaron olas de curiosidad en las redes sociales cuando, en su reciente artículo “Prohibido pastar”, contó que viajando con un amigo rumbo a Xalapa, se le atravesó en la carretera la palabra “huachicolero”. Así lo escribió:

“En el trayecto nos topamos con una novedad de la vida mexicana. Cerca de Puebla nos desviaron porque la carretera había sido tomada para protestar contra los huachicoleros. Al Doc no le sorprendió que hubiera ladrones de combustible; lo que le llamó la atención fue la palabra “huachicolero” y quiso conocer su etimología. No supe qué decirle. Su respuesta me redujo al silencio durante los siguientes cincuenta kilómetros: ´Tú te dedicas al lenguaje, ¿no?´”.

Ni hablar, ese silencio “villoriano” de cincuenta kilómetros, se convirtió en tarea para mí cuando algunos tuiteros me endosaron el enigma… bien que conocen mi debilidad.

La historia me llevó muy lejos, hasta la época en que en Europa reinaba el latín y, en esa lengua, “aquati” significaba “aguado”.

En italiano, la palabra se fue descomponiendo (aquatio>quatio>guatio>guazzo) hasta dar la voz “guazzo” que significa lo mismo: “aguado”.

Ya en la primera mitad del siglo XVI, hay registros de la expresión “a guazzo” para referirse a cierta técnica en la pintura. A Francia llegaría a mediados del siglo XVIII y ahí la fonética gala la convertiría en “gouache”, sin dejar de guardar el concepto de “aguado” y es que esta técnica de pintura se caracteriza por eso, por manejar colores diluidos en agua, pero de apariencia sólida y no transparente como en la acuarela.

En el siglo XIX, muchos galicismos (palabras del francés) se colaron al español y entre estos, llegó “gouache”. En México ya lo encontramos en un texto de El Universal del 6 de diciembre de 1896: “Hay semanas tan pobladas de asuntos, tan llenas de variedad y de color, que se representan en la mente como el vasto salón de un museo de pinturas, de cuyos muros penden desde el cuadro mural de la pintura histórica hasta el frágil país de abanico pintado a la ´gouache´ por un frívolo decorador”.

Y para demostrar que la palabra se conocía y se usaba en el occidente de México, sirve un párrafo de la edición del 21 de junio de 1926 de El Informador, periódico tapatío: “…se han sujetado los alumnos al siguiente programa: dibujo a mano libre, preparación de colores, decoración con ´gouache´”.

Del concepto de preparar pinturas “a la gouache” (pronúnciese “a la guach”), es decir, diluidas en agua, el “populus” hizo metáfora y se inventó una jocosa palabra: “guachicol” (alcohol aguado) para referirse al tequila, aguardiente o cualquier bebida espirituosa que los vivaces diluían en agua para aumentar las ganancias. Así que los primeros “guachicoleros” fueron los que adulteraban las bebidas alcohólicas.

En El Informador del 21 de febrero de 1994, un artículo que diserta sobre la calidad del tequila, cita a Francisco González García: “Mientras yo estuve de alcalde en Atotonilco, no se vendió ni un litro de ´huachicol´”.

Pasó después que, algunos que comerciaban con combustibles, también vieron que era redituable  diluir en agua sus productos y empezaron a vender gasolina y petróleo “guachicoleados” o “huachicoleados”, la ortografía es lo de menos, lo de más es que estaban adulterados. Así, la palabra se relacionó con estos hidrocarburos y los modos ilegales de tratar con ellos. Suficiente para que, en un siguiente brinco, la palabra olvidara su origen “aguado” y adoptara los atributos de “hidrocarburos ilegales”, pasando así “huachicolero” a nombrar a los criminales que, impunemente, ordeñan los ductos de PEMEX y están dispuestos a matar a quien trate de impedirlo.

Así es la historia de una palabra que inició su viaje en la antigua Roma, pasó por Italia, luego Francia y de ahí a este México lindo donde, la inocencia de lo aguado, mutó al significado perverso del robo artero de combustible. Hay palabras que cruzan el pantano y no se manchan… Esta sí.

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